Cultura

DIA DE LA TRADICION

“¡Yo, no soy, el hijo de Hernández!”

Luis Bel

@tumbacarnero

Martes 11 de noviembre de 2014 | Edición del día

Durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, la oligarquía rural argentina y la burguesía nacional y extranjera, propietarias de la tierra y los medios de producción del país, debieron consolidar su dominación ideológica y cultural para sostener su poder material. Para ello echaron mano a una serie de hitos culturales, literarios e históricos, que finalmente se anquilosan en una especie de núcleo duro en lo que conocemos hoy como “Día de la Tradición”.

A grandes rasgos, Raymond Williams afirmaba que la “tradición” conlleva una selección de hechos históricos –políticos, económicos, culturales, etc.–, que construyen un pasado, pero que a la vez “pre-configuran” el presente, orientando las prácticas sociales y naturalizándolas a través de una especie de “mito original” de lo que serían los elementos fundacionales de una nación. Por supuesto, como todo marxista, tenía muy en claro que esta selección es llevada adelante por la clase dominante –la que posee el poder material y, por lo tanto, el espiritual (léase superestructural, cultural), como explicitan Marx y Engels en La Ideología Alemana– de la época en que se comienza a construir esa “tradición”. El concepto, en Williams, está íntimamente ligado a su concepto de “hegemonía”, de base gramsciana.

En nuestro país, hasta llegar a la institucionalización nacional del “Día de la Tradición” –Williams hubiera aplaudido la denominación–, la clase dominante argentina realizó una serie de selecciones histórico-culturales ante la posibilidad de ver amenazado su poder material.

Hay, por lo menos, tres hechos o momentos históricos que debemos “seleccionar” para analizar, que abarcan desde la sarmientina dicotomía “civilización-barbarie”, las contradicciones ideológicas entre “liberalismo-nacionalismo”, los enfrentamientos entre unitarios y federales, hasta la configuración de un “ser nacional” que se levanta como barrera de defensa ante las nuevas ideas que cruzan el océano de la mano de las “oleadas” migratorias.

Tenemos, por un lado, a José Hernández, letrado de ideas federales (al menos en un principio). Escribió discutiendo contra las ideas unitarias en varios periódicos del interior y en algunos de Buenos Aires. En 1872 publica, primero por entregas en el diario La República y a finales de ese mismo año en formato de libro, el poema gauchesco “El gaucho Martín Fierro”, el cual comenzó a escribir en la clandestinidad estando proscripto por Sarmiento. En el prólogo dirigido a su amigo y editor José Miguens, Hernández deja entrever sus intenciones al componer sus versos: “A fin me he decidido a que mi pobre Martín Fierro, que me ha ayudado algunos momentos a alejar el fastidio de la vida del hotel, salga a conocer el mundo, y allá va acogido al amparo de su nombre. No le niegue su protección, usted que conoce bien todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima esa clase desheredada de nuestro país”. En la voz de Fierro (quien empieza a cantar pidiéndole a los “santos del cielo” que le “refresquen” la memoria como en los mejores proemios de los poemas épicos homéricos), Hernández hace una crítica de la política de Buenos Aires hacia el interior. Todas las instituciones y funcionarios encargados de la administración pública o de impartir “justicia”, se presentan como corruptos y como opresores del gaucho.

Hernández realiza una utilización política de un personaje que, a la hora de ser editado el libro, estaba casi extinto –la mayoría había sido carne de cañón, Ley de Levas mediante, en la Guerra de Independencia; sus tierras habían o pasado a mano de terratenientes, mayormente militares de alto grado o quedado en manos de la corruptela local–; y se lo podía encontrar más que nada en el lenguaje artificial de los hombres de letras, como el mismo escritor confiesa en el prólogo arriba citado.

En 1879 se publica la segunda parte del poema titulada “La vuelta del Martín Fierro”. Pero pareciera que la vuelta fue tan larga que “el Fierro se nos fue entibiando”. Hay en la obra una clara intención de inserción del gaucho –léase “hombre de campo”– al proyecto de nación imperante. Nos son del mismo tenor los concejos que da “el Viejo Vizcacha” al segundo hijo de Fierro, que los que les da éste a sus hijos y al de Cruz sobre el final de la obra. Los primeros están estrechamente relacionados con la “picardía criolla” para poder sobrevivir, los segundos con una intención de inserción social. Además sobre el final de “La Vuelta…”, Fierro aparece como reconciliado con la ley escrita, mientras que Cruz, al pasar por segunda vez a la ilegalidad, muere en las tolderías, enfermo. En su prólogo puede verse también que la intención del autor no es ya la de denunciar las penas del gaucho, sino la de escribir una especie de guía para la vida en la campiña, con un claro propósito pedagógico.

Pero el personaje literario no es el único que ha cambiado con el correr de los años: el Hernández de los otrora ideales federales, es el mismo que en 1880, un año después de la edición de la segunda parte, apoya la candidatura de Julio Argentino Roca, defiende el proyecto de establecer Buenos Aires como la capital del país, se muestra a favor de la inmigración europea y la consolidación de un proyecto liberal en consonancia con las ideas unitarias, o las del mismo Sarmiento que lo había perseguido.

Quizás es en éste último Hernández en el que se inspira Lugones cuando en 1913, en las célebres conferencias que dicta en el Teatro Odeón ante la presencia de la elite política e ilustrada porteña –incluido el entonces presidente Roque Sáenz Peña–, exalta al Martín Fierro como emblema de la literatura argentina y como paradigma del “espíritu” nacional. Nuevamente, la oligarquía rural, ya más consolidada en un país con un claro modelo agroexportador, hace uso del gaucho para sus fines políticos de dominación; si antes habían utilizado sus brazos para extender territorios y consolidar fronteras, ahora utilizaban su figura para combatir lo que consideraban una amenaza para la identidad patria: un puerto atisbado de inmigrantes que no cesaban de llegar, pero por sobre todas las cosas, las ideas anarquistas y socialistas que traían desde el Viejo Continente.

Video
El Cuarteto de Nos
El hijo de Hernández (video clip oficial)
Director: Charly Gutiérrez.







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