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16 de enero de 2018 Twitter Faceboock

HISTORIA DEL MOVIMIENTO OBRERO
El plan de lucha de la CGT y las ocupaciones de fábricas de 1964
Soledad Domenichetti | Trabajadora telefónica | Agrupación Violeta | @soledome1 Historiadora

En enero de 1963 la CGT lanzó un Plan de lucha de 5 etapas. El 16 de enero de 1964 se votó un calendario para la segunda de ellas: la toma de 11.000 fábricas entre mayo y junio del 64.

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A comienzos de 1960, ya pasados los primeros años de la Resistencia, la situación política nacional tendía a complejizarse con la difícil gobernabilidad que caracterizaba a la administración de Frondizi. Al conflicto social se le sumaban los cuestionamientos de sectores de la clase dominante. Las problemáticas que estaban presentes desde los 50 y en los primeros años de la década del 60 se volvieron claves. Era necesario racionalizar la producción y para ello había que desarticular el poder de las comisiones internas y los cuerpos de delegados. En un contexto recesivo donde se produjeron distintos conflictos en defensa de los puestos de trabajo o por solidaridad, el gobierno avanza en su línea de integración de ciertos dirigentes gremiales. El levantamiento de la intervención de la CGT iba en ese camino. A partir de la devolución de la central a la burocracia, su funcionamiento giró alrededor del acuerdo entre Vandor y los dirigentes de los gremios gráficos y de comercio, con peso central de las 62 Organizaciones. Con la caída de Frondizi y el interregno de Guido, la burocracia va a intentar conservar el espacio de negociación que había construido. Pero, frente a la situación de recesión económica y la política represiva del nuevo gobierno, tanto los dirigentes sindicales como el justicialismo deben reacomodarse.

Luego de que a comienzos de 1963 finalmente se normalizara la CGT, bajo control de las 62 Organizaciones, el Comité Central Confederal decidió convocar un plan de lucha, comenzando con una semana de protesta y finalizando con un paro general por 24 horas. Esta medida, se inscribe dentro de la política vandorista de “presionar para negociar”, es decir el intento de la burocracia de mostrar toda la potencialidad de las medidas de acción directa para lograr mejorar el margen de negociación con el gobierno, pero sin la intención de movilizar a toda la base. De todos modos, la sola puesta en marcha del plan de lucha fue demostrando el descontento y la predisposición del movimiento obrero. La semana de protesta se hizo efectiva en todo el país, con ceses de actividades, manifestaciones y actos públicos, y asambleas. Incluso en algunos lugares fueron más allá, y luego de las asambleas tomaron los lugares de trabajo. El grado de adhesión y descontento expresado en las acciones convenció a Vandor de suspender las siguientes etapas y de avanzar en la salida electoral.

Las 62 intentaron llegar a una alianza electoral para que el peronismo se presentara en las elecciones de julio de 1963, pero entre las presiones militares y las disputas al interior del justicialismo, este pacto no fue posible. La dirección sindical se alineó así a la orden de Perón de votar en blanco, considerando las elecciones fraudulentas e ilegitimas. Con el 25% de los votos y más de 2.000.000 de sufragios en blancos, Arturo Illia asume la presidencia.

La presidencia de Illia y el comienzo del Plan de Lucha

En relación al movimiento obrero, Illia tuvo que afrontar dos cuestiones importantes. Por un lado, la disputa con las direcciones sindicales y su rol de contención del descontento obrero, y la definición del papel del peronismo en la escena política nacional. En el terreno económico se tomaron una serie de medidas tendientes a aliviar el panorama recesivo. Entre 1963 y 1964 hay una leve recuperación económica, que alentará a los trabajadores a recuperar conquistas perdidas. Así, al tiempo que aumenta el descontento dentro de las fábricas, la CGT reanuda su plan de lucha, mientras busca abrir el diálogo con el nuevo gobierno y los distintos sectores políticos y sociales, como la UIA y la CGE. El plan incluía varias fases que van desde la ocupación parcial y zonal de empresas hasta la ocupación total y nacional por 24 horas. Mientras la conducción de la CGT preparaba los últimos detalles del plan de lucha no descartaba su suspensión de llegar a un acuerdo con el gobierno. La CGE mostraba cierta preocupación en relación a la peligrosidad que pudiera provocar la ocupación de establecimientos y otras medidas de acción directa. Esta advertencia hacia los métodos tenía que ver con los conflictos desarrollados desde fines de 1963 y principios de 1964, muchos de ellos llevados adelante por fuera de las directivas sindicales y tras el reclamo por la homologación de acuerdos laborales, donde varias fábricas fueron ocupadas anticipándose al plan de lucha de mayo y junio de 1964.

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En mayo comienzan los operativos del “Plan de Lucha”. Se desplegaron en la ciudad de Buenos Aires y Gran Buenos Aires, Córdoba, Bahía Blanca y otras ciudades del interior. En cada uno de los operativos se movilizaron alrededor de 500.000 trabajadores y se ocuparon cientos de establecimientos. Simultáneamente, obreros de diversos gremios continuaban con distintas protestas, como los mecánicos de Ford Motor de Pacheco que realizaron paros parciales y totales luego del despido de 20 trabajadores. Por fuera de los planes de la CGT se realizaron ocupaciones de fábrica y tomas de universidades. El Comité Central Confederal, aduciendo riesgo de intervención de la CGT decide atenuar las medidas de fuerza. De todos modos, el 18 de junio los trabajadores ejecutan el sexto operativo del plan de lucha, con un alto acatamiento en la zona sur de la ciudad de Buenos Aires y el Conurbano, con la participación de unos 850.000 trabajadores de unos 3.000 establecimientos. El 24 de junio se concreta la última jornada, ocupándose más de 4.000 fábricas, transporte y comercios donde participaron cerca de 1.150.000 trabajadores.

Hacia el mes de agosto se puso en práctica la tercer etapa, que consistía en la convocatoria de “cabildos abiertos”, que se desarrollaron sobre todo es pequeñas y medianas ciudades del interior. Eran actos públicos y concentraciones, donde se planteaban y discutían distintas posiciones y propuestas en relación a la situación nacional, y participaban distintas organizaciones políticas, estudiantiles y empresarias.

En noviembre y diciembre se desarrolló la cuarta etapa, con concentraciones y marchas en distintas ciudades, culminando con una huelga de 48 horas el 17 y 18 de diciembre. En la mayoría de las concentraciones se produjeron enfrentamientos con la policía y numerosas detenciones.

La toma de fábricas: fortalecimiento de la burocracia y cuestionamiento a la propiedad privada

El plan de lucha en general, y las tomas de establecimientos en particular, implicaron un alto grado de planificación centralizada por parte de las dirigencias sindicales. Esto, en el marco de la profundización de la verticalización de la estructura sindical, aseguraba el control de las acciones por parte de la burocracia permitiéndole un margen de maniobra en función de su política hacia el gobierno. Pero, al mismo tiempo, estas medidas requerían de la participación de las bases. Este doble proceso implicaba una contradicción de este proceso de lucha, entre la expresión del poder de negociación de la burocracia, pero a la vez, ese canal de descontento obrero, y una razón de intranquilidad para la burguesía. Otro motivo de preocupación de esta metodología novedosa para la clase obrera argentina, fue que la toma de fábricas tiene la particularidad de poner en discusión la propiedad privada y la disciplina al interior de la planta. En varias oportunidades las tomas fueron con rehenes entre los propietarios, personal directivo, técnico, administrativo y de seguridad, como medida defensiva ante la represión policial.

Así, el mecanismo de la ocupación de fábricas puso en movimiento toda una serie de prácticas en base a experiencias previas y en formas de lucha y organización: la toma de rehenes, la autodefensa, la búsqueda de apoyo en el barrio y en otras fábricas, los debates acerca de los pasos a seguir. Para las clases dominantes, será un motivo de alerta.

Con el desarrollo del plan de lucha la burocracia cumplía su rol de canalizar el descontento obrero que se expresó en la ocupación de miles de fábricas. Esto permitió su fortalecimiento, sobre todo del ala vandorista, primero al interior del peronismo y luego como un actor central en la negociación con el régimen. Al mismo tiempo, se va profundizando el enfrentamiento entre las corrientes peronistas al interior de la CGT.

Perón, desde el exilio, acuerda con Alonso la formación de una corriente interna dentro de las 62, y de la CGT para disputarle poder a Vandor. Así, a comienzo de 1966 la dirección del movimiento obrero peronista quedará dividida en las 62 Organizaciones y las 62 Organizaciones de pie junto a Perón. El golpe de estado de Onganía de ese mismo año va a intentar resolver las grietas dentro de las clases dominantes, pero sobretodo propinar una derrota definitiva a la clase obrera. Pero la fallida resolución de la crisis burguesa, se combina con el ataque a las clases medias y la respuesta obrera a los ataques patronales. Esta situación nacional e internacional de los 60 abrirá el camino a la radicalización de sectores de vanguardia en la izquierda y en el propio peronismo, que se cristalizará en los años 70.

 
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