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La Izquierda Diario
19 de marzo de 2015 Twitter Faceboock

MUNDO OBRERO
A casi cuatro décadas del golpe, el progresismo K que nunca llegó (ni quiso) a las fábricas
Nicolás Benjamin

Ante un nuevo aniversario del golpe militar que dio la dictadura genocida de Videla y sus secuaces, el kirchnerismo pretende seguir robando banderas que no le pertenecen. A coro, los llamados “progresistas” quieren transformar algunas concesiones que tuvo que hacer el gobierno en grandes acontecimientos de un gobierno “nacional y popular” que va por la “soberanía”.

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Nadie a esta altura puede dudar de la complicidad empresarial en el golpe. Sobran pruebas sobre la activa participación en el genocidio tanto de las patronales extranjeras como de la hoy llamada “nac y pop” de Blaquier y sus amigos. Los floridos discursos, bajar el cuadro de un milico, comprar intelectuales, tener un grupo de periodistas adictos al gobierno y los recursos de la TV Pública están alejados de la vida cotidiana de los trabajadores, del día a día que viven en las fábricas.

Uno de los objetivos de la dictadura fue poner orden en las fábricas, haciendo desaparecer comisiones internas enteras, delegados combativos y todo activista que se pusiera en su camino. La sociedad entre empresarios y burócratas sindicales armó las listas, las entregó y siguió con sus negocios. Así, obtuvo mayores ritmos de producción, menores salarios, peores condiciones laborales y un largo etcétera de beneficios.

Esa dictadura patronal, con sus burócratas como perros guardianes, en muchas cuestiones se mantuvo intacta. Son los empresarios que hoy “la levantan en pala” en la “década ganada” (tal como admite la propia Presidenta), y siguen aplicando la dictadura patronal entre las lineas controles con sus perros guardianes.Cada lista antiburocrática es marcada, cada activista opositor, perseguido. Las condiciones laborales que producen accidentes, roturas de huesos, lumbalgias y hernias de disco, entre otras afecciones a la salud física y mental de los trabajadores, no pueden ser cuestionadas. Es una realidad que parece no existir para 678.

Los sindicalistas k de hoy, son los herederos de los organizadores de la Triple A de ayer: Pignanelli, un gran luchador contra los trabajadores de Lear, Gestamp y todos los obreros que se organizaron para pelear contra los despidos; Pedraza, un combativo de la derecha responsable del asesinato de Mariano Ferreyra; Caló, secretario general de la CGT, activista contra los salarios por debajo de la inflación y contra los delegados sindicales; Martínez, parte del Batallón 601 del Ejército durante la dictadura.

Los empresarios amigos como Blaquier son la máxima y brutal expresión de esta complicidad, siempre del lado de los gobiernos de turno y responsable de la Noche del Apagón, cuando desaparecieron decenas de obreros de los ingenios azucareros en Jujuy. La industria automotriz, tan reivindicada por el oficialismo, despidió activistas en 2014 y es la misma que puso un campo de concentración en la Ford durante la dictadura. A casi cuatro décadas del golpe del 24 de marzo de 1976 vale recordar que los tanques del Ejército estuvieron en las puertas de las fábricas.

La ganancia de los capitalistas es en el centro del modelo a como dé lugar, el relato se hunde en su propia realidad.

Por estos días, por esta década, en toda línea de producción, en cada fábrica, en cada taller se puede sentir el látigo del capital, la dictadura patronal. En los cuerpos afectados, en los tendones lastimados, en las cabezas saturadas, en las licencias psiquiátricas se deja parte de la vida. En los ritmos extenuantes, las horas rotativas, las horas extras, en pasar más horas encerrados en algún sucio galpón que con las familias o en las casas. En las pastillas para el dolor que se toman a diario, en los actron y diclofenax para poder esconder un rato los dolores.

Si te organizas te atacan, te persiguen, te aíslan. Los líderes te vigilan a toda hora y los buchones de los patrones paran las orejas para sumar puntos con el patrón. La burocracia sindical ya ni siquiera tienen disimulo, vienen las oficinas de los gerentes, arman las listas de despidos y te aprietan para que “culpas”. Los “derechos y humanos” hoy son socios de los progres K a quienes les gusta mirar para otro lado. Pero las nuevas generaciones no tienen el miedo al fusil que ya no pueden usar. En la fábrica el “modelo” se vive en carne propia y queda desnudo, sin sentido, al mismo tiempo que crece la simpatía hacia las ideas de izquierda y los compañeros combativos como los de Lear y Madygraf, que pelean y se organizan. Al progresismo K, al relato del modelo se lo combate organizándose contra la burocracia sindical y las patronales.

 
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