SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA

Mario Tronti: ¿autonomía o reducción de lo político?

Tiempo estimado 12:23 min


Este mes sale de la imprenta La autonomía de lo político de Mario Tronti publicado por primera vez en castellano por la editorial Prometeo, con traducción, introducción y notas a cargo de Martín Cortés.

Juan Dal Maso

juandalmaso@gmail.com

Domingo 11 de noviembre de 2018 | Edición del día

Fotomontaje: Juan Atacho

El texto recoge dos intervenciones orales de Tronti. La primera, que lleva el mismo título del libro, fue realizada en un coloquio convocado y presidido por Norberto Bobbio, que tuvo lugar el 5 y 6 de diciembre de 1972, en la Facultad de Ciencia Política de la Universidad de Torino. La segunda, titulada “Las dos transiciones”, corresponde a un seminario realizado en la Fundación Feltrinelli en Milano, en abril de 1976. Este carácter “hablado” del libro se refuerza porque la primera intervención está seguida de un debate con opiniones del público y respuestas de Tronti y la segunda contiene solamente las respuestas de Tronti, no habiendo sido incluidas las intervenciones del público, pero dando la idea de un trabajo provisorio, discutido y discutible, que tiene esas características por voluntad expresa de su autor.

Este libro, publicado en italiano en 1977, marca un momento particular de la evolución política y teórica de Tronti, así como se inscribe en un espectro mucho más amplio de debates sobre el marxismo y la cuestión del Estado durante los años ‘70 en Italia y Europa.

De “Lenin en Inglaterra” a “Marx en Detroit”

La autonomía de lo político guarda relación estrecha con su obra más conocida en América Latina, Obreros y Capital (1966). Esa obra combina el razonamiento meticuloso y detallista característico de un discurso marxista que aspira a la cientificidad, con la capacidad de crear imágenes potentes mediante un lenguaje que recuerda los aforismos preferidos por el Zaratustra de Nietszche: la lucha de clases como causa y no como consecuencia del desarrollo capitalista; la cadena se rompe no donde el capital es más débil sino donde la clase obrera es más fuerte; la modernización capitalista como antesala de la revolución obrera. “Lenin en Inglaterra” era la imagen que sintetizaba este enfoque. Y en la reflexión de Tronti, la Italia de los años ‘60 podía ser ese eslabón donde se rompiera la máquina del capitalismo avanzado.

El otoño caliente de 1969, precedido de toda clase de luchas de fábrica en los años previos, parecía darle razón a las elaboraciones de Tronti. Sin embargo y paradójicamente, en el momento de mayor ascenso de luchas obreras, el operaismo se había autodisuelto. El grupo nucleado en torno de la revista Quaderni Rossi, cuyo principal referente era Raniero Panzieri, sufrió un proceso de ruptura, dando lugar en 1964 a classe operaia, que pretendía ser más un periódico de intervención que una revista de investigación y dejó de salir en 1966. El trabajo de anticipación no tuvo quién recogiera los frutos y el posoperaismo se hizo autonomista separándose crecientemente de la clase obrera industrial.

Tronti, que nunca se fue del PCI, había realizado una serie de críticas al partido, centradas en su incomprensión de los cambios sufridos por el capitalismo en Italia en los años ‘50 (crítica que por otra parte realizaba también Pietro Ingrao y el grupo que después fundaría Il Manifesto), su política de “partido popular” y su falta de interés por darle centralidad a las luchas de fábrica. Este tema surgía inevitablemente de la discusión sobre la centralidad de la fábrica. Mientras el PCI proponía un “partido popular” y sindicatos corporativos, Tronti postulaba un “partido de clase” y un “sindicato popular”, es decir intentaba rediscutir el tema de la hegemonía desde la centralidad de la clase y no al revés. Sin embargo, su perspectiva política se basaba a lo sumo en un “control de daños”: evitar que el PCI avanzara aún más en la senda del reformismo, pero sin mucha claridad de cómo estructurar una política alternativa a la de la dirección.

El posfacio de la segunda edición de Obreros y Capital (1971), si bien mantiene la centralidad de la lucha de fábrica como terreno de la acción política cambia los términos del debate de manera contundente. “Lenin en Inglaterra” deja su puesto a “Marx en Detroit” y el “realismo” del movimiento obrero norteamericano pasa a ser el eje de la reflexión de Tronti, que destaca la convergencia de hecho entre el ascenso de luchas obreras que da lugar al surgimiento del CIO en 1935 y el New Deal. Una alianza modernizante entre la parte más avanzada del capital y la parte más avanzada de la clase obrera, que tiene en la intervención del Estado en la economía su piedra de toque. Sobre la base de esta interpretación del New Deal, como inspiración y expresión simultáneamente de la teoría de Keynes, se construyen los argumentos vertidos por Tronti en La autonomía de lo político.

Roosevelt y Agnelli

Mientras Obreros y Capital iba de la fábrica al Estado, de la lucha de fábrica a la política, ahora Tronti proponía entender la autonomía de lo político como instrumento de la lucha de clases. ¿Cómo se constituye esa autonomía? Repensando la relación entre capital y Estado desde el ejemplo del New Deal. El desarrollo económico del capital se encuentra por delante del desarrollo del Estado. La parte más avanzada del capital quiere modernizar el Estado y necesita para eso el concurso de la clase obrera. Constituida como un terreno de acción común para ambos sectores de clase, la modernización del Estado reabre la posibilidad que las luchas de fábrica perdieron. Y la perdieron porque en el ciclo sesentista había una confusión. La lucha a nivel de la fábrica y las relaciones económicas es terreno privilegiado de las victorias burguesas. La lucha en el terreno político, ubicado este en el trámite de modernización del Estado, es una disputa con resultado abierto. La referencia histórica y teórica de esta intervención de Tronti eran F. D. Roosevelt, J.M. Keynes y el CIO de los años ‘30 y ‘40, pero la referencia inmediata eran Gianni Agnelli y su propuesta de un “pacto de los productores” que venía realizando desde comienzos de los ‘70 y que tuvo expresión en el acuerdo de 1975 con la CGIL que establecía la escala móvil de salarios y horas de trabajo a cambio de mejoras en la productividad. En la perspectiva de Tronti, la parte más avanzada del capital tendía la mano a la clase obrera organizada y como en el New Deal los obreros debían aceptar el convite. En su intervención de 1976, Tronti asume una posición más crítica del New Deal y el keynesianismo, destacando su tentativa de desplazar la lucha de clases de la producción a la distribución, señalando su rol estabilizador respecto de la crisis capitalista y proponiendo la perspectiva de una crisis provocada políticamente por la lucha de la clase obrera. Es decir que introduce algunos elementos más detallados para pensar la relación entre la “autonomía de lo político” y la crisis capitalista, pero sin modificar lo sustancial del enfoque de su posición en 1972.

A diferencia de la etapa operaista, en la que el partido aparecía como una organización “composicional” (según la expresión de Peter D. Thomas) en este nuevo planteo de Tronti el partido podía y debía ser autónomo incluso respecto de la clase. De forma tal que la lucha de clases se transformaba en lucha por la modernización del Estado a través de una organización política que proclamaba mantener “el punto de vista” de la clase (posición común a toda clase de corrientes burocráticas, de Mao a Ho Chi Minn, pasando por Togliatti y Dimitrov), es decir que la lucha social se subordinaba a la lucha política y esta a su vez se acotaba a determinados objetivos de transformación política establecidos inicialmente por “la parte más avanzada del capital”. En el curso de esa colaboración, la clase obrera y su partido podían tomar la dirección del proceso, que ya no era una ruptura sino una transición.

Tronti no llega a formular claramente una política del estilo del “compromiso histórico” o el “eurocomunismo”, pero en el debate posterior a su primera intervención transcripto en el libro plantea la necesidad de una política similar. Rechaza el progresismo ingenuo de la socialdemocracia, pero ante las preguntas sobre cuál sería su diferencia con aquella no ofrece argumentos consistentes, por ejemplo veamos lo que dice en página 84:

En qué sentido este sería un discurso menchevique, no lo sé. Puede haber algunas afinidades. Por lo demás, que haya sido considerado menchevique, estaliniano, gramsciano, etcétera, significa que en este discurso hay muchas cosas que son contradictorias, es decir, ideas en formación. No sabría bien considerar todas estas diferencias. Considero, a ojo y rápidamente, que no es un discurso menchevique, en la medida en que hemos recuperado la autonomía de lo política, que es bolchevique. Pero, repito, se trata de ideas en formación, para poner en común en un eventual replanteamiento, del que también hay mucho que esperar.

A su vez, en la entrevista con Martín Cortés que está al final del libro, Tronti señala que el PCI practicaba de hecho la autonomía de lo político pero no quería decirlo (p. 113), o sea que su intervención era una suerte de Bernstein-debate para aggiornar debidamente la cultura política del PCI, quitando los velos ideológicos que impedían reconocer el realismo político que la formación practicaba de hecho y que la revuelta del ‘68 no había tenido.

La sensación que le queda al lector es que la diferencia principal de Tronti con la política que en ese momento llevaba adelante el PCI no estriba en razones de estrategia o táctica, sino en la manera de argumentar y fundamentar no desde un “gramscismo togliattiano” sino desde una perspectiva anti-historicista que en ese momento estaba en transición desde el operaismo al politicismo.

¿Lenin contra el ‘68?

Tanto en la introducción como en la entrevista con Tronti que cierra el libro, Martín Cortés destaca la importancia de poner en circulación este texto en castellano, dadas sus afinidades con cierta reivindicación de lo político asociada a las experiencias de los recientes gobiernos “progresistas” latinoamericanos.

Reivindicando el uso de Lenin que hace Tronti, a quien considera el maestro de la iniciativa política, Cortés señala que Tronti hace un “elogio de la estrategia”. Pero hablando en términos estrictos de estrategia marxista, la propuesta de Tronti más bien se orienta hacia una concepción que opone política y estrategia, naturalmente sin proponer esta oposición de manera abierta.

La definición de que la modernización del Estado es un terreno común para la lucha entre la parte más avanzada del capital y la clase obrera, sugiriendo que la clase obrera puede tomar la dirección del proceso de modernización por simple relación de fuerzas y sin un ruptura revolucionaria, es lo contrario de una estrategia, que supone el combate y la derrota del adversario. En el contexto de este enfoque, la “autonomía de lo político” reivindicada por Tronti deviene una “reducción” de lo político, una posibilidad limitada de intervención política en los espacios abiertos por la parte más progresista de la burguesía: lo que intentaron Juan B. Justo, el PT brasileño y el mismo PCI en los años en que Tronti pronunciaba esas conferencias.

En “Noi, operaisti” Tronti nos recuerda el contexto y las razones de su intervención sobre la autonomía de lo político, en el mismo sentido:

La radicalización del discurso sobre la autonomía de lo político, que surge en los primerísimos años de la década de 1970, por si alguno lo había olvidado, nació de ese fracaso de los movimientos insurreccionales, de las luchas obreras a la revuelta juvenil, que habían atravesado la década anterior. Lo repito una vez más: lo que faltó fue la intervención decisiva de una fuerza organizada, la cual sólo podía proceder del movimiento obrero existente conforme a su componente comunista posestaliniana. La gran iniciativa podría haber arrastrado a las débiles y reticentes socialdemocracias europeas, lanzando una recomposición histórica para la cual los tiempos estaban maduros. Debía haberse proyectado y avanzado una nueva “política desde arriba” dentro de los movimientos desde abajo, para contrarrestar la deriva implícita hacia la antipolítica y así desbaratar los equilibrios sociales y políticos en vez de reestabilizarlos. Más que llevar la imaginación al poder, dar poder a la imaginación, evocando una forma social y otras formulas de la política frente a los capitalismos y los socialismos realizados. En aquel momento otro mundo era posible. Más tarde, y por mucho tiempo, no lo sería. La oportunidad no fue aprovechada, el momento efímero pasó y lo muerto volvió a imponerse sobre lo vivo. Los procesos reales derrotaron a los sujetos imaginativos. [2]

Leyendo críticamente el legado del ‘68 desde un anti-espontaneísmo radical Tronti deja planteado a su vez el problema de hasta dónde una política de izquierda puede estructurarse desde una ruptura con el movimiento social, privilegiando la “política por arriba”. Libradas a la mera espontaneidad, las luchas sociales no estructuran una política. Pero privilegiando el “desde arriba” se reemplaza el movimiento social por “la parte más avanzada del capital”. En este sentido, el Lenin de Tronti es mucho más politicista (y policlasista) que el Lenin que siempre se mantuvo hostil a la burguesía liberal, en 1905 propuso “soviet y partido” contra sus propios compañeros y más en general buscó articular la práctica de partido con el movimiento revolucionario de la clase obrera auto-organizada. La trayectoria política de Tronti, que siguió la evolución del PCI hasta ser senador del PD (el Partido Democrático, continuidad del PCI autodisuelto y transformado en un partido de centroizquierda neoliberal) hasta marzo de este año, habla un poco de este politicismo.

Por estas y otras razones, La autonomía de lo político merece ser leído y debatido.



[1Tronti, Mario, La política contra la historia, Quito y Madrid, IAEN – Traficantes de sueños, 2016, pp. 374/375.

[2Tronti, Mario, La política contra la historia, Quito y Madrid, IAEN – Traficantes de sueños, 2016, pp. 374/375.





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