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La Patota y sus debates

Un comentario sobre La Patota, dirigida y co-escrita por Santiago Mitre, protagonizada por Dolores Fonzi, Esteban Lamothe y Oscar Martínez. La película participó en la 68ª edición del festival de Cannes donde ganó el premio principal de la semana de la crítica y el premio FRIPESCI de la crítica internacional.

Fernando Rosso

@RossoFer

Martes 30 de junio de 2015 | Edición del día

La Patota es un relato crudo y llano que deja una fractura expuesta. La nueva película de Santiago Mitre pone en escena un diálogo imposible que no es entre “civilización” y “barbarie”, sino entre una barbarie social que anida en la Argentina profunda y otra estatal que circula impune por todos los poros de las instituciones de la “democracia”. La película deja al rojo vivo algunas de las verdaderas “grietas” existentes en la sociedad y en el Estado.

La fractura también se produce en el terreno de los aparatos críticos, en torno a la interpretación de la trama. Como muchos otros hechos de cultura, generó un episodio más en la “batalla cultural” de la lucha de clases medias.

Paulina (Dolores Fonzi), una abogada presumiblemente talentosa, hija de un juez consagrado de la provincia de Buenos Aires (Oscar Martínez) decide abrazar una causa perdida. Quiere poner el cuerpo e ir a dictar clases a una escuela rural de Misiones, en el marco de un programa estatal de instrucción cívica y derechos humanos. Pretende mirarle la cara al dolor y enseñarle pedagógicamente sus derechos. Rechaza el puesto burocrático en la dirección del proyecto al que tiene un acceso asegurado y decide descender a las tierras coloradas de los cuentos de la selva. Ahí donde habita el verdadero otro, en uno de los extremos geográficos y sociales de la patria. Es una naródnik bajas calorías, en pleno siglo XXI pos-restauración, sin guerrilleros del monte ni grito de “venceremos”.

Paulina tiene convicciones -que la actuación de Dolores Fonzi convierte en bastante verosímiles-. No persuade su programa crédulo de “descenso al pueblo” para tratar de emanciparlo con la ilustración de los derechos universales. Lo que cautiva del personaje es el convencimiento casi absoluto de que “lo que existe no puede ser verdad” (tal la frase del resumen de tesis que Ernst Bloch le presentó a su supervisor, Georg Simmel, para que aceptara dirigirla y permitir que luego se convierta en El principio esperanza).

En ese pueblo de hacheros, Paulina es víctima de una violación por parte de un grupo de hombres., entre ellos algunos alumnos de la escuela.

Luego de ese episodio de ultraje al que, lógicamente, le correspondería una búsqueda de venganza y la exigencia de un castigo ejemplar, comienza dentro de Paulina una lucha ética y encara una utópica búsqueda individual bajo la forma de un calvario laico.

Está convencida de que hay una conexión necesaria entre justicia y verdad. Y a la vez está segura de que las instituciones del Estado no garantizan ni una cosa ni la otra porque “cuando hay pobres la justicia no busca la verdad, sino culpables”. Quiere hacer justicia por mano propia, pero no matando sino entendiendo.

Inicia un periplo crédulo para rastrear la verdad por otros medios como forma de alcanzar algún tipo de justicia. La fuerza de los débiles y enigmáticos argumentos que sostienen su ingenuidad, está en las verdades que denuncia sobre la barbarie que reside en el seno del Estado, sobre la barbarie que es el Estado (incluido el Estado “de los años progresistas”).

Entrega su cuerpo como territorio de rebeldía o de redención. Si el embarazo hubiese sido fruto de una relación forzada con su propio novio, asegura que no dudaría en abortar. Pero en esta situación que –aclara- no eligió, se niega cumplir el mandato de la sociedad y quiere seguir adelante. Puso el cuerpo y no quiere/no puede sacarlo. Una forma paradójica de rebeldía que es casi un lujo en un país donde el aborto ilegal es causa de muerte de miles de mujeres, en su mayoría pobres.

A esta altura de la historia, toda la sociedad civilizada y educada, representada por la figura de su padre, le cae encima y le hace probar las hieles del desprecio. Está loca, quizá padece el “síndrome de Estocolmo”. Y no se la puede perdonar, porque sabe lo que hace.

Pone a prueba la capacidad de resistencia de cierto progresismo para sostener el derecho a decidir sobre el propio cuerpo.

Cuando el padre interrumpe su búsqueda de verdad y hace intervenir a la policía para que atrape a los culpables con los métodos correspondientes, Paulina se niega a reconocerlos pese a que sabe quiénes son. Es uno de los tantos NO que suenan estridentes en toda la trama.

“Está loca”, dice una voz de la butaca de atrás de un cine de Caballito que se había castigado a ruidosos pochoclazos hasta que La Patota lo atragantó y lo dejó mudo. La Patota no es pochoclera, y para los pochocleros de juicio fácil, Paulina está loca.

Las críticas desde las periferias culturales del kirchnerismo denotan cierta exigencia de "realismo” político. Afirman que La Patota carece de política y que pese a la laicización de esta remake no logra romper los moldes de la original que dirigió Daniel Tinayre hace casi 60 años, donde las decisiones de la protagonista estaban tomadas bajo preceptos religiosos y cuando los marcados estigmas estaban fabricados desde una óptica más elitista.

Nicolás Prividera protesta contra el laberinto sin salida de la protagonista, que develaría la lógica “liberal” de entender la política por parte de los guionistas y realizadores: “Y la justificación ‘política’ que enarbola Paulina es precisamente el binarismo donde la política acaba: si solo queda optar entre los apremios ilegales o la impunidad, lo único que resta asumir es el fracaso mismo de la política. Esa es la dimensión profundamente conservadora del ‘liberalismo’ entendido de modo fanático, en la que el personaje de Paulina termina cayendo como heroína iluminada. En cualquier Estado moderno, no importa lo que opine la víctima sobre su victimario (da lo mismo si quiere lincharlo o perdonarlo, digamos): la Justicia (como institución, no como ideal) no puede estar en discusión, aunque no siempre esté bien aplicada su ley. En todo caso, se trata de una discusión sobre el sistema penal (…)”.

Este pasaje de la crítica de Prividera se asemeja a los argumentos esgrimidos por el padre de la protagonista para rebatir el escepticismo extremo de su hija. En todo “estado moderno” no se discute la institución Justicia (con mayúscula), en todo caso hay que ver como se aplica la ley o hacer un seminario sobre el sistema penal que proponga una reforma que nunca llega a la vida real.

Traducido a orientaciones políticas: al idealismo individualista que termina representando la protagonista se le opone una “realpolitik” de un posibilismo reformista. Si una propuesta es “no política”, la otra es “política-ficción”.

La ausencia de política es un reclamo de una línea reformista frente al Estado y una cierta negación de que el binarismo entre impunidad o apremios ilegales es constitutiva del Estado, incluido el Estado “progresista” de la década ganada que si hay algo que dejó intacto es el aparato represivo de las fuerzas policiales, además de las condiciones de marginalidad de una parte considerable de la sociedad. Mostrar crudamente ese binarismo bárbaro que sufren en su vida cotidiana millones de personas es un mérito de La Patota, no una limitación.

Otras críticas discuten que las limitaciones de La Patota se basan en que “no se sabe filmar al pueblo” y encontrar su profunda diversidad. Y que todo esto está determinado por los contratos de la industria cultural de quienes financiaron y promocionaron la película.

Es verdad que exhibe una buena dosis de estigmatización y no era necesario ir a Misiones para rastrear la marginalidad que está en todos lados y que las marcas de clase se evidencian en la forma de mirar a los otros.

Dentro de la lógica interna de la película, no hay salida. Pero no reconocer la existencia de esa realidad que deja al descubierto tampoco alumbra sobre los caminos a seguir.

Acaso La Patota sea útil para sacudir las conciencias que permitan combatir el primitivo punitivismo facilista de la sociedad civilizada, así como desenmascarar las limitaciones del domesticado progresismo blanco.

Como en cierta medida pasó con El Estudiante, donde se puso el foco en la inmundicia que esconde la presunta “repolitización” de la vida universitaria, con La Patota se ponen en escena la distancia entre relato y vida popular.

La película no vale por eventuales “moralejas”, mensajes o propuestas sobre cómo cambiar al mundo, sino por lo que deja expuesto mediante una intervención directa que provoca una fractura feroz. Tiene más valor por los interrogantes que abre que por las respuestas que no termina de cerrar.

* Publicado originalmente en elviolentooficio.blogspot.com.ar







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