SEMANARIO

La siempre ilusionada izquierda frenteamplista

Juan Valenzuela

La siempre ilusionada izquierda frenteamplista

Juan Valenzuela

(...) al desvío le decimos desvío y no “paso adelante”.

La unidad que empieza a gestarse entre el Frente Amplio y el Partido Comunista, sumado al distanciamiento con el eje progresista de la ex Concertación -hoy reunido en Unidad Constituyente-, no causó sólo el alejamiento de Natalia Castillo, Pablo Vidal y el Partido Liberal del Frente Amplio, incómodos con la supuesta izquierdización de la coalición. Los sectores ubicados a la izquierda del conglomerado, expresaron optimismo: este sector ve la posibilidad de regresar al proyecto original del FA: un proyecto antineoliberal. ¿Es este el camino que necesitamos para encarar los desafíos que abre el proceso constituyente?

¿Contra la política de los acuerdos?

Felipe Ramírez, miembro de Convergencia Social e integrante del comité editorial de la revista ROSA, polemiza con las posturas de Natalia Castillo y Pablo Vidal [1]. En contra de quienes se lamentan por la distancia cada vez mayor con el progresismo tradicional referenciado en la ex Concertación, Ramírez señala que “por más progresista que se intente plantear esa alianza política centroizquierdista, en los hechos buena parte de sus parlamentarios terminan apostando por una reedición de la política de los acuerdos propia de la transición y dentro de los límites de lo posible en ese marco político”.

El editor de ROSA dice ubicarse en contra de la política de los acuerdos que caracterizó a la Concertación en la década de 1990. Sin embargo, veremos que pese a las críticas que plantea a esa política, sus postulados no proponen una alternativa que pueda darle expresión a las aspiraciones de la rebelión popular ni romper con las restricciones impuestas por el pacto por la paz y una nueva Constitución que le perdonó la vida a esa política de los acuerdos.

La rebelión, la política y las elecciones

Ramírez reconoce que las cosas no venían bien para los sectores referenciados en la izquierda que actúan en el Frente Amplio. En sus palabras “hemos sido incapaces de articular las demandas sociales con la lucha política en un programa transformador concreto”. Una de las explicaciones de esa incapacidad, según Ramírez, sería la falta de foco en la lucha de masas. En sus términos, el problema fue “haber confiado en la mera voluntad política de los partidos políticos de la centro-izquierda para subsanar las limitaciones y omisiones del pacto firmado en noviembre de 2019”. Depositar allí la confianza y no en las masas, “demostró ser una ingenuidad, como si ‘la palabra empeñada’ bastara cuando se trata de enfrentar las idas y vueltas de la lucha de clases”. Para avanzar, según este redactor de ROSA, hay que tomar la decisión de volver a confiar en las masas.

Ramírez cree que hacer esto es algo simple. “El FA no es ajeno a los cambios que ha vivido nuestro país desde el momento en que se estableció como coalición antineoliberal el 2017”. Según él, uno de los cambios del último tiempo sería la mayor presencia de la clase trabajadora en la política del país. Otro sería la correlación de fuerzas que quedó en Chile después de la rebelión. Sobre esa base pareciera haber un terreno más propicio para retomar la confianza en las masas. La tarea actual según este columnista es retomar “el sentido político original” del Frente Amplio: darle expresión política a las demandas populares. En su visión del origen del FA, éste buscó “proyectar en el terreno “político”, entendido de manera restringida como la disputa institucional, las demandas instaladas, la militancia desplegada, las experiencias de lucha desarrolladas y el programa transformador insinuado por decenas de movilizaciones de masas protagonizadas por un variopinto y heterogéneo conjunto de segmentos provenientes del campo popular local”.

Se puede concluir desde esas premisas sostenidas por Ramírez, que para el FA una alianza con el PC se corresponde más con el presente posterior a la rebelión que una alianza con los viejos partidos de la Concertación, postura defendida por Castillo, Vidal o el Partido Liberal. ¿Izquierdización? En buenahora parece responder Ramírez. Según el autor, es a ese camino, antineoliberal, al que debería regresar el Frente Amplio.

No es incapacidad ni ingenuidad: son posiciones políticas

Pero parafraseando al propio Felipe Ramírez podríamos decir que la distancia del Frente Amplio con respecto al movimiento de masas, no responde a un tema de incapacidad o ingenuidad, sino de posiciones políticas. Lo de fondo es que la postura política del redactor de ROSA en lo esencial coincide con la de los sectores dirigentes del FA: que el proceso constitucional tal cual se da es un avance, una conquista del movimiento de masas y no un desvío. Que el “campo popular” tendría una serie de oportunidades gracias al debate constitucional y no que es necesario prepararnos para las trampas y la resistencia de los grupos de poder capitalistas y estatales.

Para Ramírez es posible un programa anti-neoliberal “claro y audaz”. Ya no tendríamos que repetir la experiencia de la Nueva Mayoría. El autor recurre a la tesis de la “ruptura democrática” elaborada por lo que era Izquierda Libertaria y que hoy también defienden sectores de Convergencia Social, según la cual la lucha popular atravesaría necesariamente un momento de “defensa estratégica”, en el que es factible “generar las condiciones políticas para abrir un nuevo escenario en el que cambiará la correlación de fuerzas entre clases sociales” y luego uno de “equilibrio estratégico” en el que se puede “dar pie tanto a reformas profundas del modelo chileno como a una regresión autoritaria de la mano de la fascistización de las capas medias en un marco de crisis económica, que revirtiera la precaria correlación de fuerzas tímidamente favorable al campo popular y que reinstaurara el neoliberalismo disciplinando mediante la represión a los sectores movilizados”.

Para referirse al momento actual (e intentando aterrizar los conceptos de la “ruptura democrática”) Ramírez habla de un “equilibrio precario”. De esa premisa, concluye que para superar “este momento extraño, a medio camino entre la transformación y la regresión debemos consolidar posiciones mediante una Constitución que si bien responderá a la actual correlación de fuerzas, por lo tanto no será todo lo que deseamos -esto es, socialista- debe sentar las condiciones de posibilidad para que la lucha social y política continúe avanzando en ese camino”. Al mismo tiempo debemos formar un bloque histórico de partidos y organizaciones sociales, basado en “la generación de un programa común no sólo para la CC sino para todo el período de superación del neoliberalismo, resulta más indispensable que nunca, asumiendo que es posible que la Constitución que obtengamos sea de mínimos y deje numerosos temas pendientes de definición”.

Según su planteamiento la Constitución sería el documento que estructuraría esta transición entre desmantelar el neoliberalismo -pero sin exceder la actual correlación de fuerzas- y avanzar a un nuevo modelo societario, eliminando los principales enclaves conservadores y abriendo espacio a los derechos de las mujeres, al trabajo y a una definición plurinacional del Estado. Su pronóstico evita hacerse cargo de un problema no menor: ¿que nos garantiza que los cambios en el texto de la Constitución no van a ser resistidos por ese tercio de la Convención que tendrá derecho a veto? Y suponiendo que se aprueben normas antineoliberales en la Convención, por ejemplo, si se prohibiera el negocio del agua ¿qué nos garantiza que los capitalistas y su Estado no van a resistir a esos cambios y dejarlos sin efecto en la realidad?

La impostura frenteamplista

Cuando Ramírez dice que una nueva Constitución “responderá a la actual correlación de fuerzas”, reconoce que en sí mismo el cambio constitucional no significa que los poderes reales de la sociedad -los grandes grupos capitalistas y su personal político y militar- van a dejar de dominar, aunque sostiene que al menos podremos dar un paso en pactar en el papel unas condiciones más favorables para los sectores obreros y populares. Para construir una sociedad derechamente distinta, -en su concepción- hay que atravesar un periodo más largo. La nueva Constitución podría terminar con ciertos enclaves y abrir una nueva etapa más favorable para transformaciones de carácter socialista, previa realización de un programa antineoliberal. Para Ramírez, todo esto requiere la conformación de un bloque histórico “que permita confluir a los partidos y al mundo social, organizar a los no organizados, politizar a quienes ven la política como algo de las estructuras y no como algo propio de nuestra vida cotidiana”. El problema que no responde es ¿por qué deberíamos respetar la actual correlación de fuerzas mientras dure el actual proceso constitucional?

Hay tres ideas erróneas en el fondo de esta idea sostenida por este militante de CS:

A) Llama “paso adelante” a algo que en realidad es un “desvío”: el proceso constitucional en su forma actual, que será con Piñera en el poder y las instituciones de la Constitución de 1980 en pleno funcionamiento. Este pacto fue presentado como un logro cuando en realidad se estableció un marco para que el debate constitucional se realice de tal manera que la derecha mantenga su poder de veto y no se toquen aspectos esenciales del neoliberalismo en Chile como los tratados internacionales. Ramírez reproduce eso. Sectores del ala izquierda del Frente Amplio quizá no festejaron la cocina del 15 de noviembre de 2019, es cierto ¿pero acaso a más de un año de ese hecho, no repiten la tesis de los sectores oficialistas: que el proceso constitucional tal cual se está dando es un logro de la lucha social, un paso adelante? ¿Acaso no se callan el hecho de que las limitaciones son el producto de un acuerdo entre gallos y medianoche a espaldas del pueblo que sirvió para salvar la continuidad del gobierno de Piñera? Algo muy distinto a lo que planteamos las y los trabajadores revolucionarios: participar del proceso constitucional incluso con candidaturas pero para desarrollar con fuerza la lucha extraparlamentaria, preparando el terreno para una huelga general que se proponga derribar el régimen y poner en pie una verdadera Asamblea Constituyente Libre y Soberana convocada por las organizaciones de la clase trabajadora, en la que no exista ninguna de las trabas que hay en la actual Convención Constitucional que se armó en la cocina, en la que podamos tomar medidas como la expropiación de los recursos estratégicos del país y su gestión por los trabajadores o el fin de las AFP y la formación de un sistema de reparto solidario, gratuito y dirigido por trabajadoras, trabajadores y jubilados. Es decir, al desvío le decimos desvío y no “paso adelante”.

B) La visión de Ramírez se basa en una concepción ideológica que simplifica al extremo la relación entre el movimiento de masas del último tiempo, y lo que denomina la “izquierda emergente”. Su postulado de que ahora se trata de recuperar la vocación original del Frente Amplio -darle expresión política al movimiento de masas-; elude el problema más esencial: en los momentos más agudos de la lucha de clases, el Frente Amplio demostró ser un pivote del régimen político contrario al movimiento de masas, lo que incluye a Convergencia Social. Entonces no es “llegar y llevar” la representación política del movimiento de masas ahora.

En el esquema de Ramírez es posible “representar” al movimiento de masas, “enmendando el camino” a la izquierda. Como si de simples errores se tratara, de ingenuidad e inmadurez y no de problemas políticos y estratégicos. Como si la opción original del FA no hubiese sido apostar más por los ritmos institucionales que por la lucha del movimiento de masas y la lucha de clases. Pero el hecho de que el FA está alineándose con el PC que dirige la CUT y que durante todo 2020 no desarrolló ningún tipo de resistencia contra los despidos, demuestra claramente que su “representación” se contrapone al desarrollo de la lucha de clases y la constitución de la clase trabajadora como sujeto político. Su concepción de “bloque histórico” puede conducir a nuevos experimentos de frentepopulismo o símiles de la Unidad Popular pero no a una genuina expresión política de los intereses históricos de la clase trabajadora. Una política que exprese esos intereses implica no sólo apostar primero que todo por la autoorganización de la clase trabajadora como factor preparatorio para un nuevo poder estatal contrapuesto al Estado de los capitalistas; implica también un programa anticapitalista. Implica también la construcción de un partido revolucionario que organice a miles en los lugares de trabajo, estudio y en las poblaciones, que se enfrente a las burocracias sindicales y políticas. Tareas ajenas al imaginario frenteamplista.

C) El esquema de “ruptura democrática” que Ramírez defiende es un esquema temporal “abstracto” en el que el tiempo político se comprende como un proceso claramente segmentado en momentos absolutos que ocurren por fuera de la lucha de clases concreta y la actuación de los partidos políticos. Se trata más de etapas preestablecidas que de un análisis concreto. Eso es funcional al ocultamiento del papel efectivo de los principales dirigentes políticos del Frente Amplio en la rebelión popular y al silencio con el papel del Partido Comunista que dirige la CUT en la clase trabajadora. Si necesariamente había una etapa de “defensa estratégica” y luego recién una etapa de “equilibrio estratégico”, -como sugiere la tesis de “ruptura democrática” que defiende Ramírez-; entonces son indiferentes la renuncia del FA y el PC a la lucha por la salida de Piñera en 2019, da lo mismo si la CUT no cumplió ningún papel para rechazar los despidos en la pandemia o si ninguna de las direcciones del movimiento obrero con más peso desarrolló un plan de lucha y resistencia serio. Para Ramirez, si la “defensa estratégica” o el “equilibrio” eran inevitables, entonces no nos queda más que “hacer lo mejor posible” en esta etapa en la que a lo más podemos apostar a cambiar la Constitución, incluso entendiendo que serán cambios mínimos.

Conclusión

Contra esta lógica subordinada a la miseria de lo posible, a la “relación de fuerzas dada”, es más necesario que nunca poner en pie una nueva izquierda que confíe en la acción de la clase trabajadora y las masas y su capacidad transformadora, denunciando las trampas del proceso constitucional y levantando un programa anticapitalista contra los grandes grupos económicos y en defensa de los intereses de la clase trabajadora, impulsando la movilización y preparando el camino para una huelga general que se proponga allanar el camino para que las organizaciones obreras convoquen a una Asamblea Constituyente Libre y Soberana. Para las y los trabajadores revolucionarios, dar esa pelea implica intervenir en las elecciones para la Convención, pues ahora que todavía millones tienen expectativas en esta instancia, podemos utilizar las elecciones como una tribuna para llegar a cientos de miles de personas con las ideas de nuestro programa político y contribuir al desarrollo de sectores de vanguardia en la propia clase trabajadora y la juventud, al mismo tiempo que nos preparamos para nuevas luchas históricas. Pretender obtener algunos “logros” respetando los tiempos y coordenadas del acuerdo por la paz, es ilusorio.¨Pero es igual de ilusorio pretender construir una alternativa revolucionaria renunciando a ser un factor para acelerar la experiencia con el desvío. Sólo una política revolucionaria anclada en la clase trabajadora, con una perspectiva claramente anticapitalista, podrá enfrentar los desafíos que nos presenta el escenario político.

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Juan Valenzuela

Profesor de filosofía. Dirigente del Partido de Trabajadores Revolucionarios.
Santiago de Chile
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