Cultura

AUTOFICCIÓN

A pulmón: contar el presente en tiempos de periodismo de emergencia

Relato en primera persona sobre el ejercicio de un violento oficio en la era del justo a tiempo.

Juana Galarraga

@Juana_Galarraga

Viernes 17 de abril | 23:49

Acaba de empezar el jueves 16 de abril. Hace minutos entré en el segundo mes de la cuarentena. Empecé mi encierro antes de que se decretara obligatoriamente porque soy población de riesgo. Tengo una enfermedad preexistente y según la doctora esto no significa que puedo contagiarme más fácilmente, sino que una vez contagiado el virus, tendría menos probabilidades de éxito.

El 13 de abril cumplí 31 años. Mi papá me llamó desde el hospital para saludarme. No me sorprendió que estuviera ahí porque pocos días antes me había contado por teléfono, que tenía control justo en esa fecha. La semana anterior, una ambulancia había tenido que ir a buscarlo porque sentía que no podía respirar, temblaba y transpiraba mucho. No podía hablar y le faltaba el aire. Antes de acostarse en la cama fue hasta el almacén del barrio, pagó la cuenta y volvió para su casa. Tenía miedo de quedar debiendo. Dice que llegó, se acostó, agarró el celular y marcó el primer número que encontró: el de mi hermana más chica. A su manera, se despidió. Mi hermana consiguió que le mandaran la ambulancia.

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En aquella conversación, luego de saludarme y preguntarme cómo había empezado mi cumpleaños, me interrumpió de golpe cuando vio venir a la doctora. Alcanzó a decirme que había llegado hasta el hospital en remis antes del horario del control, porque se sentía mal nuevamente y había tenido que ir directo para la guardia. Le pedí que me mantenga al tanto. Antes de dormirme le escribí:

  •  Viejo, al final no me mandaste nada. Contame cuando puedas qué te dijeron en el hospital. Besos.

    El 14 de abril amanecí y me llamó la atención no encontrar su respuesta. El día pasó sin noticias. A eso de las 19 mi hermana me manda un audio.

  •  Estamos yendo a buscar a papá a la casa porque se descompensó de vuelta. Yo ni loca entro al hospital por la panza, los espero en la puerta.

    Mis hermanas llegaron en auto. Lo vieron salir tambaleándose. No podía terminar una sola frase sin quedarse sin aire. Aún así logró preguntarles cómo se habían enterado. Mis hermanas no se lo dijeron. Fue a través de unos de esos caminos que cierta información solo puede seguir en un pueblo. Era la tercera vez que caía al hospital. Le dijeron que lo iban a dejar internado dos noches. Horas después respondió mi mensaje:

  •  Hola mija, en el hospital otra vez, paso la noche aquí. En realidad, ayer no me dijeron nada sobre lo que tengo. Besos

    El miércoles 15 de abril a la mañana seguíamos sin tener información respecto del diagnóstico. Mi hermana menor solo había podido acompañarlo hasta la entrada esa noche. Apenas cruzó palabra con el hombre de la seguridad que le pidió un teléfono para comunicarse si había novedades. A papá una médica lo manoteó y se lo llevó rápido para adentro.

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    El día 15 de abril venía transcurriendo sin novedades más que papá estable en el hospital. Estaba tranquila porque estaba cuidado, nos habíamos ocupado como podíamos. Solo faltaba que pasara la segunda noche ahí y volvería a su casa. Estábamos pensando en juntar plata para comprarle comida. Hasta las 20:00 ese era el panorama. Ahora son las 02:35 de la madrugada del jueves 16.

    Además de mi padre, también están internadas en el mismo hospital mi hermana y mi sobrina recién nacida.

    ***

    En las últimas semanas saqué una conclusión: el tiempo desde que empecé a trabajar, hace 12 años, me alcanzó para llegar al presente con lo justo como para no estar en la línea de los primeros caídos. Estoy de licencia paga.

    A fines de 2017 conseguí mi trabajo actual, después de dos años de lidiar de manera intermitente con el desempleo. No sé cuántas horas de mi vida dediqué a buscar trabajo en la computadora o repartiendo CV por la Capital en ese período. Este trabajo apareció justo antes de que empezara a considerar conseguir una bicicleta y bajarme alguna app.

    Justo antes de que las peores consecuencias de la crisis económica se empezaran a sentir más fuerte. Justo antes de que me diagnosticaran la falencia esta de mi organismo, que me acompañará para siempre.

    Jamás me hubiera imaginado que las condiciones estructurales de mi vida iban a cambiar favorablemente, justo a tiempo para traerme lo mínimo e indispensable para sobrevivir a una pandemia. La precarización y mis limitadas “probabilidades de éxito” me hubieran complicado las cosas en estos tiempos. Pensé en esto después de leer una nota sobre unos fachos armados que rompieron la cuarentena, en Michigan, EEUU, todos calzados, para pedir que se levante el aislamiento porque creen en la “inmunidad colectiva”.

    Me salvé, podría decirse. ¿De puro culo? No, busqué insistentemente mucho tiempo un trabajo en blanco. ¿Meritocracia? Menos. Lo logré gracias a personas como mi madre y gracias a que soy militante de un partido político, con camaradas como los y las que hay en el PTS. Mis compañeros de la redacción de La Izquierda Diario. Me bancaron en sus casas. Me bancaron con plata para la comida, con sus tarjetas reventadas de tan prestadas. Me bancaron organizando fiestas para que pagara el alquiler y con colectas. Me bancaron discutiéndome para que nunca perdiera de vista que lo importante no era el qué de cada trabajo que conseguía, de cada sacrificio que hacía, sino el para qué. Yo quería resolver los problemas urgentes que no me permitían pensar, como la vivienda y la comida, para dedicarme con las mayores energías al periodismo que solo nosotros hacemos y que hoy es tan necesario.

    Justo a tiempo. A mí no me salvó la vida este trabajo en blanco que está buenísimo, pero igual es una mierda porque la patronal me trata como si fuera su objeto. A mí me salvó la vida el trotskismo.

    ***

    ¿Cambios bruscos? Se trata de esto. Hay que estar conectado con el presente de alguna manera. Hay gente que elige la desinformación pero para mí eso es imposible. No solo porque a esto me dedico y el periodismo me lo impone, sino porque el periodismo aún con lo difícil que se vuelve de digerir la información a veces, es liberador.

    Una vez leí una frase de la fundadora de las Pussy Riot, quien a pesar de no compartir su forma de luchar contra el sistema tiene mi respeto, porque sea como sea, se comió tres años de cárcel en la Rusia de Putin. Ella dice algo así como que “la cárcel no es el peor lugar para alguien que piensa”. Desde entonces me pregunto cuál puede ser ese lugar peor para estar, para alguien que piensa, que no sea el encierro. Hasta ahora el único lugar en el que no quisiera imaginarme, es el de la claudicación.

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    Mi forma de militar y seguir enfrentando el sistema, en estas condiciones, es hacer periodismo. Como la del resto de mis compañeros con quienes acabamos de montar un estudio para hacer transmisiones en vivo y nos jugamos a salir con todo un proyecto nuevo, con todas las precauciones, aún en este contexto. Voluntad y audacia, no sé si es lo que nos sobra, pero nadie puede negar que las tenemos.

    Salimos a hacer nuestro periodismo de emergencia, justo a tiempo. Justo ahora que la realidad es tan dura y la desigualdad tan evidente, que el resto de los medios se ocupan permanentemente de justificarla, disimularla, naturalizarla. Justo ahora que hace falta oxígeno, imágenes, palabras, ideas que alimenten la imaginación, que permitan pensar que otro mundo es posible. Justo ahora que hace falta que alguien diga que no necesariamente tiene que ser una distopía. Comernos ese destino como inevitable, es aceptar la crónica de la muerte anunciada de la podredumbre capitalista. Nos han cagado tanto la cabeza, que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Jamás nos convencerán de esa idea y jamás nos convencerán de que dejemos de propagandizar todo lo contrario. Hay muchos engaños, porque no hay que ser tan imaginativo en realidad, para darse cuenta de que si fuéramos las grandes mayorías las que tomáramos el timón, otra sería la historia.

    ¿Cambios bruscos? Mientras trataba de concentrarme en una nota, tratando de no preocuparme por papá, me llamó mi madre. Mi hermana acababa de salir de un control y el ginecólogo la mandó a hacerse una cesárea de emergencia. La nena no se estaba alimentando bien, no le servía la placenta. Nació ochomesina y pasará los primeros días de su vida en una incubadora del servicio de neonatología del mismo hospital público, donde ahora descansa estabilizado mi viejo. El mismo hospital en el que las enfermeras se sacaron una foto el día que nació mi primera sobrina, que luego salió en el diario. El mismo hospital que ya les salvó la vida a varios de mis seres queridos y también donde se me fueron otros en los últimos años.

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    Tiempos del justo a tiempo. Hace pocas horas, siendo las 23:49 del 15 de abril del 2020, vi el video de mi sobrina saliendo de la panza de mi hermana, escuché su primer llanto, escuché cómo sus pulmones respondían perfecto. La escuché chillar y a los médicos y enfermeras decirle “bienvenida Amelia”.

    Bienvenida mi amor. La tía y sus compañeros hacen lo mejor que pueden, para que este mundo sea distinto para vos.







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