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OPINIÓN/POLÍTICA NACIONAL

Alberto Fernández, Cristina y Clarín: ¿volvió el periodismo de guerra?

La política y las metáforas bélicas. El Gobierno y las grandes patronales: ¿desgaste o derrocamiento? Relatos, realidades y nuevos tiempos. Desde abajo, emerge la resistencia.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Martes 12 de mayo | 22:54

Imagen: mata ciccolella

Las metáforas bélicas invaden la política: “momento cúlmine de una batalla”, “acoso y derribo”. De la mano del progresismo, el “periodismo de guerra” vuelve a escena en el debate nacional.

Aquella confesión - popularizada en una entrevista de Fernando Rosso a Julio Blanck en La Izquierda Diario- funciona como bala de plata entre las huestes kirchneristas.

La furiosa campaña alrededor de una (inexistente) liberación masiva de presos detonó un nuevo momento de la política nacional. La derecha encontró bandera y punto de reunión. Desde el fin de los tiempos reaparecieron almas perdidas como Ricardo López Murphy. La ofensiva mediática, tocando distintos registros, continuó camino.

Este domingo, presentado ese retorno del periodismo de guerra, Alfredo Zaiat escribió en Página/12 que éste era respuesta del poder económico a tres medidas del Gobierno: la prohibición de despidos; la propuesta de un aporte extraordinario a las personas muy ricas; y la oferta de canje de deuda.

Todo relato tiene por límite la realidad. Y éste no es la excepción. La prohibición de despidos no impidió que estos prosigan su curso ascendente, como demuestra el último informe del Observatorio de despidos de La Izquierda Diario. Si se atiende al fantasmal impuesto a las grandes fortunas, este no solo desapareció de la agenda legislativa oficial sino incluso del discurso presidencial. Pasó a ser un “aporte”, término cuyo sentido es bajar los decibeles en el debate público. La oferta de canje de deuda - “innegociable” hasta el pasado viernes- empieza a estirarse en función de los intereses de los bonistas.

Si elegimos discutir en términos de teoría militar, es preciso recordar la clásica distinción entre “estrategia de desgaste” y “estrategia de derrocamiento” [1]. Los nombres dicen lo evidente. La diferenciación hace a los fines y los objetivos del combate emprendido, determinando la magnitud de las fuerzas en movimiento.

En el oficialismo, la intensidad de los ataques verbales se contrapone a la moderación de las políticas realmente existentes. En cincuenta días de cuarentena, cada palabra fuerte ha sido el prólogo a una negociación en la que el capital gana. Suspensión con baja de salarios; pago de hasta 50 % de los mismos; subsidios; reducción de aportes a la Anses; habilitación para una baja general de salarios a quienes impide trabajar la cuarentena.

Por definición, siguiendo a Von Clausewitz, no existe la defensa pasiva. Pero frente a la ofensiva empresarial, el único escudo oficialista son las palabras. Los resultados están a la vista.

Si se aceptara la premisa del periodismo de guerra, éste más bien pareceria corresponder a una estrategia de desgaste, destinada a seguir imponiendo los intereses del capital de manera permanente. Un enfrentamiento donde no se asume necesario llegar al “derribo” porque el “acoso” alcanza para conquistar objetivos propios. La operación apunta, en todo caso, a consolidar un Poder Ejecutivo aún más subordinado, alejado de toda "tentación populista".

El territorio judicial es el lugar elegido para la “contraofensiva” kirchnerista. La re-emergencia de los proyectos de reforma puede oficiar de escudo defensivo en esta guerra de baja intensidad. Sin embargo, bajo esa premisa moderada -que propone una negociación de casta a casta- puede correr el mismo triste destino que tuvo la Ley de Medios: una norma opulenta en épica, pero pobre en resultados.

Tal vez a pregunta inicial deba ser reformulada. ¿Volvió el periodismo de guerra o volvió el relato del periodismo de guerra? Tal vez demasiado temprano para responder de manera precisa. Por lo pronto, si se dirige la mirada al campo de batalla, hay más de una mina sembrada.

Resistencias

A fines de los años 70, Marshall Berman escribió que las voces de El capital “todavía forman parte de nuestras vidas”. Las décadas transcurridas no despojan de vigencia la afirmación.

Esas voces son hoy las del gran empresariado reclamando mayor precarización laboral o defendiendo “su derecho” a extender la jornada laboral casi al infinito. Recuerdos del futuro, que es nuestro presente.

Son, también, las voces la clase obrera que resiste y lucha, que enfrenta los designios de un poder económico que la considera solo un costo más en el proceso productivo. Allí están, entre muchos otros, los trabajadores y las trabajadoras de Mondelez, que este martes reclamaron en el portón de la planta Victoria contra el acuerdo escandaloso firmado entre Daer y la patronal. O los obreros de Fate, que marcharon por el centro porteño contra los recortes salariales.

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O los municipales cordobeses que, a pesar de las amenazas represivas, se movilizaron contra el recorte salarial votado por el peronismo cordobés. A propósito, si no lo hicieron vean esta gran intervención de Laura Vilches, la concejal del FIT-Unidad que votó, en soledad, en contra.

La resistencia a las consecuencias de la crisis sanitaria y el ajuste se extiende por la geografía nacional. Desde Tierra del Fuego a Jujuy, pasando por Mendoza o La Matanza.

La lucha educa la conciencia obrera: le advierte de aliados y enemigos. Le devela el verdadero rol de los Gobiernos. Le descubre la brutalidad patronal. “Escuelas de guerra”, definió brillantemente el revolucionario ruso Lenin.

Esas peleas traen de regreso a ese monstruo innombrable en filas progresistas: la burocracia sindical. Los Daer, Martínez, Acuña o Rodríguez están allí, entregando cada reclamo obrero, avalando cada exigencia patronal, jugando el eterno rol de Policía al interior de las organizaciones gremiales. El silencio de cierto periodismo centroizquierdista tiene su lógica: en el esquema del Frente de Todos, los Traidores son “compañeros”.

Los nuevos tiempos

Vivimos en “una temporalidad en descomposición, apenas contenida por la cuarentena”. La definición, interesante, le pertenece a Diego Sztulwark y puede encontrarse en el recién publicado El futuro después del COVID – 19. Compilando a una treintena de autores y autoras, el libro de la Jefatura de Gabinete ofrece menos de lo que promete en tapa.

Sin embargo, vale la pena detenerse en la idea de una temporalidad en descomposición. Una suerte de paréntesis en la historia que incuba demasiadas tensiones. Una bomba de retardo, que mientras cuenta los segundos en cámara lenta, prepara las condiciones para agudas tensiones sociales y políticas. Para un retorno abierto de la lucha de clases, de la mano de la catástrofe social y económica que emerge de la cuarentena.

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Permítasenos una elipsis temporal. En 1924, escribiendo sobre los problemas de la guerra civil, León Trotsky afirmaba que “en el período de preparación revolucionaria, medimos el tiempo según la vara de la política, es decir, por años, meses, semanas. En el período de la insurrección, medimos el tiempo en horas y días”.

Hoy todavía caminamos el tiempo de la preparación revolucionaria. Sin embargo, las velocidades se aceleran. Hay que apurar el paso y avanzar en construir la fuerza social y política que pueda barrer con un sistema en decadencia. Las masas trabajadoras de todo el mundo -incluidos estos pagos- tienen que prepararse para desplegar su propia estrategia, una estrategia de derrocamiento que permita avanzar en el camino de una sociedad sin explotación ni opresión. Perder el tiempo es dejar avanzar la barbarie capitalista.

Notas

[1] En términos políticos, ese debate cruzó a la socialdemocracia alemana de principios del siglo XX. Quien quiera profundizar sobre el tema puede consultar el completísimo capítulo 1 de Estrategia socialista y arte militar, escrito por Emilio Albamonte y Matías Maiello, y editado por el CEIP León Trotsky.







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