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La Izquierda Diario
8 de noviembre de 2018 Twitter Faceboock

ESTADOS UNIDOS
Elecciones de medio término, un traspié para Trump
Claudia Cinatti

Las elecciones de medio término no dieron grandes sorpresas. Esta vez no hubo “cisnes negros” y las cosas ocurrieron según se anticipaba en las encuestas. La Cámara de Representantes para los demócratas y el Senado para los republicanos.

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Las elecciones de medio término no dieron grandes sorpresas. Esta vez no hubo “cisnes negros” y las cosas ocurrieron según se anticipaba en las encuestas. Los electores pusieron fin al dominio absoluto del que gozaba el partido republicano, repartieron el poder legislativo: la Cámara de Representantes para los demócratas y el Senado para los republicanos. Mientras que las gobernaciones tuvieron un resultado mixto. Sin embargo, sería equivocado leer el resultado en clave “ni ni”, como si se tratara de una distribución bipartidista del poder as usual.

El anunciado avance de los demócratas existió pero no alcanzó para generar la sensación de una “ola azul” que cambie drásticamente el mapa político surgido de las elecciones de 2016. Con la mayoría sólida que conquistó en la cámara baja, el partido demócrata está en posición de influir decisivamente en las políticas de Washington, por ejemplo, obstruyendo iniciativas de la Casa Blanca. Pero algunas derrotas donde esperaban ganar, como en Florida y Ohio, o la banca en el Senado que Beto O’Rourke perdió por muy poco en Texas, le quitaron lustre a otros triunfos igualmente significativos como la gobernación de Kansas, Wisconsin o Michigan.

Los republicanos ampliaron por escaso margen la mayoría propia en senadores, retuvieron gobernaciones y ganaron algunas elecciones muy disputadas pero eso no alcanzó para disimular el golpe recibido. Que no haya sido aplastante no quita que haya sido una derrota, más aún con una situación económica excesivamente favorable. El partido republicano en esta campaña fue más que nunca el “partido de Trump”, por lo que su suerte está atada a las posibilidades de reelección en 2020, que como mínimo están cuestionadas. Sobre todo si cambian las condiciones de bonanza económica, como ya anuncian la mayoría de los analistas.

Queda así una sensación agridulce en el establishment a ambos lados de la grieta, dejando irresuelto el enigma de si Trump será o no un presidente de un solo turno.

Desde el punto de vista institucional las elecciones parieron un nuevo “gobierno dividido”. El control de la Cámara de Representantes les permitirá a los demócratas definir en gran medida la agenda legislativa, y sobre todo, impulsar investigaciones que comprometan al ejecutivo, aunque sea el senado el encargado de llevar adelante un impeachment. Si se profundiza el involucramiento político de las agencias de seguridad e inteligencia, como el FBI y la CIA, se podría reactivar la investigación del fiscal especial R. Mueller sobre la injerencia rusa en las elecciones de 2016 que involucra directamente a Trump. Por las dudas, el presidente ya despidió al fiscal general Jeff Sessions y nombró a Matthew Whitaker, un crítico de Mueller.

La pérdida del control de la cámara baja, que los republicanos tuvieron durante los últimos ocho años, objetivamente le pone un límite al poder discrecional (bonapartista) de Trump, más allá incluso de que los demócratas actúen como “dadores voluntarios de gobernabilidad” haciendo que son oposición. Esta pérdida de autoridad presidencial tendrá consecuencias tanto en el plano doméstico como en la política exterior. Esto último ya lo han percibido los regímenes y gobiernos que están en la mira de las políticas más hostiles de la administración republicana y vieron con cierto alivio los resultados electorales. También es una mala noticia para la “internacional” de la extrema derecha referenciada en Trump y organizada por Steven Bannon, en la que militan los sectores más reaccionarios, desde los partidos xenófobos europeos hasta Bolsonaro.

Es cierto que, históricamente, la norma en Estados Unidos es que los gobiernos sufran derrotas en las elecciones de medio término. Las excepciones se cuentan con los dedos de una mano y, por lo general, se dieron en momentos dramáticos: F.D. Roosevelt en 1934 con el New Deal o George Bush hijo en 2002, como efecto de la unidad nacional que siguió a los atentados del 11S.

También es cierto que ha habido derrotas mucho peores, como la del mismo Bush en 2006, en repudio a la debacle de la guerra de Irak o la de Obama en 2010 fundamentalmente por la mala situación económica. La diferencia es que ahora no hay nuevos desastres militares comparados con el pantano de Irak, y la economía exhibe los mejores indicadores de las últimas décadas con un crecimiento que se mantiene en índices aceptables y la tasa de desempleo más baja desde fines de la década de 1960. Por lo que el padre de la derrota de los republicanos es el propio Trump que transformó las elecciones en un referéndum sobre su gobierno y salió debilitado del test. De hecho, más allá de la composición superestructural del poder estatal, Trump perdió el voto popular por un amplio margen de más del 8% a nivel nacional.

La estrategia electoral de Trump, que se puso en el centro de la campaña, fue hacer lo mismo que hace en el gobierno: profundizar la polarización, utilizando “fake news” y agitando los temas más sentidos de la alt right, como el odio contra los inmigrantes y las minorías en general, nativismo y xenofobia, utilizando la “caravana de migrantes”. Este discurso recargado como mínimo favoreció actos de violencia política, como la docena de bombas enviadas por correo a figuras demócratas de alto perfil y opositores vocales del presidente, o el ataque antisemita en la sinagoga de Pittsburgh.

Esta estrategia “anti hegemónica” en el gobierno y en la campaña le ha permitido a Trump consolidar su base electoral, pero a la vez alienó a sectores que tradicionalmente votan a los republicanos, sobre todo las clases medias acomodadas de los suburbios, en particular las mujeres blancas con alto nivel educativo que prefirieron votar a candidatos demócratas. Esto explica derrotas de alto impacto, como la del republicano Kris Kobach en Kansas, que según trascendió en el tramo final de la campaña había recibido financiación de grupos suprematistas blancos.

La geografía del voto demócrata también expresa este daño colateral de la exacerbación de la derecha. Se extendió más allá de los bastiones liberales tradicionales de las costas y recuperó posiciones perdidas en el viejo cinturón industrial que fue la clave del triunfo de Trump en 2016. Quizás lo más significativo sea la derrota de Scott Walker, el gobernador republicano de Wisconsin que hizo pasar una de las legislaciones antisindicales más duras.

La política fraccional de Trump puede comprometer las perspectivas electorales del Grand Old Party porque obviamente no es expansiva. Pero lo más importante es que en el corto a mediano plazo puede actuar como un acelerador de la radicalización política hacia izquierda porque produce un rechazo activo y militante del otro lado. Esto se materializó en la alta participación de jóvenes, latinos, afroamericanos, mujeres y otras minorías estigmatizadas por la derecha conservadora, los que en muchos casos fueron candidatos del ala progresista del partido demócrata con puntos de programa propios que no son los del establishment, y que transformaron al próximo congreso en el más femenino y diverso de la historia.

El mapa que surgió de las elecciones es a la vez expresión y producto de la profunda polarización política y social y de las tendencias a la crisis orgánica que dejó la Gran Recesión de 2008.

Frente a los intentos de soluciones de fuerza de la burguesía, donde entran gobiernos con tendencias bonapartistas y autoritarias como el de Trump, lo más novedoso y auspicioso para quienes militamos en la izquierda revolucionaria es el despertar político de una nueva generación que ve que el capitalismo no va más y están buscando activamente alternativas. Este proceso que tomó cuerpo con la militancia juvenil en torno a la candidatura de Bernie Sanders, pero se remonta al movimiento “No global” que irrumpió en Seattle, hoy es el que se expresa en las candidaturas del ala izquierda del partido demócrata y en el surgimiento del Democratic Socialist of America. Este partido que se dice socialista aunque tiene una estrategia reformista, pasó de 5000 a 45.000 miembros en los dos años de la presidencia de Trump. Parte de este fenómeno es la excelente elección que hizo Alexandria Ocasio Cortez, la joven de origen latino que le ganó la primaria a un candidato del riñón del aparato demócrata en el corazón del Bronx. La evolución de la situación política dependerá en gran medida de si el partido demócrata podrá o no metabolizar dentro de su maquinaria este nuevo fenómeno juvenil y neutralizarlo. Aunque aún no es el momento de la radicalización política ni la lucha de clases aguda, se están creando condiciones que favorecen estas perspectivas.

 
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