Cultura

CRÓNICA

Una estatua para Robespierre

En un nuevo aniversario de la toma de la Bastilla, una crónica sobre el monumento a Robespierre. No estaba en París, sino en la Rusia de los Soviets.

Santiago Trinchero

@trincherotw

Sábado 14 de julio de 2018 | 20:34

En el aniversario de la toma de la Bastilla, que inauguró simbólicamente los inicios de los tiempos modernos, voy a contar la historia de una estatua. En París no hay, ni hubo, un monumento a los Jacobinos. El ala izquierda de la revolución burguesa sigue siendo un trago amargo para las buenas consciencias democráticas. Tan pacifistas ellas, tan defensoras del orden, son los primeros en poner el grito en el cielo cuando las feministas pintan una iglesia, los estudiantes toman un colegio, los obreros paran una fábrica o todos juntos cortan una calle.

Crecimos, mal que mal, criados por esas buenas consciencias democráticas: “tus derechos terminan donde empiezan los de los demás”, decía una maestra jardinera para que compartas los juguetes en un acto de civismo doloso. Que se sepa, hasta ahora ningún pequeño respondió: “No, seño, empiezan en la guillotina de Robespierre y se sostienen con el terror revolucionario pues todo derecho es solamente la cristalización de una determinada relación de fuerzas” y de un tirón le saque el autito a Pepito, que no entiende nada porque sus papás no son comunistas.

Y aunque los museos y panteones nacionales están llenos de militares/políticos que hicieron patria a los sablazos, y tienen himnos y feriados, Robespierre y los Jacobinos no tienen una estatua en la París que los parió. Dantón tiene una, por tibio y ni siquiera está en la capital de Francia. Y es cierto que Marat está hoy en el Panteón de París pero originalmente lo habían sacado. Los Girondinos, el ala moderada de la Revolución Francesa (moderada para todo menos para exterminar a los Jacobinos), sí tienen una plaza y una fuente hermosa en pleno centro de la ciudad. Robespierre tuvo que esperar casi 125 años para que se acuerden de él.

En agosto de 1918 la Revolución Rusa pendía de un hilo. Al triunfalismo y la alegría del triunfo incruento de la insurrección de octubre le sobrevino una brutal guerra civil. Un clima taciturno se había apoderado de Moscú cuando llegó la noticia de que Kazán, la perla del Volga, había caído en manos del Ejercito Blanco. La reacción estaba a medio día en tren de la capital de la Republica de los Soviets.

Elizabeta Drabkina tenía 17 años cuando su padres, bolcheviques, ya no pudieron contenerla en el liceo y ella tomó una ametralladora y se unió a las Guardias Rojas. Se encontraba de licencia en Moscú visitando a su familia cuando vio que al día siguiente de la caída de Kazán las calles de la ciudad aparecieron curiosamente adornadas: de los postes y paredes colgaban afiches de publicidad de una marca de cigarrillos. Los cigarros “Sir” se promocionaban con la imagen de un hombre engalanado de frac, sombrero de copa y monóculo, fumando elegantemente. Un burgués inglés.

Porque la revolución no anula las relaciones de clase sino que las subvierte y prepara el terreno para su extinción, pero en el mientras tanto la vieja clase poseedora se agazapa como un gato y espera. Depredadores oportunistas, la pérdida de Kazán fue celebrada secretamente y los afiches aparecidos eran la provocación que anunciaba que faltaba poco para la revancha. Había que ponerlos en su lugar.

Los obreros moscovitas partieron del Soviet con botes de pintura roja y taparon todos los afiches. Para subir el ánimo de la ciudad también se decidió levantar algunas estatuas y monumentos. Como un siniestro mensaje a esos burgueses escondidos, la juventud del Partido Comunista de Moscú decidió levantar una estatua de Robespierre, la primera en la historia. La hicieron de cemento -porque otro material no tenían- y decidieron ponerla en los Jardines de Alejandro, dentro del perímetro de los muros del Kremlin.

Cuatro mil personas se dieron cita a la inauguración de la sencilla estatua, tapada con una manta. Una orquesta ejecutó la Marsellesa y se vivó al heroico proletariado francés. Jacques Sadoul, socialista francés devenido en bolchevique, conducía el acto. Había sido miembro de la misión militar francesa durante la guerra, pero conoció a Lenin y vio de con sus propios ojos a los obreros asaltando los cielos. Recordó que su padre había combatido en la Comuna de París y abrazó la conclusión de que la continuación de la gesta francesa de 1871 era la aventura rusa de 1917. Cuando se descubrió la estatua Elizabeta estaba ahí con un amigo y oyó a Sadoul decir:

  •  La burguesía ha tratado por todos los medios de minimizar la importancia de la Revolución Francesa y deshonrar a Maximiliano Robespierre -decía-. A nadie odiaba tanto como a este honesto y fiel revolucionario. El Poder soviético erige un monumento a Robespierre, mientras que Francia carece de un monumento semejante. La burguesía ha calumniado a Robespierre de la misma forma que ahora difama a nuestros jefes. Robespierre sabía que solamente se puede organizar el nuevo régimen destruyendo todo lo viejo. Al ejercer el terror rojo, no era más que un ejecutor de la voluntad del pueblo, cuya ardiente ira expresaba. ¡Viva la Revolución Francesa pasada y futura!

    La clase obrera rusa se encontraba en ese momento batallando por su derecho a subsistir y llamó a su lado a todas las figuras que en la historia se habían levantado contra la opresión y la injusticia. La estatua de Robespierre duraría poco, la dinamitarían en un atentado meses después.

    La segunda estatua creo que sigue en pie, pero Elizabeta no escribe dónde está. Sus crónicas tituladas “Pan duro y negro” tomarían otro rumbo. Y ella partiría a Kazán, con una ametralladora en la falda, para recuperar la ciudad y echar a los Blancos al basurero de la historia.







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