SEMANARIO

"Todo el mundo popular ha sido víctima de abuso policial en distintas medidas", dice sociólogo y académico de la U.Chile

Gabrielle Girardello

"Todo el mundo popular ha sido víctima de abuso policial en distintas medidas", dice sociólogo y académico de la U.Chile

Gabrielle Girardello

Miguel Urrutia Fernández, a lo largo de su desarrollo académico ha ligado su trabajo al estudio de los movimientos sociales, en vinculo con la política y también con una preocupación específica de los movimientos sindicales. Urrutia advierte que se acercó más al estudio sindical por el interés de sus propios estudiantes, sobre todo en cuanto al fenómeno de la subcontratación y las movilizaciones derivadas. En esta ocasión, quisimos desarrollar el tema que ha tenido encendido al Campus Juan Gómez Millas: la violencia policial.

Para empezar, tomando en consideración la agenda represiva que viene impulsando el gobierno de Piñera, ¿qué relación específica ves entre el uso de las fuerzas represivas y el desarrollo de los movimientos sociales?

Primero hay que hacer la distinción entre la violencia terrorista estatal que vivimos en dictadura y la practicada en los regímenes democráticos. Son distintas, pero entre ambas hay una articulación en favor del capitalismo. No podemos entonces pregonar que son exactamente lo mismo. Muchas veces se dice “seguimos en dictadura”, pero creo que desde un punto de vista de análisis político, no es totalmente conveniente tomarlo así. Las violaciones a los cuerpos humanos, no solo a los abstractos derechos; y particularmente la criminalización de la protesta social sigue ocurriendo en regímenes democráticos liberales y parlamentarios, como el que tenemos ahora en Chile, pero la graduación es distinta.

Ahora bien, los niveles de violencia del Estado en contra de las manifestaciones sociales siguen vigentes e incluso se intensifica el uso de la violencia en ciertas dimensiones de la vida social. Se ocupan otras formas de miedo e insegurización coletiva que claramente están subvencionadas por los poderes del Estado: la escenificación de la delincuencia y del narcotráfico, responden a un modelo de instalación que se da precisamente en aquellos lugares que hicieron más resistencia a la dictadura, eso no es casual, ni soy el primero en decirlo, sobre todo los historiadores del mundo poblacional chileno lo han planteado.

Sólo por poner algunos ejemplos en la región metropolitana: la población La Bandera, La Legua, La Victoria, hoy todos sabemos que son centros de narcotráfico, que resisten mal o bien desde sus tradiciones de memoria política y de lucha, pero hay que ser muy ingenuo para creer que eso es casual, y si uno no lo es, puede advertir que los servicios de policía política de la propia dictadura son los que instalaron estas prácticas en esos lugares. Hay testimonios en la materia. Te diría que hasta la inteligencia política que montó la Concertación en muchos casos usó a la delincuencia común para diluir ciertos movimientos, como la toma de Peñalolén -que fue bien emblemática- claramente afectando la convivencia en esos lugares.

¿Cómo se relaciona el legado de la dictadura a la situación actual, con Aula Segura en los colegios, la discusión de instalarla también en las universidades, el control de identidad preventivo o el intento de toque de queda juvenil?

De alguna manera estas cosas se pueden hacer hoy con una mayor legitimidad que antes, cuando se implementaban directamente por la fuerza y sin pretensiones argumentativas, hoy hay algunos sectores de la población que aceptan este tipo de políticas represivas porque las ven ligados a un endurecimiento general en contra de la delincuencia, delincuencia que es real, y en ese sentido opino como los zapatistas, que decían que “el pueblo no se equivoca, los que nos equivocamos somos los que hacemos política”. O sea tampoco podemos fustigar a los sectores populares por demandar una forma de vida más segura, efectivamente también las prácticas son bastante similares a las de la dictadura, como las arremetidas de la policía al interior de los recintos educacionales, que eran calculadas durante la dictadura y hoy casi ya no se calculan, sencillamente ocurren, y eso sobre el trasfondo de esta necesidad general que hay de controlar el desorden, esta eterna idea de la lucha entre un orden y un desorden que, afortunadamente desde mi punto de vista, no es una cuestión que esté ganada en el sentido común de la población.

Tampoco es que la gente apoye los abusos policiales, porque además todo el mundo popular, en una medida u otra, alguna vez han sido víctimas de algún abuso o maltrato policial: desde una multa al comercio ambulante, hasta el maltrato en las manifestaciones, el hostigamiento, además de la actitud evidente de provocación que tienen las fuerzas especiales. Ellas provocan, todos lo sabemos, incluso en los eventos deportivos o de masas.

El 2011 fui detenido una vez y resultó bien ilustrativo para mí. Partió por la indignación y vergüenza que sentí al ver a un grupo de profesoras literalmente barridas por el chorro del guanaco. Su delito había sido bajar a la calzada de la Alameda para protestar. Yo ni siquiera fui capaz de eso. Me acerqué a un poste metálico y comencé a golpearlo ruidosamente con una hebilla. Detuvieron a las profesoras empapadas y magulladas mientras una oficial vociferaba que era por interrumpir el tránsito, pero yo estaba sobre la vereda e igual me detuvieron en otra micro.

En dictadura esto no daba ni para una anécdota, es cierto, pero justamente de eso se trata, de una supuesta superación de la arbitrariedad en la experiencia democrática de manifestación política. Además, me impresionó el nivel de conciencia política con que los pacos actúan. Sentado arriba de la micro uno se puso frente a mí y comenzó a golpearse los bolsillos con ambas manos. Yo no entendía, hasta que dijo: “de aquí pago yo el colegio de mis cabros, no quiero que me lo den gratis”. Reconozco que mi respuesta fue grosera y desclasada. Le pregunté “¿y cuántos idiomas hablan sus hijos?”. Ni ese paco, ni otros me tocaron un pelo. Me mantuvieron sentado adelante, pero atrás tiraban a los más jóvenes apilados y pasaban por encima de ellos.

¿Hay una violencia específicamente dirigida hacia la juventud?

Sí, y eso también hay que decirlo con todas sus letras. En los orígenes de la transición eso fue súper fuerte, la militancia política dejó de ser el objetivo tan drástico de la represión, pero el mundo de la juventud que se mantuvo en rebeldía en esa época, ya sea a través de expresiones punkys o de cualquier tipo, era objeto de la detención por sospecha y eso fue masivo, eran masivas las redadas.

Durante todos los 90 y la instalación de esta “hermosa” democracia, la juventud, y particularmente a la juventud con ideas, la que no se doblegó al neoliberalismo, se vio sometida a una represión intensa y bien desoladora además, porque, por ejemplo, era distinto en los años 80’ que me tocó a mí militar, tenías un resguardo si se quiere, por último un relato heroico, pero esa generación de los 90’ es bien desoladora la condición en que fue víctima de la violencia policial democrática concertacionista, porque nadie los reivindicaba, no se les prestaba atención.

Como que la única represión a la que tenía sentido criticar era la que tenía carácter político y si, resulta que esos jóvenes rebeldes de los noventa eran la política que había, pero colaborábamos en invisibilizarla solo porque no era la misma política de los años 80’. El profesor Roberto Fernández del Núcleo de Psicología de la Memoria ha documentado esto. La rebeldía de toda esa juventud en los 90’ fue una rebeldía política también, gracias a la cual -yo diría- estamos hoy en un ciclo interesante, con al menos una posibilidad de arañar al neoliberalismo.

Para cerrar ¿cómo se enfrenta esta represión institucional? La que en cierta forma se ha heredado de la dictadura pero que también se ha perfeccionado durante los años, por ejemplo ¿el nivel de militarización de la policía se mantiene o se ha perfeccionado desde la transición?

Yo creo que más bien se ha perfeccionado. Ha ido asumiendo sus desafíos, además maduró sus objetivos. Efectivamente hay un proceso de repolitización en la sociedad chilena y hacia allá se apunta la represión todo el tiempo, o sea, por algo la criminalización del mundo mapuche, la criminalización de la calle, de la manifestación callejera y la provocación con respecto a eso.

Y cuando digo la criminalización no es solo en los términos más dramáticos, punitivos, delincuenciales, sino que el desprestigio que se hace de todo aquel o aquella que plantee un cuestionamiento al sistema y al orden, la idea de que son flojos, aprovechadores, de que son anti patriotas porque finalmente no quieren poner su fuerza a disposición del “avance del país y que quieren todo gratis”, como se dice normalmente, así que yo creo que con el correr del tiempo esta operación represiva más bien se ha perfeccionado.

Y sobre el qué hacer, esa siempre es una pregunta que se puede responder desde muchas partes, pero de entrada cabe hacer lo que hacen ustedes por ejemplo levantando un medio. La contra-información siempre es útil, y eso además cruzarlo con algo así como un “trabajo de inteligencia” desde el mundo de la protesta social, que pueda denunciar con más contundencia, observatorios sobre violencia policial, pero no solo sobre la transgresión tan directa a los derechos humanos sino también sobre las políticas articuladas que tienen los aparatos represivos, o sea, a quién persiguen, por qué cargan a determinadas compañeras y compañeros.

Aquí siempre ocurre, el amedrentamiento en este Campus. Incluso cuando el rector Vivaldi salió electo la primera vez, había un par de alumnos detenidos y acusados de montón de cosas que no habían cometido. Yo no digo que no ocurran cuestiones como las salidas con moltov por las que acusaban a estos estudiantes. Pero eso no es lo que importa a los represores. Ellos utilizan esos actos para perseguir a las y los líderes organizadores. Ese era el perfil de los falsamente imputados. La represión golpea donde hay algo de carisma, donde hay posibilidades de articulación de los movimientos, ahí es donde detienen y amedrentan y eso se da como pan de cada día.

En el fondo son blanco de la represión específicamente lugares o grupos sociales que muestran capacidad de organizarse.
Y las dirigencias emergentes de los movimientos sociales son el objetivo. No tengo miedo en decirlo, y menos a ustedes que son un medio amigo, hermano. O sea, revisa los últimos asesinatos de dirigentes sindicales y sociales en el país.

Claro, suicidios, entre comillas…

Montón de “suicidios”… no, por favor, o sea, yo no soy policía, no me dedico a eso pero incluso como pinche ciudadano liberal que puedo ser, tengo derecho a sospechar, si no soy estúpido tampoco ¿cómo se mueren justo las dirigentas ecologistas, mapuche, los dirigentes sindicales, les da por “suicidarse”? No, no, no, ojo con aquello, el Estado chileno no tiene ningún antecedente de defensor de los Derechos Humanos como para no atribuirnos nosotros el derecho a sospechar sobre lo que está ocurriendo hoy.

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Gabrielle Girardello

Estudiante de Sociología en la Universidad de Chile
Militante de Vencer y PTR
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