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Cuando en una cursada se rompió la rutina

Crónica de una reflexión en una clase en Filosofía y Letras de la UBA sobre la reducción de la jornada laboral.

Facundo Gomez

@FacundoGomezG

Jueves 4 de mayo de 2017 | 16:05

A pesar de que el contenido de las materias que se cursan en carreras humanísticas (como Filosofía, Historia, Sociología, etc.) se presta para eso, pocas veces ocurre que en una cursada el tema del día se vincule a nuestra realidad cotidiana. Más bien la dinámica suele ser que las grandes ideas o hechos históricos que conmovieron al mundo, transcurren por carriles separados de la rutina viajar-trabajar-viajar-cursar-viajar-dormir que se nos impone día a día. Que se unan esas dos cuestiones que, por momentos, parecen tan distantes, suele depender del ingenio del o la docente a cargo para transformar esa abstracción llamada plan de estudio, en algo interesante para el presente.

Sin embargo, si uno se esmera un poco, puede no ser tan difícil encontrarle la vuelta. Eso intenté la semana pasada en el curso de economía de la carrera de Historia. Recién empezaba la clase cuando propuse a mis compañeros y compañeras de curso y el docente, que dedicáramos unos minutos de la clase a intercambiar ideas sobre el aniversario 1 de mayo que se avecinaba. Lo cierto es que la fecha no podía pasar intrascendente, no sólo porque fue un hecho histórico de magnitud, sino también porque todos nosotros le debemos algo a esos obreros que hace 131 años dieron su vida por conquistar la jornada laboral de ocho horas, aunque su pelea de fondo fuera por cambiar profundamente la vida de los explotados. Decidimos entre todos dedicarle los últimos minutos de la clase para abrir el debate, y la las preguntas surgieron inevitablemente, ¿Cómo puede ser que hace más de un siglo la jornada laboral sea la misma, incluso que haya lugares donde no se respete, con todo el desarrollo tecnológico que hubo en este tiempo? Una primera respuesta fue fácil encontrarla en una de las lecturas obligatorias para la clase: “Además de las miserias modernas, nos agobia toda una serie de miserias heredadas, resultantes de que siguen vegetando modos de producción vetustos, meras supervivencias, con su cohorte de relaciones sociales y políticas anacrónicas. No sólo padecemos a causa de los vivos, sino también de los muertos.” Nos decía Karl Marx, ya en el prólogo a la primera edición de El Capital.

A continuación, un compañero preguntó si era posible que se volviera a reducir la jornada laboral en el capitalismo, como sucedió en aquel entonces, y varios dieron ejemplos de lugares donde se trabaja 6 horas, como en el Subte. Pero también hubo quienes remarcaron que, en general, donde se reduce la jornada, las empresas buscan aumentar la productividad perjudicando a los trabajadores. Hubo también debates interesantes como ¿quién es más explotado, el obrero francés o el de Laferrere? Que sin dudas lo llevan a uno a pensar en todas las diferencias que hay entre uno y otro y, sin embargo, ambos son parte de una misma clase social. Lo que era generalizado es que todos opinábamos que nuestra vida sería mucho mejor si trabajáramos menos horas.

Este tipo de discusiones rara vez se dan durante la cursada, pero cuando suceden es evidente que nos despiertan opiniones de todo tipo, casi como si las letras de los apuntes y los libros cobraran vida por un momento. Y vale la pena buscar que se den, porque al igual que los Mártires de Chicago, aún con todos los cambios que hubo desde entonces, seguimos viviendo en una sociedad organizada económica y políticamente en función de la ganancia de unos pocos empresarios, los dueños de todo. Ellos viven a costa de nuestro trabajo y cuanto peores son las condiciones para nosotros, más grandes son sus ganancias. Por eso el desarrollo de tecnologías no está pensado para mejorar nuestras vidas sino los números de fin de mes de las empresas. Por eso 131 años después la jornada laboral sigue siendo de ocho horas -legalmente hablando-, aunque en las fábricas se hagan horas extra para llegar a fin de mes, y en las facultades uno encuentre que sus compañeros llegan quemados de las seis horas de call center, que se sienten como nueve en el cuerpo.

Será que cuando uno le dedica unos minutos de la clase a pensar estas cosas todo se vuelve tan evidente, que cuando les conté a mis compañeros de cursada que yo milito en EnClaveRoja-una agrupación común entre independientes y militantes del PTS- y que junto con Nico Del Caño y Myriam Bregman estamos impulsando una campaña por reducir la jornada a 6 horas, 5 días a la semana, con un salario igual a la canasta familiar, con reparto de las horas entre quienes no tienen trabajo, y becas integrales para quienes estudiamos, a la mayoría les pareció una excelente idea. Eso sí, uno de ellos planteó que aunque la idea era buenísima, se necesitaba mucha organización para conquistarla. Creo que está en lo cierto, si en la Revuelta de Haymarket fueron 200.000 trabajadores (un número altísimo para la época), hoy necesitaremos ser muchos más en las calles. Pero para conseguirlo hay un primer paso que es imprescindible dar: instalar la idea, para que se vuelva imparable. En el curso de economía ya empezamos. ¿Quién más toma la posta?







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