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Red Internacional

Apuntes.La crisis económica y la geopolítica en el segundo año de la pandemia

De la crisis de 2008 a la pandemia, tensiones entre China y Estados Unidos, y algunas contradicciones del gobierno de Biden. Participación en la primera charla del ciclo “El mundo en pandemia” sobre economía, política y lucha de clases, realizada desde el Movimiento de los Trabajadores Socialistas (LTS) y La Izquierda Diario de México.

Bárbara FunesMéxico D.F | @BrbaraFunes3

Domingo 1ro de agosto | 12:32

El equilibrio capitalista es un fenómeno complicado; el régimen capitalista construye ese equilibrio, lo rompe, lo reconstruye y lo rompe otra vez, ensanchando, de paso, los límites de su dominio. En la esfera económica, estas constantes rupturas y restauraciones del equilibrio toman la forma de crisis y booms. En la esfera de las relaciones entre clases, la ruptura del equilibrio consiste en huelgas, en lock-outs, en lucha revolucionaria. En la esfera de las relaciones entre estados, la ruptura del equilibrio es la guerra, o bien, más solapadamente, la guerra de las tarifas aduaneras, la guerra económica o bloqueo. El capitalismo posee entonces un equilibrio dinámico, el cual está siempre en proceso de ruptura o restauración. Al mismo tiempo, semejante equilibrio posee gran fuerza de resistencia. Trotsky “Informe sobre la situación internacional”, 1921.

Confinamientos, despidos de millones de trabajadores, aguerridas protestas, como en el sector salud, uso generalizado de las mascarillas, precarización del trabajo son algunas de las postales que configuran un tiempo presente a cuyo análisis queremos contribuir en las líneas que siguen. Partimos del método de Trotsky: el análisis de la economía, las relaciones entre los Estados y la lucha de clases. Estos factores, en particular la economía y la geopolítica, se articulan con la acción de la clase obrera y el movimiento de masas, que puede aprovechar las situaciones “objetivas”, para transformarlas en situaciones de carácter revolucionario.

Previo a la pandemia, el capitalismo enfrentaba en el terreno económico una crisis estructural muy profunda, una ruptura del equilibrio capitalista en su arista económica. El neoliberalismo, impuesto tras la derrota del ascenso de 1968 a la década de 1980, implicó la creciente pérdidas de conquistas de la clase trabajadora a nivel internacional y una baja brutal del nivel de vida de las masas, que en parte se contrarrestó con los créditos al consumo. Inició el proceso de restauración capitalista en la ex URSS (hoy Rusia y otros países como Ucrania), y en toda Europa del Este. En occidente se dieron procesos de reforma del Estado y privatizaciones, como las que encabezó Salinas de Gortari en México. Fue el fin del Estado de Bienestar, con la liquidación de conquistas en seguridad social, servicios públicos, condiciones de vida y de trabajo. Pero el neoliberalismo encontró sus límites. Como se evidenció con la crisis iniciada en 2008, no hay un claro motor del crecimiento económico. Un elemento central de la crisis estructural es la escasez de espacios rentables para la acumulación ampliada ‒es decir, la acumulación en producción de medios de producción y de medios de consumo‒, lo que impone a los capitalistas la necesidad de nuevos mercados y la necesidad de obtener nuevas fuentes de fuerza de trabajo barata, como señala Paula Bach en distintos artículos.

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Aquí debemos recordar que, a lo largo de su devenir, el capitalismo con el desarrollo y la aplicación generalizada de nuevas tecnologías para incrementar el lucro permitieron producir cada vez más mercancías en menos tiempo de trabajo. Así la proporción de valor que encierra cada cosa que se produce ‒el trabajo humano es lo que da el valor‒ es cada vez menor, pero este mismo mecanismo les permite a los capitalistas reducir el tiempo de trabajo necesario para la producción a la vez que les permite ampliar el tiempo de trabajo excedente que le roban a los trabajadores, la plusvalía. Como vemos, es un mecanismo contradictorio. De manera muy simplificada, se trata de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia. El impulso histórico es reducir el tiempo de trabajo al mínimo, pero el tiempo que dedican los seres humanos a producir bienes y servicios, su fuerza de trabajo, es la única medida y fuente de riqueza. Con la implementación generalizada de maquinaria cada vez se producen más bienes, más riqueza, en menos tiempo de trabajo humano. Millones son expulsados del mercado laboral y quienes trabajan lo hacen cada vez en peores condiciones, con menores salarios y por jornadas laborales más extensas. Gracias al avance tecnológico al que se llegó, toda la humanidad podría ser liberada de parte del tiempo de trabajo para dedicarse al arte, al ocio creativo, al deporte, a compartir tiempo en familia o con amigos. Este sería el primer paso de los trabajadores como una asociación libre de productores iguales en el camino de iniciar la construcción de una sociedad comunista, donde cada persona trabajara según su capacidad y recibiera según su necesidad. Pero para materializar esta perspectiva es necesario que se realicen revoluciones obreras y socialistas, que la clase trabajadora tome el poder y lo pueda sostener mientras la revolución se extiende a otros países.

De la crisis de 2008 a la pandemia

La crisis de 2008 fue un hito, con la caída de Lehman-Brothers ‒cuando el punto más débil de la economía fueron los bancos inundados de peligrosos instrumentos construidos sobre la base de las hipotecas subprime, es decir, especulación financiera de alto riesgo y el rescate multimillonario‒, y desde entonces lo que prima es un crecimiento raquítico con tendencias recesivas.

Y llegó la pandemia que, en 2020, con la parálisis económica inicial, evidenció de nueva cuenta el papel central de la fuerza de trabajo en la producción de riqueza, una refutación de los ideólogos del “fin del trabajo”: vimos que la interrupción del trabajo de millones de personas produjo una interrupción inmediata de la economía o de los nudos principales de la economía ‒por ejemplo, la industria automotriz, el transporte aéreo, el transporte marítimo de mercancías, el turismo y la hotelería, que son actividades centrales en algunas regiones, sectores no esenciales de la industria, como pasó en Italia que cerró por completo en los primeros meses de la pandemia.

Incluso con los millones de despidos que se produjeron en distintas ramas en todo el período de la pandemia, empresas “hightech” como Alphabet, Paypal, Facebook o Amazon ‒las de mayor capitalización bursátil y una vía de las empresas tradicionales para tener acceso al mercado en el contexto del confinamiento, ‒ han generado más trabajo: ultra precarizado. Desde la superexplotación en las líneas de distribución de Amazon –donde ni siquiera hay tiempo para ir al baño y los trabajadores se ven obligados a orinar en botellas [1] ‒ hasta las jornadas interminables de quienes laboran en Facebook, que ni siquiera en vacaciones pueden desconectarse del trabajo. La apuesta del gran capital en todo el mundo es imponer un aumento de la explotación, a partir de arrojar a miles de millones a las calles y exprimir hasta la última gota de energía de quienes trabajen en la producción de bienes y servicios. Que ganen los capitalistas depende de si la clase trabajadora enfrenta o no este nuevo ataque. Es decir, de la lucha de clases.

La disputa entre Estados Unidos y China

Este mismo impulso histórico del capitalismo -reducir el tiempo de trabajo al mínimo, con el tiempo de trabajo como única medida y fuente de riqueza-, tiene una dimensión geopolítica: la competencia entre Estados Unidos y China en el terreno económico, tecnológico y militar. Es una batalla entre la decadencia hegemónica del imperialismo estadounidense ‒que se pone de manifiesto, entre otras cosas, en que no puede imponer sus intereses igual que antes a sus socios de la UE y debe aceptar sus negocios con China [2] ‒ y el ascenso del gigante chino. Las tendencias proteccionistas y nacionalistas, cuya máxima expresión fue Trump, en inscriben en esta disputa. Representaban a los sectores “perdedores” de la globalización, que incluyen a trabajadores y a fracciones de la pequeña y mediana burguesía que no lograron insertarse en el mercado mundial.

La profundización de las tensiones entre ambos países ‒que vienen desde la presidencia del republicano Donald Trump y continúan durante la del demócrata Joe Biden‒, de acuerdo con Paula Bach, “representan un subproducto de la debilidad de la economía global pos 2008/9 que en términos económicos estructurales se manifiesta fundamentalmente a través de cuatro variables. La primera, la debilidad del crecimiento de la economía mundial, la segunda, la debilidad de la inversión, la tercera, el débil crecimiento del comercio mundial y la cuarta, la debilidad del crecimiento de la productividad del trabajo”.

En el ámbito de la competencia tecnológica, destacan la disputa por el desarrollo de la 5G, el conflicto de EE. UU. con Huawei, el desarrollo del 5G y las tensiones con la red social TikTok. En el ámbito militar, el gasto en ese rubro en 2020 ascendió a 766,583 millones de dólares para Estados Unidos, 244,934 para China y 66,838 para Rusia. Se hacen notar los despliegues militares del imperialismo estadounidense en el Pacífico, así como ejercicios militares de China. Recientemente la Federación de Científicos de Estados Unidos dio a conocer que esta potencia asiática está construyendo un nuevo campo de silos para misiles nucleares, mientras que Rusia anunció que se realizarán a mediados de agosto ejercicios militares conjuntos sinorusos [3].

Efecto rebote y perspectivas de la economía internacional

Con este telón de fondo, en este segundo año de pandemia, como elementos más recientes destacan el crecimiento de China (8.4% de 2021 y 2.3% en 2020) y el de EEUU (7% para este año, desde caída de 3.5% en 2020) sostenidos por una fuerte inversión estatal, pero las perspectivas de la recuperación no llegan a los niveles previos a la pandemia. Además, estos pronósticos ahora están cruzados por la propagación de la variante delta de covid-19, que puede llevar a hacer más lenta la recuperación. Asistimos a un proceso desigual (para la UE se prevé crecimiento de 4.8%, desde decrecimiento de 6.4%; para AL, 5.2% desde una contracción de 6.8%), en el cual destaca el aumento de precios de las materias primas, con puntos muy endebles, signados por los avances desiguales en la vacunación. Según un informe reciente del FMI para 2021 la economía crecerá un 6% a nivel internacional como parte del efecto rebote, pero en 2022 la previsión de la tasa de crecimiento es de 4.9%.

Los organismos internacionales prevén que luego del rebote de 2021 la economía vuelva a un crecimiento bajo, en torno del 2 o 3%, con los problemas estructurales de arrastre como la baja inversión que eclosionaron en la crisis de 2008. Hay un riesgo enorme de endeudamiento de los Estados por las medidas fiscales que tomaron gobiernos de los países centrales. Estados Unidos, por ejemplo, financia las políticas de intervención estatal con endeudamiento y emisión monetaria, por lo que la deuda pública ya representa un 120% del PIB. Esto se combina con la formación de burbujas, en el mercado financiero y el mercado inmobiliario y el riesgo de inflación.

Nuriel Rubini, un economista de derecha, plantea la perspectiva de un período de estanflación ‒combinación de inflación y decrecimiento económico‒, mientras Michael Roberts, un economista marxista, plantea como perspectiva una crisis de deuda: desde los Estados, hasta empresas zombies [4] y hogares. Por ejemplo, la deuda de EEUU subió del 109% del PIB en 2019 a 131.9% en 2021 y la de Francia del 98.4% en 2019 al 116.4% en 2021.

El gobierno de Biden en el contexto económico internacional

Como señala Esteban Mercatante, cuando asume Biden, con promesas de planes de sociales y cambios tributarios, se crearon grandes expectativas para las mayorías en EE.UU. Intelectuales y analistas plantean que hay un “cambio de paradigma” en el terreno económico. Sin embargo, está por verse cuál será su alcance y que límites tienen. Tres planes representan una suma total de 6 billones de dólares, es decir, más de una cuarta parte del PIB actual: plan de emergencia (subsidios), plan de empleo (para restaurar infraestructura), plan de familia americana ‒42% consiste en recortes fiscales o distribución de vales, mientras el gasto en becas y financiación escolar se repartirá entre 2022 y 2031‒. Se oponen a estos planes los republicanos, los economistas ortodoxos y los empresarios. El programa impositivo de Biden consistía en un impuesto sobre la renta que iba a pasar del 21% al 28%, pero seguiría estando por debajo del 35% vigente antes de Trump, y establecería un mínimo de impuestos a las multinacionales del 10.5% al 21%, lo que habría permitido recaudar 800.000 millones de dólares. Pero ya tuvo que renunciar a estos cambios fiscales para lograr la aprobación en el senado del plan de infraestructura, cuyo presupuesto aprobado por 67 votos ‒que incluye el apoyo de 17 republicanos‒ asciende a un billón de dólares, una cifra inferior al proyecto original que alcanzaría 2.25 billones de dólares. En cuanto a la promesa de aumento de salario de 7.25 dólares la hora a 15 dólares la hora, esta medida alcanzaría 48 millones de los 144 millones de trabajadores estadounidenses.

Durante la pandemia, la dependencia de Estados Unidos de las fuentes de suministro externas fue un elemento crítico. Se profundizó el déficit comercial estructural: 844 mil millones de dólares en el primer trimestre de 2021 contra 400 mil millones como media anterior a la pandemia. Este déficit se financia con la entrada de capital del resto del mundo, principalmente de la zona euro y de los países emergentes a excepción de China. Según señala Roberts, la recuperación del crecimiento de Estados Unidos se produce a expensas del crecimiento del resto del mundo.

Se está exacerbando la desigualdad en EEUU, como se explica en un reportaje de The New York Times: a inicios de 2021 los más ricos de EEUU (1%) concentraban 32% de la riqueza del país, el nivel más alto desde 1989, mientras 50% de la población sólo tiene 2% de la riqueza. Esto, con la profundización de la falta de perspectivas para amplios sectores, es lo que ha dado lugar al desarrollo de la creciente polarización social en Estados Unidos, junto cierto sentimiento de “injusticia” ante cuestiones como el racismo estructural y el surgimiento de nuevas formas de pensar en amplios sectores de la juventud ‒en la cual Bernie Sanders tenía base‒, y se ve con simpatía la idea de “socialismo”, entendido más bien como “redistribución de la riqueza”.

Según Michel Husson, economista marxista que falleció hace poco, “la aplicación efectiva de la política anunciada por Biden requerirá un enfrentamiento con las clases dominantes, y es dudoso que pueda o quiera imponer compromisos que les resulten demasiado desfavorables a éstas. Pero también ha despertado aspiraciones que pueden ser más duraderas que sus promesas.” Así es que la desigualdad combinada con ilusiones en el gobierno de Biden puede ser una fórmula muy disruptiva que detone nuevos procesos de la lucha de clases en el corazón del imperialismo estadounidense, como las recientes protestas de los trabajadores de comida rápida en EEUU por aumento salarial a 15 dólares la hora.

En el terreno geopolítico había expectativas en que Biden cambiara el rumbo de la política exterior estadounidense respecto de la administración de Trump. Sin embargo, esto no se dio, como se explica acá. Noam Chomsky, profesor del MIT y uno de los intelectuales más respetados de la izquierda estadounidense, que había llamado a votar a Biden, en un reportaje para NYT señaló: “…En cuestiones internacionales, Biden hasta ahora apenas se ha apartado de las políticas tradicionales”. Según este intelectual, los neoconservadores no tuvieron interés en enviar tropas a Haití en las circunstancias actuales, y la retirada de Afganistán sigue dejando abierta la opción de los ataques aéreos estadounidenses allí.

Chomsky añadió que Biden no ha levantado el embargo a Cuba, especialmente cuestionado ante las protestas del 11 de julio pasado ya que esa medida es uno de los factores que generaron la profunda crisis social y económica que vive el pueblo cubano, ni las sanciones a Irán, y se ha apartado de la "venta total de los palestinos por parte de Trump, sólo retirando actos de salvajismo gratuito" como la eliminación de la ayuda humanitaria. Y "en otras áreas, como China, ha adoptado una postura más confrontativa (y bastante peligrosa) que sus predecesores."

Respecto a México, además de la cuestión migratoria, un aspecto de tensión es la política energética y el T-MEC. Recientemente, un lobby de corporaciones energéticas envió una carta a Biden manifestando su preocupación por el trato preferencial del gobierno de AMLO a Pemex y CFE. A su vez, México es proveedor de tierras raras, (cerio, lantano, neodimio, praseodimio, samario, europio, gadolinio, terbio e itrio) necesarias para la fabricación de aerogeneradores, paneles solares y baterías eléctricas. Se trata de un rubro (además del litio) que puede volverse territorio en disputa entre corporaciones estadounidenses y empresas chinas.

Final abierto

En síntesis, hay elementos de inestabilidad tanto en el terreno económico, con una crisis estructural muy profunda cuyo costo pretenden los magnates, las trasnacionales y los gobiernos que la paguen las mayorías explotadas y oprimidas. Buscan aumentar la tasa de explotación con más precarización de un sector de la clase trabajadora y arrojar a los márgenes de subsistencia a otro sector. En algunos países esto está mediado por planes sociales para contener el descontento y dividir a las mayorías, pero está en el aire la perspectiva de que se dispare una crisis de la deuda incluso en países imperialistas. Las tensiones entre China y Estados Unidos pueden profundizarse también. En este escenario, el descontento social acumulado, el hartazgo y la polarización pueden estallar en nuevos procesos de la lucha de clases y en ese terreno, la acción de las y los revolucionarios puede ser la pluma que incline la balanza en el camino de la radicalización de la clase trabajadora como caudillo de todos los sectores oprimidos.


[1En abril de este 2021, trabajadores de Amazon en Alabama dieron una gran pelea para conquistar un sindicato que les permitiera enfrentar la explotación brutal que impone Jeff Bezos, el capitalista más rico del mundo. Como señala Tatiana Cozarelli “Los trabajadores de Amazon en Alabama, Estados Unidos, dieron una primera gran batalla para tener su sindicato en esa empresa. En el inicio del recuento de los votos la opción por el NO supera en 2 a 1 al voto a favor. Este es el resultado de las medidas antisindicales e ilegales llevadas a cabo por Amazon y las leyes antisindicales impuestas por demócratas y republicanos”, ver “Amazon intimidó a trabajadores para que no voten por el sindicato, pero la lucha sigue”

[2Para ahondar sobre este tema, ver “Disputas estratégicas y compromisos coyunturales entre Alemania y EE. UU.”, de Juan Chingo.

[3Otras tensiones geopolíticas que podemos mencionar son entre Israel y Palestina en Medio Oriente, que se aborda en “Entre la ofensiva colonial israelí y la resistencia palestina”, de Claudia Cinatti, Rusia versus Ucrania y China vs Taiwán en Asia.

[4“Entre el 15% y el 20% de las empresas de las principales economías apenas cubren los costes del servicio de la deuda con las ganancias que obtienen. Según Bloomberg, en los EEUU, casi 200 grandes corporaciones se han unido a las filas de las llamadas firmas zombis desde el inicio de la pandemia y ahora representan el 20% de las 3000 empresas más grandes que cotizan en bolsa” señala Roberts.





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