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Guy Debord, entre al arte y la política

A veinte años de su fallecimiento, el pensamiento de Guy Debord (1931-1994) es hoy tan actual como en su tiempo. Fundador del Situacionismo (1957-1972), es una figura clave para comprender el espíritu de época del Mayo Francés, cuyas ideas en gran medida inspiró.

Alejandro Campos

Colaborador LID

Sábado 29 de noviembre de 2014 | Edición del día

Guy Debord fue un cineasta, escritor e intelectual francés. Protagonista de los acontecimientos del Mayo Francés y fundador de la Internacional Situacionista, última vanguardia del siglo XX, que hacía del arte una de sus herramientas principales para intervenir políticamente.

A veinte años de su fallecimiento, el pensamiento de Guy Debord (1931-1994) es hoy tan actual como en su tiempo. Fundador del Situacionismo (1957-1972), es una figura clave para comprender el espíritu de época del Mayo Francés, cuyas ideas en gran medida inspiró. Debord focalizó su estudio en los efectos alienantes de la sociedad del espectáculo, considerando que la colonización del tiempo ocioso de la población era tan importante como la alienación producida en la esfera laboral.

El Situacionismo funciona como un punto de convergencia de múltiples vanguardias artísticas y políticas que la precedieron. Se nutrió principalmente del dadaísmo, del surrealismo y del socialismo.

La obra fundamental de Debord es La sociedad del espectáculo, publicada en 1967, un año antes de los acontecimientos del Mayo Francés. En 1972, luego de que los situacionistas participaran activamente de las jornadas rebeldes del 68, el libro fue llevado al cine. El libro aborda los efectos del espectáculo sobre la subjetividad desde una perspectiva sin concesiones, con una lucidez y encarnizamiento que por momentos fascina y, de a ratos, abruma.

La cita de Feuerbach con la que abre anticipa aquel carácter: “Y sin dudas nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… Lo que es sagrado para él no es sino la ilusión”. Como una foto revelándose, las sucesivas tesis en las que está organizado el libro hacen emerger de la oscuridad esa cosa, esa realidad, ese ser, normalmente opacado por el exceso de luz de nuestras sociedades espectaculares.

Debord fue uno de los primeros en analizar con tal intensidad el fenómeno de la televisión, y no focalizándose tanto en sus contenidos (aun cuando éstos los tenía en cuenta, no eran para él lo más importante) sino en “la red de relaciones en la cual ella opera y en su eficacia para organizar el campo de visión humano”. El prólogo a la última edición lo sintetiza de manera contundente: “Siendo un aparato de absorción de la mirada (el televisor), transforma al ojo en un parche donde retumba el tam-tam continuo del más allá del tomacorriente. Este objeto mutante, esta miríada de ahoras sincronizados (…) constituyen, en verdad, la red nerviosa del cuerpo social: abren una visibilidad”. La televisión como un régimen de visibilidad que, como contracara de la misma operación mediante la que hace ver, esconde, invisibiliza, traza la frontera entre lo visible y lo oscuro.

El legado que nos dejan Debord y los situacionistas no se reduce al campo teórico. La impronta inventiva de su práctica política también dejó huellas. Las estrategias situacionistas se despliegan en el cruce entre la política y el arte. Deriva y tergiversación son dos de las más importantes. Esta última es parienta del surrealismo. Consiste en subvertir el significado de los productos estéticos de la cultura de masas, colocándolos en contextos que develen su verdadero propósito. La deriva, en tanto, es una “técnica desorganizadora del territorio administrado”.

¿Cómo lograr que el cuerpo no se vuelva “vasallo de los derroteros urbanos planificados”? En tiempos de GPS, cuando cada cuerpo es susceptible de ser monitoreado, registrado y dirigido, la idea de deriva se revela incluso más actual que por aquéllos años. Vagabundear la ciudad, merodear, extraviarse, errar. Si la tecnología constituye una amenaza, no es tanto por la posibilidad de que ésta falle sino, al contrario, por la posibilidad de que pueda funcionar a la perfección. El error, así, quedaría desterrado. Poder echar una mirada distinta a la ciudad implica disponer el cuerpo de otro modo, trazar una circulación ajena a la funcionalidad que ésta propone y dispone.

Las inquietudes de Debord, y así sus estrategias políticas, se hallan en torno a la afectividad del cuerpo. ¿Cómo es afectado el cuerpo en las grandes urbes? ¿Cómo circulan los cuerpos? ¿Qué intensidades llevan? Inquietudes y prácticas políticas indisociables a un entrenamiento de la percepción como condición para poder subvertir las sumisiones.

Y todo esto, ¿para qué? Para intensificar la vida, para “dar forma artística a la existencia”, y así sustraerla de la potencia del espectáculo, que la aliena, entristeciéndola, disminuyendo su potencial.

Y tras toda la experiencia situacionista, ¿qué quedó? Mucho. Las ideas del Mayo Francés (“La imaginación al poder”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”) triunfaron, pero tergiversadas y derivadas. Los engranajes del capital catalizaron (y neutralizaron) esas demandas, encontrando el modo de ponerlas a su servicio (¿Imaginación al poder? ¿Por qué no? ¡Incentivemos a nuestros empleados a ser creativos y dinámicos!, after all: “Nothing is impossible!”).

La burguesía hizo sus malabares y alentó la progresiva estetización surrealista del mundo, pero inmunizada de sus aristas más punzantes y de su crítica social. Del otro lado del océano, en Estados Unidos, Salvador Dalí (a quien su fugaz compañero surrealista André Bretón apodó “Ávida Dollar”, anagrama del nombre del catalán), y Andy Warhol, eran quizás los máximos exponentes de un proceso de estetización de la vida que no sólo no colisionaba sino que era alimentado por la industria cultural.

Y sin embargo… Las estrategias situacionistas también sobreviven en numerosos grupos artísticos de todo el mundo que practican un arte con pretensión de subvertir el orden. Uno de los más emblemáticos en Argentina es el Grupo de Arte Callejero (GAC), protagonista, entre muchas otras actividades, de los escarches contra genocidas iniciados en los 90. Es usual en las chicas del GAC la utilización de simbología estatal con el objetivo de tergiversarla (sobre todo signos de tránsito y mapas). A ellas le debemos la original pintada en el monumento a Roca: “Es mejor un Mayo Francés que un Julio Argentino”.







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