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Red Internacional

Este 26 de abril se cumplen 35 años del accidente nuclear de Chernobyl, para recordarlo elegimos la polémica y premiada serie creada por Craig Mazin y dirigida por Johan Renck.

Lunes 26 de abril | 00:00

Montaje | Ana Laura Caruso

El 26 de abril de 1986 se produjo el accidente en el reactor nuclear número 4 de la planta de Chernobyl, construida en 1984, ubicada al norte de Kiev en Ucrania y a unos 20 km al sur de la frontera con Bielorrusia, en ese momento países integrantes de la Unión Soviética. Como cuenta la serie, la explosión arrojó a la atmósfera, hora tras hora, el doble de radiación liberada por la bomba de Hiroshima y expuso el núcleo destruido a la atmósfera provocando una lluvia de escombros calientes, polvo altamente radiactivo y grafito. Durante los días siguientes, el viento transportó esa nube de humo contaminante, obligando a la evacuación completa de los casi 50 mil habitantes de la ciudad de Pripyat, que luego se fue esparciendo por Bielorrusia y lentamente alrededor de Europa.

La miniserie Chernobyl, producida por HBO y Sky, estrenada en mayo de 2019, reconstruye, en cinco episodios, las horas previas al accidente, los primeros cuidados a las víctimas, el enorme sacrificio y valentía de quienes se involucraron en las tareas de rescate aún sabiendo que iban a morir, los intentos de contención de la contaminación y el sombrío encubrimiento de los funcionarios. Craig Mazin, su guionista y creador, reconoció que se basó en los relatos del libro “Voces de Chernobyl” de Svetlana Aleksiévich, Nobel de literatura en 2015.

La serie fue premiada en 2019 por la Academia de Televisión de EE.UU. con el Emmy a la mejor miniserie de televisión. La banda a cargo de la violonchelista Hildur Guðnadóttir es una de las joyas de la producción. Algunos de sus personajes son reales, como el ingeniero jefe adjunto de Chernobyl Anatoly Dyatlov (interpretado por Paul Ritter) quien supervisa la maniobra que termina en la crisis nuclear y, a pesar de la abrumadora evidencia, hasta último momento sigue negando el accidente; Boris Shcherbina (interpretado por Stellan Skarsgard) a cargo de gestión de la crisis posterior al estallido; el del británico Jared Harris en el rol de Valeri Legásov, quien como director adjunto del Instituto Kurchatov de Energía Atómica, es el responsable científico del diagnóstico de las causas, daños y sugerir las medidas urgentes para minimizar los efectos del desastre.

Realidad y ficción

La miniserie guarda imágenes potentes, un thriller político en el que por momentos se respira la rivalidad geopolítica de la Guerra Fría y en otros, la incertidumbre que traza hacia el futuro el peligro nuclear. Cuánto de real o de ficción puede admitirse en la miniserie es tema de debate. No ocurre lo mismo cuando se trata de revelar la contundencia de la tragedia y, en muchos aspectos, la banalidad con que la burocracia soviética transformó todos los ámbitos de la vida social.

Ni el dramático accidente fue suficiente para que la Comisión gubernamental liderada por Boris Shcherbina, creada por Mijail Gorbachov entonces Secretario general de la URSS, reconociera su responsabilidad en los hechos más allá de las varias decenas de muertes causadas por la explosión. O como relata la miniserie, las simulaciones articuladas entre uno y otro funcionario antes de admitir la gravedad de la explosión y aceptar oficialmente el accidente, recién dos días después de ocurrido, cuando el rígido secretismo se hizo incontenible y los hechos habían alcanzado repercusión internacional. Escenas gigantes que recuerdan aquello que León Trotsky escribiera sobre el gesto propio de la burocracia stalinista, el de la gris indiferencia compatible con su régimen totalitario del miedo, la mentira y de la adulación.

El físico Valeri Legásov comprende desde el minuto cero la dimensión de lo que acontece, las consecuencias letales que proyecta. El poco éxito que cosecha la Comisión investigadora le deja claro hasta dónde está dispuesto a asumir el accidente el régimen burocrático. La serie resuelve este vínculo de un modo trágico, no solo por recordarnos su suicidio (real) sino por el reconocimiento oficial que recibe, ocho años después, como Héroe de la Federación Rusa. Este es otro aspecto que cruza la historia, los vínculos de la comunidad científica con el poder político soviético, algo que el mundo occidental capitalista poco tiene que envidiar. La comunidad científica no vive en burbujas, es claro, sino que se relaciona de múltiples maneras y condicionada por el poder político, los intereses de los centros de investigación y empresas o, como sucede en la serie, poco importan las razones de la ciencia candidata a encubrir las fallas de “la industria nuclear soviética”.

Por otro lado, se ha señalado que Chernobyl era no solo el fin de la proclamada eficacia del sistema de energía atómica, que había sido prioridad del régimen stalinista en términos militares y civiles, sino la señal de que el sistema no funcionaba, minado por su declive económico. Más allá de los usos que el imperialismo hizo del desastre, identificándolo con el fracaso del comunismo, Chernobyl esboza un retrato del estado y debilitamiento de la planificación económica y la gravedad de la crisis que atravesaba la URSS en ese momento, adelanto del retroceso social que depararía la política de apertura y reformas en favor de la progresiva restauración capitalista, promovida por el gobierno de Gorvachov desde 1985 (glasnot y perestroika).

Sí todavía no la viste, la fecha es la ocasión perfecta para conocer una de las mayores tragedias nucleares recientes y sumarse al debate que seguramente sigue generando.

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