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La Izquierda Diario
6 de agosto de 2016 Twitter Faceboock

ENTREVISTA
Matías Kulfas: “La principal falencia del kirchnerismo es que no hubo cambio estructural”
Esteban Mercatante | @EMercatante

Conversamos con el autor de Los tres kirchnerismos, libro que realiza un balance del período 2003-2015, para debatir algunos de sus puntos de vista y analizar el panorama a 8 meses de Macri.

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Matías Kulfas tiene una mirada de primera mano de los años kirchneristas. Fue un protagonista directo de la gestión durante buena parte de los mismos (2006-2013), desempeñándose sucesivamente en la subsecretaría de Pequeña y Mediana Industria y Desarrollo Regional, en el Banco Nación y en el Banco Central. Su libro Los tres kirchnerismos ofrece un balance del período a grandes rasgos positivo, señalando al mismo tiempo lo que evalúa como numerosos desaciertos que se fueron agravando especialmente durante el último mandato de Cristina Fernández. Su enfoque intenta escapar de lo que él considera un debate poco fructífero entre quienes consideran que se trató de una “década ganada” y quienes afirman que fue una “década desperdiciada”.
En la revista Ideas de Izquierda discutimos algunos de sus planteos y conclusiones. En esta oportunidad, retomamos en la charla con el autor algunas de las cuestiones que surgen de la lectura de su trabajo, y conversamos sobre el panorama abierto por la llegada de Macri al gobierno.

En tu libro definís que puede hablarse de tres kirchnerismos, distinguiendo así el mandato de Néstor y los de Cristina como momentos cada uno diferenciado, con sus problemas y herramientas de intervención específicos. ¿Sintéticamente, cuáles son los elementos que distinguen a cada uno de estos períodos y por qué se justifica hablar de tres kirchnerismos?

Creo que tiene que ver con la coyuntura política de cada período, y con el estilo de liderazgo. Por ahí los tres kirchnerismos se pueden asociar a tres períodos de gobierno, pero también a tres instancias. La primera es con Néstor Kirchner en la presidencia y Cristina en la mesa de poder pero él claramente como jefe, la segunda con Cristina en la presidencia pero Néstor manejando todavía buena parte de los resortes de la política, y la tercera ya con Cristina sola al mando, imponiendo su criterio sin ningún tipo de restricciones. Son estilos diferentes y también son coyunturas políticas diferentes. En la primera hay un objetivo de ampliar el marco político, lo que se conoce como la transversalidad, es decir abrir el juego político y armar una coalición de gobierno más amplia. En contraste con el tercer período que exactamente lo contrario: cerrarse en torno a una fuerza propia sin demasiada apertura hacia otras fuerzas políticas, o incluso dentro de la propia fuerza política. Creo que esto también marca contrastes en la política económica. Que se va haciendo más “dura” pero con fundamentos menos sólidos. Esto es lo que explica que los resultados de este último período hayan sido más bien pobres. Como planteo en mi libro lo que tenemos es un “sostenimiento con forceps” de los logros sociales. Es decir, la economía está prácticamente estancada, no hay crecimiento, no hay nuevos avances, ni tampoco retrocesos. Eso sería el logro del tercer kirchnerismo, pero con cierta vulnerabilidad. Hay enormes debilidades en la política industrial y energética, que son los dos sectores que llevan a que el pilar que había sido el superávit comercial, que era lo que daba holgura financiera durante los dos primeros mandatos mutara a un problema de escasez de divisas. Esto condujo a un cambio en la política externa, el denominado cepo o control de cambios en general. Esto tuvo como cerralo un menor crecimiento y una dificultad para sostener lo que había venido ocurriendo en los años previos.

Al comienzo de tu libro abordás como una controversia importante en los balances sobre el período kirchnerista, la que se da entre los que acentúan la importancia de las políticas internas y los que acentúan el peso del contexto externo. Ahí no hacés referencia a una cuestión que abordás más adelante, que es cómo jugó el incremento de la rentabilidad vinculado en gran medida al desplome de costos laborales que permitió la devaluación de 2002. ¿Podría decirse que este fue un aspecto central durante los años de mayor crecimiento que atraviesan estos tres kirchnerismos que vos señalás? Y en ese sentido, el ajuste de 2002 no es un componente clave para explicar la economía política del período?

Los márgenes de rentabilidad pegaron un salto espectacular como consecuencia de la devaluación, en un contexto donde por las peores razones no hay reacción interna. El desempleo está en torno a un 25 % en 2002, lo cual hacía que los sindicatos como mucho pelearan por los puestos de trabajo. No existía demanda salarial; eso recién aparece en 2005/06 y es en cierto modo fogoneado por el propio gobierno. Hubo incrementos sólo por los aumentos no remunerativos impulsados por el gobierno, de a 100 pesos.
Entonces tenemos un escenario de suba muy fuerte de la rentabilidad transable en términos brutos por efecto de la devaluación, en un contexto de represión salarial, por este fenómeno de fuerte desempleo, por efecto del congelamiento de tarifas, y porque el costo financiero era prácticamente inexistente porque la operatoria era prácticamente de contado. Entonces generó que en un primer momento las empresas grandes, especialmente las exportadoras, tuvieran rentabilidades extraordinarias. Eso les permitió una rápida recuperación. También todo el segmento Pyme industrial tuvo una recuperación significativa en sus márgenes. Por supuesto que pudieron entrar un poco más tarde, porque primero tuvieron que recuperar las máquinas y poner la producción en marcha. Pero eso permitió digamos que la economía en su conjunto empezara a crecer y se diera este fenómeno particular que planteo cuando hago referencia a las controversias sobre distribución del ingreso: uno ve que efectivamente las grandes empresas tuvieron ganancias muy significativas; las Pymes, volvieron a crecer, y su rentabilidad fue el doble de lo que había sido en la década del ’90, mientras que la masa de salarios también se incrementó. Lo que se dio fue una mejora distributiva sin que esto implicara menor presencia de las ganancias de las grandes empresas nacionales y extranjeras en el ingreso. Lo que se ve es que en un contexto de fuerte crecimiento podés permitir que todos los sectores tengan buena rentabilidad y al mismo tiempo redistribuir ingresos progresivamente, en el sentido de que vaya más hacia los trabajadores y las Pymes. Es un contexto que a veces cuesta caracterizarlo, porque se da esta conjunción que ocurre pocas veces en la historia, de fuerte crecimiento y fenómenos redistributivos sin afectar las grandes ganancias.

Ahora viendo los datos, cuando en 2006/07 el salario promedio se empezaba a acercar a los niveles de diciembre de 2001, el fenómeno de mejora redistributiva pareció alcanzar un límite. ¿No expresa una techo bajo para esa recomposición?

Sí, los límites están puestos por la estructura productiva. La Argentina es un país con una gran contradicción donde el sector que genera las divisas para asegurar el equilibrio externo son de un sector exportador que genera poco empleo. El sector que más empleo genera es un demandante neto de divisas. Ahí tenés una contradicción que sólo la podés resolver con cambio estructural, con cambio de la estructura productiva. La principal falencia del kirchnerismo es que no hubo cambio estructural.
Durante estos años el país volvió a industrializarse. Veníamos de 25 años de caída del empleo industrial, entre 1975 y 2001, con un producto industrial prácticamente estancado –con cambios en su composición sectorial. Por primera vez, vuelve a crecer la industria y a generar empleo. Pero esto ocurre sobre la base de la estructura productiva previa. No hay transformaciones en la industria automotriz, por ejemplo, y esto significa que cuanto más produce, más importaciones genera. Y ni hablar la industria de Tierra del Fuego, que es un enclave productivo “maquilador”, sin ningún tipo de agregación tecnológica, con lo cual también su crecimiento implica necesariamente mayores importaciones. De modo tal que si bien se ven experiencias importantes en maquinaria agrícola o software, y otros sectores que muestran comportamientos interesantes, el resultado agregado global es de un crecimiento muy importante pero sin cambio estructural.
¿Qué significa esto? Que cuando se acaban las divisas en 2011, porque el superávit externo empieza a mutar en déficit, se termina el combustible para seguir fogoneando ese crecimiento. Ahí hay reacciones tardías, como sustituir importaciones, que llegó cuando ya la dificultad está planteada. Uno encuentra evidencias en muchos estudios que dicen que estas políticas hay que implementarlas cuando tenés holgura externa. Cuando uno mira lo que hizo el ministerio de Industria durante estos años, cuando más tenía que hacer para sustituir importaciones, más apostó al sector automotriz y a la electrónica, con lo cual agudizó los problemas que existían previamente.

Vos criticas las debilidades de la política industrial durante el kirchnerismo, que a pesar de la “vocación industrializadora” manifestada en varias oportunidades, mantuvo a grandes rasgos la morfología que tenía el sector heredada de los años ’90. La pregunta que me surge es, por un lado, cuáles herramientas que podrían haber estado al alcance de la mano no se utilizaron, y la segunda, cuál podría haber sido el sujeto protagonista para cambiar esta dinámica. Esto último lo menciono porque por ejemplo las grandes empresas, que dan cuenta de una proporción importante del producto, y en particular las grandes empresas industriales, se caracterizaron durante esta década según diversas investigaciones por una “reticencia inversora”.

Bueno, sí, existe esa reticencia inversora que marca Martín (Schorr) en su trabajo con Wainer y Gaggero, que me parece uno de los mejores entre los que estudian el período reciente (se refiere a Restricción eterna, NdR), pero también se dan comportamientos distintos. En sector farmacéutico o maquinaria agrícola. Es decir que hay sectores que tuvieron un comportamiento distinto que a lo mejor con otras políticas industriales podrían haber generado otra masa crítica. Yo el problema que vos planteás lo comparto, o sea no creo que sea una tarea sencilla. Pero sí creo que había cosas que se podrían haber hecho en materia de política industrial. Hubo muchas inversiones financiadas por el Estado con tasas subsidiadas que fueron interesantes, pero a las que les faltó esta orientación. A mí me parece que cuando uno mira las políticas financieras -de las que yo participé y tuve siempre discusiones-, se ve que había instrumentos buenos como la línea de créditos del Bicentenario o la línea productiva del Banco Nación, pero que por ahí en estos proyectos que se aprobaban faltaba este nexo. En vez de convocar a la demanda de crédito, se podría haber hecho al revés y decir “hay una oferta de crédito vinculada a estos proyectos estratégicos que se necesitan”. Eso es lo que para mí faltó. Hubo un montón de iniciativas. Yo no comparto la idea de que no hubo política industrial, creo que es un error decir eso. Creo que la hubo, pero que esta tuvo muchas deficiencias.
Hay una parte del “sujeto” que pasa por las empresas grandes, yo no diría que no hay nada para hacer por ese lado; creo que se puede trabajar con otra mirada del sector estatal. Dando apoyo y también exigiendo; yo creo que la política industrial es las dos cosas; beneficios, exigencias muy claras y penalidades ante incumplimientos.
En el mundo de las pymes, uno encuentra que en la Argentina hubo 5000/6000 empresas medianas que se convirtieron en empresas grandes. Es un fenómeno novedoso por lo menos. Después creo que en las cooperativas, empresas recuperadas hay mucho para trabajar.
Y por último el Estado. Yo no creo que el Estado tenga que tomar protagonismo en todos los sectores; hay una estructura productiva con capacidades ya desarrolladas en el sector empresario. Pero no tendría ningún inconveniente por ejemplo en decir “necesitamos una empresa nacional que desarrolle el litio”, ligando a investigadores Conicet, cooperativas jujeñas, etc.
Yo entonces creo que sujetos hay. No digo que sea fácil. Coincido que el problema existe, que el diagnóstico de Schorr y cía está muy bien. Pero sí no diría que no hay intersticios para trabajar, y creo que en ese sentido la política tuvo aciertos pero también muchas debilidades, y que le faltó una mirada estratégica más integradora.

Vos afirmás que el kirchnerismo puso fin a lo que definís como el Teorema de la Imposibilidad, una serie de restricciones que durante los años de Menem y De la Rúa se consideraron incuestionables. Sin embargo, ¿este cuestionamiento de esta imposibilidad no resultó sumamente limitado? Pienso en la continuidad de la regulación financiera heredada por la reforma de 1977, la falta de denuncia de los Tratados Bilaterales de Inversión, algo que incluso era reclamado por sectores afines al oficialismo, la tolerancia que hubo con la fuga de capitales hasta que asomó la crisis externa en 2011, o incluso los marcos regulatorios se los servicios privatizados, ahí se puso tope a las tarifas pero no se avanzó en un cuestionamiento de fondo, lo que está asociado a la crisis energética.

Yo creo que ese corrimiento fue un hecho político muy notable. El clima político de los años noventa era muy restrictivo. Cualquier cuestionamiento al marco regulatorio de las privatizadas, a las ganancias de los bancos, al sector petrolero o el tema de la deuda era rápidamente tildado de anacrónico. Se apelaba a la seguridad jurídica y se planteaba que si se la afectaba el país se alejaba del mundo y todo eso. A comienzos de los 2000, se presentaba como algo que amenazaba ahondar la crisis en la que se encontraba el país. Dicho esto siempre por gente que no tenía problema en impulsar la flexibilización laboral, que acá no tenía ningún problema en afectar la “seguridad jurídica” contra los derechos adquiridos por los trabajadores.
Ahí hubo un planteo que a lo mejor a la distancia parece casi natural, pero que en ese momento político en el que la crisis era muy profunda y las salidas que se planteaban eran siempre por derecha, este tipo de planteo tuvo un contenido sumamente importante. Mostró que se puede hacer política económica de otra manera, y “rompió los moldes”, lo que le permitió tirar para el costado algunas restricciones que eran muy importantes en los últimos 25 años del siglo XX.
Dicho esto, coincido que hubo limitaciones. Hubo reformas que quedaron a mitad de camino. En el plano financiero creo que se avanzó bastante con la reforma de la Carga Orgánica del Banco Central, donde hubo algunos cambios interesantes como por ejemplo en los préstamos a largo plazo al sector productivo. Si uno miraba el crédito a largo plazo antes por parte de los bancos estaba limitado, y era sobre todo en el rubro de préstamos personales para sectores de ingresos altos y buen historial. Ahí el BCRA ganó potestades, ya no es un mero observador del mercado de crédito como era hasta 2010 sino que es regulador, y eso generó los cambios en el financiamiento. Después, se avanzó poco y nada en lo que es entidades financieras, y por lo tanto no se cambió la fuerte concentración existente en el sector bancario. Creo que eso es un aspecto que fue negativo para movilizar más el ahorro interno hacia la inversión en general, el crédito productivo y el financiamiento hacia los que más lo necesitan.
También la reforma tributaria quedó a mitad de camino. Hubo cambios, como por ejemplo que el Impuesto al Valor Agregado explica 30 puntos porcentuales de la recaudación cuando en los años 90 alcanzaba el 40, mientras creció por otro lado el aporte que hacen los impuestos al sector agropecuario. Hubo 10 puntos en los que se avanzó sobre los sectores de mayor capacidad contributiva de exportación. Pero estas modificaciones no llegan a constituir una reforma tributaria, y esto es un aspecto pendiente. El principal problema de la cuestión tributaria en la Argentina creo que es que la carga tributaria es la misma para una empresa grande o chica, para una que invierte o que redistribuye dividendos entre los accionistas. Ahí hay herramientas que se desaprovecharon, para favorecer la inversión productiva.

Continuá leyendo la segunda parte de la entrevista:“Macri es el neoliberalismo posible”

 
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