Cultura

NOVELA

De la semiología como un arte detectivesco

¿Y si la muerte accidental de Roland Barthes hubiera sido en realidad un asesinato? Esa es la premisa de La séptima función del lenguaje, de Laurent Binet, escritor francés que viene acumulando premios en los últimos años.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Domingo 21 de mayo de 2017 | Edición del día

Editada por Seix Barral en una traducción española que nos obligará al vosotros y a unos cuantos gilipollas follando a puro cojones, ya llegó a estas playas la edición española de la última novela de Laurent Binet.

El autor se hizo conocido en su país tras la publicación de HHhH, por la que ganó el Premio Goncourt de Primera Novela (2010), cuya trama se centraba en la operación destinada a asesinar a Heydrich, el dirigente nazi que planificó el exterminio de los judíos. Allí el narrador se preguntaba, y lo compartía con el lector, sobre los problemas del género de la novela histórica: ¿hasta dónde se puede avanzar o no en la ficcionalización de los hechos conocidos?

En 2012 Binet acompañó a François Hollande en sus viajes y actos de la campaña presidencial, experiencia de la cual dejó una crónica (no publicada en castellano) donde el candidato del PS, según distintos comentaristas, sale bien parado. Binet, en principio crítico del socialismo francés, terminó apoyándolo contra Sarkozy. La lógica del mal menor, que se expresó en el último ballotage, no es nueva en Francia.

La séptima función del lenguaje, que ya ganó varios premios nacionales y está nominada para otros tantos, de alguna manera recoge ambos lazos, aunque el autor se ha permitido esta vez alejarse más abiertamente de los hechos comprobados. Una vez más usa como material eventos históricos, pero modificándolos para acomodarlos a una trama policial que, como pronto descubrirán los investigadores, termina en una vasta conspiración al servicio de oscuros poderes políticos, de los que también será necesario prevenirse.

El contexto es la previa a la elección presidencial que en 1981 enfrentó a Giscard, por entonces el presidente de la República, con Mitterrand. Era la primera vez que, según adelantaban las encuestas, un socialista podía ganar la presidencia, generando pánico en el régimen y en buena parte de la opinión pública. Así lo ejemplifica la novela cuando un camarero le explica a un cliente que “Francia va a hundirse en la guerra civil si Mitterrand sale elegido”. Esa elección, efectivamente, ocurrió. También ocurrieron otros hechos que allí se relatan: que el semiólogo francés Roland Barthes, ícono del postestructuralismo, moriría en 1980 atropellado en circunstancias similares a las narradas en la novela, y que Louis Althusser, el mismo año, efectivamente, mató a su mujer.

Pero en la novela estos y otros hechos históricos son apenas la manifestación de una conspiración política que anda tras un escrito del lingüista ruso Roman Jakobson donde se explicaría una nueva función del lenguaje (la séptima, porque Jakobson había ya descripto seis) que podría ser la clave para ganar las elecciones, y es en esa búsqueda que habría sido necesario eliminar a Barthes (“que parezca un accidente”) y a la esposa de Althusser, entre otros.

Las ideas de Jakobson y Barthes no son las únicas desplegadas en el libro. También entrarán como disquisiciones teóricas, y como personajes centrales, figuras como las de Foucault, Kristeva, Sollers, Deleuze o Derrida, en suma, los héroes del posestructuralismo francés (junto con algunos de sus contemporáneos), que tuvo su auge en Francia tras la derrota de Mayo Francés. Serán los blancos de la mayor parte de la comicidad de la novela, representados sin excluir supuestos y reales amores, amistades, engaños, mezquindades y excentricidades.

La abundancia de clichés con los que describe sus vidas (como un Foucault dando cátedra sobre el origen de la homosexualidad a un policía, en un sauna, mientras un joven le practica una fellatio), parecen una parodia de esa generación de intelectuales. De hecho, Kristeva y Sollers amenazaron, cuando se publicó la novela, con una causa judicial que finalmente no se concretó. Pero lo cierto es que esos clichés, absurdamente exagerados, parecen no estar tan lejos de buena parte de los prejuicios con que se los trató, y no ficcionalmente, en su época. Es que aunque ahora se nos aparezcan como próceres de las ciencias sociales, como señalara Roudinesco, esa generación de pensadores fue duramente atacada por el entonces conservador establishment intelectual francés no tanto por sus ideas (que finalmente resultarían ser menos disruptivas que lo que ellos mismos creyeron), sino por no atenerse a los parámetros que la sociedad consideraba “normales”. En una entrevista reciente, Binet señaló que la situación actual no necesariamente es mejor en una Francia donde dominan intelectuales mediáticos de derecha.

La semiología, la ciencia que estudia los signos, es fácil de correlacionar con el género policial. Si el paralelo existe hace tiempo, Umberto Eco (que también tiene su lugar en el libro de Binet) es uno de los primeros en tematizarla en El nombre de la rosa. Esa afinidad es la que redescubre en la novela de Binet el policía a cargo del caso (Bayard), que debe agenciarse a un profesor de semiología para que lo ayude en el caso (Herzog), aunque sus simpatías políticas lo ubiquen en la vereda de enfrente de todo lo que ve representado en esos sectores sociales: “Bayard no consigue refrenar el rencor instintivo que le lleva a detestar a priori una voz como esa. Con gente así es con la que la policía tiene que disputarse los impuestos del contribuyente. (…) ¿qué coño es este Collège de France? (…) Cursos abiertos para todo el mundo que solo interesan a parados de izquierdas, a jubilados, a iluminados o a profes que fuman en pipa…”.

Herzog probará su valía no sólo como GPS de Bayard en la maraña de teorías y personajes de ese mundillo intelectual, sino que mostrará cómo sus habilidades semiológicas pueden hacer avanzar el caso: después de todo, un detective debe también saber leer, y sacar conclusiones, de las pistas/signos que dejara el autor del crimen. Con muchos guiños al género del policial inglés de enigma, la novela no se privará de poner a los personajes a recorrer varias ciudades en busca de su asesino, poniéndolos en peligro, al modo del policial negro norteamericano.

Pero la semiología, más específicamente el estudio del lenguaje del que surge como disciplina, parece tener aún más poder. En la trama de la novela, de hecho, el lenguaje parece ser más poderoso que los recursos políticos, monetarios y hasta mafiosos de los personeros del régimen. En la novela, todos dan por cierto que una misteriosa función lingüística será un arma inestimable para convencer al electorado y hacerse con el cargo.

Será el sistema político el que no queda para nada bien parado. No sólo porque durante toda la novela ambos candidatos se revolean carpetazos, operaciones de inteligencia y de prensa, sino porque al parecer la única forma de ganar el favor de los ciudadanos es engañándolos con algún artificio lingüístico y no por su trayectoria y accionar políticos. El as en la manga del sistema político parece ser una forma sofisticada y científica de demagogia.

La relación entre las letras y la política no parece augurar finales felices. Con referencias explícitas a Cervantes y sus decepciones con el poder político, tampoco parece promisorio el destino de Herzog, que incluso llegará a sospechar si él mismo puede ser el resultado de una ilusión lingüística: ¿no será él un personaje de novela movido por hilos que no alcanza a reconocer pero que lo controlan, contra los que apenas puede indignarse pero no escapar? ¿Es un delirio conspirativo, un recurso metaficcional de la novela o una metáfora del sistema político?

En 1981 Mitterrand ganó finalmente esa elección, pero a diferencia de lo que esperaban muchos franceses, con confianza o pavor, no fue el comienzo de un giro a la izquierda lo que aconteció sino lo contrario: lo que hizo el PS desde entonces fue adaptarse a la política que Reagan y Thatcher imponían de los dos lados del Atlántico. En Francia fue el PS uno de los ejecutores de esos planes neoliberales y no su contrapartida, un ciclo que hoy parece estar llegando a su fin con Hollande fuera del ballotage en la última elección presidencial. Esta vez el discurso del mal menor para enfrentar a Le Pen le sirvió a Macron. Binet mismo se declaró decepcionado por el derechismo del candidato del PS. No hacen faltan las habilidades detectivescas y semiológicas de Barthes, Bayard o Herzog para darse cuenta de que algo huele mal en la V República. ¿Estará también gestándose una nueva generación que pueda cambiarlo? Esa intriga tendrá seguramente nuevos capítulos y quizá pueda convertirse en un hecho que ocupe el centro de nuevas novelas históricas.







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