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La Izquierda Diario
13 de agosto de 2016 Twitter Faceboock

LITERATURA // LIBROS
Don DeLillo y ‘Cero K’: visión del futuro (presente)
Demian Paredes | @demian_paredes

Comentarios al nuevo libro del escritor norteamericano, nacido en 1934, autor de una treintena de títulos entre novelas, relatos, ensayos y teatro (‘Jugadores’, ‘Ruido de fondo’, ‘Submundo’, ‘Body Art’, ‘Punto Omega’).

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Desde la antigua leyenda de Gilgamesh, hasta la reciente serie Wayward Pines (con sus atmósferas-homenaje davidlyncheanos), la muerte –con su infinidad de avatares, y en particular el deseo de poder superarla, evitarla, trascenderla, y alcanzar así alguna clase de “vida eterna” o “futura”– es tema-protagonista de muchas historias, en una infinidad de obras de arte (solo para quedarnos en el campo literario, y no hacer un largo listado de películas de todo tipo y color, recordemos, apenas, entre los clásicos, a Goethe, a Giacomo Leopardi, con su Diálogo entre la Moda y la Muerte, y a José Saramago, con Las intermitencias de la muerte). Y es esta una dimensión que también explora, y no por primera vez, el escritor norteamericano Don DeLillo, en su última novela, Cero K.

Nuevamente –y con lejanos orígenes en la clásica trilogía “distópica” que conforman las novelas Nosotros, de Zamiatin, Un mundo feliz, de Huxley, y 1984, de Orwell–, DeLillo persigue los ocultos movimientos de distintos personajes, y los propios móviles, también generalmente indescifrables o insondables en último término. La tecno-ficción de DeLillo, aun la ambientada en el siglo XXI, se hace eco –de algún modo, cuando no explícitamente– de aquellas novelas “que vienen del frío” (de espionaje, policiales), del “equilibrio de terror” establecido entre la URSS y EE.UU. en el mundo de la posguerra; y sus personajes, en muchos casos, son aquellos que encarnan “nuevos sujetos”, producidos bajo las últimas (e “hipermodernas”) décadas de “globalización” (del capital financiero) y contrarreforma neoliberal: los yuppies, brokers y corredores de bolsa (aquellos “amos del universo” que, entre otros, retrató Tom Wolf en su novela La hoguera de las vanidades).

Así, en Cero K encontramos, en una difusa región de Europa oriental, un centro de criogenia, con cuerpos y mentes que entran en “suspensión”, en una historia donde se conjugan ciencia y creencia, política y biología, técnica y complot(s). Las habituales “zonas” oscuras, opacas, de DeLillo, como se urden en Libra, Mao II, Ruido de fondo o Submundo. Instituciones públicas, privadas, semipúblicas, semisecretas, secretas… Millones para financiar, provenientes de cualquier (o “ninguna”) parte. Gerentes y tecnócratas, confundidos con agentes de inteligencia y científicos, con religiosos y artistas.

La trama de esta novela parte de la visita de un joven treinteañero a un alejado y oculto complejo científico (o científico-militar), donde se trabaja la criogenia; donde su padre, un hombre rico, está acompañando a su mujer, enferma terminal y madrastra del joven, quien se someterá al proceso de congelamiento del cuerpo físico, con el subsiguiente almacenamiento de su “mente”. Y más: el hombre integra el proyecto donde, asegura, se busca crear “una nueva idea de futuro”. Le explica al hijo: “hay involucrados teóricos sociales, biólogos, futuristas, genetistas, climatólogos, neurólogos, psicólogos y eticistas, si es que se llaman así”.

Una intricada empresa que necesita mucho dinero, “toneladas de dinero”, como supone correctamente el hijo. Así, la mitad de la novela transcurre dentro del complejo, con el joven protagonista recorriendo los pasillos de los distintos subsuelos a los que logra tener acceso (según una pulsera electrónica que lo “identifica” y le habilita –o no– el ingreso a ciertas áreas), observando y conversando con distintos personajes (enfermos terminales, una especie de “monje” que brinda apoyo y contención, científicos, asesores, etc.). Hay un intermezzo con la conciencia “depositada” de la mujer, quien piensa y piensa, en un frenesí imparable, y no consigue, desubicada, unificar en su discurso la primera y la tercera persona –en un breve pero asombroso “monólogo de la conciencia”–. Y la segunda mitad de la novela continúa, ya fuera de ese sitio, en la ciudad, con el joven y su propia pareja. Ciertas decisiones del padre, objetadas por el hijo, y diversos ida y vuelta, son el centro del conflicto.

“Vitrificación, criopreservación, nanotecnología”. “Dios bendiga el lenguaje”, piensa no sin cierto asombro el joven protagonista-narrador. “Que el lenguaje refleje la búsqueda de una serie de métodos cada vez más intrincados, hasta alcanzar los niveles subatómicos”, se esperanza. Allí reside una clave de la novela: el lenguaje como vida (activa), pensada y (auto)reflexiva. Intentos de desciframientos, de descripción de una realidad oculta, secreta, degradada tal vez, o ya muerta, o futura, “anticipada-anticipándose”.

Por ello, lo sorprendente, tal vez, sea el fragmento más corto de esta historia, el monólogo (de la conciencia) de la mujer, donde DeLillo, retomando sus temáticas referidas a la cultura “posmoderna”, pone en cuestión, junto a reflexiones sobre el futuro del arte (con la posibilidad de pensar los cuerpos humanos “en suspenso” –y/o “suspendidos”– como parte de alguna clase de próxima exhibición museística –como dudoso resultado de una tardo-modernidad “fallida”–), el lenguaje mismo, y el fin que le supone, inapelable (¿inenarrable?), la muerte (del sujeto, y de su lenguaje). DeLillo encara el tema, y con ese monólogo pretende pensar (narrar) la muerte, apostando, aun sin cuerpo(s), sin sostén alguno –más que el del mismo lenguaje–, a que permanezca, sin embargo, la palabra misma.

 
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