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Insurgencia setentista y resistencia obrera a los genocidas: la burguesía nos quiere sin historia

La historia oficial de la democracia restaurada en 1983, le niega todo protagonismo a la lucha de los trabajadores en el fin de la dictadura. El relato kirchnerista oculta que el golpe fue contra la clase obrera. La operación ideológica para borrar la memoria obrera.

Facundo AguirreIG: @hardever // Twitter: @facuaguirre1917

Martes 30 de marzo | 22:04

El 30 de marzo de 1982 la clase trabajadora protagonizó un paro general y ganó las calles contra la dictadura genocida, en lo que será el principio del fin. La huelga es la culminación de un proceso de resistencia por abajo que tiene sus primeras manifestaciones en 1977 y que a partir de 1979 se transforma en una tendencia creciente de los trabajadores a enfrentar a la dictadura. En este gran artículo de la camarada Gabriela Liszt, se puede apreciar cómo fue el desarrollo del proceso y cómo la Guerra de Malvinas fue un intento aventurero de salvataje por parte de los genocidas, pero también cómo la salida democrática impuesta por la Multipartidaria fue un desvío de la fuerza desplegada por los trabajadores para evitar que estos saldaran cuentas con las FFAA.

La resistencia obrera a la dictadura genocida ha sido borrada por la historia oficial de la democracia restaurada en 1983.
Una operación similar es la que construye el relato kirchnerista que asocia el golpe del ’76 al derrocamiento de un "gobierno popular" y a la imposición de un "modelo económico", que cumple la función de ocultar que el móvil del golpe fue aplastar la insurgencia obrera ante el fracaso del gobierno peronista en dicha tarea y que el supuesto "modelo" a implantar fue el Plan Rodrigo que los trabajadores derrotaron en 1975.

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Trabajadores sin historia

La operación ideológica consiste en borrar de la memoria histórica que la insurgencia obrera y popular iniciada en 1969, no solo enfrentó la dictadura de la Revolución Argentina, sino que también su vanguardia enfrentó al Pacto Social. Pero también que, en 1975, cuando el gobierno peronista de Isabel y López Rega quiso ser el agente de un ajuste liberal fondomonetarista, fue derrotada por una huelga general cuyo motor fue la autoorganización obrera en las comisiones internas que forjaron las coordinadoras interfabriles, obligando a la burocracia sindical de entonces a romper temporalmente con el Gobierno y ponerse a la cabeza de la lucha. La vanguardia de la clase obrera creó organizaciones de combate que permitieron recrear el frente único de la clase obrera y el pueblo pobre y derrotó al gobierno de las bandas de ultraderecha de la Triple A, de la cual la burocracia sindical era parte.

Para el kirchnerismo no es un tema menor. Se trata de preservar la unidad del peronismo como un todo y rescatar la idea de la unidad para llevar a cabo un Pacto Social que subordine los intereses de los trabajadores a los de los empresarios al costo que sea. Todo ello presentado como alternativa al neoliberalismo. Con este relato se indulta a la derecha peronistas de sus crímenes y a la burocracia sindical de sus traiciones. El objetivo es ocultar la responsabilidad de los gobiernos de Juan Domingo Perón e Isabel Perón en la promoción del terrorismo ultraderechista del que era parte la burocracia sindical, del Operativo Independencia, en los decretos de aniquilamiento de la llamada "subversión" y en el ataque a los trabajadores. Es decir que ellos tomaron en sus manos antes que los genocidas la lucha por aniquilar la insurgencia obrera y juvenil.

Lo mismo sucede con el ocultamiento de la resistencia obrera a los genocidas. La operación consiste en poner el acento en la responsabilidad colectiva de la sociedad, que le habría dado consenso a la dictadura para llevar adelante sus crímenes. De esta manera buscan diluir la complicidad de los grandes empresarios, el clero y los partidos como la UCR y el PJ que en mayor o menor medida colaboraron con los genocidas.

Ambos relatos buscan sentar las bases de la democracia para ricos en la idea de un consenso distinto, donde el desafío a las instituciones del Estado burgués por parte de los explotados es un pecado capital y donde la racionalidad democrática está dictada por los políticos patronales. Se oculta que si hay libertades democráticas y derechos es porque los trabajadores, junto a las Madres de Plaza de Mayo, combatieron a los milicos. Pero también, que una vez restaurada la democracia, fue la movilización popular la que derroto el pacto de impunidad que peronistas y radicales erigieron para salvar a los genocidas.

Más grave aún, se busca perpetuar la idea de que aquello que inicio la dictadura y fue llevado a cabo por el peronismo bajo Menem y la Alianza, que fue someter al país a los mecanismos del saqueo de la deuda externa y el imperialismo, no se puede cambiar mediante la lucha de clases.

Rodolfo Walsh advirtió: "Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas”.

Una batalla por la historia

Al decir de Karl Marx, la revolución proletaria se critica a sí misma. Borrar de la memoria histórica de la clase trabajadora sus luchas, es una operación ideológica de la burguesía y sus agentes para impedir que les trabajadores saquen conclusiones de sus experiencias, aprendan de sus métodos de lucha, procesen subjetivamente sus victorias y derrotas, reconozcan a sus falsos amigos y a sus enemigos, hagan de las lecciones del pasado una fuente de lecciones estratégicas que les permitan conquistar su independencia política y avanzar en sus combates contra los capitalistas.

Rechazar los relatos construidos para invisibilizar la centralidad de la clase obrera y su papel de sujeto peligroso en la historia argentina, es una batalla de primer orden, no solo por el sentido de la historia, sino para que sea un punto de partida subjetivo de las generaciones presentes. Las lecciones de la insurgencia obrera y juvenil setentista muestran cómo la clase obrera unida y auto-organizada es una amenaza para el dominio capitalista y enseñan las instituciones a desarrollar para recomponer la unidad de clase perdida y luchar por el gobierno de los trabajadores. Las enseñanzas de la resistencia obrera a la dictadura son escuelas de guerra de una clase que supo poner el pecho aún en las horas más oscuras. Son un indicativo de que el límite de las "relaciones de fuerza" son una excusa de direcciones cobardes incapaces de enfrentar seriamente a los empresarios y al imperialismo.




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