SEMANARIO

Amadeo Bordiga, entre el marxismo olvidado y los campos de batalla

Juan Dal Maso

BORDIGA
Ilustración: @flaviagregorutti

Amadeo Bordiga, entre el marxismo olvidado y los campos de batalla

Juan Dal Maso

A propósito del libro The Science and Passion of Communism, Selected Writings of Amadeo Bordiga (1912-1965).

Historical Materialism Book Series y la casa editorial Brill han publicado recientemente una selección de escritos de Amadeo Bordiga (1889-1970), quien fuera el principal dirigente del Partido Comunista de Italia hasta 1924 y el líder de su Fracción de Izquierda hasta su expulsión en 1930. En los años de la segunda posguerra fue referente teórico del Partido Comunista Internacionalista y luego del Partido Comunista Internacional, que publicaba el periódico El Programa Comunista.

Titulado The Science and Passion of Communism, el texto ha sido editado por Pietro Basso (sociólogo, docente e investigador de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia y militante internacionalista), quien aportó también el estudio preliminar del libro. Giacomo Donis y Patrick Camiller estuvieron a cargo de las traducciones.

El libro –de 540 páginas en total, incluyendo un anexo de fotografías e ilustraciones– cuenta también con un índice de conceptos y un apéndice bibliográfico comentado de las obras de y sobre Bordiga. Los textos han sido reunidos, aunando los criterios temático y cronológico, dividiéndolos en dos partes. La primera corresponde al período va de 1912 a 1926 y la segunda al de 1945-1965.

Los temas de la primera parte abarcan desde la posición del socialismo revolucionario hacia la Primera Guerra Mundial imperialista hasta la lucha contra Stalin, pasando por los debates sobre los consejos de fábrica en Italia, la formación del Partido Comunista de ese país y las discusiones sobre la estrategia para la revolución italiana. La segunda parte está dividida a su vez en distintas secciones, que incluyen temas como el análisis de qué era la URSS en los años de la segunda posguerra, la crítica del "supercapitalismo" norteamericano, el desarrollo de las luchas nacionales en las colonias y semicolonias y la relación entre raza y clase, los fundamentos y actualización del programa comunista y la cuestión del partido.

La publicación de este volumen pretende hacerle justicia a un marxista más criticado que leído o incluso directamente ignorado. En estas líneas intentaremos ofrecer una reseña del libro, apuntando especialmente a aquellos aspectos que por un lado han resultado centrales en los propios planteos de Bordiga y por otro guardan relación con los problemas de la teoría de la revolución, la relación entre táctica y estrategia y la cuestión del comunismo como superación del capitalismo.

En defensa del internacionalismo

Una cuestión a destacar del pensamiento de Amadeo Bordiga es su marcado internacionalismo. Cabe comenzar por aquí, no solamente por la circunstancia de que los primeros textos de la antología son aquellos en los que un joven socialista Amadeo Bordiga convoca a rechazar la primera guerra imperialista. Para el dirigente y teórico napolitano, el internacionalismo ha sido un punto de vista general desde el cual afrontar el análisis de las situaciones nacionales, pero sobre todo una guía para definir las orientaciones políticas. No veía posibilidades de pensar una política nacional sin partir de establecer una posición clara sobre los problemas de la política internacional, que incidía directamente en el plano nacional. La tradición marxista, sin desconocer la importancia del marco nacional, siempre fue internacionalista y esto implica desde la lucha por la unidad de la clase trabajadora más allá de los orígenes nacionales, hasta el combate por un partido internacional de la revolución. A lo largo de toda su actividad, Bordiga intentó orientarse con esas premisas. Por eso se opuso a la política stalinista del "socialismo en un solo país" e incluso la denunció en la propia presencia de Stalin en el Sexto Pleno Ampliado del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Asimismo se pronunció públicamente contra las persecuciones hacia Trotsky y la Oposición de Izquierda, a pesar de no compartir el conjunto de sus posiciones.

Este es un tema sumamente importante para entender los posicionamientos políticos de Bordiga en su contexto, pero también para reflexionar sobre su actualidad, en épocas en que los llamados "soberanismos de izquierda" son capaces de proponer la regulación de la inmigración para no perder votos a manos de los partidos de ultraderecha, mostrando el nivel de bancarrota de viejos y nuevos reformismos.

Soviet y Partido

Uno de los temas relevantes de las posiciones de Bordiga y especialmente de sus polémicas con el grupo de L’Ordine Nuovo durante el bienio rojo y en los balances posteriores al proceso, es el de la relación entre los consejos de fábrica y los soviets y de estos últimos con el partido. Bordiga rechazaba la equivalencia entre consejo de fábrica y soviet, establecida por el grupo orientado por Antonio Gramsci y sostenía que los consejos estaban limitados al ámbito de la fábrica y el control obrero de la producción, mientras que los soviets eran organismos de ejercicio del poder político. Para fundamentar esta afirmación, se apoyaba en la experiencia de la Revolución rusa y agregaba que incluso en la Constitución de la República Federativa de los Soviets de Rusia (1918), los soviets se establecían como organismos de decisión política organizados por región y no por unidad de producción, con representantes electos según la cantidad de habitantes. Bordiga señalaba que el soviet era un sistema de representación política y que para las cuestiones económicas existía el Consejo superior de la economía nacional que sí tenía conexión directa con la organización de las fábricas. Desde su perspectiva, al estar privados de derechos electorales los sectores sociales que no vivían de su propio trabajo y al encontrarse la clase trabajadora ejerciendo el poder, la elección de los soviets por distrito o región era la más adecuada para un organismo de tipo político y no económico. Y agregaba que esto podía garantizarse porque la dirección de la revolución y de los soviets mismos era ejercida por el Partido. En este marco, veía inadecuada la equiparación entre consejos de fábrica y soviets. Pero también consideraba que intentar establecer soviets antes de la revolución era un error, tanto a si fuera a partir de una ampliación de los consejos de fábrica como si se tratara de organismos territoriales de tipo directamente político. Argumentaba que los soviets eran organismos de representación de la clase obrera en el poder y su instauración en los marcos de la dominación burguesa era una tentativa que necesariamente terminaría en el sindicalismo y el reformismo. Al mismo tiempo, afirmaba que no era el consejo de fábrica ni el soviet sino el partido el instrumento histórico de la liberación del proletariado. Esta argumentación presentaba varios problemas. Si bien es cierto que la Constitución de 1918 implicaba un desplazamiento desde la organización con base en la fábrica a la organización de tipo territorial, Bordiga hacía omisión de la historia de los soviets, surgidos de la organización fabril y con múltiples lazos con ella. Al hacer omisión de esta historia, presentaba como separados los planos de la economía y la política de un modo que no se correspondía con la experiencia efectiva de los soviets y omitía a su vez la problemática de la dualidad de poderes, que si bien en ese momento no se había generalizado teóricamente para todas las revoluciones, sí aparecía de hecho en la política de los dos primeros Congresos de la Internacional Comunista, que convocaba a la conformación de soviets en todos los países como parte del ascenso de lucha de clases que se dio entre 1917 y 1921. Presentando el soviet como órgano de representación política de un Estado obrero ya constituido, terminaba dejando de lado su importancia como organismo de autodeterminación para la lucha por el poder, asignando exclusivamente esta tarea al partido, que él definía como un “órgano” relativamente separado de la clase obrera.

Frente Único

El Partido Comunista de Italia se fundó en Livorno en enero de 1921 y tuvo que lidiar con la cuestión de la unidad de acción de las organizaciones obreras desde su nacimiento. En su Tercer Congreso (1921), la Internacional Comunista postuló la táctica de Frente Único para responder a una situación defensiva de la lucha de clases, tanto como a la necesidad de ganar peso en las masas trabajadoras que apoyaban a la socialdemocracia. En el Cuarto Congreso (1922), se incorporó la táctica de Gobierno Obrero como continuidad de la política de Frente Único, y como política a implementar en una situación avanzada del enfrentamiento de clases, de modo tal que sirviera como punto de apoyo de la insurrección. Bordiga desarrolló sus posiciones sobre estos temas en un sentido contrario al postulado por Lenin y Trotsky. Para Bordiga, la unidad de acción de la clase obrera tenía que ser por puntos económicos defensivos pero no políticos, ya que cualquier acuerdo que fuera más allá de puntos mínimos económicos comprometía la credibilidad política del Partido Comunista. Por eso, en las Tesis de Roma (1922), el Frente Único se limitaba a las cuestiones económicas pero se rechazaba en el plano político. Consecuentemente con esta posición, Bordiga rechazó también la táctica de Gobierno Obrero, porque desde su óptica implicaba asumir una responsabilidad política sobre la actuación de los reformistas y al mismo tiempo postular una forma de gobierno que no era estrictamente la dictadura del proletariado (es decir que solo podía terminar en un gobierno obrero reformista en caso de concretarse). La derrota de la revolución alemana de 1923 era para Bordiga la confirmación de que la táctica de Gobierno Obrero era un error (aunque defendía las conclusiones de Trotsky en Lecciones de Octubre). Mientras limitaba el Frente Único a las luchas sindicales, Bordiga postulaba la necesidad de una denuncia constante del reformismo como principal agitación del Partido Comunista, junto con la organización de las propias fuerzas del Partido. En este contexto, también se opuso a la unificación con el sector “tercerista” de Serrati, discusión que en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista pasó a la historia como la “cuestión italiana”. Bordiga argumentaba que el sector de Serrati mantenía una actitud totalmente pasiva ante la situación italiana (mientras el ala derecha de la socialdemocracia directamente favorecía el crecimiento del fascismo contra los comunistas). Afirmaba que las dificultades para instrumentar el Frente Único no eran por falta de voluntad del PCd’I sino por su constante sabotaje por parte de reformistas y centristas. Pietro Basso agrega en su estudio preliminar del libro que, a otro nivel, las mutuas suspicacias y diferencias políticas impidieron una unidad de acción con el grupo armado antifascista de los Arditi del Popolo. Aquí aparece una similar separación entre las cuestiones económicas y las políticas como la que vimos a propósito de la relación entre consejo de fábrica, soviet y partido. Sin negar la política criminal del ala derecha de la socialdemocracia ni la falta de iniciativa del sector centrista de Serrati, la propia limitación que Bordiga imponía a la táctica de Frente Único era en los hechos una traba más para su conformación, ya que para las masas que todavía no conocían al partido comunista la propuesta de unidad en el plano económico y la negativa cerrada a los mínimos acuerdos políticos aparecía como algo incomprensible. Esta cuestión del Frente Único aparece muy devaluada en los escritos de Bordiga (y también en el estudio preliminar de Pietro Basso), pero cabe preguntarse si no es uno de los problemas claves del ascenso del fascismo. Porque salvo en casos excepcionales, nunca se logró instrumentar una unidad de acción que abarcara a los partidos, tendencias y sindicatos obreros, junto con los Arditi del Popolo, para enfrentar y derrotar al fascismo. Basso menciona en su introducción el ejemplo de Bari en 1922, en el que todos los grupos colaboraron en la lucha contra el ataque de los fascistas y lograron derrotarlos. Así como otras acciones comunes realizadas en 1921 junto con la Alleanza del Lavoro y los Arditi del Popolo en Roma. Pero si la necesidad de la unidad de la clase obrera contra el fascismo vale para el caso de Alemania en los años ‘30, tema que siempre está muy presente en la izquierda por los escritos de Trotsky al respecto, no menos importante resulta para la experiencia italiana. La conclusión que dejan los escritos de Bordiga respecto de este tema es que nunca lo consideró en este nivel de importancia.

El fascismo y el problema de las consignas democráticas

Aunque primero subestimó las posibilidades de una dictadura fascista (que asociaba con una especie de restauración monárquica), Bordiga hizo buenos análisis del fenómeno fascista en sus intervenciones en el Cuarto y Quinto Congresos de la Internacional Comunista. Destacaba el peso militante de la pequeño-burguesía pero también que era un movimiento político apoyado por todas las alas de la burguesía, incluyendo de manera decisiva a la burguesía industrial. Pero a su vez subestimada la novedad que implicaba el fascismo. Consideraba que no había generado nada distinto en la política burguesa, salvo una organización reaccionaria disciplinada y combativa. Con estas definiciones, dejaba de lado la posibilidad de que el fascismo avanzara en la conformación de un régimen totalitario, así como subestimaba la importancia de las consignas democráticas. Este es uno de los temas que sobresale en sus Tesis alternativas para el III Congreso del PCd’I que se realizó en enero de 1926 en la ciudad francesa de Lyon. Bordiga cuestionaba las tesis de Gramsci y Togliatti, que con apoyo explícito de la dirección de la Internacional Comunista lo habían desplazado de la dirección del partido, atribuyéndoles la posición de que en Italia había un grado insuficiente de desarrollo capitalista y por lo tanto una posibilidad de un desarrollo democrático independiente de la revolución comunista, como algo deseable y progresivo. Por este motivo, Bordiga rechazaba cualquier tipo de consigna democrática como la Asamblea Constituyente u otras destinadas a la defensa de los derechos democráticos y postulaba la agitación de un frente único obrero por abajo en torno a las reivindicaciones económicas para la política inmediata. Esta cuestión reviste su importancia, porque el propio Bordiga señaló, en sus intervenciones en la Internacional Comunista, que el sufragio y el régimen democrático eran una importante arma de legitimación de la dominación burguesa en Europa Occidental. Por eso afirmaba que el problema de la revolución en Occidente debía pensarse de manera específica, aunque dentro de una estrategia internacionalista. Sin embargo, no sacó conclusiones políticas de su propio señalamiento, limitándose a ignorar el problema que él mismo había planteado. En 1931, Trotsky –que tenía gran estima política y personal por Bordiga, le había dedicado la versión francesa de Stalin, el gran organizador de derrotas y hasta 1929 reivindicaba la posibilidad de trabajar en común con la fracción animada por este– dirigió la misma crítica a los partidarios de Bordiga agrupados en Prometeo. Bordiga en ese momento estaba fuera de la actividad política y vigilado por la policía, pero sus partidarios en actividad rechazaban todo tipo de consignas democráticas, desde la independencia de las colonias hasta la Asamblea Constituyente.

El mundo de posguerra, la URSS y el poderío norteamericano

Bordiga permaneció detenido entre 1926 y 1930. Hasta la caída del fascismo y el fin de la guerra se mantuvo alejado de la actividad política. Y cuando volvió, lo hizo más enfocado en el trabajo teórico que en el político, por evaluar que la clase obrera estaba transitando un período histórico de derrota. Los escritos de la segunda parte del libro (1945-1965) buscan retomar distintos aspectos de la teoría de Marx, dando especial importancia a El Capital e incluso a los Grundrisse en un momento en que este texto aún era muy poco conocido, para tratar de comprender las peculiaridades del mundo de la segunda posguerra. La crítica de la UNRRA primero y del Plan Marshall después concentran una importante parte de los análisis de Bordiga sobre los cambios experimentados por el capitalismo. Los capitales que el imperialismo norteamericano ofrecía para la reconstrucción de Europa iban acompañados de una centralidad cada vez mayor de las deudas públicas como mecanismo de sujeción de los países derrotados. A su vez, el “Estado de Bienestar” que promovía el consumo a niveles nunca vistos, se complementaba con un crecimiento cada vez mayor de la financierización del capitalismo que acentuaba sus rasgos parasitarios. Estos rasgos parasitarios consistían en que el capital acumulaba cada vez más mediante monopolios y trusts dedicados a las búsqueda de superganancias, pero producía cada vez menos. Paralelamente, Bordiga realizó un peculiar análisis de la situación de la URSS. Sostenía que la URSS estaba en “transición del pre-capitalismo al capitalismo pleno”, dado que en su momento la revolución había dado el poder a la clase obrera (conquista política que se había revertido con el stalinismo) y que la economía organizada por Lenin con la NEP apuntaba a un “capitalismo de Estado”, que solo podía evolucionar hacia una transición socialista si se mantenía la dictadura del proletariado a escala nacional y se desarrollaba la revolución internacional. Bordiga afirmaba que la economía rusa estaba regida por el principio de la empresa y que cada empresa, por más que fuera estatal, se organizaba en función de la competencia. Que la economía fuera administrada por el Estado no modificaba esa circunstancia, por lo que consideraba a la economía rusa “en transición” pero hacia el capitalismo. No obstante el rol contrarrevolucionario del stalinismo en el plano político, Bordiga consideraba que el desarrollo del capitalismo en la URSS era progresivo en tanto preparaba las condiciones para una revolución proletaria en el futuro. Este análisis estaba menos sustentado en material empírico de la formación económico-social soviética que en un repaso de la historia de la revolución y ciertos razonamientos, pero no tenía en cuenta por ejemplo una problemática fundamental para definir a una formación como capitalista, que es la existencia o no de un mercado de trabajo.

Anti-imperialismo

A diferencia de los años ‘20, en los que no había prestado especial importancia a este tema, Bordiga retomó las posiciones del Segundo Congreso de la Internacional Comunista para reivindicar con fuerza las luchas de los pueblos coloniales y semicoloniales en los años de la segunda posguerra. Planteaba incluso que no se podía contraponer la cuestión de clase a las de nacionalidad, etnia o raza, cuando se trataba de pueblos oprimidos por el imperialismo. Destacaba que las políticas de “unidad nacional” que el stalinismo había instrumentado a la salida de la guerra en Francia e Italia eran abiertamente reaccionarias, mientras que en los países periféricos, sin dejar de tener una política independiente, la clase trabajadora debía apoyar la lucha nacional contra los restos de servidumbre feudal y la dominación del imperialismo. Bordiga se refería especialmente a Asia y África. Aquí retomaba la idea de Lenin sobre la unidad de la lucha proletaria en las metrópolis y la lucha anti-imperialista en las colonias y semicolonias. Sin embargo, lo hacía con un enfoque que dividía de manera tajante el tipo de revolución que debía realizarse en cada una de ellas. Mientras en las metrópolis la lucha era por revoluciones socialistas, en la periferia lo era por revoluciones burguesas. El problema de esta posición era que sostenía un punto de vista de revolución por etapas para los países coloniales y semicoloniales en momentos en que la clase obrera a nivel internacional era mucho más numerosa y organizada en los países periféricos que en los años de entreguerras y donde incluso ya había habido una revolución obrera en Bolivia en 1952 (aunque expropiada políticamente por el MNR).

En defensa del proyecto comunista

Enfrentado al PCI de Togliatti, Bordiga intentó mantener la continuidad de la teoría marxista, basada en la lucha de clases, el internacionalismo y la crítica de la economía política. Junto con los elementos antes mencionados, de los que fuimos señalando los que desde nuestra óptica son aciertos y errores, una de las tareas que se dio fue la de repensar la actualidad del comunismo. Aquí se destacan tres textos de la antología. Uno de ellos retoma los análisis de Marx y Engels sobre el problema agrario y la renta de la tierra y destaca que la humanidad no es la propietaria sino la usufructuaria de la tierra, por lo cual el capitalismo parasitario debe ser erradicado y reemplazado por el comunismo. El otro analiza el tema de la automatización apoyándose en los Grundrisse, lectura en ese momento muy novedosa, al punto de que la traducción italiana aún no se había publicado. Bordiga destaca que la automatización demuestra que el desarrollo capitalista es contradictorio y que su instrumentalización de los avances de la ciencia transforma a las máquinas en las protagonistas del proceso de producción del cual el obrero se transforma en un apéndice y frente al cual aparece como un poder hostil. Pero a la vez muestra los avances de la sociedad, del cerebro social, del general intellect, que permitirían reducir progresivamente la jornada de trabajo y organizar la producción de manera racional, liquidando la explotación capitalista. Bordiga recuerda que la automatización por sí misma no puede traer el comunismo, para lo que hace falta llevar adelante una revolución que tome el poder del Estado y modifique las relaciones de producción. Pero destaca que en el desarrollo de la automatización hay una tendencia al comunismo en la que debe apoyarse la lucha de clases, tal como lo pensaba Marx. La más llamativa de sus reflexiones sobre el comunismo es la del último texto de esta sección. Está dedicado a un programa revolucionario inmediato en el occidente capitalista (1953) que intenta reactualizar el programa que el Manifiesto Comunista proponía para la dictadura del proletariado con consignas como: desinversión de capital (menos para bienes instrumentales y más para bienes de consumo), aumento de los costos de producción (mayor pago por menos trabajo), reducción de la jornada laboral, “control autoritario del consumo” contra la propaganda de productos superfluos junto con la reorientación de la producción a las áreas más necesarias; detención de la construcción de casas y edificios en las ciudades, distribución uniforme de la población, abolición de la seguridad social de tipo mercantil, reemplazándola con la alimentación de los desempleados, abolición de los títulos y carreras contra la especialización y la división de trabajo manual e intelectual entre otros.

Cabe destacar que estas consignas no iban en reemplazo de los tradicionales planteos programáticos del Manifiesto Comunista, sino como un complemento de aquellos. Si bien están expresadas de un modo un tanto peculiar (por ejemplo “control autoritario del consumo”), intentaban contextualizar los núcleos duros del programa planteado por Marx (como la expropiación de los medios de producción, el sistema bancario único o la nacionalización/socialización de la tierra), frente a la “sociedad de consumo” de los años de la segunda posguerra. Otras, como la disolución de las carreras y los títulos, aparecen como “maximalistas”, dado que la división entre trabajo manual e intelectual no es un proceso que se pueda liquidar por decreto. Esto se relaciona a su vez con ciertas dificultades de Bordiga para pensar el problema de las transiciones, a lo que nos referiremos a continuación.

Algunas conclusiones

Esta antología de escritos de Bordiga es un muy buen material para introducirse en sus ideas, de las que fuimos repasando algunas de las principales. Sus puntos fuertes tienen que ver con la denuncia del stalinismo, la reivindicación del internacionalismo y de la lucha por el comunismo, basándose en una lectura seria y aguda tanto de Marx como de las tendencias del capitalismo en los años de la segunda posguerra. Sus puntos débiles o que presentan más lagunas tienen que ver con una notable dificultad para pensar las transiciones. En algunos casos, las negaba de plano, lo cual se puede ver en la rigidez de sus análisis sobre las relaciones entre la lucha económica y la política (consejos, soviets, Frente Único y partido) o sobre la relación entre las consignas democráticas y el programa comunista. En otros, reconocía las transiciones pero en términos básicamente evolutivos, lo que se puede ver en su caracterización de las revoluciones de la periferia como nacionales y antifeudales y en su caracterización de la URSS como en transición al capitalismo pleno, lo cual consideraba como algo progresivo en términos económicos. Esta debilidad para pensar las transiciones se trasladaba al plano de lo político. En 1965, Bordiga caracterizaba que la tarea era transmitir la tradición ante un período plagado de derrotas que difícilmente pudiera remontarse en lo inmediato. En el ‘68, el bordiguismo no logró mayor influencia, lo cual no es sorprendente, dado que no se había preparado para un cambio de escenario. No obstante sus limitaciones, vale la pena conocer sus ideas, incluso para criticarlas de primera mano y no en base a lo que otros dijeron de ellas.

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Juan Dal Maso

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(Bs. As., 1977) Integrante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 1997, es autor de los libros El marxismo de Gramsci (2016), Hegemonía y lucha de clases (2018) y Althusser y Sacristán (2020), escrito junto con Ariel Petruccelli.
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