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Red Internacional

Opinión.Editorial de editoriales: una tregua con la mano derecha

Una semana de alto voltaje de crisis en el gobierno tras la derrota, cierra un capítulo con el cambio de gabinete. ¿A dónde va el Frente de Todos? Rumbo político y económico de la administración de la escasez.

Domingo 19 de septiembre | Edición del día

Sobre las cartas la mesa

Días frenéticos le siguieron a la derrota nacional del gobierno en las PASO. Tras la demostración en las urnas de una fractura social expuesta, vino el desmadre de la coalición de gobierno. Renuncias a disposición, hilos de tuits, cartas, audios “filtrados” y operaciones políticas mediante, el Frente de Todos llegó a un acuerdo materializado en el anuncio de un nuevo gabinete. Alberto y Cristina Fernández sellaron un armisticio con un viejo nuevo esquema de poder: peronizar el gabinete en un giro a derecha. Los nombres más resonantes: Juan Manzur, Aníbal Fernández y Julián Domínguez.

La definición apunta más a la gobernabilidad que a las elecciones de noviembre. El Frente de Todos acordó entre sus socios mayoritarios preservar una precaria unidad, mantener el equilibrio en la distribución de poder, pero dando un mensaje político para los dos años de gobierno que quedan y siguen plagados de incertidumbre. Lo que algunos llaman un gabinete con “mayor volumen político” para no decir más “partido del orden”. Más protagonismo de los gobernadores y de los tradicionales dirigentes de la CGT. No por nada esta semana salieron en apoyo del presidente de Héctor Daer a Hugo Moyano, y el Movimiento Evita por los movimientos sociales.

“No son ministros que se distingan por su simpatía sino por una doble condición: su experiencia de gobierno y sus múltiples relaciones con factores de poder” dice Diego Genoud en El DiarioAr. Juan Manzur se llevó buena parte del protagonismo. Cristina Fernández dejó por escrito en su carta que ella lo propuso para ser el jefe de todos los ministros. Quiso dejar en claro que no está “radicalizada” como suelen endilgarle desde la oposición, sino todo lo contrario. Pablo Ibáñez grafica amablemente el plus del ex gobernador de Tucumán “integraba el quinteto de jefes peronistas que interactuaba con Mauricio Macri”. Fue uno de los que le votó “hasta el café con leche” a Macri, como dijo la vicepresidenta en el cierre de la campaña. El ajuste a los jubilados de 2017 fue uno de esos capítulos, que acompaña la trayectoria de un ferviente militante antiderechos y torturador de niñas, de estrechos vínculos con los grandes laboratorios. Julián Domínguez es el más festejado por el editorialista de La Nación, Joaquín Morales Solá. “La mejor designación del presidente” dice, y lo describe como “un hombre consensual que comprende los problemas del imprescindible sector rural”. Aníbal Fernández en Seguridad, protagonista (desde distintos lugares) en hitos de crímenes de Estado: Maxi y Darío, Mariano Ferreyra, Indoamericano, Jorge Julio López.

Genoud agrega otra definición: “el Frente de Todos era un frente para la victoria y no estaba preparado para una derrota como las de las PASO”. Es lo que hace crujir el proyecto lanzado con el “hay 2019” que los catapultó a la Casa Rosada. Grafica sus contradicciones internas con las palabras de uno de sus integrantes: “Hay un problema de urgencias. Lo que le sirve a Alberto no le sirve a Cristina. Alberto está debilitado y Sergio no tiene votos, resta. Entonces, el que más votos aporta es el que más perjudicado queda si esto se rompe y es el que tiene el mayor problema en el frente judicial”. Massa se mantuvo en silencio. Aunque mostrándose como conciliador entre el presidente y la vice, nadie olvida que uno de sus amigos es Horacio Rodríguez Larreta.

La carta de Cristina Fernández sintetizó un doble objetivo: mostrarse crítica en algunos aspectos del gobierno para mantener la expectativa del bolsillo de sus votantes, pero ofreciendo unidad con un giro a lo más tradicional del PJ.

El mensaje de las urnas

Mucho se habló desde el oficialismo de “haber escuchado” lo que expresó la población el pasado domingo en las PASO. Las interpretaciones que se hacen desde cada sector, se corresponden más con el rumbo que quieren tomar que a satisfacer las demandas más profundas.

Fernando Rosso puso en discusión esos balances en El Círculo Rojo, alertando sobre quienes leyeron un “giro unilateral hacia la derecha para fundamentar un viraje conservador en la coalición gobernante como presunta respuesta (o escucha) a una demanda de la sociedad”. Crónica de un viraje anunciado que se terminó haciendo efectivo el viernes a la noche. ¿Fue eso lo que pidieron las urnas?

Mario Wainfeld en Página 12 analiza que el principal motivo de la derrota “conjuga la situación económica, la inflación, el empleo, las complicaciones para llegar a fin de mes”. Horacio Verbtisky en El Cohete a la Luna afirma que el resultado “muestra que esta vez el electorado le dio la espalda al gobierno pero no reivindicó la gestión anterior, y además de la abstención, el voto en blanco y la anulación deliberada del sufragio, le confirió a los distintos partidos marxistas casi 1,4 millones de votos, que superan el 6% del padrón, convirtiéndolos en la tercera fuerza nacional” (en referencia al Frente de Izquierda Unidad que se destacó en todo el país y sobre todo en Jujuy). Al igual que Wainfeld, lo explica por la delicada situación económica y social de la mayoría de la población, y agrega el cuestionamiento a “la austeridad fiscal que impuso el ministro de Economía Martín Guzmán”.

Juntos por el Cambio fue quien más capitalizó electoralmente el castigo al gobierno, pero también es cierto que no fue a partir de ampliar sus votantes sino porque el oficialismo perdió apoyos. En Tiempo Argentino detallan algunas de las preocupaciones de esta coalición opositora: “Entre los votos en blanco y los que no fueron a votar hay un universo demasiado grande que no deja de inquietar a Juntos por el Cambio ante las chances que desarrolle el Gobierno para revertir la desventaja”.

Christian Castillo en el Semanario Ideas de Izquierda hace un balance global del resultado y la crisis posterior del gobierno, y lo pone en números “El Frente de Todos perdió unos 4 millones votos respecto de las PASO de 2019 y solo resultó ganador en 6 de los 24 distritos en todo el país”. Por eso, como dijimos en una primera lectura el lunes pasado, la derrota del oficialismo fue de todos sus socios. Comparando con las legislativas del 2017 cuando el kirchnerismo se presentó en una lista propia con un peronismo dividido, se repite la conclusión. Todos perdieron apoyos.

Diego Genoud compara la participación electoral y muestra que “de un padrón de 34.385.460 de personas votaron 22.765.590, el 66,21% (...) Si se tiene en cuenta que la cantidad de votantes fue un 10% menor al promedio de las últimas elecciones, se deduce que casi 3 millones y medio de personas que votan en forma habitual esta vez decidieron no hacerlo. ¿Quiénes son? ¿Por qué lo hicieron?”. Estos datos llevan a pensar a muchos que ahí está buena parte de los que antes optaron por el oficialismo. Genoud concluye que “el voto que le dio la victoria al Frente de Todos es condicional y la paciencia social está agotada”.

La pregunta que surge entonces es: si la derrota del Frente de Todos está anclada en la delicada situación económica y social de quienes más perdieron con Macri y después con la pandemia y la gestión de Fernández, ¿se corresponde el nuevo gabinete a esas demandas que expresaron las urnas? Si las decisiones que acordaron en la coalición oficialista se sustentan en garantizar gobernabilidad, ¿a quiénes están escuchando? ¿Qué sería escuchar el mensaje de las urnas?

El ordenador de la economía

A pocas horas de anunciarse el nuevo gabinete, el sábado se publicó en el Boletín Oficial el Decreto de Necesidad y Urgencia 622/21 que inicia el camino para que Argentina cancele la primer cuota de capital del préstamos con el FMI por un monto de U$S 1.905 millones. El pago se hará efectivo este miércoles. Como explica Marcelo Colombres en Tiempo Argentino, el DNU establece que los Derechos Especiales de Giro (DEG) que el país recibió del FMI “solo podrán aplicarse al pago de obligaciones con el Fondo Monetario Internacional”. Los U$S 4.334 millones que le corresponden a Argentina en la repartija del organismo, se van a esfumar por completo antes de que termine el 2021. Colombres agrega dos datos más: que “para los vencimientos de 2022 (unos U$S 19.000 millones por todo concepto) no hay recursos”, y “la renegociación de esa deuda no sólo es el plan A sino el único que tiene el gobierno por estas horas”.

Alejandro Rebossio en El DiarioAr desagrega algunos datos del Presupuesto 2022 presentado por el ministro Martín Guzmán el pasado miércoles. El proyecto estima una inflación del 33% para 2022, y se detiene en un rubro en particular que aumentará su partida en el presupuesto por encima de esa inflación: “también se prevé que los servicios de la deuda se eleven mucho (58%), pese a que el cálculo está hecho sobre la base de un hipotético acuerdo que patee los pagos al FMI”. Seguramente el presupuesto presentado sufra modificaciones, pero es toda una pauta de las intenciones del gobierno.

El verdadero ordenador de la economía del gobierno sigue siendo el acuerdo con el FMI. Un punto nodal donde no hay diferencia interna en el Frente de Todos, ni tampoco grieta con la oposición de derecha. Es la segunda medida tras la crisis de esta semana, donde la propia Cristina Fernández fue quién ordenó (en un acto de campaña semanas atrás), que los DEG se utilicen para pagar el FMI.

Rebossio cita algunas lecturas del establishment económico sobre la crisis desatada. Una de ellas que saluda el sostén de la unidad afirma “si no había acuerdo, iba a haber más protesta social, más ruido con el dólar”.

Pero no todas las lecturas coinciden. Alfredo Zaiat en Página 12 se sigue resistiendo a hablar de ajuste. “Un sendero político equilibrado para una comprensión amplia de un resultado electoral exige entonces relativizar la idea de la existencia de un ajuste económico en pandemia y apuntar hacia las debilidades en la gestión” dice. Una de esas debilidades las encuentra en “la subejecución presupuestaria”, tal como expresó la vicepresidenta en su carta. En esta interpretación no se pone en cuestión que se pague una deuda fraudulenta, ni que sea una prioridad por encima de los salarios y las jubilaciones del pueblo trabajador. Zaiat sueña con una “distribución del ingreso progresiva” imposible en un país atado al FMI.

Horacio Rovelli en El Cohete a la Luna, muestra un dato histórico contundente, que refleja un yunque que hunde al país: “la Argentina en lo que va de este siglo XXI, desde el 1° de enero de 2000 al 31 de agosto de 2021 tiene un superávit comercial acumulado de 190.000 millones de dólares, partida que mayoritariamente se utilizó para pagar deuda y para fugar capitales”.

Pero Zaiat solo concibe llamar ajuste a lo que nace de “fuertes devaluaciones que provocan shocks inflacionarios con la consiguiente pérdida del poder adquisitivo”. Como si la política económica del gobierno de minidevaluaciones administradas del tipo de cambio oficial no hubieran, empujado la suba de precios. Como si el dólar oficial en el 2020 no hubiera subido más que la inflación, y la inflación más que los salarios. Como si el salario mínimo que acordó el gobierno con las conducciones sindicales no fuera de $28.080, mientras el INDEC reconoce que una familia de cuatro integrantes requirió $ 29.213 para no ser indigente en agosto. Como si la jubilación mínima no hubiera caído 6,7% desde que asumió la fórmula Fernández – Fernández.

El columnista de Página 12 polemiza incluso contra quienes sostienen que “la negociación con el FMI se traduce hoy en ajuste económico”. ¿Cómo explica sino el derrotero de medidas y empeoramiento generalizado de las condiciones de vida del pueblo trabajador? Si las metas de ajuste fiscal, el salario mínimo de indigencia, recorte de jubilaciones y de IFE no fueron para dar señales y pagarle al FMI, ¿tenemos que pensar que el peronismo ya se autodefine como un proyecto nacional de escasez?

Aunque se espera que el martes hagan anuncios económicos que apunten a poner algo de plata en los bolsillos de los más afectados por la crisis, es vox populi que tendrán pronta fecha de vencimiento. Estarán acotadas a los próximos dos meses para intentar revertir el desempeño electoral del oficialismo en noviembre.

La respuesta a la derrota electoral del peronismo en las PASO está dando un doble mensaje conservador: con la expertise de quienes eligieron para el nuevo gabinete, y reafirmando el rumbo atados al FMI. Dos decisiones que van de la mano. Con la impotencia de no tener ni poder ofrecer una alternativa a la decadencia administrada, les queda recostarse en los resortes del poder más tradicional. Un peronismo de manos vacías que no puede prometer futuro sino gobernabilidad frente al descontento social que se expresó en las urnas, y promete volverse más impaciente frente a lo que viene.

Otro round

Las elecciones de noviembre serán un nuevo capítulo de una etapa marcada por la crisis. La oposición de derecha especula con la nueva composición en Diputados y en el Senado. Morales Solá adelanta que anunciarán “en las próximas horas que toda negociación con el Gobierno se hará en el Congreso, no con el Poder Ejecutivo”. Su agenda legislativa (al igual que los libertarios) es desembozada por la flexibilización laboral. En la renegociación con el FMI, una deuda que ellos dejaron, están dispuestos a cumplir con los mandatos del organismo internacional que serán contra el pueblo trabajador. El oficialismo y muchos de sus diputados y diputadas demostraron la terquedad en defender un rumbo económico de ajuste que ahora cuestionan tibiamente, pero solo luego de la derrota. Por su enorme distancia con los padecimientos sociales y económicos que no quisieron ver, o por obsecuencia. El Frente de Izquierda rechazó sistemáticamente el ajuste en el Congreso, y lo enfrenta en las calles. No es casual que se haya posicionado como tercera fuerza nacional. Por apostar a la construcción política y social de una alternativa a favor de las y los trabajadores, militante, participando activamente de los procesos de organización, reclamos y luchas. Fortalecer el Frente de Izquierda en noviembre, peleando por diputados que expresen la voz y las luchas de la clase trabajadora, se vuelve más necesario como un mensaje por izquierda ante el giro conservador y de ajuste al que quieren llevar el oficialismo y la oposición. Significaría una palanca en la pelea por configurar otra relación de fuerzas, que va a jugarse en el ring de la lucha de clases.




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