Cultura

SERIES

Una de espías para Hugh Laurie

The night manager, adaptación de la novela de John Le Carré, permite a los fans disfrutar de nuevo de un personaje tan sádico y expresivo como Dr. House, pero esta vez nada entrañable: un traficante de armas que lucra con los conflictos abiertos con la Primavera árabe.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Domingo 24 de julio de 2016 | Edición del día

Miniserie de 6 capítulos lanzada por la BBC a principio de este año, y recientemente estrenada en Estados Unidos (por lo cual ya está alojada en cientos de servidores que permiten bajarla completa), esta adaptación de la novela del mismo título del escritor bestseller de novelas de espías (un mundo que conoce desde dentro, porque fue agente de los servicios secretos británicos) trae de nuevo a la pantalla como protagonista al actor que se había retirado de las series para dedicarse a la música (aunque sí tuvo participación en varios episodios en la serie Veep de Julia Louis-Dreyfus, ex Seinfeld).

Publicada en 1993, la novela es una de las primeras escritas por el autor ya en la “posguerra fría”, y tenía como trasfondo el tráfico de drogas en la zona del Caribe. Para la miniserie, la directora Susanne Bier eligió como escenario los conflictos en el norte de África y el Cercano Oriente que cruzaron el último lustro: la primera escena encuentra a uno de los protagonistas atravesando las manifestaciones en El Cairo de 2011, y el desarrollo, que la serie situará mayormente 4 años después de ello, recorrerá al conflicto en Siria.

Para el refinado traficante de armas que se esconde tras la fachada pública de un millonario caritativo y promotor de la paz que encarna Hugh Laurie (Richard Roper), dichos conflictos serán una posibilidad de negocios: “Cuando un continente entra en caos es cuando se abren oportunidades. Los británicos lo supieron en China, los yankees en Sudamérica. Yo estoy haciendo lo mismo acá”, explica.

Con una organización con vínculos aceitados con los distintos políticos, fuerzas represivas y el empresariado de los Estados en donde compra y vende las armas (los mencionados pero también Estados Unidos y Gran Bretaña) y un campo de entrenamiento con ejército privado incluido que cínicamente define como “la verdadera ONU” (porque allí hay mercenarios de todas partes del mundo que “venden su talento” a quien pueda pagarlo), Roper ofrece también posibilidades de inversión con fuertes dividendos a toda una red de capitales internacionales que prefieren no saber, como algunos funcionarios, de dónde sale la ganancia, para “poder dormir de noche”. Es una omisión “ingenua” que sería difícil de sostener en la realidad, pero que la serie requiere para sustentar la trama.

Esta organización es la que decide infiltrar Jonathan Pine (interpretado por Tom Hiddleston), el encargado nocturno de un hotel de lujo que se encuentra repentinamente confrontado con la brutalidad del régimen egipcio y decide ayudar a hacer públicos una serie de documentos incriminatorios, apoyado por Angela Burr (Olivia Colman), que dirige la única sección de los servicios secretos británicos que parece no estar corrompida.

Es que las referencias políticas son en la serie más bien algunas pinceladas que dan marco y actualidad a un núcleo que, como buen estereotipo del género en su devenir fílmico (a lo James Bond), incluye lugares exóticos, modelos y consumos de lujo tanto como escenas de peligro o efectos especiales, como el que despliega desbordante la serie cuando se detiene en una “demostración para un cliente” de la calidad de sus productos bombardeando una aldea.

Así, la trama y los motivos de los personajes giran más bien alrededor de historias personales de los protagonistas, aunque más débilmente articuladas que lo que se encuentra en el libro: son inverosímiles por ejemplo tanto el súbito enamoramiento del Jonathan Pine con una mujer que lo lleva a acoplarse a semejante tarea, así como la repentina simpatía de un Roper, que vive amurallado y rodeado de medidas de seguridad, con un personaje que sospechosamente se cruza con él en distintos puntos del planeta, por mencionar solo dos que aparecen desde el comienzo y no spoilear varios otros más.

Así y todo, la miniserie no se priva de actuaciones en su mayoría convincentes, un buen ritmo y no pocas dosis de descarnada acidez en boca del malvado Roper, y un desenlace que parece muchos menos naïf que su desarrollo al permitir a “los buenos” acciones que podrían ser reprochables desde el punto de vista de una institucionalidad “democrática” que saldrá, como en buena parte de la obra de Le Carré, muy mal parada.







Temas relacionados

John Le Carré   /    Hugh Laurie    /    Cultura

Comentarios

DEJAR COMENTARIO