Cultura

DOSSIER HISTÓRICO DEL 24 DE MARZO

¡Fue un golpe de clase! La ocupación militar fabril

El golpe militar comenzó en la madrugada del 24 de marzo cuando miles de establecimientos fuero ocupados y militarizados por el ejército con la complicidad de las empresas y de la burocracia sindical. En esta nota explicaremos el carácter de clase que tuvo la dictadura patronal, sus objetivos y consecuencias.

Claudia Ferri

@clau.ferriok

Viernes 20 de marzo de 2015 | Edición del día

El matrimonio entre las fuerzas represivas y la burguesía viene de larga data. Cuando la clase obrera organizada realizaba alguna medida de lucha, allí estuvo el ejército, la Policía o las patotas utilizadas como fuerza de choque para proteger los intereses de los patrones. La razón es simple: tienen los mismos intereses de clase. La década de los setenta refleja fielmente esta situación. Cuando el gobierno democrático de Perón no logró contener el ascenso de las luchas obreras que desde el Cordobazo venía acumulando fuerzas y experiencia, creó la Triple A para perseguirlos y asesinarlos con el visto bueno de las empresas y la burocracia sindical. Las víctimas fueron más de 2.000. El caso más reciente se conoció hace muy pocos días cuando se descubrió que el Jefe de Seguridad de Acindar, Adrián Mario Cazaubón, era integrante de la banda parapolicial en 1975, año en que Villa Constitución presenció una feroz represión a los obreros metalúrgicos.

Pero fueron el abierto enfrentamiento al Rodrigazo, las huelgas históricas de Junio y Julio del ´75, el surgimiento de las Coordinadoras fabriles –que expresaban los órganos más avanzados de democracia obrera en Argentina- y el avance del clasismo, los que erosionaron el ya débil Pacto Social impulsado por la burguesía, la CGT oficialista y el gobierno. La política de desvío era insuficiente para mantener el orden y aplicar el plan económico que necesitaban los empresarios para aumentar sus ganancias frente a la crisis mundial, por eso fue necesario cambiar el rumbo. La salida era vieja y conocida: convocar a las FFAA.

El Golpe de Estado comenzó con la ocupación militar de miles de establecimientos fabriles a lo largo de todo el país en la madrugada del 24 de marzo de 1976. Los trabajadores que iban llegando a sus puestos de trabajo se encontraban con tanques y camiones apostados en los alrededores de la zona con instrucciones claras que consistían en descabezar las Comisiones Internas. La operación fue conocida como Operación Piloto (1). La más golpeada por la intervención militar fue la Zona Norte del Gran Buenos Aires; debido al importante grado de organización que se había alcanzado dentro de las fábricas, además de mantener una coordinación constante entre sí.

Mientras tanto, los medios de comunicación -quienes venían pidiendo a gritos la intervención militar- festejaron la iniciativa castrense planteando la necesidad de combatir la guerrilla, aunque las organizaciones armadas habían llegado derrotadas y con sus fuerzas reducidas al día del golpe. Tanto este relato como el de la “Teoría de los dos demonios”, que fue la consigna de la democracia burguesa durante la presidencia de Alfonsín, trataron de ocultar –conscientemente- la verdadera naturaleza contrarrevolucionaria de la dictadura: derrotar el ascenso obrero y popular.

La ofensiva patronal

La complicidad patronal-militar se puede observar en el propio funcionamiento dentro de las fábricas. Mientras que las FFAA aportaban con hombres, las empresas colaboraron proveyendo la logística necesaria para garantizar la militarización y el control fabril. Les brindaron vehículos para uso exclusivo del personal militar, infraestructura, dinero y el libre acceso a las plantas. Además, les entregaron en mano los legajos de militantes y activistas para identificarlos y abrir el juego a la “caza de brujas” en la que cientos de delegados clasistas y miembros de las CI fueron secuestrados de sus hogares o cuando ingresaban a la planta. Fue fundamental para llevar a cabo este plan sistemático de exterminio el uso de los Servicios de Inteligencia militares y civiles que, a través de la Comunidad Informativa, hicieron una puesta en común de la Información recopilada permitiéndoles reconocer los blancos.

La patronal contrató, además, personal encubierto para vigilar a los trabajadores durante el proceso de trabajo (2) e incluso incorporaron a los operativos militares, realizados dentro y fuera de las fábricas, un importante número de culatas que habían integrado en tiempos de Perón e Isabel, las patotas de la Triple A, la CNU y otras bandas parapoliciales.

Es fundamental destacar en todo este proceso el rol de la burocracia sindical peronista que colaboró activamente con los gerentes y con el personal militar para preservar sus privilegios y negociados. Los tres compartían el mismo enemigo, representado en la vanguardia obrera. Pero la importancia del tema amerita una nota aparte que publicaremos en los próximos días en donde dejaremos al descubierto su participación entreguista durante la etapa golpista.

El clima en el interior de las fábricas había cambiado drásticamente. Los secuestros, las torturas, detenciones y desapariciones de miles de trabajadores se volvieron un hecho cotidiano. Con las CI debilitadas o directamente eliminadas, las empresas pudieron aumentar la productividad, y en consecuencia, la tasa de explotación. Para fortalecer esta iniciativa burguesa durante todo el año 1976 se implementaron una batería de leyes que provocaron el retroceso de numerosas conquistas históricas del movimiento obrero organizado. Se suspendieron las paritarias y el derecho a huelga, se prohibieron las asambleas, las elecciones sindicales y cualquier tipo de actividad sindical mientras que la jornada laboral se extendió. Como dijo Rodolfo Walsh en su famosa Carta Abierta a la Junta Militar: “en un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30 %, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales”. Todos estos decretos/leyes fueron amparados por la Corte Suprema de Justicia, poder estatal que aún permanece impune por su participación directa en el Proceso de Organización Nacional.

Fabricas militarizadas: los casos más conocidos.

Aunque la ocupación militar se extendió en todas las provincias de norte a sur, fueron las más industrializadas las que se llevaron la peor parte. Entre ellas Córdoba, Santa Fe y el norte de la Pcia. de Buenos Aires. Los establecimientos más golpeados fueron los que mayor grado de organización alcanzaron y los que eran reconocidos por sus CI combativas en el período previo.

Los Astilleros Astarsa, Mestrina y Forte pertenecían a este grupo. Fueron ocupados el mismo 24 de marzo por el Ejército Nacional bajo las órdenes del Teniente Coronel Molinari. Ese mismo día detuvieron a 60 obreros que fueron trasladados a la Comisaría 1ra de Tigre, uno de los principales “chupaderos de la zona”. Allí se encontraron con trabajadores de Terrabusi y de otras fábricas y maestras de la zona. Por lo menos 16 delegados de Astarsa aún hoy permanecen desaparecidos. La mayoría tuvieron como destino los campos de concentración de Campo de Mayo, reconocido por los pocos sobrevivientes que tuvo (3). Mientras tanto tanques de guerra, carros de asalto y helicópteros recorrían diariamente la zona.

Las automotrices más importantes también padecieron la represión. En la Mercedes Benz desaparecieron a toda la CI en un operativo impulsado por la tríada: burocracia, empresa y Ejército. En la planta de Ford, ubicada en Pacheco, entre marzo y mayo de 1976 secuestraron a 25 delegados. El operativo fue realizado con las F100 que la empresa les entregó a los grupos de tareas. El quincho que los delegados solían utilizar para realizar sus reuniones fue apropiado por el ejército donde instaló un campamento en el que hacían asados y se sacaban fotos con los dueños de la empresa, además de utilizarlo para torturar a los detenidos (4). El cinismo burgués llegó a tal punto que el Gerente de relaciones laborales, Guillermo Galarraga, en su última reunión con los dirigentes obreros les dijo: “denle saludos a Camps”. Cabe destacar la importante iniciativa del diputado del Frente de Izquierda, Christian Castillo, que actualmente está impulsando un proyecto para expropiar el quincho de la Ford.

A los trabajadores de Peugeot los citaban en el patio central para controlarles los documentos uno por uno, al igual que en Chrysler donde se llevaron a 10 delegados. Por otro lado, en Villa Constitución hay más de 200 activistas desaparecidos. El número de establecimientos continúa y se suma por miles.

En Ensenada y La Plata los casos más resonantes fueron los de Propulsora Siderúrgica y el Astillero Río Santiago. Este último venía de protagonizar una huelga por aumento salarial que se produjo el 18 de marzo del ’76. Al día siguiente secuestraron y asesinaron a tres de sus militantes. El día del golpe se llevaron a una trabajadora y una delegada y, le siguieron, numerosos secuestros y detenciones convirtiéndola en la fábrica con más desaparecidos de Argentina.

Las provincias del norte no quedaron exentas. En el mes de julio, la empresa Ledesma SAAI y los militares genocidas secuestraron a 400 obreros y estudiantes en la llamada “Noche del Apagón” en Jujuy. Durante días permanecieron maniatados y encapuchados en los galpones del Ingenio. Son 40 los compañeros que permanecen desaparecidos.

Podemos afirmar una y mil veces el carácter de clase que tuvo la última dictadura militar argentina. La burguesía, que primero había promovido desde las sombras el gobierno democrático previo, reconoció su fracaso y apostó todos sus recursos a terminar con el ascenso de las luchas obreras y las conquistas alcanzadas utilizando como instrumento el gobierno militar. Hasta hoy ningún empresario fue condenado por el “gobierno de los DDHH” demostrando que no quieren tocar sus intereses porque, en definitiva, son los mismos intereses del Estado.

Su participación fue silenciada. Pero también se ocultó la importante resistencia obrera y los lazos de solidaridad que fueron construyéndose dentro y fuera de las fábricas. A pesar de los duros golpes, lograron erosionar el poder militar hasta su caída en el año ’83. En el día de mañana, el historiador Pablo Pozzi analizará este proceso de resistencia en el dossier histórico especial sobre el 24 de marzo de La izquierda diario.

Referencias:
1. MARTIN ANDERSEN. Dossier Secreto.
2. Ver BASUALDO VICTORIA. Complicidad Patronal-militar en la última dictadura militar. Los casos de Acindar, Astarsa, Ford, Ledesma y Mecerdes Benz. Ed FETIA 1996.
3. Ver FEDERICO LORENZ. Los zapatos de Carlito. Grupo Norma 2007.
4. Ver BASUALDO VICTORIA. Op cit.







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