Cultura

EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS

Día Mundial del Perro: Trotsky y Maya, la amistad que venció al destierro

Tiempo estimado 6:08 min


El revolucionario tenía debilidad por los caninos. En especial, por la borzoi que lo acompañó en su primer exilio y terminó "en el centro de una gran lucha política".

Domingo 21 de julio | 19:00

En 1938, León Trotsky y André Bretón confluyeron en México -el único país que daba asilo al líder bolchevique-, para elaborar un documento sobre la crisis del arte, el capitalismo y la revolución.

Entre sus largas discusiones, que derivaron en el famoso "Manifiesto por un arte revolucionario independiente", hubo una que desconcertó al referente del surrealismo: Trotsky, protagonista de una de las gestas más importantes de la humanidad, estaba convencido de que las mascotas podían experimentar la amistad.

Después de defender sus argumentos apasionadamente, "el viejo" decidió terminar la controversia con humor: "Sería necesaria, sin duda, una tercera persona, mitad perro, mitad hombre para arbitrar este debate; a falta de su existencia y considerando la reacción de los perros hacia el hombre, me atengo a mis sentimientos".

Bretón, sin embargo, no quedó conforme. Cuatro años más tardes, escribía:

"La mano nerviosa y fina que había dirigido algunos de los acontecimientos más grandes de este tiempo, se distraía acariciando a un perro que vagaba alrededor nuestro. Hablaba de los perros y yo observaba cómo su lenguaje se hacía menos preciso, su pensamiento menos exigente que de costumbre. Se abandonaba a amar, a atribuirle a un animal bondad natural, hablaba, incluso, como todo el mundo, de devoción. Yo intentaba demostrarle lo que hay de arbitrario en atribuirles a las bestias sentimientos que sólo tienen un sentido apreciable en tanto se refieran al hombre".

Las fotos de Trotsky en Coyoacán dan cuenta de su apego a los caninos. Durante esos últimos años, antes de ser asesinado por un agente stalinista, convivió con Azteca, una perra callejera que le obsequió a su nieto Esteban.

Sin embargo, a ninguno quiso tanto como a Maya, la borzoi que lo acompañó durante sus primeros años de exilio y cuya historia es evocada por Leonardo Padura en la novela El hombre que amaba a los perros.

Maya, aquella "pelota de pelo blanco y rojizo", había logrado conquistar el cariño de Trotsky. En enero de 1928, cuando el stalinismo lo empujó a Alma Ata (un pueblo cercano a la frontera china), ella estuvo a su lado y hasta fue partícipe indirecto de algún debate, como expresó Trotsky en sus cartas:

"Se ha abierto un nuevo capítulo de polémica y esta vez, para no repetir el viejo repertorio marchito, juzgan necesario polemizar sobre el número de maletas y cajas con las que viajamos (...) y sobre nuestro perro de caza. Mi querida perra Maya no tiene ni idea de haber sido lanzada a la gran política", redactaba en febrero.

También su biógrafo Isaac Deutscher recordaba que, por esta época, el revolucionario enviaba "telegramas sarcásticos a Moscú, haciendo exigencias, algunas serias, otras triviales y mezclando pequeñas disputas con grandes controversias": entre ellas, algunas concernientes a "su consentida" Maya.

El jefe del Ejército Rojo compartió el exilio su esposa Natalia Sedova, su hijo León Sedov y su perra, hasta que fue obligado a abandonar la Unión Soviética un año más tarde, en enero de 1929. El stalinismo lo acusaba falsamente de haber creado un "partido contrarrevolucionario".

Padura recupera este momento dramático para la vida de Trotsky -y para la historia del partido-, a través de una anécdota ficcional pero anclada en fundamentos reales, que involucra al hombre y su can:

"Fue entonces cuando Igor Dreitser [un soldado stalinista], otra vez necesitado de mostrar su poder, le dijo a Liev Davídovich que la perra Maya no podría viajar con ellos. La reacción fue tan violenta que sorprendió al policía: Maya formaba parte de la familia y se iba con él o no se iba nadie. Dreitser le recordó que él ya no estaba en condiciones de ordenar ni de amenazar, y Liev Davídovich le dio la razón, pero le recordó que aún podía hacer algún disparate que acabaría con la carrera del vigilante y haría que lo devolvieran a Siberia, pero no a su pueblo, sino a uno de esos campos de trabajo que dirigía su jefe en la GPU. (...). El policía, escabulléndose por la puerta (...), ejecutó el acto con el cual trataba de demostrar quién tenía poder: podían llevar al animal, pero ellos se encargaban de limpiar sus mierdas".

Finalmente, Trotsky desembarcó con sus allegados -perra incluida- en Prinkipo (Turquía), donde permaneció casi cinco años. Fueron tiempos de intensa lucha política y ataques del stalinismo, que le asestarían duros golpes.

"Al final de las tardes, con ese cansancio en los ojos que solía provocarle un molesto lagrimeo, Trotsky llamaba a Sieva [su nieto que llegó a la isla en 1931] y, antecedidos por Maya, bajaban hasta la costa a ver la puesta del sol. Allí (...) le enseñaba a comunicarse con los perros y a interpretar su lenguaje de actitudes, apoyado en la inteligencia de la paciente Maya", imagina Padura.

Al poco tiempo, Trotsky sufrió el suicidio de su hija Zina (la mamá de Sieva), a quien el stalinismo le había negado la ciudadanía soviética, alejándola de su familia, las condiciones de trabajo y la atención médica que necesitaba. Él no se dejó abatir: con la voluntad militante que lo caracterizaba, decidió -una vez más- combatir la historia con los puños.

Poco después se enfermó Maya. Según Padura, el líder bolchevique habría intentado salvarle la vida durante diez días, pero una infección pulmonar dictó el inevitable final. Fue enterrada en Büküyada.

Para ese momento, la situación internacional había dado un vuelco. Con el enorme desafío de construir una nueva organización del proletariado, Trotsky partió hacia Francia, otra parada en su larga ruta de exilios. La primera sin su amiga borzoi, que -seguramente- volvería a sus pensamientos durante la discusión con Bretón, cinco años más tarde...





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