Cultura

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Todo fantástico II: Portales a otros mundos

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Jueves 8 de enero de 2015 | Edición del día

Ann Arbor District Library, Michigan, EE.UU.

La curiosidad, dicen, mató al gato, pero abrió a nuevos mundos en el género fantástico. Varios de los relatos que conocimos de chicos se iniciaban con la apertura de una puerta, la entrada a una cueva o algún otro lugar de pasaje entre nuestro mundo y uno desconocido. A veces ocurría por accidente, como la caída de Alicia en un pozo o el ciclón que atrapó a Dorothy en un granero y la transportó al reino de Oz.

El escritor irlandés C. S. Lewis, en cambio, buscó un objeto cotidiano, un ropero, para transportarnos a Narnia (algunos de los personajes de ese mundo aparecerán después versionados en los relatos de Tolkien, quien fue su amigo). Muchos de estos relatos fueron llevados al cine o adaptados a series. La actualmente en el aire Once upon a time se ha extendido ya en varias temporadas gracias a la existencia de portales que permiten renovar los visitantes al mundo en que se encuentran los protagonistas –mechando personajes clásicos con los nuevos ídolos de las películas de Pixar–, y a ellos mismos pasarse temporadas enteras en otros reinos. El Reino Unido y EE. UU. –quizá por herencia cultural– parecieran estar llenos de portales, una forma clásica de poner en contacto la realidad con un mundo fantástico que está contenido en algún paraje inesperado.

La idea de que en paralelo al mundo en que vivimos hay lugares específicos que nos llevarían a sitios habitados por seres extraños, sencilla y fascinante para generaciones enteras de chicos, no deja de ser inquietante. Los relatos de H. P. Lovecraft construyen una atmósfera de terror que expresaba problemas sociales más amplios.

Su obra muestra ya en el siglo XX una crisis similar a la que la Ilustración había provocado en el siglo anterior y provocado la emergencia y desarrollo de lo fantástico: decididamente laico (a diferencia de su contemporáneo C. S. Lewis, que era un militante del cristianismo), considera a la vez a los humanos como una especie insignificante en el Universo, según parecían demostrar la astronomía y paleontología de mediados del siglo XX, y con esa idea construye muchos de sus relatos, donde no es nada raro que en lugares del planeta aún inaccesibles se ubiquen seres maravillosos que llegan a constituir toda una mitología –el llamado mito Cthulhu, que construiría junto con otros escritores que se referían a los mismos seres cruzando sus relatos–. No descarta tampoco la intervención de alienígenas. Lovecraft pone en el centro de muchos de sus narraciones saberes ocultos, prácticas antiguas pero despreciadas por el paradigma cientificista. Editado en revistas periódicas que reunían relatos “extraños”, su importancia como escritor del género fue reconocida, como en tantos otros casos, sobre todo después de muerto, a sus 46 años. Stephen King, por ejemplo, ha atribuido su fascinación por el género de terror a la lectura de este escritor.

Pero los portales han servido también para explorar problemas políticos e históricos, como la película escrita y dirigida por el cineasta mexicano Guillermo del Toro que explora el avance del franquismo y la persecución a los republicanos en El laberinto del fauno. En la película, que es la segunda parte de una trilogía titulada “De la oscuridad” –la primera, del mismo tema, fue El espinazo del diablo, donde también se apelaba a lo fantástico en este caso con la presencia de fantasmas; la tercera no fue aún filmada– la protagonista entra a ese laberinto secreto a través de una cueva en las raíces de un árbol, cuidando que su vestido no se arruine para cuando tenga que volver a casa. La cueva secreta, oculta en el bosque que rodea la casa que habita, es una metáfora de algo más: secretamente también, varios de los que sirven en esa casa, en ese momento habitada por un general franquista, roban comida y remedios para los fugitivos republicanos que merodean por los bosques escapando a la represión.







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