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Las crisis del capitalismo “dependiente” argentino

Mónica Arancibia

Nicolás Bendersky

ECONOMÍA
Imagen: Mar Ned - Enfoque Rojo

Las crisis del capitalismo “dependiente” argentino

Mónica Arancibia

Nicolás Bendersky

El coronavirus dejó en terapia intensiva a la economía mundial debilitada luego de la crisis del 2008. En Argentina la pandemia y la crisis mundial impacta con mayor fuerza sobre una economía que atraviesa su tercer año de recesión, que inició con el macrismo y la vuelta del Fondo Monetario, pero que lleva casi una década de estancamiento.

El libro Duhaldismo, kirchnerismo y macrismo. El capitalismo argentino y su recurrencia histórica (Buenos Aires, Imago Mundi, 2020) del economista y docente de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, Cristian Caracoche, analiza el período 2002-2019 recorriendo de manera didáctica los principales hechos, contradicciones y desequilibrios de los gobiernos de Duhalde, los tres del período kirchnerista y el de Macri.

Un recorrido que amerita la reflexión y el debate sobre los motivos de las crisis recurrentes en el capitalismo dependiente argentino cuyas consecuencias recaen sobre el pueblo trabajador y cuál es la salida para revertir la decadencia.

Duhaldismo, origen del kirchnerismo

Cristian Caracoche decide incluir al duhaldismo en su libro en debate con posiciones que presentan al kirchnerismo en un “carácter fundacional” que ocultan “los efectos expansivos del ajuste que el caudillo bonaerense descargó sobre la clase trabajadora” (p. X).

A comienzo del 2000, con una economía en recesión, la convertibilidad era puesta en cuestión luego de años de fuerte apoyo. Los posibles caminos para encarar la crisis desataron pujas entre fracciones burguesas. Por un lado, el proyecto devaluador promovido por los sectores orientados a la exportación de bienes y los partidarios del mercado interno. Esta salida también tuvo el respaldo de sectores de las direcciones sindicales. Por el otro, una fracción detrás de un proyecto dolarizador promovido por empresas privatizadas, gran parte del capital dedicado a las finanzas.

De la Rúa renuncia tras la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre de 2001. Hacia fines de ese año la desocupación y subocupación afectaban casi un tercio de la población económicamente activa. “El trabajo informal cubría casi un tercio de los trabajadores ocupados, y también registraba una tendencia ascendente” (p. 5).

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Caracoche sostiene que “valiéndose del aparato territorial del PJ de la distribución selectiva de recursos del Estado, el nuevo presidente (Duhalde) logró aplicar exitosamente un duro ajuste sobre la clase trabajadora por medio de la devaluación” y añade que “logró relanzar la tasa de ganancia y la acumulación de capital, al tiempo que reordenó las cuentas públicas y cambió el signo de la cuenta corriente externa, poniendo en pie la competitividad local y los superávits gemelos” (p.18).

Los gobiernos kirchneristas: del crecimiento a “tasas chinas” a los desequilibrios

El economista distingue tres períodos dentro de los gobiernos kirchneristas. El primero desde 2003 a 2008 que define como “desarrollo de la estructura social de acumulación”, el que va del 2008 al 2011 como su etapa de agotamiento, y de 2011 a 2015 como la fase de crisis.

Néstor Kirchner asume la presidencia con una economía en crecimiento, el “trabajo sucio” ya había sido realizado y en un contexto mundial favorable. Caracoche destaca que hubo un nuevo impulso de la tasa de ganancia y la tasa de explotación, superávit de cuenta corriente externa y un tipo de cambio competitivo. Sin embargo, Kirchner ganó la presidencia con pocos votos y con un régimen político debilitado.

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Esta mejora de la economía redujo la pobreza y el desempleo en relación a los niveles catastróficos alcanzados por la crisis del 2001, a la vez que permitió al Gobierno conceder mejoras salariales, subsidios a los desocupados que permitió ampliar su base social. Caracoche destaca que el gobierno supo construir una retórica antineoliberal que generó simpatías en amplias franjas de la población de orientación progresista y también administró concesiones objetivas y simbólicas a distintos actores sociales y así logró un marco de alianzas policlasistas. A pesar de esta retórica antineoliberal, el autor también destaca los pilares de la década noventista que se mantuvieron como la flexibilización laboral y las privatizaciones. Además, se mantuvieron los Tratados Bilaterales de Inversión (TBI) firmados durante el menemismo y la vigencia en lo fundamental de la Reforma Financiera de 1977, herencia de la dictadura, que se implementó para liberalizar el sistema financiero, como describe Esteban Mercatante en La economía argentina en su laberinto.

El período 2008-2011 se caracterizó, según el economista, por el quiebre en el devenir de las principales variables económicas y sociales. Se interrumpió el crecimiento del PBI, el aumento de salarios y de la tasa de ganancia.

Caracoche distingue el bienio 2008-2009 donde “las iniciativas del gobierno se centraron en el aspecto económico, logrando amortiguar con relativo éxito las consecuencias de la crisis mundial, aunque no pudieron evitar la recesión, la crisis política, y la derrota en las legislativas de 2009” (p. 88), y el período 2010-2011, donde se registró una leve recuperación y “las iniciativas gubernamentales se orientaron principalmente a los aspectos más simbólicos de su construcción política, logrando un rotundo éxito que se expresó en aquel 54 %” (p. 88), la reelección de Cristina Fernández. Ambos períodos estuvieron signados por la acumulación de desequilibrios como el déficit fiscal por los crecientes subsidios, el déficit de cuenta corriente externa, la consolidación de la inflación y “el impacto que implicó el conflicto agrario”, agrega el autor.

Caracoche señala que luego de la negativa del sector agrario y de la posterior derrota que implicó la 125, el kirchnerismo requería una nueva fuente de financiamiento. Con la crisis de Lehman Brothers de fondo, “bajo el argumento de presentarse como garante de los activos pertenecientes a los futuros jubilados, el gobierno impulsó por medio del congreso la reestatización del sistema previsional” (p. 68).

También destaca que durante el bienio 2008-2009 “la burguesía tampoco salió indemne de la recesión de 2009, ya que vio caer tanto su masa de ganancia como su tasa de ganancia, después de seis años de crecimiento sostenido” (p. 69). El economista advierte sobre los primeros cortocircuitos en la relación del kircherismo con la Unión Industrial Argentina (UIA).

Durante el período 2011-2015 el kirchnerismo perdió aliados importantes. Moyano se alejó luego de las elecciones de 2011, sectores de la burguesía dejaron de apoyar al gobierno por haber perdido la alta rentabilidad, la restricción al giro de dividendos, y las iniciativas que “concreta o potencialmente tendían a acotar el campo de decisiones que podía tomar la patronal, tales como las sucesivas estatizaciones, las repetidas amenazas del gobierno sobre la aplicación de la ley de abastecimiento, y la frustrada iniciativa sobre la participación de los trabajadores en las ganancias” (p. 112).

Caracoche concluye que “ya con las instituciones de la democracia burguesa fuera de discusión, el kirchnerismo en retirada se orientó principalmente a cuidar el capital político forjado durante sus tres mandatos. La realidad concreta planteaba una abierta contradicción entre los distintos intereses del gobierno, la burguesía y el movimiento obrero organizado, lo cual elevaba tendencialmente la inestabilidad económica y política. Frente a esta situación, el elenco gobernante optó por brindar concesiones limitadas y puntuales a las partes, a la par que multiplicaba las regulaciones económicas e incrementaba abiertamente el nivel represivo sobre la clase trabajadora. De esta forma, el kirchnerismo privilegió el corto plazo por encima del largo plazo, priorizando su propia construcción política sobre las necesidades que exigía el capitalismo argentino” (p. 132).

Consideramos que los desequilibrios y contradicciones durante el kirchnerismo se debieron a pretender continuar la gestión del capitalismo dependiente argentino sin articular cambios sustanciales en términos estructurales, y no a cuestiones de “plazo” como destaca el autor.

El kirchnerismo logró consolidarse gracias a dos aspectos centrales: el ajuste duhaldista que describe muy bien el autor y el ciclo externo favorable con la suba de los precios de las commodities. Cuando las “bondades” del ajuste y el boom externo finalizaron aparecieron los problemas. La burguesía exigió políticas que tenían el objetivo de reorganizar el conjunto de la política económica para restablecer las condiciones de valorización del capital, como una nueva devaluación, el regreso a los mercados, reducción de subsidios y suba de tarifas, muchas de las cuales llevó adelante el macrismo.

El gobierno de Cristina Fernández no tenía un plan alternativo y tomó medidas limitadas para “aguantar” hasta el fin del mandato y ajustar lo necesario como ocurrió con la devaluación del 2014. Se dejó el ajuste que Cristina no quiso hacer servido en bandeja para el siguiente gobierno. Las demandas de los empresarios eran compartidas en términos generales por los principales candidatos que disputaban el gobierno, incluso por Daniel Scioli, el sucesor propuesto por el kirchnerismo.

Durante los gobiernos kirchneristas no hubo transformaciones significativas en la estructura productiva, siguió la fragilidad de las cuentas externas consecuencia de mantener dicha estructura agudizada por los pagos seriales de la deuda, la fuga de capitales y la remisión de utilidades de las empresas. Se preservó la precariedad de la fuerza de trabajo, herencia noventista, y se permitió su extensión a los nuevos sectores que recuperaron el empleo. Además de sostener la lenta decadencia de la salud y la educación pública, y no dar soluciones de fondo al trabajo en negro ni al acuciante problema de la vivienda.

El proyecto “trunco” macrista

Mauricio Macri asume con un contexto crítico de la economía. Caracoche describe que si bien la gestión anterior había exacerbado los desequilibrios, también evitó la explosión de una gran crisis, lo que dificultaba al macrismo de avanzar con medidas de shock.

Según el autor, el macrismo pudo controlar la velocidad del gradualismo mientras obtuvo recursos. El economista indica que, entre fines de 2017 y mediados de 2018, cambió rotundamente la situación de relativa calma ante la reprobación social que generó la reforma previsional y la mala cosecha de 2018, combinadas con el contexto externo de suba de la tasa de interés de Estados Unidos y la caída de los precios de los productos agropecuarios. Este proceso derivó en la vuelta del FMI. Lo acompañó un fuerte deterioro de las condiciones de vida de la población.

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Caracoche afirma que “visto en perspectiva, el macrismo terminó siendo un intento trunco, ya que si bien pretendió poner en pie un nuevo ciclo de acumulación y una nueva estructura social, estas aspiraciones quedaron a mitad de camino. En términos concretos Cambiemos avanzó en su ajuste tanto como las relaciones de fuerza se lo permitieron, pero la profundidad de dicho ajuste no le alcanzó ni para estabilizar el ámbito de acumulación de manera sostenida ni para relanzar significativamente la acumulación capitalista” (p. 153).

Algunos apuntes críticos

Caracoche plantea ya desde la introducción que “son escasos los análisis totales” de este período de la historia reciente y que "el presente texto intentará aportar en esta área de vacancia, pretendiendo hacer un relato totalizante del proceso histórico que sucedió a la última gran crisis argentina” (p. XII). Para eso adopta el concepto de David Gordon de “estructura social de acumulación” (p. 10) enfocando en particular las categorías de tasa de ganancia, explotación y acumulación de capital.

Pero dada su pretensión de miradas totalizantes del período, el autor privilegia los aspectos económicos estructurales enfocándose débilmente en fenómenos de la lucha de clases y en la influencia de la izquierda en general y la partidaria en particular, visto y considerando su referencia en el marxismo y la clase obrera (p. XIV y p. 158).

Con relación a lo primero, su visión se encuentra demasiado centrada en los movimientos “superestructurales” del sindicalismo argentino, en particular la CGT y la corriente de Moyano en relación a las distintas fases de los gobiernos kirchneristas y al macrismo, que en los fenómenos de base y la lucha de clases. (p. 47, 109 y 138). En algunas partes se nombran conflictos obreros relevantes (Subte [2002], Garrahan [2003], la ex Jabón Federal (2005], Casino Flotante [2007], Mafissa [2008], Kraft [2009], Lear y Donnelley [2014], Pepsico [2017]). Pero, más allá de algunas ausencias como la fábrica Zanon de Neuquén, hoy Fasinpat [1], gestionada por sus trabajadores desde 2002, los conflictos obreros están subvaluados en su peso real y enmarcados de manera demasiado determinista y mecánica, cuando por ejemplo luchas como las de Kraft y Lear pusieron un freno deliberado a los planes empresarios que buscaban avanzar en ataques hacia los trabajadores en muchas otras fábricas de la zona norte. O las jornadas de diciembre de 2017 contra la reforma previsional que, si bien es tratada como “una victoria pírrica del macrismo” (p. 143), no está puesta en perspectiva de lo que significó como factor de la lucha de clases en su contexto, que habilitó el comienzo de la decadencia macrista (reconocido recientemente en una entrevista por el mismo ex presidente).

Respecto a lo segundo, Caracoche destaca correctamente el fortalecimiento de la oposición de derecha al kirchnerismo que termina derrotándolo en las elecciones de 2015, pero casi no analiza lo que se encuentra a su izquierda. En particular el peso obtenido por el FIT (Frente de Izquierda) que es, desde 2011 hasta hoy, el referente político indiscutido de la izquierda. No solo por ser un polo de independencia de clase que durante 8 elecciones se ha mantenido superando –en algunas elecciones– el millón de votos y obteniendo 40 bancas a nivel nacional (entre las representaciones parlamentarias, nacionales, provinciales y municipales) sino también por su presencia en la gran mayoría de los fenómenos del sindicalismo clasista, en la primera fila de la lucha contra la burocracia sindical y los gobiernos kirchneristas, destacando cuadros obreros, dirigentes y fusionándose con nuevas camadas de trabajadores.

Salir de la encrucijada

En las reflexiones finales, Caracoche advierte que durante los últimos 50 años de la historia argentina se observa un empeoramiento de las condiciones de vida de la clase trabajadora.

Ante el recurrente saqueo a los trabajadores, el economista señala tres opciones de salida a la debacle, dos de ellas trágicas: una opción plantea “al proletariado seguir como hasta ahora, dando siempre y en cada momento todas las luchas que se presenten, pero respetando a rajatabla los límites del modo de producción capitalista, con la esperanza de que algún día un gobierno reformista pueda brindar mejoras reales y sostenidas en el tiempo” (p. 158). La otra consiste en que “el proletariado acepte finalmente la derrota histórica, abandone la lucha y soporte mansamente el ajuste en el largo plazo” (p. 158). El autor advierte que ambos caminos no representan una mejora probable para los trabajadores y considera que hay otra opción para la clase trabajadora, la “única salida real” tomando la historia en sus manos. “Esto exige necesariamente una organización unitaria e independiente para conquistar el poder y expropiar definitivamente a la burguesía” (p. 159).

El análisis del autor permite concluir que no hay alternativas de desarrollo sin romper los marcos del capitalismo dependiente argentino. Sin embargo, una salida de este tipo no puede estar desligada de un programa (ver para más detalle Mercatante, Esteban, Salir del Fondo) y una estrategia. El primero, para presentar una política alternativa a la de los empresarios y el imperialismo, mediante medidas transicionales que tiendan un puente entre las luchas cotidianas y la pelea por el poder. Y el segundo, para materializar dicho programa y que los trabajadores desarrollen una experiencia de lucha y organización basada en la independencia de clase para que, encabezando a todos los sectores oprimidos, puedan hacerse del poder y reorganizar la economía en función de las necesidades sociales.

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De conjunto, se trata de un libro recomendable, que recorre de manera puntillosa la historia reciente de nuestro país y que constituye un análisis del dependiente y recurrente capitalismo argentino.

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NOTAS AL PIE

[1Ver Raúl Godoy, Zanon. Fábrica militante sin patrones, Bs. As., Ediciones IPS, 2018.
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Mónica Arancibia

@monidi12
Nacida en Bs. As. en 1984. Es economista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2008. Coedita la sección de Economía de La Izquierda Diario.

Nicolás Bendersky

Docente - Suteba Lomas de Zamora
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