SUPLEMENTO

Engels, las mujeres trabajadoras y el feminismo socialista

Josefina L. Martínez

Ilustración: Marito Ce

Engels, las mujeres trabajadoras y el feminismo socialista

Josefina L. Martínez

Todavía muy afectado por la muerte de su amigo, en 1883 Engels se dedica a revisar montones de cartas, manuscritos y apuntes que habían quedado sin terminar en la casa de Marx en Maitland Park Road de Londres. Allí, entre pilas de papeles, encuentra una serie de anotaciones basadas en la lectura de la obra del antropólogo norteamericano Lewis Henry Morgan, cuyo último libro, La sociedad antigua, había sido publicado unos años antes. Ambos habían intercambiado bastante sobre este tema y Engels se entusiasma con sistematizar algunas ideas sobre la cuestión. A partir de los apuntes etnológicos de Marx, Engels desarrolla un análisis histórico y materialista de las organizaciones sociales, en particular acerca de los cambios en las formas de parentesco, la familia patriarcal, la institución del matrimonio y la monogamia. Su libro, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado se publica por primera vez en 1884 y será considerado desde entonces una obra clave para el feminismo socialista.

Volveremos más adelante sobre este texto, para señalar algunos de sus aportes fundamentales, así como algunas de las polémicas que sigue generando. Pero antes de esto, es preciso visualizar el panorama más general en el que aparecen las primeras formulaciones de Marx y Engels acerca de la emancipación de las mujeres.

Engels escribió sobre la situación de doble opresión que recaía sobre las mujeres trabajadoras, por primera vez en un texto de 1845, La situación de la clase obrera en Inglaterra. Con este trabajo buscaba acercar a los lectores lo más posible a un conocimiento real de la vida de la clase obrera inglesa, sus condiciones laborales, el hacinamiento en las ciudades y sus grandes penurias, que son para él un fundamento para el surgimiento de variadas corrientes socialistas, desde el socialismo utópico al comunismo. Engels tenía entonces 24 años y este libro representa, según explica en la introducción a la edición alemana de 1892, solo una fase embrionaria del socialismo científico, que será desarrollado en los años siguientes, fruto de su trabajo conjunto con Marx. El comienzo del libro es una metáfora visual estupenda de la sociedad capitalista. Engels relata la conmoción que siente cualquier persona al ingresar a Londres, remontando el Támesis río arriba. El viajero queda encandilado por la imponente concentración urbana, la cantidad de edificios, los barcos, todas las señales de una pujante civilización. Sin embargo, al descender y caminar por las angostas calles que llevan hacia los barrios “bajos”, comenzará a comprender que:

estos londinenses han debido sacrificar la mejor parte de su cualidad de hombres para lograr todos los milagros de la civilización de los cuales rebosa la ciudad, que cien fuerzas, que dormitaban en ellos, han permanecido inactivas y han sido ahogadas a fin de que sólo algunas puedan desarrollarse más ampliamente y ser multiplicadas uniéndose con aquellas de las demás. [1]

Las palabras de Engels apuntan contra las brutales desigualdades provocadas por el capitalismo, donde cada “milagro de la civilización” se erige sobre el aplastamiento de gran parte de esta misma sociedad, los que no tienen nada, los proletarios. La mirada de Engels penetra todavía más en los barrios obreros, para descubrir calles sucias y estrechas, viviendas sin calefacción y escasez de alimentos. Y es entonces cuando hace una referencia especial a las mujeres obreras, que son mayoría en los talleres textiles, trabajan jornadas de 10 o 12 horas como sus compañeros, pero reciben salarios más bajos, que en momentos de crisis son las primeras en ser despedidas, y que cuando regresan a casa deben hacerse cargo de cocinar, limpiar y cuidar a los niños. Y aunque todavía no encontramos aquí una teorización sobre el papel que toca a las mujeres de la clase obrera en la sociedad capitalista, Engels apunta repetidamente sobre un fenómeno social que afecta especialmente a las mujeres. El orden social capitalista, afirma, disgrega a la familia obrera, haciendo imposibles sus condiciones de existencia:

De ese modo el orden social hace al trabajador la vida de familia casi imposible. Una casa inhabitable, sucia, apenas suficiente para servir de abrigo nocturno, raramente con calefacción, mal amueblada, y donde con frecuencia la lluvia penetra, una atmósfera asfixiante en una pieza con muchas personas, no permiten la menor vida de familia. El marido trabaja todo el día, así como la mujer y tal vez los hijos mayores, todos en lugares diferentes, y sólo se ven por la mañana y por la noche y hay además la tentación continua del aguardiente; ¿dónde habría lugar para la vida de familia? Y, sin embargo, el obrero no puede escapar a la familia, él debe vivir en familia; de ello resultan querellas y desacuerdos familiares perpetuos, cuyo efecto es extremadamente desmoralizador, tanto para los esposos como para los niños. [2]

Las fábricas textiles ocupan mujeres que tienen entre 15 y 20 años y también se encuentran allí gran cantidad de niños. Engels señala que, muchas veces, las trabajadoras “regresan a la fábrica tres o cuatro días después de dar a luz” y en sus horas de descanso corren del trabajo a la casa para alimentar al recién nacido. Cuando ellas pasan 12 o 13 horas en las fábricas, los niños quedan al cuidado de una familiar o una vecina, o vagan descalzos por los alrededores. Los lugares de trabajo también son escenario frecuente para abusos sexuales, ya que “la esclavitud de la fábrica, como toda otra y hasta más que toda otra, confiere al patrón el Jus primae noctis. A este respecto también el industrial es el amo del cuerpo y de los encantos de sus obreras”. [3]

Por eso, insiste Engels, el “trabajo de la mujer en la fábrica desorganiza inevitablemente a la familia y esa desorganización tiene, en el estado actual de la sociedad, que descansa en la familia, las consecuencias más desmoralizadoras, tanto para los esposos como para los niños”. La sociedad actual se apoya en la familia, pero, al mismo tiempo, la disgrega, hace imposible sus condiciones de existencia. Esa contradicción explosiva marca a fuego las condiciones de vida, y de lucha, de las mujeres trabajadoras y de toda la clase obrera. Esta idea, todavía en germen, será retomada más adelante por Marx y Engels.

Ambos volverán sobre la cuestión, avanzando algunas definiciones sobre la necesidad de luchar por la emancipación de las mujeres, un análisis sobre el origen histórico de la opresión y una crítica radical a la familia patriarcal. En La Sagrada Familia, recuperan las ideas del socialista utópico Fourier cuando sostiene que “los progresos sociales y los cambios de períodos se operan en razón directa del progreso de las mujeres hacia la libertad; y las decadencias de orden social se operan en razón del decrecimiento de la libertad de las mujeres...” Muchos socialistas utópicos habían abordado antes la opresión de las mujeres, ideando alternativas sobre cómo superarla. Desde esta tradición se habían tratado temas como la necesidad de socializar el trabajo doméstico, terminar con la monogamia y desarrollar el amor libre, hasta la necesidad de reorganizar la arquitectura de las viviendas unifamiliares, trazando los planos de pequeñas sociedades comunitarias. Estos esbozos, sin embargo, eran difusos, como parte de un socialismo precientífico; no planteaban claramente ni cómo conseguir aquellos objetivos, ni qué fuerza social podría llevarlos adelante. Las experiencias de las comunas owenistas en EEUU no prosperó, aunque, como señaló Engels en un trabajo posterior, con sus escritos, los socialistas utópicos sembraron la semilla para imaginar la futura sociedad comunista. [4]

Flora Tristán, pionera del feminismo socialista, ocupa una posición transitoria entre aquel socialismo utópico y el socialismo científico. En su libro La Unión Obrera (1843) llegó a delinear una propuesta para la organización social y política de la clase obrera y abordó por primera vez la relación entre clase y género: el tercer capítulo del libro está dedicado enteramente a las mujeres, a las que llamó “las últimas esclavas” de la sociedad francesa. En su libro interpela a los obreros y señala que no es posible sostener un proyecto de emancipación humana sin tener en cuenta a las mujeres. [5]

Por su parte, en El Manifiesto Comunista Marx y Engels retoman la idea de que el capitalismo tiende a destruir los lazos familiares tradicionales en la clase obrera, al incorporar masivamente al trabajo a mujeres y niños, igualando en la explotación a los integrantes de la familia obrera. Pero, al mismo tiempo, denuncian la “doble moral” de la burguesía: mientras se acusaba a los comunistas de querer instaurar la “comunidad de las mujeres”, eran ellos quienes la ejercían de hecho mediante el adulterio (admitido socialmente solo para los hombres) o mediante la prostitución, considerando a las mujeres como su propiedad.

Por último, aunque en El Capital existen varias referencias al trabajo de las mujeres –tanto en lo que hace a la composición del ejército industrial de reserva, como a la brutal explotación del trabajo de mujeres y niños—, el análisis más sistemático sobre la institución familiar y acerca de las causas de la opresión de las mujeres va a ser desarrollado por Engels, como ya mencionamos, en El origen de la familia…

La familia, el trabajo de las mujeres y el comunismo

A pesar de los límites que pueda tener esta obra –ya sea porque los estudios de Morgan fueron superados, o por cierta visión esquemática sobre los períodos históricos–, El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado sigue siendo una referencia fundamental. Esto es así, en primer lugar, en tanto sitúa históricamente el origen de la opresión de las mujeres, demostrando que no existió siempre ni está dada por naturaleza, sino que es histórica y social. En este punto, Engels polemizaba también con las obras de otros teóricos socialistas, como Bebel [6] y Kautsky, que habían publicado obras sobre el tema poco antes y sostenían que la subordinación de las mujeres podía rastrearse desde los comienzos de las sociedades humanas, como si fuera algo que hubiera estado siempre presente. Engels consideraba que eso no era así, que habían existido sociedades primitivas más igualitarias o incluso basadas en el derecho materno y buscaba destacar esa historicidad.

Engels establece una relación entre la aparición de la propiedad privada, la división clasista de la sociedad y la cristalización de una institución familiar donde las mujeres quedan subordinadas. Mediante la instauración del matrimonio y la monogamia, la mujer y los hijos se convierten en “propiedad privada del hombre”. En este sentido, plantea:

El hombre tomó el mando también en el hogar; la mujer fue degradada y reducida a la servidumbre; se convirtió en la esclava de su lujuria y en un mero instrumento para la producción de hijos…Para asegurar la fidelidad de su mujer y, por tanto, la paternidad de sus hijos es entregada sin condiciones al poder del marido; si él la mata, solo está ejerciendo sus derechos.

Por otro lado, en el prefacio a la primera edición, se encuentra un importante pasaje que señala la relación entre la producción y la reproducción, como eje desde el cual pensar la cuestión de la familia y el rol de las mujeres en la sociedad:

Según la teoría materialista, el factor decisivo en la historia es, a fin de cuentas, la producción y la reproducción de la vida inmediata. Pero esta producción y reproducción son de dos clases. De una parte, la producción de medios de existencia, de productos alimenticios, de ropa, de vivienda y de los instrumentos que para producir todo eso se necesitan; de otra parte, la producción del hombre mismo, la continuación de la especie. El orden social en que viven los hombres en una época o en un país dados, está condicionado por esas dos especies de producción: por el grado de desarrollo del trabajo, de una parte, y de la familia, de la otra. [7]

Este fragmento ha sido citado muchas veces, y también cuestionado desde diferentes posiciones teóricas. De hecho, todavía en vida de Engels se produjo un debate entre quienes defendían la lucha por la emancipación femenina como una cuestión fundamental del programa socialista, y algunos sectores más conservadores dentro los partidos socialdemócratas que no querían aceptarlo.

Por poner tan solo un ejemplo: En octubre de1886, durante el Congreso del Partido Socialdemócrata de Alemania en Gotha, Clara Zetkin hizo un discurso importante sobre la cuestión de las mujeres trabajadoras y el socialismo. Allí planteaba que la lucha por la emancipación de las mujeres estaba ligada a la lucha por el socialismo, y que por este era calve destacar la agitación socialista entre las mujeres y promover su organización sindical. El discurso fue duramente contestado por un socialista inglés, Belfort Bax, que era conocido por sus posiciones misóginas. [8] Como recurso de autoridad, Bax pretendió contraponer lo que planteaba Zetkin a las posiciones de Engels.

Fue Eleanor Marx, hija menor de Karl Marx y personalmente muy cercana a Engels, la que respondió a Bax públicamente, reafirmando que las posiciones de Engels y las de Zetkin eran afines. La respuesta es muy interesante, además, porque incide justamente en la cuestión del trabajo doméstico y la doble carga para las mujeres trabajadoras. Empieza señalado que las mujeres trabajadoras son alrededor de 4,5 millones en Inglaterra; 3,7 millones en Francia; 3,5 en Italia; más de 5 en Alemania, 3,5 en Austria-Hungría, es decir, más de 20 millones de mujeres obreras en los principales Estados europeos, que en muchos casos son el principal sostén de personas ancianas, niños o esposos desempleados. Después señala que, aunque muchas tareas que antes se realizaban en los hogares se han convertido en trabajo social en la producción, resta una gran cantidad de trabajo que se sigue haciendo de forma privada en las casas. En relación a la polémica, señala:

Pero además de esta fábrica y otros trabajos asalariados, las mujeres también tienen que hacer sus tareas domésticas. Sé que Belfort Bax u otros de su opinión, pueden señalar que el industrialismo capitalista ha liberado a la mujer de muchas funciones importantes que antes eran tareas de una mujer de la casa; que ya no tiene que tejer calcetines, coser ropa blanca, etc., para la casa; y que las otras funciones de la casa han disminuido al mínimo; aun así, hay algunas tareas de la casa que todavía quedan por hacer, como limpiar, lavar, cocinar, etc. El capitalismo no ha inventado todavía la maquinaria de la limpieza y, al mismo tiempo, no ha "domesticado" al marido desempleado hasta tal punto que le haga ocuparse de la casa y de los niños, y así libere a su esposa de una parte de su carga. Sí, camarada Belfort Bax, Clara Zetkin tenía todo el derecho de decir, con Engels, que la mujer es "proletaria en el hogar". Debería haber dicho más bien que la mujer, bajo nuestro régimen capitalista, es una doble proletaria - tiene dos tipos de trabajo, el trabajo de un productor en la fábrica y el trabajo de un ama de casa, esposa y madre en el hogar. Por un lado, sus músculos y su sangre se gastan para el beneficio inmediato del capitalista, y por otro lado para su beneficio futuro - para soportar y alimentar a una nueva generación de proletarios. ¡Trabaja allí, trabaja aquí!

Como vemos, la respuesta de Eleanor Marx, haciendo una referencia directa a Engels, es contundente. En adelante, tanto ella como Clara Zetkin y otras dirigentes socialistas se dedicarán especialmente a organizar a las mujeres trabajadoras, luchando por derechos sociales y políticos para todas las mujeres, al mismo tiempo que seguirán apuntando contra la doble carga del trabajo doméstico en los hogares. Décadas más tarde, la experiencia de la revolución rusa será una gran experiencia social en este sentido, que permitirá hacer concretas algunas medidas fundamentales: la legalización del aborto y del divorcio, el reconocimiento de los hijos nacidos fuera del matrimonio, la igualdad salarial de las mujeres, así como la creación de guarderías, comedores sociales, casas cuna y lavanderías, para dar pasos hacia la socialización de las tareas domésticas. El retroceso posterior en este terreno, en particular durante los años 30, fue parte de una contrarrevolución interna, mientras se fortalecía una dictadura represiva como forma de Estado y, con Stalin a la cabeza, se recuperaba una ideología reaccionaria que situaba a las mujeres en el seno de la familia tradicional como “guardianas del hogar”. La política posterior de los Partidos Comunistas de “separar” la lucha de las mujeres como si se tratara de cuestión “secundaria” respecto a la lucha de la clase obrera, no surge de una concepción errónea primigenia sobre este tema en los primeros textos del marxismo, sino más bien de una revisión conservadora del marxismo para justificar posiciones burocráticas y una interpretación economicista de las cuestiones de clase.

Patriarcado, producción y reproducción

Con la segunda ola del movimiento feminista, a fines de los años 60 y 70, reaparecen otros debates sobre esta obra de Engels. Por un lado, desde el feminismo radical autoras como Shulamith Firestone y Kate Millett, reivindican el camino que abre para desnaturalizar la institución familiar y poder conceptualizar la opresión de las mujeres como un fenómeno social. Pero, al mismo tiempo, critican en general al materialismo histórico como si se tratara de un “economicismo”. En el caso de Shulamith Firestone [9], llega a plantear que había que desarrollar un nuevo materialismo histórico basado en la lucha de clases sexuales. Esta autora toma como blanco de su crítica una versión economicista del marxismo, a la que invierte, poniendo el centro de gravedad en la cuestión de la sexualidad. Pero al borrar o disminuir la importancia de los fenómenos materiales y económicos de las relaciones sociales, se deriva hacia una concepción idealista, donde la posibilidad de cambios se limita a movimientos culturales. Sobre esta misma base, en los años siguientes se desarrollan tendencias separatistas en el movimiento feminista radical, que se oponen de forma reaccionaria a toda lucha común entre diversos sectores oprimidos.

Desde una postura muy diferente, se ha señalado que la obra de Engels y en particular ese pasaje en Los orígenes de la familia… [10] puede ser considerado una fuente de errores posteriores, por separar excesivamente el plano de la producción de la esfera de la reproducción de la vida. Esta idea de que Engels separa de forma “dualística” la esfera de la producción, respecto de la esfera de la reproducción, la plantea la feminista marxista Lise Vogel en su libro Marxism and the Opression of Women (1983). La crítica es retomada más recientemente por diversas autoras que desarrollan lo que definen como una Teoría de la reproducción social, como Sue Ferguson. Para Ferguson [11], el texto de Engels, si bien hace aportes fundamentales al feminismo socialista, habría sembrado una “semilla” a partir de la cual, posteriormente, sectores de la socialdemocracia y los Partidos Comunistas sostuvieron esa idea de que la lucha “especial” de las mujeres podía separarse de la lucha de la clase obrera, o, incluso, que había que “postergarla” hasta después de la revolución.

Desde mi punto de vista, en cambio, lo importante de este fragmento tantas veces citado no apunta hacia esa separación. Al contrario, establece una relación entre ambas esferas y tal como señala Ariane Díaz, eso es “justamente lo que tiene de novedoso el análisis de Engels, poniendo el problema de la opresión de la mujer en el nivel teórico de la producción social, es decir, en el eje de las preocupaciones del marxismo”. [12] Y al situar la opresión de las mujeres en relación con los fenómenos sociales, la producción y la reproducción, esta cuestión queda liberada de toda determinación biologicista, que naturalice la posición subordinada de las mujeres.

No pretendemos abordar aquí todo el rico debate acerca de la reproducción social que se ha reactualizado en los últimos años, para lo cual recomendamos este, estey este artículo. Tan solo señalemos que “comprender la relación que existe entre reproducción y producción –y señalar la subordinación de la primera a la segunda bajo el capitalismo– es fundamental para poder articular una estrategia de lucha” desde una perspectiva feminista socialista. [13]

Es cierto que una teorización más sistemática desde el marxismo acerca del trabajo doméstico de las mujeres en el seno de la familia llega recién en el marco de los debates del feminismo de la segunda ola en los años 60 y 70 del siglo XX, cuando al interior del movimiento de mujeres se confrontan diferentes posiciones teóricas y estrategias políticas. Sin embargo, esto no significa que el marxismo no le haya dado importancia antes a esta cuestión, ni mucho menos que se entendiera que la lucha contra la opresión de las mujeres se limitaba a conseguir reivindicaciones democráticas y una incorporación más igualitaria en el mercado laboral, para eliminar su dependencia económica. Nada más alejado de la realidad. Estas eran cuestiones fundamentales, pero también lo era la lucha por la socialización de las tareas domésticas, ya que las mujeres eran también “proletarias en el hogar”. Y de conjunto, todas estas luchas estaban ligadas a una estrategia socialista por terminar con el capitalismo. [14]

El propio Engels señalaba esta perspectiva, en una carta de 1885: “La verdadera igualdad entre hombres y mujeres sólo puede, o eso estoy convencido, hacerse realidad cuando se haya abolido la explotación de ambos por el capital y se haya transformado el trabajo privado en el hogar en una industria de carácter público”.

Volviendo sobre su legado para el feminismo socialista, es importante destacar que las críticas a la familia patriarcal y a la institución del matrimonio son muy agudas, y mantienen una potencia enorme en la actualidad. Por un lado, ante el crecimiento de posiciones conservadoras y “familiaristas” que, frente a la crisis del neoliberalismo y el capitalismo, plantean que hay que revalorizar acríticamente el papel de la familia tradicional (patriarcal). Engels nos recuerda que esta institución no tiene nada de “natural” ni es un “oasis” en medio de la tormenta, sino que está basada en la dependencia económica, atravesada por relaciones jerárquicas y reproduce en su seno las contradicciones sociales. La violencia de género difícilmente puede entenderse por fuera de los contornos de esta institución patriarcal y de la idea de la “propiedad” de las mujeres por sus esposos. Al mismo tiempo, como señalamos más arriba, el capitalismo degrada las condiciones de existencia de la familia trabajadora –negándoles a millones incluso el derecho a tener una vivienda o un trabajo– mientras mantiene a la misma como una de las bases de esta sociedad. Esto genera contradicciones desgarradoras.

Desde el punto de vista de Engels, las mujeres podrán superar la opresión patriarcal, solo cuando las familias y el matrimonio dejen de existir como unidades de dependencia económica obligatoria, cuando el trabajo reproductivo sea socializado, e, incluso, cuando “el cuidado y la educación de los niños sea un asunto público”. Tomemos en cuenta que, cuando escribe Engels, en gran parte del mundo las mujeres siguen educando a los niños en casa, no hay educación pública universal extendida, ni jardines infantiles. Solo las mujeres de la burguesía podían liberarse por completo de parte del trabajo del cuidado de los niños, mediante el trabajo mal pago de mujeres trabajadoras. Más allá de las diferencias históricas, esta cuestión sigue teniendo plena vigencia, si consideramos la degradación de la educación y la sanidad pública que se ha llevado adelante por los gobiernos capitalistas, cuando no existen jardines infantiles ni guarderías gratuitas garantizadas desde los primeros meses. Más recientemente, vemos la triple carga que implica para muchas mujeres trabajadoras tener que ayudar en la educación virtual de sus hijos, en tiempos de pandemia.

Finalmente, la crítica que hace Engels acerca de los mecanismos sociales que regulan e imponen restricciones a las relaciones afectivas y sexuales entre los seres humanos, permite prefigurar una sociedad donde estas trabas sean superadas. Liberar las relaciones personales de las limitaciones que impone una sociedad regida por la propiedad privada y la explotación de gran parte de la humanidad, para que el amor, la sexualidad y la amistad puedan renacer sobre nuevas bases.

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NOTAS AL PIE

[1F. Engels; La situación de la clase obrera en Inglaterra, Akal.

[2Ídem.

[3Ídem.

[4F. Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico. Se publica por vez primera en Vorwarts de Leipzeig, órgano del Partido Socialista, entre 1876 y 1878, y aparece por primera vez con ese nombre en 1880, en una traducción al francés de Paul Lafargue.

[5A. D’Atri, "Flora Tristán: el martillo y la rosa", La Izquierda Diario, 4 de marzo de 2019

[6El libro de Bebel, La mujer y el socialismo, fue impreso por primera vez de forma clandestina, en Leipzig, y circuló durante varios años de forma ilegal, bajo la censura de las leyes antisocialistas. Antes de 1895 ya se habían realizado 25 reediciones en Alemania, y había sido publicado en inglés, francés, ruso, italiano, sueco, danés, polaco, flamenco, griego, búlgaro, rumano, húngaro y checo. Evidentemente había tenido un gran impacto. Después de la publicación del libro de Engels, Bebel revisa su propio trabajo, incorporando las referencias de Engels a Morgan.

[7Engels; prefacio a la primera edición, 1884; El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, en C. Marx, F. Engels, Obras Escogidas, Editorial Progreso.

[8Tiempo después, Bax escribirá, en respuesta al folleto de Stuart mil, La esclavitud femenina (1869), un texto que provocadoramente titula La esclavitud masculina (1908), con todo tipo de afirmaciones contra el movimiento de mujeres, asegurando que son ellas las que disfrutan de “privilegios” en el matrimonio.

[9S. Firestone, La Dialéctica del sexo, Editorial Kairós, 1976, Barcelona.

[10“Según la teoría materialista, el factor decisivo en la historia es, a fin de cuentas, la producción y la reproducción de la vida inmediata. Pero esta producción y reproducción son de dos clases…”

[11S. Ferguson, Women and work, Pluto Press.

[12Ariane Díaz, "El marxismo y la opresión de la mujer", Ideas de Izquierda, mayo de 2017.

[13Josefina L. Martínez, Cynthia Luz Burgueño; Patriarcado y capitalismo. Feminismo, clase y diversidad, Akal.
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Josefina L. Martínez

@josefinamar14
Nació en Buenos Aires en 1974, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Coautora del libro Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.
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