Mundo Obrero

Atentado en Río Tercero

A 25 años de las explosiones de Río Tercero, la impunidad contada por un obrero

Aquel 3 de noviembre de 1995, el Estado y el Ejército Argentino desataban, una vez más, una guerra contra su propio pueblo. El atentado que a dos décadas y media de haber destruido todo sigue impune, contado por un obrero de la ciudad de Río Tercero.

Martes 3 de noviembre de 2020 | 17:41

El jefe avisó –gestionando su desconfianza–: “ustedes sigan cavando, yo voy a buscar zunchos, y en 10 minutos vuelvo”.

Nosotros sabíamos que esos “10 minutos” eran una hora clavada, justo el tiempo que al colorado Julio le tomaba pasar a buscar por el edificio operativo los zunchos, adrede olvidados, y con la mecanización que da la costumbre, hacer una parada en el boliche del Tony, entrándole a la escapada, a unas ginebritas que lo mantenían en pie durante toda la jornada de capatazgo.

A mis amigos del barrio, que idealizaban la borrachera, tipo la de Luca, les explicaba que nada que ver, la de este crápula era un alcoholismo bien antiobrero.

Faltaba poco para las nueve de la mañana y el calor de ese noviembre, ya a esa hora no se aguantaba –menos bajo el ojo alcahuete de Julio¬–, y con los picos y palas, que sacaban chispas en la tosca seca, cuando rebotaban sin avanzar un milímetro, para la bendita base de aquel poste, que al final, meses después, pudimos instalar.

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Así que pacientes y expertos –el síndrome de abstinencia los hace muy predecibles–, esperamos un par de minutos para asegurarnos que el muy ladino no volvería con cualquier excusa y nos agarrara al pedo, con una carrera fulminante fuimos a sentarnos a la única sombra que teníamos a disposición.

Nos protegimos de ese sol –casi siempre duro e inclemente con los peones-, con la pared de una casa de barrio de esta ciudad pueblerina, y resistentemente industrial que era aún Río Tercero para el año 1995.

Con mi compañero Francisco, nos sentamos a ambos lados de un ventanal que llegaba hasta pocos centímetros del piso, el vidrio del postigo cerrado nos separaba –y protegía– de la intimidad del interior de un hogar, que como todos sin llaves en las puertas, estaba a disposición de los vecinos. Todavía la moda de la desconfianza neoliberal y de las rejas tristes y repetidas, no serían el monumento individualista omnipresente que determina este sistema socio económico.

No pasó nada, bah, segundos, qué se yo, en ese momento el tiempo dejó de tener una métrica exacta y acompasada.

Creo que ni bien me había apoyado en el suelo, miré con cierta desesperación y confusión hacia el otro costado de la ventana donde estaba ya sentado Francisco.

Sé que lo hice buscando una respuesta, no entendía por qué los pelitos más chiquitos de mi piel - y todo el cuerpo - me temblaban, se ve que a él le pasó algo similar, sus ojos desencajados pero enfocados en los míos, buscaban también una respuesta.

Antes de que pudiéramos decir palabra, los vidrios incontenidos salieron despedidos con una fuerza increíble entre su cara y la mía, cuchillas, navajas, esquirlas, de todos los tamaños.

Después de varios segundos, una terrible explosión de tal magnitud que comprendí que el ruido también es un arma de guerra, al menos para los soldados, nunca descriptos con justicia en los libros de historia. Un ruido desgarrador, pero silente para el resto, que te acompañará ya toda la vida.

Eran las nueve menos cinco de la mañana de aquel 3 de noviembre de 1995, y una vez más, el Estado y el Ejército Argentino desataban otra guerra contra su propio pueblo. La ciudad obrera de Río Tercero fue un peón descartable en las estrategias geopolíticas de la contrarrevolución imperialista mundial de los años 90, más conocida como Neoliberalismo. Usando una práctica ya antigua, típica de la Guerra Fría y de la Dictadura, el Estado optaba por recorrer los bordes de la legalidad para resolver sus cuestiones.

Estas eran, que la Argentina –en este caso el de la coalición menemista–, embarrada hasta el cogote con su obediencia a las políticas yankis, y por fuera de la legalidad internacional, cumpliera el rol de proveedor clandestino de armas: en la guerra de los Balcanes, y en la guerra que habían entablado Perú y Ecuador, en este caso, con la desfachatez de que la Argentina era al mismo tiempo, uno de los garantes de la paz. Traición que se duplicaba en el caso latinoamericano ya que se perjudicó al Perú, que tanto había apoyado la causa de Malvinas.

Toda esta actuación criminal, más el cóctel de corrupción y enriquecimiento personal mafioso con que el imperialismo lubrica sus políticas, fue necesario ocultarla mediante una explosión que borrara todo.

Así lo estableció en el 2015, el veredicto tardío e incompleto de los tribunales cordobeses. El atentado de Río Tercero fue realizado de manera "intencional, programada y organizada".

Más allá de lo que diga el aparato jurídico estatal, que sólo condenó a la cúpula militar, y en cambio dejó impune al súper protegido Carlos Menem, lo cierto que toneladas de trotyl y varios miles de proyectiles, que desperdigaron millones de esquirlas, terminaron cegando la vida de 7 hermanos de la clase obrera, heridas graves a cientos más, daños de por vida a miles y miles, más la destrucción de la infraestructura de media ciudad.

Como Francia en Argelia, como la contra nicaragüense, como las fuerzas paramilitares colombianas, como en Guantánamo, como en la Amia, como los Grupos de Tareas, como hicieron con los Desaparecidos: El Estado, más allá de que dispone de todos los resortes del poder, recurre además, a medios ilegales para llevar adelante sus políticas.

Muchos han desgranado promesas incumplidas y vacuas a lo largo de estos 25 años en que la movilización ha ido decayendo, lo cierto es que la niña y estudiante Romina Torres, y les trabajadores Aldo Aguirre, Laura Muñoz, Elena Quiroga, Leonardo Soldevilla, José Varela y Hoder Dalmasso perdieron la vida reventados por esquirlas o por paros cardíacos ocasionados por el estrés traumático de la guerra.

Dolor que, les aseguro, nunca te abandona.

Lo otro que no nos abandona nunca –al menos mientras persista nuestra precariedad política, quiero decir, mientras los trabajadores no seamos gobierno -, es la impunidad.

Y este atentado, a dos décadas y media de haber destruido todo, sigue impune.

Desde su ocurrencia, la zaga ya es larga: Menem tuvo su segundo mandato, los radicales les aseguraron impunidad gobernando con Mestre muchos años esta provincia y la justicia de Córdoba, posteriormente la Alianza con de la Rúa –pienso en la metáfora de Viqueira, uno de los actores de la Alianza, y después, protagonista en la coalición K, y sin dramas, ¡abogado de la querella! Otro conspicuo de ambos lados del mostrador –después vinieron tres mandatos del cinismo K– la ilustración más patética es cuando Néstor prometió a la luchadora Ana Gritti, que abriría los archivos de la Side y crearía una fiscalía especial a cargo de Stornelli, si, el mismo que ahora todos sabemos un agente de intereses extranjeros. Pasados los años, por supuesto, no hubo ni apertura de ningún archivo, y menos justicia.

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En síntesis, hoy con tantas frustraciones y direcciones traidoras, tanto los trabajadores, como los otros sectores que pudieran exigir justicia, se encuentran desmovilizados.

En ese marco se ha institucionalizado un ambiguo pedido de “justicia definitiva” y “reparación histórica”, mientras en otra canasta, Menem sigue ahí, impune y protegido, y lo peor de todo, mientras no cambien las cosas: el Estado que lo hizo, lo volverá hacer.

Justicia Verdadera para Río Tercero Cárcel para Menem y todos los responsables políticos Abajo el sistema político social y económico que es capaz de desatar una guerra contra su propio pueblo.







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