Juventud

PERIODISMO NARRATIVO

"Esto es diabetes, nena": crónica sobre salud pública y precarización en prepandemia

Relato en primera persona sobre el acceso a la salud en los tiempos en los que no se le podía echar la culpa de nada al coronavirus.

Soledad Flores

Periodista y escritora

Lunes 19 de octubre | 12:00

Antes del diagnóstico era capaz de comerme un paquete entero de madalenas sentada en la computadora. No masticaba, engullía. Necesitaba comer harinas desesperadamente y lo hacía sin restricciones. Siempre tenía hambre. Y siempre pude comer como un caballo sin subir de peso. “Yo quisiera saber a dónde va todo lo que comés” es un comentario que escuché muchas veces en mi vida. Yo tampoco lo sabía.

El día que me dieron el diagnóstico hacía meses que estaba desempleada. Había ido al hospital para que un médico clínico viera los resultados de unos análisis de sangre y orina de rutina.

Entre otras cosas sentía una sed tan insaciable como mi hambre. Dejaba botellas con agua por toda la casa. Creía que esa sensación rasposa en la lengua, en el fondo de la garganta, eran secuelas de la torura del call center, mi último trabajo. Estar en el box, hablando como un robot durante seis horas o más, nos obligaba a tomar mucho líquido. Más de la mitad del break de 15 minutos, se me iba entre esperar en la cola para mear primero y en la cola para recargar la botellita en el dispenser después.

Una vez, cuando todavía trabajaba en el call, fui a la guardia del hospital Santa Lucía, porque el párpado derecho me palpitaba a cada rato y me ardía mucho la vista. El oftalmólogo de guardia me revisó y me dijo que era una contractura en los músculos alrededor del ojo, que se contraían involuntariamente. Me dijo que por mi trabajo era lógico que estuviera así. Por el párpado me dijo que solo podía esperar a que se fuera y por el ardor, que pidiera turno para una consulta con un oftalmólogo.

Por esos días leí unos ejercicios para relajar la vista en el trabajo. Uno consistía en frotar las manos para entibiarlas y apoyar los huecos de las palmas en los ojos cerrados por unos segundos. Otro consistía en levantar la vista del monitor cada tanto y mantenerla fija en un punto alejado. Yo levantaba la cabeza por arriba del box y hacía foco en el cartel verde de salida sobre la puerta.

En el Santa Lucía los turnos se dan por orden de llegada a partir de las ocho de la mañana. Un día me levanté temprano y volví al hospital. Llegué como a las nueve. En la ventanilla me dijeron que ya no entregaban turnos, que la gente empezaba a hacer la fila en la vereda entre las tres y las cuatro de la madrugada. Volví a mi casa pateando callada, a sentarme en la computadora y postularme a puestos en Bumeran, Zona Jobs y Computrabajo. Porque yo estaba en el call center, pero necesitaba algo mejor.

A las semanas me echaron del call. Yo seguía necesitando anteojos. Intenté conseguirlos a través de la obra social del Sindicato de Comercio. Nunca había podido usarla porque el call no me daba el alta de Afip. Me entregaron ese papel bendito el último viernes antes de mandarme el telegrama. Y yo que había creído que era un signo de que iba a quedar efectiva... Ese día me había quedado 20 minutos después de mi horario para cerrar una venta.

Entendía que me correspondía la cobertura de la obra social durante tres meses más después del despido. Una mañana llegué las oficinas de OSECAC con el alta de la Afip, los tres recibos de sueldo y el telegrama de despido. La empleada me dijo que los tres meses de cobertura no me correspondían, porque me habían echado un 31 de julio. Distinta hubiera sido mi suerte si la patronal hubiese mandado la carta documento el día 2 de agosto. Sí. Por dos días me dejaron sin cobertura, sin mis anteojos. En la liquidación final decía que el sindicato me había descontado 500 pesos de mi indemnización de 20 lucas.

Ese día le grité a la empleada, le dije que eran una vergüenza, que cómo podía ser que habiendo aportado todo ese tiempo al sindicato y la obra social, no se hicieran cargo de que el call me había hecho bosta la vista. Tuve ganas de gritarles que me iba a vengar y quise putear a los gritos contra Cavalieri y toda la burocracia sindical. Me volví a casa pateando callada.

Semanas después fui al hospital Durand a hacerme ver por otro de mis problemas recurrentes: picazón, hongos, ardor, una verruga diminuta y abundante flujo vaginal, eran males que iban y venían. La concha jamás me daba tregua. No sé cuántos consultorios ginecológicos conocí, ni cuántas veces me recetaron Fluconazol y distintos tipos de óvulos, durante ese año. Esa mañana estuve esperando un buen rato.

La ginecóloga que me atendió empezó a pedirme los datos cuando ni siquiera me había sentado.

  •  ¿Tu DNI? - yo me puse a revisar la mochila para pasárselo - ¿No te acordás tu DNI?
  •  Ah sí, me lo acuerdo, pensé que lo necesitaba.
  •  No nena, decímelo.

    Yo quería contarle mi larga incursión en búsqueda de la paz vaginal de los últimos meses, pero no me dejó. Me tomó los datos, me hizo las preguntas de rigor, me revisó y me palpó las tetas en menos de 10 minutos. Estaba completando órdenes para pedirme análisis y yo le respondía con monosílabos y deseando irme cuando por tercera vez, me repitió lo mismo:

  •  La próxima vez no vengas con sobreturno, pedí turno con tiempo porque no doy a basto.

    Me paré, agarré las órdenes del escritorio. Le hablé a los gritos desde la puerta del consultorio. Le respondí que yo no podía saberlo cuando llegué al hospital, que la próxima vez no me atienda si me iba a tratar así. Que ya le había entendido la primera vez que me lo dijo. Ella me gritó que no tenía derecho a quejarme, que me había revisado “mejor que en cualquier clínica privada”. Me dieron ganas de responderle que no se confunda, no soy la clase de persona que reniega de lo público por ser público, que valoro la salud pública, que respeto a los y las profesionales que la hacen funcionar con nada día a día, que me pareció lamentable su falta de empatía para atenderme esa mañana, pero que mi enojo no tenía nada que ver con su condición de empleada pública. Pero no pude. Me fui callada y temblando hasta una mesa de ayuda. Una piba joven me orientó para llegar a la ventanilla donde tenía que pedir los estudios.

    Estaba haciendo una fila y esperando un turno nuevamente. Sentí alivio cuando me topé con la cara que esperaba que le pase las órdenes por abajo del vidrio. Al fin podría volver a casa. Unas facturas de la panadería de la vuelta, con unos mates viendo noticias, eran el único lujo que me podía dar. Solo quería llegar a eso antes de ponerme a buscar trabajo otra vez y a sufrir el ardor en la vista frente a la computadora. Le pasé a la chica los papeles. Ella ingresó mi DNI al sistema.

  •  No te vamos a poder hacer los estudios acá porque vos tenés obra social… - dijo, después de mirar unos segundos la pantalla con el ceño fruncido.

    Por un instante volví a estar frente a la empleada del sindicato, frente a la ginecóloga, ante el telegrama de despido. Estaba parada frente a la ventanilla de un hospital público. Quise ser Goku y disparar un Kame Hame Ha, o ser como esos personajes de las películas, que cuando desatan la energía que tienen dentro, todo se parte, cruje, se astilla y tiembla a su alrededor. Deseé ver el estallido de ese vidrio transparente con un parlante de mala calidad en el medio, detrás del cual se escuchaba muy lejana la voz de la empleada del Durand que intentaba calmarme.

    Le dije que no podía ser, que me acababan de echar y que no me habían querido dar ni siquiera unos anteojos porque no me correspondía más la cobertura. Me dijo que me creía, pero que todavía figuraba como una afiliada en el sistema. Me hablaba como una maestra de jardín que intenta explicarle a un nene que llora en la puerta de la escuela que su mamá ya va a venir. Yo tenía mucha rabia, pero solo podía llorar de angustia. No sé qué cosas dijo para tratar de calmarme. Yo solo asentía con la cabeza, intentaba prestarle atención, mientras me tapaba la boca con una mano para disimular los ruidos, casi gritos, que me salían. Respiraba como una yegua ruidosa que acaba de echarse un pique en subida. Estaba acongojada y no podía inhalar y exhalar con normalidad. Las lágrimas y los mocos ya me chorreaban sin disimulo alguno. Me llené de vergüenza y deseé que la gente que estaba atrás en la fila no existiera.

  •  Disculpame… es que me trató muy mal… - intenté explicar.
  •  ¿Quién te trató mal?
  •  La ginecóloga...

    Traté de escuchar sus indicaciones para resolver el vericueto administrativo, pero solo pensaba en irme de ahí. Salí caminando apurada por los pasillos con las órdenes en una mano y con la otra tapándome la boca que todavía acezaba. Crucé hasta el parque Centenario y me senté en un banco al sol. Me quedé un rato ahí hasta que pude parar de llorar, mirando la calma de los peces naranjas gigantes que surcan el lago.

    Meses después, la noche previa al diagnóstico y todavía sin trabajo, me había tomado una cerveza con una compañera. Comí cuatro porciones de pizza: la última cena.

  •  Está todo bien, todo normal - dijo el doctor con mis análisis de sangre entre manos - pero decime ¿cuánta agua tomás por día?
  •  Un montón
  •  ¿Más de dos litros?
  •  Creo que sí.
  •  ¿Tenés mucho hambre?
  •  Todo el tiempo, desde siempre.
  •  ¿Has perdido peso últimamente?
  •  Sí, o sea, siempre me costó no bajar.
  •  ¿Te despertás a hacer pis durante la noche?
  •  Durante la noche no, pero voy muy seguido al baño.
  •  ¿Tenés prurito vaginal?
  •  Sí
  •  ¿Te arde la vista, cómo tenés los ojos?
  •  Me están matando
  •  Bueno, como te decía está todo bien, pero tenés una cosita que está un poco arriba de lo normal. Tenés la glucosa alta.

    Demoró menos de diez minutos entre que me pesó y me hizo el cuestionario. Hasta que dijo las cuatro palabras:

  •  Esto es diabetes, nena.

    ***

    10 de diciembre de 2019, Ciudad Autónoma de Buenos Aires







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