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a 43 años

Contra la resignación: la juventud de los 70 y el futuro de la revolución

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La generación que peleó en aquella época con distintas estrategias, estaba convencida de que había que transformar la sociedad. ¿Cómo revivir esa idea hoy, cuando nos dicen que solo podemos pelear, a lo sumo, por estar un poquito mejor?

Jueves 21 de marzo | 15:08

Imagen/Mariana nedelcu * Enfoque Rojo

Pocas veces un número, una “fría” estadística, me paralizó tanto. “El 43 % de los desaparecidos bajo la última dictadura cívico-militar en nuestro país tenía entre 16 y 25 años”. Si extendemos la edad hasta 35 años, hablamos de casi el 80 %.

¿Por qué la juventud? Aquellos que en 1976 tenían 26 años habían nacido en 1950. A los 9 años habrán escuchado hablar de la Revolución Cubana, del Che y de la guerrilla. A los 18, del Mayo Francés. Algunos, sobre todo en Córdoba, en Rosario, en Tucumán y en Mendoza, fueron parte de procesos de radicalización del movimiento estudiantil contra la dictadura de Onganía, y por ende de las primeras experiencias de unidad obrero-estudiantil en lo que sería el inicio de un periodo revolucionario. Los cuestionamientos por izquierda al stalinismo después de Hungría en el ’56, la llamada “revolución cultural” en la China de Mao, pero sobre todo los aires radicalizados que bajaron de la Sierra Maestra, moldearon a una generación política que tenía la perspectiva de transformar la sociedad y la convicción de dejar la vida por ello.

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Sin embargo, estas experiencias, que unifican a una generación política, no implican una homogeneidad estratégica. El proceso de radicalización que impactó en sectores de la juventud, tuvo expresiones de distinto tipo. Desde el crecimiento de una izquierda trotskista, hasta el surgimiento de grupos maoístas, y la radicalización de sectores de la juventud peronista, expresada en Montoneros y las FAP-FAR, bajo la expectativa de que de la mano del general Perón llegaría a Argentina el “Socialismo Nacional”.

El golpe del ’76 fue el inicio de un plan sistemático por parte del Estado para aniquilar el ascenso de la clase obrera que se había fusionado con una juventud radicalizada. Masacrando a toda una generación impusieron un saqueo histórico, endeudando al país y entregándolo al imperialismo en colaboración con los grandes grupos burgueses nacionales, como el grupo Macri. Sobre esta definición tenemos que volver para pensar los desafíos actuales.

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2019

Tras la derrota que significó para la clase obrera la dictadura de Videla y compañía, vinieron años de ofensiva neoliberal: precarización laboral, privatizaciones, avance sobre las condiciones de trabajo, la idea de que la clase obrera “no existía más”, y que la juventud no tenía futuro. Ningún Gobierno revirtió ese legado.

La juventud no necesita estadísticas: lo sabe y sobre todo lo siente. Desde hace años es la principal fuente de trabajo en negro y precario en nuestro país. Miles de jóvenes son parte del experimento llamado “capitalismo de plataformas” que no es más que precarización y esclavitud virtual. Otros, los pocos con trabajos en blanco, terminan “rotos” a los 30 o 40 años, después de pasar la vida de fábrica en fábrica, por dos mangos, haciendo horas extras y dejando el lomo en cada jornada. Los que tienen la suerte de pisar una facultad son parte de una estadística perversa: solo uno de cada cuatro ingresantes a las universidades nacionales se recibe. Por no hablar de los millones de “ni-ni”, que no pueden ni trabajar ni estudiar.

Esa verdadera “pesada herencia” es la que quiere consolidar el macrismo, sellando un nuevo saqueo histórico con actores muy parecidos a los setentistas: la gran burguesía local, el FMI como representante del imperialismo, las fuerzas represivas y la colaboración de la burocracia sindical. Y por qué no la Iglesia, que antes hacía parir a las detenidas desaparecidas en centros clandestinos de detención y hoy hacen parir a nenas, como en Jujuy y Tucumán, bautizan a los bebés y proponen entregarlos a “familias importantes”.

¿Puede haber una nueva generación política que surja al calor de las peleas contra estos planes? ¿Qué funde nuevas tradiciones y nuevos ideales de transformación social? Depende en parte de la resolución de los debates estratégicos vigentes.

Hoy, varias de las corrientes políticas que intervienen en la juventud, sobre todo las identificadas con el kirchnerismo (La Cámpora, Nuevo Encuentro, La Mella, etc) son totalmente escépticas de esta perspectiva. Sus expectativas están puestas en que con algunos Manzures, Alperovichs y Massas se pueda conquistar el 51 % en las próximas elecciones y ganarle a Macri.

¿Para qué país? Uno gobernado por los mismos de siempre, sin nadie dispuesto a romper con el FMI, ni dejar de pagar la deuda, ni tocar los pilares de la precarización y miseria que hoy inunda a la juventud. Uno que le dé la espalda (o le ponga la sotana) a las miles de pibas que salieron a la calle por el aborto legal, para dar guiños al vaticano. O que ni siquiera pueda expresar su bronca por la injerencia imperialista en Venezuela (cuando el anti-imperialismo ha sido un motor histórico de movilización de la juventud en nuestro país), para “no alejar a los aliados” pro yanquis.

La posibilidad de que esa generación exista tiene que ver con barrer esos obstáculos y frenos a su bronca. Tiene que ver con que las pibas sigan en la calle por el aborto legal y que nadie les diga que tienen que bajar las banderas; con que ningún burócrata sindical la obligue a quedarse de brazos cruzados; con que nadie le haga creer que “las cosas son así”, o que “esto es todo lo que se puede conseguir”. La juventud setentista, más allá de sus estrategias, había elevado sus expectativas. Había visto el mundo transformarse y era difícil que alguien la convenciera de que “no se podía”, o que aquello por lo que peleaban “eran utopías”.

Para lograrlo, dos ideas iniciales. La primera: retomar las lecciones estratégicas de los ’70, entendiéndolas como un ensayo revolucionario. Nuestra generación no empieza de cero. La segunda: estar organizados y conquistar una juventud dispuesta a cuestionarlo todo. ¿Vale la pena pelear por una juventud militante que se proponga únicamente reformar lo que ya está dado? ¿Que sus perspectivas se limiten a pelear por “lo posible” dentro de los márgenes de este sistema sin imaginar otra sociedad? Pulverizar la energía transformadora y cuestionadora de la juventud en un proyecto de este tipo es hacernos cargo de una interpretación “derrotista” de la derrota.

Propongo, mejor, la idea de Rosa Luxemburgo, quien decía que el camino al socialismo está sembrado de grandes derrotas y que de ellas florecerán las victorias futuras. En otras palabras, tomar aquella derrota como una gran lección estratégica para volver mejor preparados y, esta vez, vencer.





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