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MÚSICA // ROCK

El Soldado: “Todo lo que hacemos es para encontrarnos con nosotros mismos”

Acuarentenado en Villa Gesell, el cantante y guitarrista protagoniza convocantes ciclos de música y entrevistas por streaming y a metros del mar.

Juan Ignacio Provéndola

@juaniprovendola

Domingo 26 de julio | 00:00

Rodolfo Luis González nació en Mataderos, pero quizás no sea de ninguna parte. Su historia no la marca su partida de nacimiento, tampoco su domicilio legal, ni siquiera su nombre: todo parece definido por sus canciones, publicadas cada una de ellas bajo el apodo de El Soldado, a secas. Un seudónimo que ilustra su estilo trovador y cancionista en las trincheras de la música y de la poesía, y que rápidamente se volvió marca identificable dentro de la cultura rock a partir de Tren de fugitivos, aquel celebrado álbum debut de 1997. “Ese disco se escuchó en cds, en casetes, se pirateó… Hubo mucha gente que se enamoró y hasta se casó por la afinidad que tenían de escucharlo. Y en los divorcios… ¡su tenencia fue motivo de litigios!”, analiza con algo de ironía y otro tanto de certeza. Desde entonces a la fecha, acumuló media decena de discos de estudio, uno en vivo y varios EPs, además de una incontable cantidad de shows.

Cacho (tal como le dicen sus amistades y gentes de confianza) se siente generacionalmente como “un hombre de los ’90”, época en la que se cruzaba no sólo con músicos, sino también con cineastas y pintores en bares y salas de Almagro o Palermo. “Ojo: en esa época Palermo no era un shopping a cielo abierto como ahora”, aclara. “Como sea, siempre anduve por las periferias y tampoco es que extrañe esa época. Las cosas no son eternas; mutan y hay que aceptarlo. Siempre fui un nómade, incluso en Buenos Aires, lo cual remarca que no tengo un punto fijo: según como lo mires, eso puede suponer libertad o algo poco maduro. Pero eso dejémoselo a los psicólogos, ja”.

A la zaga de su estrella trashumante, El Soldado había diagramado en enero pasado un 2020 de bastante movilidad y trabajo. Tan solo para marzo tenía diez recitales planeados, y de hecho comenzó ese mes con una gira por Córdoba y Entre Ríos (en Paraná tocó el 13, una semana antes del inicio de la cuarentena). Pero pasó lo que pasó, se suspendieron presentaciones en Santa Fe y tuvo que pegar la vuelta a Buenos Aires. “Me junté con la gente que trabaja conmigo. Estaba un poco cansado porque hacía años que no tenía vacaciones”, recuerda. “Y ahí un amigo me sugirió ir a una casa en Villa Gesell. La idea era venir a descansar, pero también a trabajar para adentro, generar canciones. Me decidí, vine… y se largó la cuarentena. Al principio noté que no podía volver, aunque con el paso del tiempo lo veo como un acierto”.

“Cuando uno viaja, va con una mochila muy liviana. En otras tierras uno es un forastero, no tiene arraigo ni angustias: todo está por descubrirse”, dice Cacho, acaso recordando aquel largo trip por Europa y Asia de fines del siglo pasado que le abrió la cabeza y lo expuso a vivencias inéditas. “De chico iba a la escuela Reino de Tailandia, nos pasaban audiovisuales, a veces iba el embajador y hasta cantábamos el himno a la reina Sirikit, así que fui acumulando curiosidad. El viaje duró cuatro meses y pivoteé entre el sudeste asiático y Europa, yirando por aquí, por allá o por acullá”. Todo eso influyó en su disco siguiente, el también recordado De cardo y clavel. “Praga es todo para abajo, con subsuelos, como en La metamorfosis, de Kafka. Había unos bares interesantes donde vi por primera vez a un músico haciendo de DJ. Para mí eso era todo una novedad y la mixtura me gustó. Entonces traté de plasmarlo en algunas canciones de ese disco, que se divide como en dos partes. Fue una especie de juego… que no lo volví a realizar nunca más, porque hay otros que lo hacen mejor, así que dejemos que se dediquen ellos, jaja”.

Su primera vez en Villa Gesell había sido en febrero de 1988 como parte del staff de Los Redondos en lo que él recuerda como la primera y única gira de verano por la Costa Atlántica que hizo la banda en toda su historia (también tocaron en San Bernardo). “Fuimos en un Ford Falcon que tenía Skay y luego yo me quedé un mes viviendo en el lugar donde ellos habían tocado”. Ahora, treintaidós años después, la ciudad no es la misma. Tampoco la estación del año, y ni hablar del contexto. Su primer gran compañía fue La tierra permanece, publicado por el historiador estadounidense George R. Stewart en 1949. “Es un libro de ciencia ficción escrito cuando ese género ni siquiera existía -describe El Soldado-. Trata sobre un joven que se va a un monte a estudiar, lo pica una serpiente y queda pidiendo la pelela tres días. Finalmente se recupera, pero cuando baja de nuevo al pueblo ve que no hay gente. Ahí se entera que hubo un virus que se morfó a la gente. ¡Parece actual, aunque es de hace setenta años!”.

A diferencia del personaje de esa novela post-apocalíptica, Cacho no está en un monte, sino más bien cerca de los médanos de arena de la Costa Atlántica. “Me siento bien. Estoy a media cuadra del mar, salgo al balcón y lo veo. Además, lo escucho todo el día. Es una experiencia que hacía rato no tenía: la de estar solo, quiero decir. Tengo 54 pirulos y, a mi edad, veo esa oportunidad como algo muy bueno”, explica. “Llevo una rutina, aunque lo interesante también es romperla, ¿no? jaja. Me volví un geselino más porque pateo mucho. ¡Cinco o seis kilómetros por día! Lo primero que hice fue encontrar los points para comprar cosas y hacer economía, porque uno se ajusta. Ví un chino a dos cuadras, pero era carero, así que busqué y dí con otro más barato, aunque a treinta cuadras. Lo uso como un ejercicio para despejar un poco a la cabeza. Caminar en silencio permite elucubrar historias. Eso sí: en algún momento partiré. No me gustaría estar en verano”.

Ante la imposibilidad de establecer planes a largo plazo (y, mucho menos, de pensar shows, más aún con el resto de sus músicos a 400 kilómetros de distancia), Cacho aprovechó en un principio para componer algunas canciones, aunque con el paso de los días se redescubrió en dos formatos de cuarentena con gran repercusión entre sus seguidores. “Vine a estar solo… y me terminé conectando con mucha gente por las redes”, reconoce.

Por un lado, surgió la idea de shows vía streaming por su página de Facebook bajo el nombre de “Reviso… y te cuento”, un ritual que se convirtió en cita obligada para sus seguidores en la noche de cada domingo con un promedio de audiencia de 500 espectadores y picos de mil (muy buena cifra, más aun tratándose de una apuesta literalmente casera y artesanal). “Cada noche toco un disco mío, lo voy comentando y le respondo a la gente. Además, intercalo con algunas anécdotas de la composición, de la grabación, de la gente que estaba. No tanto de las letras, salvo algún tip. ¡La idea es develar algún secreto, pero tampoco no todos! En definitiva, hago todo lo que ayude a que la cosa sea amena. Hay canciones que hacía mucho no tocaba y, por supuesto, me olvidé. Además, las tengo que readaptar para hacerlas solo con mi guitarra y mi voz, así que me las arreglo para que salgan elegantes, a pesar de que estoy acostumbrado a tocar en banda”, cuenta.

“Una de las cosas que logré con eso fue amigarme conmigo mismo. Nunca me gustó escucharme… sobre todo porque encuentro errores. Hay puntos altos, medios y bajos. Pero, a pesar de eso, veo que tengo buenas canciones. ¡Muchas! Y variadas, encima”, explica El Soldado, despojándose de falsas modestias. “Uno va hacia adelante, y en ese paso deja cosas atrás… que las olvida. Eso me pasa con discos que ya tienen veinte años, por ejemplo. Dejan de ser algo visible y presente. Eso es lo que más fuerte me llegó: redescubrirme. Me parece que soy un músico que no está mal. Puedo llegar a la gente, convencerla… y conmoverla. En definitiva, todo lo que hacemos, más que para mostrarnos a los demás, es para encontrarnos con nosotros mismos”.

El Soldado junto a Sergio Dawi.
El Soldado junto a Sergio Dawi.

Pero, además de la música, en este proceso de búsquedas y auto-encuentros Cacho González desarrolló otra habilidad que recién advirtió en esta reclusión pandémico-atlántica: su habilidad como conversaciones en vivo por su cuenta de Instagram. “Que quede entre nosotros” se llama un ciclo que descubrió casi de casualidad después de haber concedido algunas entrevistas desde Gesell por esa vía y confirmar que “no era tan difícil hacerlo”. Así, miércoles a miércoles promueve charlas con distintas personas y personalidades que son parte de su carrera, de su historia, de su afecto o de su respeto (desde los ex Redondos Willy Crook, Sergio Dawi y Semilla Bucciarelli y el artista Rocambole, hasta Javier Martínez, de Manal, el periodista Claudio Kleiman o el editor discográfico Chuchu Fasanelli).

“Lo que generó este juego fue un ejercicio para mantener activo el pensamiento, el discurso y la palabra, elementos que uno los lleva a cabo en función del contacto con otra gente”, admite Cacho González. “Mi condición es charlar con gente que tenga contenido, y el laburo consiste en saber sacarlo. Pero también soy un amante del azar, que es un sinónimo del destino, como decía Borges. Soy un devoto de eso, aunque al azar hay que acompañarlo, desde luego, porque hay otros vinculados a la mala suerte. En el fondo, la vida es esto: encuentros y desencuentros”.







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