Juventud

La huelga de la construcción

1936: cuando la clase obrera tomó la ciudad de Buenos Aires

En esta nota hacemos un repaso por un uno de los hitos de la clase obrera argentina: la huelga de la construcción de 1936.

Sábado 2 de mayo | 12:52

La clase obrera y el sector de la construcción

Tras la primera guerra mundial, se empiezan a producir enormes transformaciones en el movimiento obrero argentino. Las limitaciones impuestas al comercio exterior dieron lugar a un incipiente proceso de industrialización que tendría su auge a partir de la década del 30. El censo industrial de 1935, revelaba que en aquel año sumaban ya 43.207 plantas industriales en todo el país que ocupaban a unos 544.000 obreros y empleados. Esto significaba un aumento del 42% de la fuerza laboral organizada en establecimientos industriales si tomamos como referencia el censo de 1914.

Pero más allá de este peso “objetivo”, el nivel de organización de la clase obrera había crecido enormemente. Los sindicatos por oficio dieron lugar a enormes sindicatos industriales por rama, que no dejarían de crecer en aquellos años. Junto a ellos, se fortalecían las “comisiones internas” y cuerpos de delegados, organizaciones de base de las fábricas que cumplieron un papel significativo en el movimiento huelguístico de todo el periodo, aunque la historiografía en general las haya asociado al período peronista(1). El Partido Comunista, de orientación estalinista, sectores del anarquismo, del socialismo y algunos militantes trotskistas, habían sido los propulsores de la organización de los gremios que luego conformaron la Federación Obrera Nacional de la Construcción.

En ese contexto, se comenzaban a dar los primeros signos de recuperación tras la crisis del 30, y el sector de la construcción y la industria de materiales es donde el crecimiento se hace más fuerte. Durante la década del 30 se produjeron grandes transformaciones en la ciudad: además de un importante crecimiento de los establecimientos estatales (sobre todo militares), es la época en que se construyen varios de los puentes sobre el Riachuelo (Avellaneda, Uriburu, La Noria), se entuba el arroyo Maldonado, se pone en pie el mercado del Abasto, el estadio de Boca Juniors, la Facultad de Medicina, además de que se daba inicio al ensanchamiento de la 9 de Julio y la extensión de la red de subterráneos.

En 1935 el sector ocupaba a casi 17.000 obreros y 1500 empleados y diez empresas multinacionales que dominaban el rubro, siete de ellas de capital alemán. En la lista figuraba la Compañía General de Construcciones y la Siemens Baunion, cuyas vinculaciones con el régimen Nazi eran por todos conocidas.

Las condiciones de trabajo impuestas por esas empresas eran leoninas. Las jornadas de trabajo superaban las 11 y 12 horas diarias, incluyendo los sábados y los domingos, con jornales diarios (que por lo tanto no aseguraban un ingreso estable) y ninguna condición de seguridad, ni materiales adecuados ni vestimenta de protección.

La bronca empezaba a subir en un sector estratégico para la economía.

¡Arriba los corazones proletarios!

Sumado a la bronca por las condiciones de trabajo, los trabajadores de las obras se debían topar con las permanentes negativas -tanto por parte del estado como de las patronales- al reconocimiento de sus organizaciones y, por lo tanto, a declarar huelgas sin ser despedidos, perseguidos y ver reducidos sus salarios. En muchos casos los patrones recurrían a bandas fascistas organizadas por grupos “nacionalistas” como la Legión Cívica, que eran bandas paraestatales con vínculos policiales e impunidad para asesinar obreros, así como lo había sido la Liga Patriótica durante la Semana Trágica. Por su parte, el propio gobierno de Agustín P. Justo, un militar de múltiples vínculos con los sectores de la oligarquía tradicional del país, marcaba una fuerte continuidad de la línea represiva a las luchas obreras que había dado un salto bajo la dictadura de Uriburu, sobre todo hacia aquellos sectores que no estaban bajo la égida negociadora de la CGT.

La combinación de estas condiciones terminó de hacer estallar la bronca cuando el derrumbe de una obra en el barrio de Belgrano, culminó con varios obreros muertos y heridos. Un volante editado por los trabajadores , refiriéndose a las empresas de la construcción, sostenía que: “su línea de conducta es hambrear más y más a la clase trabajadora (…) para la patronal, las manos libres para hacer de nuestras vidas lo que le de la gana y que las obras y lugares de trabajo sean verdaderos mataderos humanos no solo en los medios técnicos sino en todos los sentidos”(2).

Durante el sepelio de los obreros muertos se repartió un volante titulado “¿Es que la vida de un obrero vale menos que una bolsa de cemento?”. La conmoción se extendió a todo el sector de la construcción, y la Federación Obrera de Sindicatos de la Construcción (FOSC) constituyó un comité de huelga. El 15 de noviembre, los huelguistas realizan una segunda asamblea en el Luna Park. Con el tradicional estadio repleto, allí se vota la huelga general para todas las ramas de la construcción. La huelga no solo paraliza todas las obras de la Capital Federal y los alrededores, sino que llega a cruzar el Río de la Plata: los obreros montevideanos en solidaridad con los obreros argentinos también declaran la huelga.

El precedente más inmediato de esta huelga había sido la lucha de los obreros madereros en mayo de 1935, que luego de semanas de conflicto habían conquistado la semana laboral de 40 horas. Uno de sus principales dirigentes y luego fundador del trotskismo argentino, Mateo Fossa(3), por el prestigio ganado en aquella lucha, se convirtió en el presidente del Comité de Defensa y Solidaridad con los Obreros de la Construcción, el cual cumplirá un rol clave, tanto en la organización del apoyo a la huelga de la construcción, como en la convocatoria y organización de la huelga general de enero de 1936.

Entre las principales demandas de la huelga estaban el reconocimiento del sindicato, la implementación del salario mínimo, la reducción de la jornada de trabajo a 8 horas, el descanso dominical y el sábado inglés, la abolición del trabajo a destajo, condiciones de seguridad en los sitios de trabajo, reconocimiento de los delegados de obra, entre otros.

El Departamento Nacional del Trabajo (un equivalente al ministerio actual) calculaba que al segundo día de huelga ya había una adhesión del 95%. Inmediatamente, las asambleas votaron poner en pie Comités de Empresa y piquetes huelguísticos en los lugares de trabajo, para garantizar la medida y evitar a los esquiroles, comedores colectivos que garantizaron el alimentos a los hijos de los huelguistas y tendieron lazos con los pequeños comerciantes, y comisiones de mujeres (mayormente familiares de los obreros), que realizaron una intensa actividad de agitación contra los detenidos, garantizaban los piquetes y extendían las redes de solidaridad a los barrios obreros. Esto resultó ser una medida clave para organizar la resistencia durante la huelga general de enero de 1936.

Un periódico anarquista de la época relataba que “ninguna huelga se mantiene ni triunfa sin la existencia de los piquetes. Ellos son el vigor de la lucha, el fuego de primera línea, las brigadas de avanzada en el ataque. En el piquete pueden estar el joven y el viejo, contagiados de la misma fiebre audaz”(4). La importancia del piquete de huelga para la autodefensa de los obreros, queda a la vista cuando sabemos que al mes de iniciada la huelga ya había 60 huelguistas presos en la Cárcel de Devoto. Es que la respuesta de los empresarios y del gobierno había sido el desconocimiento de los reclamos y la represión, muchas veces acompañada por bandas fascistas, rompehuelgas y carneros.

León Trotsky, diría dos años después en El Programa de Transición que “Los piquetes de huelgas son las células fundamentales del ejército del proletariado. Por allí es necesario empezar”(5). Y efectivamente allí quedó demostrada la eficacia de este método, que luego se generalizaría en la huelga general. Claro que a diferencia de lógica transicional de Trotsky, debido a la política reformista de la dirección comunista, esta experiencia no se generalizó en pos del control obrero y una pelea más general contra la clase capitalista.

Volvamos a la huelga. La solidaridad se extendía. Los vecinos de los huelguistas en los barrios, pese a dormir en habitaciones hacinadas, cocinaban ollas colectivas para los trabajadores y sus familias. Además de la solidaridad obrera, existía un sentimiento común de odio a los monopolios extranjeros, como las empresas de la construcción, vinculadas al nazismo, pero también al imperialismo, así como los transportes urbanos estaban vinculados al imperialismo británico. Es decir, los lazos construidos entre los obreros de la construcción, sus familias, y el resto de la clase obrera porteña, mostraban la capacidad de este sector de vanguardia de estimular la combatividad en todo el proletariado, y tender relaciones con sectores de la pequeño burguesía.

El 7 de diciembre, luego de casi dos meses de conflicto, el Departamento de Trabajo había iniciado negociaciones con el sindicato para levantar la huelga. Sin embargo, ese día se constituye el mencionado Comité de Defensa y Solidaridad, que reunía a 68 organizaciones sindicales. Su primer circular pública, firmada por su secretario Mateo Fossa, decía: “El conflicto de los obreros de la construcción no es un hecho aislado y esporádico. Nos afecta a todos por igual y es vitalmente necesario para el movimiento sindical, prestar la más amplia y generosa ayuda al mismo. Su triunfo significa el triunfo de todos. Su derrota es nuestra ruina. ¡Arriba los corazones proletarios!” La proclama concluía con la convocatoria a un acto en plaza Once el 21 de diciembre.

Ese día se calcula que se reunieron unas 100.000 personas en solidaridad con los obreros de la construcción. Sin embargo, no se trató de un mero acto solidario, allí se convocó a una reunión que tenía como fin resolver la convocatoria a una huelga general.

¡A la Huelga general!

El 4 de enero el sindicato dio a conocer el llamado a la huelga general para el día 7 de enero. Las dos fracciones de la CGT - la“CGT Independencia” de influencia comunista y socialista y la “CGT Catamarca” ligada al sindicalismo- apoyan el reclamo pero una “se lamenta” de no poder prestar apoyo efectivo por falta de tiempo, mientras que la otra se excusa en que sus estatutos no permiten realizar una acción efectiva sin resolverlo en sus organismos directivos.

Los huelguistas mientras tanto se organizaban. El día 6 se preparan decenas de actos en todos los barrios de la Capital Federal para la jornada de huelga. El gobierno y la policía también se preparaban. Durante la noche montaron un operativo reforzando todos los ingresos a la capital ante la noticia de que algunos contingentes obreros llegaban desde la provincia de Buenos Aires. Se puso en acción a la “Sección Especial de Represión al Comunismo” de la Policía Federal, y se reforzó la vigilancia en la cárcel de Devoto. El ejército y la marina acuartelaron a sus hombres montando comités de vigilancia especial en varios puntos de la ciudad.

Con esa disposición de fuerzas, los enfrentamientos comenzaron en la madrugada del 7 de enero. Durante ese día se contabilizaron unas 86 acciones y enfrentamientos con la policía y el ejército, concentrándose la mayoría durante la mañana. En los barrios se iban formando grupos de obreros y de vecinos, que corrían a la puerta de las fábricas a invitar a sumarse a la huelga y formar piquetes en las esquinas. Por lo tanto, además de los piquetes ya organizados, se forman decenas de piquetes espontáneos con fuerte presencia de mujeres, niños y obreros muy jóvenes. La imagen predominante es la de cientos de transportes dados vuelta en toda la ciudad. Los tranvías que seguían transportando pasajeros, sobre todos los de origen inglés, eran incendiados y utilizados como barricadas para garantizar los piquetes. Las empresas finalmente decidieron suspender los servicios de transporte, pero los huelguistas ya se habían apoderado de una parte de la ciudad. Por la mañana también dejan de funcionar los ferrocarriles.

Los enfrentamientos duraron todo el dia, y la ofensiva represiva que se cobró varios muertos y decenas de detenidos, lejos de aminorar el movimiento, estimuló a continuar la huelga durante el día 8 en reclamo de la libertad de los presos. Para entonces, se calcula que unos 200.000 obreros habían participado de la huelga. La huelga ya era un éxito, y obligaba a las empresas a calcular los costos de continuar con su negativa a aceptar los reclamos obreros.

El día 8 el diario Crítica diría: “La vida de Buenos Aires ha estado prácticamente paralizada durante todo el día de ayer. Su ritmo nervioso y dinámico, sobre todo en las grandes barriadas, se detuvo en una acción general que no tiene precedentes y cuyo carácter espontáneo ha debido llamar la atención pública y despertar sugestiones.”(7)

Luego de 90 días de iniciada, el 23 de enero, ante la aceptación de una gran parte de los reclamos que le habían dado origen, la huelga fue levantada por una asamblea en el Luna Park que reunió más de 35.000 trabajadores.

Los límites

La huelga de enero había puesto sobre la escena política el peso social conquistado por la clase obrera. La acción de masas era un golpe duro para el régimen de La Concordancia (así se llamaba la coalición de gobierno) y, a la vez que constituía la posibilidad para los trabajadores de conquistar mayores derechos laborales, permitía también pensar en la organización de los sindicatos industriales. Vista en perspectiva la huelga podría haber sido el puntapié para un cuestionamiento mucho más generalizado al régimen oligárquico terrateniente de Justo, a la injerencia del imperialismo en el país y una superación de las conducciones sindicales, que solo bregaban por reformas parciales y limitadas al terreno económico reivindicativo. La bronca expresada en las calles, la predisposición al combate, la autoorganización, la formación de piquetes espontáneos y las redes de solidaridad obrera y popular, permitían pensar esta perspectiva.

Sin embargo, el Partido Comunista, que había conquistado un enorme peso en la clase obrera de este periodo y que había sido determinante en la organización de los obreros de la construcción, no planteó una perspectiva revolucionaria para la huelga. La política de Frente Popular, que desde el VII Congreso de la Internacional Comunista en 1935 sostenían todos los partidos estalinistas, planteaba la colaboración de clases entre obreros y sectores “progresistas” de la burguesía en función de instaurar regímenes de democracia burguesa que se opusieran formalmente al fascismo. En Argentina esto se expresó en un especial seguidismo del PC al radicalismo, que bloqueó la perspectiva de que los acontecimientos de 1936 se convirtieran en el inicio de un giro histórico hacia la independencia política de la clase obrera.

Ese peso y prestigio conquistado por el PC en el movimiento obrero fue utilizado para su estrategia frentepopulista. Cuatro meses después de la huelga, el 1º de mayo de 1936, impulsó, como parte de la CGT Independencia, un acto junto a los partidos burgueses de “oposición”, donde los principales oradores fueron Arturo Frondizi por la UCR y Lisandro de la Torre por los Demócratas Progresistas. Al mismo tiempo, su peso sindical se articuló con una creciente búsqueda de integración a los mecanismos de negociación estatal, resaltando el pragmatismo de esas organizaciones y una política cada vez más negociadora.

La debilidad de los incipientes grupos trotskistas, que en aquel entonces se oponían a esta política, pese al enorme rol jugado por dirigentes como Mateo Fossa, no permitió plantear una alternativa a esta perspectiva. La huelga de la construcción sin embargo, representa un hito de la historia del movimiento obrero argentino que merece ser reconocido y reivindicado por las nuevas generaciones, extrayendo de allí las mejores conclusiones para las luchas presentes y futuras.

Notas:
(1) Sobre este tema ver: Ceruso, D. La Izquierda en la fábrica. La militancia obrera industrial en el lugar de trabajo. 1916-1943, Imago Mundi, 2015.
(2) Extraído de: Iñigo Carrera,N. 1936. La estrategia de la clase obrera, Imago Mundi, 2011.
(3) Rojo A., Luzuriaga, J., Moretti, W., Lotito, D.: Cien años de Historia obrera en Argentina, 1870-1969, Ediciones IPS,2016
(4) Idem.
(5) Trotsky, L. El programa de Transición, Ediciones IPS, 2012.
(6) Rojo A. et al, ídem.
(7) Diario Crítica, 8/1/1936







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