Juventud

¿Y qué pasa con la educación pública?

Estudiantes, instituciones y crisis: algunas consideraciones hacia el plenario estudiantil de este sábado.

Jueves 13 de agosto | 16:29

Hace unos días, mi madre me pidió ayuda: tenía que organizar la planificación escolar para este segundo semestre, irremediablemente marcado por el aislamiento social. Ella comenzó el año con alrededor de veinte alumnos en su curso nocturno de Administración de Personal. En este momento sólo restan nueve.

La primer parte del año había sido un verdadero fiasco: los y las directoras de las escuelas tomaban y deshacían caminos para sostener el “vínculo didáctico” con sus alumnos y alumnas, presos del completo desconcierto que les presentó la situación. La orden principal bajada desde el Ministerio de Educación nacional fue no calificarlos, teniendo en cuenta las dificultades que se presentarían en los procesos de aprendizaje. Y así llegó agosto. Armé junto con ella -soy estudiante de un profesorado- una serie de actividades, preparamos recursos didácticos, establecimos una vía de comunicación permanente con las y los alumnos por WhatsApp y pensamos diferentes métodos de evaluación que, como recomienda el ministerio, no impliquen una calificación. Lentamente fuimos conformando el grupo con las y los estudiantes. Uno de ellos tuvo un problema tan básico como dramático: no poseía celular y, por lo tanto, tenía que pedírselo prestado a su tía. Agregamos a la tía al grupo.

Sin embargo, haciendo todo esto me invadió un malestar profundo. ¿Qué es toda ésta improvisación? ¿Por qué teníamos que estar, ella y yo, haciendo malabares para contactar a cada alumno, para brindarles -en lo posible- la oportunidad de poder finalizar su ciclo escolar a pesar de no contar con ninguna ayuda estatal? Porque hay algo que ella aprendió en sus más de 15 años ejerciendo la docencia: el alumno que abandona no vuelve.

En la Facultad de Ciencias Sociales el panorama -salvando las distancias obvias entre la educación básica/secundaria y la universitaria- es similar. Apenas llegada la pandemia a nuestro país y decretado el aislamiento, la facultad constituyó un Comité de Crisis y comenzó a enviar una serie de comunicados que, en el mejor de los casos, se contradecían entre sí. En el peor de los casos ni siquiera eran legibles. Se decidió realizar un espacio de “acompañamiento virtual”, donde las cátedras subirían sus textos y guías de lectura al campus virtual pero sin comienzo de clases. ¿Alguna otra indicación? Sí, lograron que las empresas de telecomunicaciones no cobrasen a sus usuarios la navegación por los sitios web de la UBA. La cátedras, por su parte, quedaron dispuestas a su propia suerte.

A finales de mayo comenzaron las clases virtuales, previa instancia para poder darse de baja de aquellas materias en las que el o la alumna creyese que no podría sostener su cursada. Las bajas fueron masivas: según estimaciones no oficiales reconstruidas a partir de distintas entrevistas al rector Alberto Barbieri, para mayo habrían desertado alrededor de 40 mil estudiantes.

El virus no es neutral. El virus no afecta a todos por igual. No estamos todos igual de expuestos ante el virus: ¿tienen la misma posibilidad de realizar un aislamiento efectivo quienes residen en hogares sumamente precarios y superpoblados? ¿están en igualdad de condiciones aquellos que poseen acceso a los servicios públicos y quienes tienen que caminar cinco, diez, quince cuadras con un balde en cada mano para cargar agua de un camión cisterna? ¿qué decir de quienes poseen un empleo formal en blanco en contraste con los que viven de changas? Y remitiéndonos al tema que nos compete aquí: ¿realmente se puede pensar que todas las alumnas y alumnos están teniendo la posibilidad de realizar sus procesos de aprendizaje en un marco de relativa igualdad y normalidad? Ninguna persona sensata respondería afirmativamente a éstas preguntas.

Para la educación básica y secundaria, el Estado dispuso -entre otras medidas- la impresión de unos cuadernos a ser repartidos entre la población de estudiantes. Ellos tendrían el objetivo de paliar, subsanar, achicar esa distancia cuya conceptualización es, de tan antigüa, persistente y reiterativa, casi odiosa: la brecha digital. Y recuerdo a Aníbal Ford hablando desde mediados de los años 80 y en sus Navegaciones sobre la brecha digital, la televisión, los videojuegos, la incipiente red de redes, en fin, del acceso totalmente desigual a la tecnología que alejaba aún más al pueblo pobre de su inclusión en los mecanismos de ascenso social. ¡El alumno de mi madre tenía que pedirle el celular prestado a su tía para hacer la tarea! ¡Tenía que esperar a que ella dejara de usarlo para poder enterarse de las novedades en sus materias!

Voy a ser claro: el acceso a Internet no puede ser un negocio. El acceso a Internet, al conocimiento, a las herramientas de aprendizaje y trabajo no pueden ser arrojadas a las mareas del mercado cartelizado de telecomunicaciones. Internet debe ser un servicio básico: agua, luz, gas e Internet, esa es la fórmula.

Jorge Alemán escribió hace unas semanas que nos encontramos en tiempos de crisis pero que “no había un sujeto histórico” capaz de llevar adelante las reformas sociales y económicas necesarias. Un caso, como le gustaba decir a Ford, de alguien que "confunde el mapa con el territorio". Es decir: que tu esquema teórico no sea capaz de conceptualizar a aquellos que -potencialmente- pueden ser capaces de realizar una ruptura profunda con el sistema no significa que ellos no existan. ¿Qué fueron los Chalecos Amarillos franceses? ¿Qué nombre ponerle a los y las jóvenes que salieron durante meses a enfrentarse cuerpo a cuerpo con los carabineros en Chile? ¿Quiénes fueron aquellos que inundaron las calles de las principales ciudades estadounidenses luego del crimen racial de George Floyd?

Somos estudiantes. Y también somos empleados precarizados y precarizadas, informales, con salarios miserables. Pertenecemos a distintos segmentos sociales -toda esa constelación de categorías que surgieron con la posmodernidad-, étnicos, religiosos. Pero, a fin de cuentas, estamos todas y todos en la misma: vemos al último día del mes cada vez más lejano; las horas y los años se nos van atados a una computadora, un teléfono, un mostrador durante ocho, nueve, diez horas.

Somos estudiantes. ¿Acaso nuestro conocimiento no puede intervenir en la arena de lo público? ¿Por qué sólo nos llaman para otorgarle nuestros años de estudios a multinacionales del petróleo o empresas usureras que obtienen ganancias a partir de lo que nosotros creamos?

Somos estudiantes. Muchos, de escuelas y universidades públicas. Y voy a hablar desde mi parecer: tenemos un deber y una responsabilidad para con los demás. Nuestro privilegio puede y debe ser la base para que, en algún momento, no haya más privilegiados.

Por lo pronto, el sábado 15 de agosto a las 17 horas habrá un encuentro virtual de estudiantes de la UBA, UNA y UTN. Por algún lado hay que comenzar.







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