Política Bolivia

TRIBUNA ABIERTA: BALANCE POST ELECTORAL EN BOLIVIA

El golpismo no pudo con los “salvajes”

La plebe dio el lak´azo.

Vladimir Mendoza M.

Ex Ejecutivo del Magisterio Urbano de Cochabamba

Viernes 23 de octubre | Edición del día

Foto: redes sociales

Cuando se termine el cómputo final, el MAS llegará a un 55% de los votos. Una victoria rotunda mas no suficiente para alcanzar los ⅔ de la Asamblea Legislativa Plurinacional. El balance impresionista de los ideólogos de la clase media blanco mestiza acerca de una “rebelión popular” en octubre de 2019 y una “mayoría electoral” que repudia al MAS, fue hecho pedazos. En realidad, el desgaste político, social y electoral que en efecto acumulaba el MAS antes del golpe de Estado, fue relativamente revertido gracias a ese acontecimiento, cuya finalidad era imponer de forma brusca un giro reaccionario a las relaciones de fuerza en la sociedad boliviana.

Para explicar cómo se llegó a una victoria tan rotunda del MAS en las urnas, no basta señalar la nefasta gestión del “gobierno pitita”. Las situaciones políticas no se hacen sólo a base de “circunstancias objetivas”, sino también, y sobre todo, gracias a la acción de las clases subalternas. Las rebeliones antigolpistas que van de Senkata y Huayllani en 2019 al gran bloqueo de caminos protagonizado por las masas plebeyas en agosto del 2020, hizo posible esta nueva situación en la coyuntura. Enfrentando la ofensiva antipopular de Áñez, al histerismo facho de la pequeña burguesía blanco mestiza y a todo el aparato comunicacional del golpismo, vastas capas de trabajadores y campesinos desplegaron una disposición combativa que desafió en las calles y las urnas a las fuerzas reaccionarias, tensionando también a su dirección burocrática y logrera asentada en el aparato masista.

Proceso de cambio: ¿nueva fase o fin de ciclo?

Las condiciones en las que el nuevo gobierno de Arce asumirá el país son muy distintas al pasado inmediato. Bolivia tiene una caída del 11% en su PIB, una ola de cierre de empresas y despidos que prepotentemente ha desatado la patronal después del golpe de Estado, un déficit fiscal histórico de 12 puntos, ascenso del desempleo, paralización del consumo interno y el crecimiento absoluto de la pobreza.

En tal escenario, ante el cual el propio Arce se ha declarado “asustado”, su Gobierno debe procurar contener la conflictividad social y al mismo tiempo desplegar políticas de “austeridad” (que en general son recortes sociales). Su intención de industrializar el mutún, el litio y la úrea con un Estado vaciado de capitales le obliga a recurrir a la inversión imperialista, en un contexto mundial de intensificación del coloniaje sobre los países pobres.

De todas formas, está claro que el próximo Gobierno procurará un modelo económico con mucha inversión pública (basada en el endeudamiento), incentivos a los empresarios y transnacionales, creación de empleo precario en obras públicas y bonos para las franjas más pobres de la población. Las gravitaciones de la crisis en el contexto internacional y las “disputas por el excedente” entre las clases sociales en Bolivia, determinarán en gran medida la duración y el efecto de estas medidas de contención de la crisis.

Movimiento obrero y popular: urge la autonomía organizativa y política

Los procesos de acumulación social y política que se desarrollan en el campo obrero y popular son importantes, todavía insuficientes y, por supuesto, desiguales. En el proletariado fabril, por ejemplo, están en curso núcleos de resistencia que son desproporcionadamente inferiores a los ataques que los trabajadores han sufrido de parte de la patronal. El retroceso de la conciencia (incluso gremial) en grandes capas obreras debido a la cooptación sindical y el clientelismo que impuso la política del MAS es un pesado lastre.

Otros sectores, como los campesino/indígenas, han podido pasar, con mérito propio, la prueba de la ofensiva derechista, pero todavía no la de la burocratización. La lógica instalada en las organizaciones campesinas de fusionarse, confundirse y diluirse en el aparato partidario y estatal todavía no ha sido superada, aunque haya corrientes de masas que impulsan esa perspectiva, como lo sucedido en el último Congreso de la Regional campesina del Norte de Potosí (Chayanta), donde se anuló de las instancias sindicales, los “controles políticos” que imponía el MAS verticalmente.

¿Qué queda del bloque golpista?

La unidad de fuerzas conservadoras el año pasado (OEA, EEUU, Iglesias, empresarios, medios de comunicación masivos, cívicos, partidos patronales, cúpulas militar y policial) que articuló una base social nucleada en torno a las clases medias profesionales e irradió incluso algunos sectores de trabajadores, fue desgajándose de a poco los últimos meses hasta recibir una estocada el 18 de octubre.

La oposición oligárquica, aunque pueda obtener circunstancialmente apoyo social, está formateada en moldes señoriales y racistas. Demostraciones descarnadas de su condición anti indígena fueron cruciales para que el MAS recupere electoralmente porciones de sectores urbanos a su favor.

Después de no haber podido aplastar físicamente la resistencia popular y haber sido apaleada en las urnas, la ultraderecha está haciendo esfuerzos por cohesionar sus núcleos duros en la pequeña burguesía, por lo pronto usando el griterío de “megafraude”. Sabe que no pueden revertir en lo inmediato su derrota, pero se preparan para lo mediato: en medio de la agudización de la crisis, de un nuevo Gobierno que administra la quiebra, apostará por volver a polarizar el país ampliando su influencia social con ideas retrógradas y con “fakes”: su objetivo es frustrar al movimiento obrero, campesino y popular, derrotarlo física e ideológicamente, convencerlo de que luchar no sirve de nada, que “la izquierda es un fracaso”, que “el socialismo no sirve”, que es “lo mismo” la república q´ara que el Estado plurinacional, etc.

¿Se puede superar eso del “mal menor”?

Una de las grandes limitaciones del momento histórico es que no existe una alternativa que esté a la izquierda del MAS y sea referencia visible. El respaldo de la población al “mal menor” o al “menos peor”, es un ciclo interminable mientras no se haga visible otro polo político. Ese polo no existe ni física ni programáticamente. Un programa de izquierda y socialista es, ante todo, ideas políticas capaces de hacerse fuerza social. No son sólo declaraciones verbales ni consignas.

Si la izquierda revolucionaria es invisible en Bolivia, lo es también porque sus ideas son inofensivas. Para que surja una opción superadora al MAS y frontalmente antagónica de la derecha, se debe tener un programa sólido que incluya tópicos urgentes como: la ruralidad boliviana, las relaciones entre clase/etnia de la población, las problemáticas de las mujeres explotadas y oprimidas (clase/etnia/género), las configuraciones sociales del proletariado (la gran mayoría de ellos no afiliados a la COB), las reivindicaciones de autonomía territorial de los pueblos indígenas y su relación con demandas transitorias, plantear alternativas socialistas al extractivismo y a la destrucción de la naturaleza, tener políticas socialistas para el autogobierno municipal, de las OTBs, etc. Pero también, esta alternativa debe existir activamente en los procesos políticos junto a los sectores explotados y oprimidos, repudiando abiertamente a la oposición de derecha y diferenciándose claramente del programa capitalista del MAS.

Los grupos autodenominados “revolucionarios” que creen que las crisis económicas los llevarán automáticamente a la conquista del poder, agitando consignas hueras y ultimatistas, seguirán jugando un papel autista, en el mejor de los casos, y en el peor, un rol de aliados de facto de las conspiraciones reaccionarias, como pasó en octubre/noviembre de 2019, donde de extraviados (como el POR) fungieron como braceros de la ultraderecha.







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