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Red Internacional

Opinión.El consenso del ajuste y la resignación

Acuerdo con el FMI y subordinación al capital internacional. Economía popular, informalidad, precarización y pelea por trabajo genuino. El Frente de Izquierda Unidad, único ídolo en este lío.

Eduardo Castilla@castillaeduardo

Viernes 15 de octubre | 23:22

"Las dos mayorías políticas en la Argentina no han sido capaces de generar consensos, de construir políticas sustentables en el tiempo, duraderas, y es el momento que los distintos sectores de la producción, el trabajo y los sindicatos, los empresarios, y desde el Estado, construyamos los consensos que la política aún no ha podido construir".

El que habla es Gildo Onorato, dirigente del Movimiento Evita y de la UTEP. Detrás de él, en un amplio fondo celeste y verde, se distinguen infinidad de logos del Coloquio de Idea. Parte de la elite empresarial lo escucha, creemos, atentamente.

En las horas que pasaron, la palabra “consenso” ocupó un lugar destacado en ese mundo de negocios y poder político. Reiterada ante el mismo escenario, viajó en bocas tan disímiles como las de Horacio Rodríguez Larreta, Alberto Fernández o Cynthia Hotton. Como no podía ser de otra forma, abandonó el recinto para abordar el mundo de las redes sociales y medios de comunicación. En cierto sentido, entró en el debate público.

En los laberintos del lenguaje se pierden, sin embargo, los pliegues de la política real; los contornos concretos dentro de los cuáles se construye ese acuerdo; la cuenta fina de ganadores y perdedores en cualquier camino acuerdista. El consenso es todo y es nada al mismo tiempo, unidad de múltiples significados y de ninguno.

Sin embargo, si se atiende al debate planteado en el Coloquio Idea, en la línea de largada aparecen por lo menos dos supuestos comunes. El primero es que la subordinación al gran capital financiero internacional -concentrada hoy en la negociación con el FMI- no se cuestiona. La segunda, compañera necesaria en esa ruta, es que la herencia neoliberal no se toca en su muy variados aspectos.

Un consenso del ajuste y la resignación donde las grandes mayorías nacionales son las perdedoras. Un consenso que, de manera casi icónica, encontró expresión este miércoles a la noche en el pedido -casi ruego- de Leandro Santoro a María Eugenia Vidal para que la oposición derechista acompañe los senderos de la negociación con el Fondo.

La procesión no se detiene ahí. Se extiende y ramifica. En el consenso propuesto por macrismo, peronismo, radicalismo y kirchnerismo, las ganancias del gran capital asumen el rango de sagradas. Ni los candidatos ni los funcionarios asumen -aunque sea en el terreno discursivo- el cuestionamiento a los beneficios de bancos o privatizadas.

En otro terreno de la estructura social, la precariedad laboral resulta un diagnóstico. Tal vez, solo un hecho consumado. Asumiendo como propio el discurso del gran empresariado, políticos y dirigentes sociales afines al oficialismo recaen en una suerte de teoría del derrame, apostando a que las bondades y el crecimiento empresarial permitan recuperar lo perdido. Mientras esa espera paciente se desarrolla, la realidad inmediata es una mayor precariedad de las condiciones de vida para las grandes mayorías. En el consenso promocionado, la economía popular, terreno de dificultosa subsistencia por momentos, es invitada a integrarse a los negocios del gran capital. Siempre, aclaremos, que no elija ponerlos en cuestión.

Sobre esa trasfondo se discuten la reforma laboral y la llamada "modernización de los convenios", concepto que -dejando de lado eufemismos- apunta siempre a precarizar aún más el empleo.

En el escenario político actual ese consenso aparece cuestionado por el Frente de Izquierda. Ante los defensores de un posibilismo paladar negro, señala y denuncia la decadencia a la que conduce el acuerdo con el FMI. Frente a los cultores del progresismo escéptico convoca a una pelea por reducir la jornada laboral, para imponer el reparto de las horas de trabajo y terminar con la desocupación. Que todas y todos trabajen no se ancla en el reino de lo imposible. Sí en de la pelea, la organización y la lucha decidida de amplios sectores del pueblo trabajador.

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De programas e imposibilidades

Allá por 1986, revisando el pasado inmediatamente reciente, Carlos Grosso dijo que el peronismo había perdido las elecciones de 1983 porque “confundió al país de 1983 con el de 1946”. El futuro intendente de la Capital Federal miraba las cosas desde la pretendida óptica de la clase media, aquella que -según el relato alfonsinista- se había empoderado tras la dictadura.

Si se miran las PASO ocurridas -acontecidas a la distancia mínima de un mes- se podría hilvanar una comparación similar. El Frente de Todos confundió el país de 2021 con el de 2019. Apostó al relato anti-macrista, al tiempo que rescataba -desde el baúl oxidado de la épica- el recuerdo de los años de crecimiento en el kirchnerismo. Creyó que amarrar la gestión de la pandemia a un listado de promesas era suficiente para imponer agenda y ganar.

Pero la épica no llena estómagos vacíos. Y el anti macrismo -fundado en una catástrofe real- no funciona como techo para guarnecerse contra el frío y la lluvia.

El resultado electoral expresó un proceso de experiencia política con el peronismo que recorre barriadas y provincias. La buena elección del Frente de Izquierda Unidad en territorios del conurbano dice bastante de esas tensiones en desarrollo.

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Se hace necesario distinguir la matemática electoral de los cambios políticos profundos. Nadie debería descartar que el Frente de Todos recupere terreno el 14 de noviembre. Los recursos movilizados territorialmente se añaden a algunas pocas medidas económicas. Medidas que, agreguemos, están lejos de despertar pasiones y convocar a la épica tan reclamada por la pluma progresista. Cuánto espacio recuperará es música del futuro. Sólo la madrugada del 15 de noviembre podrá darnos una respuesta más o menos certera.

Sin embargo, los problemas profundos que aquejan a la vida de las grandes mayorías siguen ahí: tiesos, tensos, presentes y dolientes. Ni vivienda, ni trabajo digno, ni salario. Ni asado ni heladeras llenas o menos vacías. Esas ausencias son las que cimentan la experiencia política con el peronismo gobernante.

Lo saben los vecinos y las vecinas de Guernica que este fin de semana volverán a discutir como movilizarse ante un nuevo (y van…) incumplimiento por parte del Gobierno de Kicillof.

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Lo saben, también, los millones que ven degradarse su salario frente a una inflación creciente y constante, a la que el poder político solo opone palabras. Ayer las de Paula Español; hoy las de Roberto Feletti. Anotemos -al margen- la celeridad de Kicillof y Berni para atender los reclamos de esa mafia llamada Policía Bonaerense.

Podrá discutirse la sentencia de Grosso en relación a 1983. No es tema de esta columna. En el caso del justicialismo actual, las cosas se pueden presentar bajo un cristal distinto. Anotemos: el peronismo de Alberto y Cristina no yerra, no confunde. Solo expresa los límites históricos de un movimiento que, experto en producir relato, es incapaz de enfrentar el poder del gran capital. De cuestionar las ganancias del gran empresariado en aras de algún nivel de distribución de la riqueza. Un peronismo de manos vacías que puede ofrecer promesas, teoría del “futuro” derrame y beneficios fiscales a las empresas a ver si estas deciden tomar trabajadores.

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Su potencial de desafío herético -medido con la vara de Daniel James- tiende a cero. Si es que no marca ya números negativos hace rato.

Lealtades

Emergiendo desde el silencio, el Partido Justicialista que preside Alberto Fernández acaba de convocar a una movilización para este domingo. El Día de La Lealtad tendrá su celebración. Apostando a la descentralización, las plazas del país fungirán de escenario. En la misma tónica, apenas un día más tarde, la CGT marchará para…nadie lo sabe con certeza.

La cuota del relato que cubrirá este fin de semana se contrapone a la prosaica realidad de la gestión. La única lealtad que parece profesar por estas horas el Frente de Todos es hacia los negocios capitalistas.

Allí hay que contabilizar la sonrisa congraciante de Alberto en el Coloquio de IDEA -donde celebró haber vuelto-, pasando por el viaje de Manzur a EE.UU. para “atraer inversiones” y controlar a Martín Guzmán, hasta las múltiples concesiones al gran empresariado que vienen poblando la agenda gubernamental.

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La multiplicidad de beneficios otorgadas al capital es parte de esa construcción de consensos que todos proclaman. El relato oficial, midiendo las palabras de cara a la campaña electoral, construye puentes hacia el poder económico. A un extremo u otro de los mismos, no puede haber nada bueno para las grandes mayorías populares.

Sin embargo, nada obliga a resignarse a este consenso del ajuste y la resignación. La batalla está abierta. Las elecciones que tendrán lugar en 29 días son parte de la misma. El Frente de Izquierda Unidad, un arma para ir al combate.

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