Sociedad

Coronavirus y Ciencia

El mito de la mente brillante, la realidad de las patentes y la necesidad de un sistema científico único y cooperativo

La crisis sanitaria desatada por el COVID-19 provocó un bombardeo de información relacionada a la ciencia. Intentaremos analizar cómo produce el sistema científico y la necesidad de una ciencia unificada, solidaria y cooperativa.

Constanza Rossi

Licenciada en Biología (UBA) @ConstanzaRossi5

Jueves 26 de marzo de 2020 | 13:41

El crecimiento en la cantidad de infectados de COVID-19, a nivel global y ahora local, viene acompañado de la expansión de noticias de amplio espectro ideológico. Desde los individualistas (“Aprovechar el aislamiento para conectar con uno mismo”), los apocalípticos (“El ser humano debe extinguirse”), la ciega esperanza en la ciencia con dosis de nacionalismo, (“Científicos argentinos desarrollan el test rápido de detección”) o el nacionalista pero con mucha más fe en el control y la represión que en la ciencia (“Hay que confiar y hacer lo que dice el gobierno: quedarse en casa y avisar al 911 si tu vecino tose”).

Desde La Izquierda Diario venimos difundiendo y produciendo reflexiones sobre las causas de esta crisis sanitaria desde una visión científica, anticapitalista y socialista, analizando cuáles medidas pueden frenar su expansión. A su vez, compartiendo todas las iniciativas solidarias que surgen de diferentes sectores, como las fábricas recuperadas que adaptaron sus producciones a las necesidades actuales (alcohol en gel, guardapolvos o barbijos) o les trabajadores que se organizaron para exigir medidas de higiene y licencias para grupos de riesgo o cuidado de niñes.

El COVID-19 puso en cuestión todo. ¿En el sector científico cómo andamos?

La crisis global desatada por COVID-19 interpela todo: sistemas de salud pública devastados y transferidos a los sectores privados, precarización laboral y de la vida, creciente aumento del control de los gobiernos por sobre la participación democrática. Nos obligó a hacer una pausa y ver la crisis del capitalismo que se viene desarrollando hace varios años, con una transmisión de 24x7 que nos muestra todo y a todes a la vez. Siendo COVID-19 una pandemia provocada por un virus que solo les científiques pueden “ver”, las miradas del mundo hicieron foco sobre las biociencias, su sistema de desarrollo y producción. Algunos medios de comunicación siguen transmitiendo el imaginario de “las mentes brillantes de la ciencia” cada vez menos creíble frente a las megas corporaciones de las biotecnociencias.

El viejo imaginario de “las mentes brillantes”

Cuesta creer que aún sigan apareciendo titulares como: “Son argentinos y crearon un método para detectar el coronavirus en 60 minutos” [1]. Títulos que refuerzan el mito de mentes brillantes y creativas (portadores del “gen argentino”), que de forma individual y aislada, inventaron algo novedoso que a ningún otro científico se le ocurrió. Laboratorios del mundo entero trabajan a contrarreloj, y prácticamente, con las mismas tecnologías y los mismos conocimientos. La urgencia por encontrar test rápidos, tratamientos y una vacuna para frenar la pandemia, puso en evidencia el hecho de que si existen límites para el desarrollo científico, no es por falta de genio, sino por límites concretos que imponen las patentes, el monopolio de los insumos, equipamientos y los journals científicos (revistas de publicación científica), por señalar algunos. No se trata de “mentes brillantes” sino de megacorporaciones que hacen especulaciones comerciales y jugosos negocios sobre el trabajo de les trabajadores de la ciencia.

La ciencia de las grandes corporaciones y las patentes

A pocas semanas de la expansión de COVID-19 en Wuhan, China, científicos de dicho país obtuvieron la secuencia del virus y “pusieron a punto” el test de detección por rt RT-PCR. Cuando el virus comenzó a diseminarse por Europa, el gobierno chino entregó toda esta información a la OMS, y fue dicho organismo el que la distribuyó por los diferentes países del mundo. Luego, en marzo, con miles de infectados en los diferentes países de Europa y la llegada de infectados a Estados Unidos, 11 funcionarios de políticas científicas de EEUU, Canadá, Japón y varios países de Europa publicaron un comunicado pidiendo a las revistas científicas que den libre acceso a los artículos relacionados con COVID-19. Y a su vez, que toda la información esté centralizada en el conocido sitio PubMed [2]. Algunas antes y otras después del comunicado, han dado libre acceso a los papers como The New England Journal of Medicine o Cell, que se comprometió a acelerar los tiempos de publicación y el libre acceso, aunque advirtiendo que será solamente mientras dure la pandemia. [3]

¿Siempre funciona de forma tan cooperativa y solidaria el sistema científico? ¡No!

La crisis sanitaria y las miradas del mundo entero lo obligaron. Los desarrollos científicos están dirigidos por grandes corporaciones que le marcan su impronta: segmentado, competitivo, hermético, patentado y mercantilizado. Veamos algunos ejemplos:

El laboratorio estadounidense Gilead ya patentó 3 retrovirales que podrían servir para tratar a personas infectadas [4]. En Alemania, Dietmar Hopp, empresario de fútbol y dueño de un laboratorio, anuncia a través del Twitter de su compañía CureVac que están muy cerca de obtener la vacuna y que sus objetivos son “ayudar y proteger a las personas y pacientes alrededor del mundo”, entonces ¿por qué no comparten sus avances y trabajan cooperativamente con los demás laboratorios del mundo?

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Hace semanas que varios laboratorios publicitan que han desarrollado los test rápidos. Estas investigaciones están trabajando, hasta donde informan, en dos direcciones: una a través de técnicas inmunológicas y la otra con la tecnología CRISPR/Cas. Los test rápidos para detectar los anticuerpos que desarrollan las personas infectadas fueron anunciados hace ya varios días por la empresa surcoreana Sugentech. Sin embargo, sin más noticias de este desarrollo, otras empresas (como por ejemplo la japonesa Kurabo Industries desarrollaron test rápidos para detectar el virus utilizando en esta caso anticuerpos fijados a un dispositivo que dará una marca de color si entran en contacto con el virus. El gobierno español, frente a una crisis sanitaria que al 25 de marzo lleva 3500 muertes, anunció –muy tarde y luego de una inacción criminal– la compra de 640.000 de estos test rápidos y un plan para alcanzar los 6 millones [5]. Por su parte, la tecnología CRISPR/Cas sirve, entre otras aplicaciones, para identificar secuencias genéticas específicas. Esta tecnología se encuentra en manos privadas, como la nombrada Sugentech, CASPR-Biotech (la empresa a la que pertenecen les científiques argentines que circuló por los principales diarios del país [6]), Bayer que se fusionó con CRISPR-Therapeutics entre otras 18 corporaciones [7].

Como analiza Esteban Mercatante:

«Quienes se aprestan a ganar son sobre todo las grandes farmacéuticas. Como afirma Gerald Posner, autor de Pharma: Greed, Lies, and the Poisoning of America, “cuanto peor sea la pandemia, mayores serán sus futuras ganancias”. Desde China hasta EE. UU., pasando por la UE, todos se pelean a ver quién pone más plata en el bolsillo de quien prometa una vacuna para el COVID-19. Una firma alemana recibió 80 millones de euros de la UE para desarrollarla, mientras Trump y Xi Jinping anuncian que están iniciando pruebas en humanos de las producidas por sus laboratorios. Se trata de un fondeo público de ganancias privadas. De acuerdo a Posner, solo en EE. UU., desde la década de 1930, los National Institutes of Health (NIH) han invertido unos 900.000 millones de dólares (2 veces la economía argentina) en investigaciones que las compañías farmacéuticas utilizaron para patentar medicamentos de marca por los cuales facturan. Solo entre 2010 y 2016 los fondos públicos representaron más de 100.000 millones de dólares en esa investigación.»

O en palabras de Paula Bach:

«La pelea por la autoría de la vacuna que involucra principalmente a Estados Unidos, China y Alemania se convierte, en este contexto, en una redefinición de la batalla por la tecnología de punta que emergió inicialmente bajo la forma distorsionada de “guerra comercial”. Como lo expresa un artículo de The New York Times, una carrera mundial armamentista por la vacuna contra el coronavirus está en marcha. El diario señala que aquello que comenzó como una cuestión de quién obtendría los elogios científicos, las patentes y los ingresos de una vacuna exitosa se transforma de repente en un tema de seguridad nacional. Si bien existe cooperación en muchos niveles, incluso entre las empresas que son normalmente feroces competidoras, la pelea por la vacuna es la sombra de un enfoque nacionalista que podría otorgarle al obtentor, ventajas para lidiar con las consecuencias económicas y geoestratégicas de la crisis.»

La necesidad de un sistema científico único, cooperativo y solidario

Un sistema científico que investigue de forma articulada entre disciplinas, en el que circulen libremente los conocimientos, cuyo motor sean las necesidades y los deseos de las mayorías, en permanente comunicación con la comunidad y sumando su participación, en el que los ambientes naturales y la salud sean los “temas estratégicos”. No somos pocos los que día a día hacemos nuestro aporte con esta perspectiva.









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