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Red Internacional

Recomendaciones.Lecturas para una mirada marxista de la situación en Cuba

En este artículo recomendamos la lectura de algunos extractos de “La Revolución Traicionada” escrito por León Trotsky en 1937. En su obra el revolucionario ruso destaca el concepto de “revolución política”, el cual consideramos útil para pensar una política independiente ante la actual crisis cubana, tanto del imperialismo yanqui como de la burocracia castrista.

Viernes 23 de julio | Edición del día

Las recientes movilizaciones en Cuba constituyen uno de los más importantes cuestionamientos a la burocracia gobernante en aquel país desde su instauración en el poder. Las causas de estas movilizaciones son tanto de carácter coyuntural, producto de la pandemia y la crisis económica que vive la isla, como estructurales, producto de años de bloqueo económico y políticas restauracioncitas impulsadas por los Castro.

Tanto el Imperialismo Yanqui, que busca capitalizar las movilizaciones a su favor, como el gobierno de Díaz Canel, que sostiene la política de “apertura económica” bajo el dirigismo del Partido Comunista Cubano, ponen en peligro las conquistas históricas de la revolución. Esta situación, reabre un debate clásico en el marxismo y la izquierda durante el siglo XX: ¿Qué posición adoptar ante estas situaciones? ¿Cómo actuar ante la burocracia de forma independiente del Imperialismo? ¿Cómo defender las conquistas de la revolución? ¿Cuáles son esas conquistas? ¿Cuál debe ser la política de los revolucionarios para desarrollar una movilización independiente de las masas?

Hace casi un siglo atrás, León Trotsky, líder de la revolución bolchevique y fundador de la Cuarta Internacional, aportó un valioso análisis teórico, apoyado en la experiencia práctica de su lucha contra el régimen burocrático y contrarrevolucionario impulsado por el estalinismo en la URSS, para pensar estos problemas.
Frente a todo esquematismo, Trotsky propuso una lectura del Estado Soviético no basada en definiciones estancas, sino apoyada en el análisis de las fuerzas sociales y económicas que se desarrollaban en su interior. La URSS había surgido de una revolución proletaria, que había expropiado a la burguesía y a los terratenientes, instaurando el primer Estado Obrero de la historia. Pero al mismo tiempo, tanto por sus contradicciones económicas (débil desarrollo de las fuerzas productivas, vigencia de normas burgueses en la distribución, etc.), como políticas (instauración de una casta burocrática en el gobierno, represión de los sectores revolucionarios del Partido Bolchevique, falta de una perspectiva de revolución internacional), no era un Estado Socialista. El carácter “transitorio” del régimen implicaba que tanto las tendencias socialistas como las capitalistas se dirimían en su interior, cuestión que sólo podía resolver la lucha de clases a nivel nacional e internacional.

En los fragmentos de La Revolución Traicionada, que seleccionamos a continuación, Trotsky analiza la naturaleza política de la burocracia, sus contradicciones y su anclaje en las tendencias sociales que subyacen al proceso revolucionario. A partir de eso, presenta dos hipótesis para el desarrollo de la URSS, que se verían confirmadas muchas décadas más tarde: el avance de un proceso de restauración capitalista apoyado en las bases creadas por la propia burocracia, o el desarrollo de una revolución política que conservando el carácter obrero del Estado desplace a la burocracia estalinista, creando instituciones de democracia proletaria, permitiendo la libertad de crítica y pensamiento en los marcos de la defensa de la revolución, y desarrollando la expansión de la revolución a nivel internacional como única vía para avanzar al Socialismo.

Las diferencias entre el proceso cubano y el desarrollado en la URSS son muchas. En Cuba, el Estado Obrero nació “deformado” por una dirección pequeño burguesa (el Movimiento 26 de Julio bajo la conducción de Fidel Castro que luego sellaría una alianza con el estalinismo) que fue más allá de sus propósitos iniciales impulsada por la acción de masas y como “contragolpe” a la presión del Imperialismo. Mientras que en Rusia, fueron los Soviets de obreros soldados y campesinos bajo la dirección del Partido Bolchevique los que conquistaron el poder. Tampoco es comparable el peso económico y geopolítico de Rusia con el de la pequeña isla de Cuba. Estos elementos no los podemos desarrollar aquí, pero hemos escrito sobre los mismos en otras ocasiones. Lo que nos interesa resaltar es que, salvando las distancias, la perspectiva de una revolución política que barra con todos los privilegios de la burocracia, que establezca una planificación democrática de la economía apoyada en organismos de autodeterminación de las y los trabajadores, al mismo tiempo que defienda el contenido social de la revolución, elaborada por Trotsky y la Cuarta Internacional, cobran particular vigencia, y constituyen una fundamental herramienta teórica para pensar una política revolucionaria ante el dilema planteado en Cuba.

Contra el sentido común creado por el Imperialismo y la derecha, pero también por la propia burocracia gobernante, de que la única respuesta ante la crisis es avanzar con mayor o menor velocidad en medidas procapitalistas, estos textos permiten pensar una perspectiva política en la que los trabajadores y los sectores populares tomen en sus manos el destino de la primera revolución triunfante que instauró un Estado Obrero en América Latina.

Para quienes quieran profundizar en todos estos temas, recomendamos la lectura del libro completo, publicado por Ediciones IPS, que incluye un estudio introductorio para facilitar su comprensión.

LA REVOLUCIÓN TRAICIONADA

¿ES LA BUROCRACIA UNA CLASE DIRIGENTE?

Las clases se definen por el sitio que ocupan en la economía social y, sobre todo, con relación a los medios de producción. En las naciones civilizadas, la ley fija las relaciones de propiedad. La nacionalización del suelo, de los medios de producción, de los transportes y de los cambios, así como el monopolio del comercio exterior, forman las bases de la sociedad soviética. Para nosotros, esta adquisición de la revolución proletaria define a la URSS como un Estado proletario.

Por la función de reguladora y de intermediaria, por el cuidado que tiene en mantener la jerarquía social, por la explotación, con estos mismos fines, del aparato del Estado, la burocracia soviética se parece a cualquier otra y, sobre todo, a la del fascismo. Pero también se distingue de ésta en caracteres de una extrema importancia. Bajo ningún otro régimen, la burocracia alcanza semejante independencia. En la sociedad burguesa, la burocracia representa los intereses de la clase poseedora e instruida que dispone de gran número de medios de control sobre sus administraciones. La burocracia soviética se ha elevado por encima de una clase que apenas salía de la miseria y de las tinieblas, y que no tenía tradiciones demando y de dominio. Mientras que los fascistas, una vez llegados al poder, se alían con la burguesía por los intereses comunes, la amistad, los matrimonios, etc., etc., la burocracia de la URSS asimila las costumbres burguesas sin tener a su lado una burguesía nacional. En este sentido, no se puede negar que es algo más que una simple burocracia. Es la única capa social privilegiada y dominante, en el sentido pleno de estas palabras, en la sociedad soviética.

Otra particularidad presenta Igual importancia. La burocracia soviética ha expropiado políticamente al proletariado para defender con sus propios métodos las conquistas sociales de éste. Pero el hecho mismo de que se haya apropiado del poder en un país en donde los medios de producción más importantes pertenecen al Estado, crea entre ella y las riquezas de la nación relaciones enteramente nuevas. Los medios de producción pertenecen al Estado. El Estado "pertenece", en cierto modo, a la burocracia. Si estas relaciones completamente nuevas se estabilizaran, se legalizaran, se hicieran normales, sin resistencia o contra la resistencia de los trabajadores, concluirían por liquidar completamente las conquistas de la revolución proletaria. Pero esta hipótesis es prematura. El proletariado aun no ha dicho su última palabra. La burocracia no le ha creado una base social a su dominio, bajo la forma de condiciones particulares de propiedad. Esta obligada a defender la propiedad del Estado, fuente de su poder y de sus rentas. Desde este punto de vista, sigue siendo el instrumento de la dictadura del proletariado.

Las tentativas de presentar a la burocracia soviética como una clase "capitalista de Estado", no resiste crítica. La burocracia no tiene títulos ni acciones. Se recluta, se completa y se renueva gracias a una jerarquía administrativa, sin tener derechos particulares en materia de propiedad. El funcionario no puede transmitir a sus herederos su derecho de explotación del Estado. Los privilegios de la burocracia son abusos. Oculta sus privilegios y finge no existir como grupo social. Su apropiación de una inmensa parte de la renta nacional es un hecho de parasitismo social. Todo esto hace la situación de los dirigentes soviéticos altamente contradictoria, equívoca e indigna, a pesar de la plenitud de poder y de la cortina de humo de las adulaciones.

En el curso de su carrera, la sociedad burguesa ha cambiado muchas veces de regímenes y de castas burocráticas, sin modificar, por eso, sus bases sociales. Se ha inmunizado contra la restauración del feudalismo y de sus corporaciones, por la superioridad de su modo de producción. El poder sólo podía secundar o estorbar el desarrollo capitalista; las fuerzas productivas, fundadas sobre la propiedad privada y la concurrencia, trabajan por su cuenta. Al contrario de ésto, las relaciones de propiedad establecidas por la revolución socialista están indisolublemente ligadas al nuevo Estado que las sostiene. El predominio de las tendencias socialistas sobre las tendencias pequeño burguesas no está asegurado por el automatismo económico -aún estamos lejos de ello-, sino por el poder político de la dictadura. Así es que el carácter de la economía depende completamente del poder.

La caída del régimen soviético provocaría infaliblemente la de la economía planificada y, por tanto, la liquidación de la propiedad estatalizada. El lazo obligado entre los trusts y las fábricas en el seno de los primeros, se rompería. Las empresas más favorecidas serían abandonadas a sí mismas. Podrían transformarse en sociedades por acciones o adoptar cualquier otra forma transitoria de propiedad, tal como la participación de los obreros en los beneficios. Los koljoses se disgregarían al mismo tiempo, y con mayor facilidad. La caída de la dictadura burocrática actual, sin que fuera reemplazada por un nuevo poder socialista, anunciaría, también, el regreso al sistema capitalista con una baja catastrófica de la economía y de la cultura.
Pero si el poder socialista es aún absolutamente necesario para la conservación y el desarrollo de la economía planificada, el problema de saber sobre qué se apoya el poder soviético actual y en qué medida el espíritu socialista de su política está asegurado, se hace cada vez más grave. Lenin, hablando al XI Congreso del partido como si le diera sus adioses, decía a los medios dirigentes: "La historia conoce transformaciones de todas clases; en política no es serio contar con las convicciones, la devoción y las bellas cualidades del alma...". La condición determina la conciencia.

En unos quince años, el poder modificó la composición social de los medios dirigentes más profundamente que sus ideas. Como la burocracia es la capa social que ha resuelto mejor su propio problema social, está plenamente satisfecha de lo que sucede y, por eso mismo, no proporciona ninguna garantía moral en la orientación socialista de su política. Continúa defendiendo la propiedad nacionalizada por miedo al Proletariado. Este temor saludable lo mantiene y alimenta el partido ilegal de los bolcheviques-leninistas, que es la expresión más consciente de la corriente socialista contra el espíritu de reacción burguesa que penetra profundamente a la burocracia termidoriana. Como fuerza política consciente, la burocracia ha traicionado a la revolución, pero por fortuna, la revolución victoriosa no es solamente una bandera, un programa, un conjunto de instituciones políticas; es también un sistema de relaciones sociales. No basta traicionarla, es necesario, además, derrumbarla. Sus dirigentes han traicionado a la Revolución de Octubre pero no la han derrumbado, y la revolución tiene una gran capacidad de resistencia que coincide con las nuevas relaciones de propiedad, con la fuerza viva del proletariado, con la conciencia de sus mejores elementos, con la situación sin salida del capitalismo mundial, con la inevitabilidad de la revolución mundial.

EL PROBLEMA DEL CARACTER SOCIAL DE LA URSS Aún NO Está RESUELTO POR LA HISTORIA

Para comprender mejor el carácter social de la URSS de hoy, formulemos dos hipótesis para el futuro. Supongamos que la burocracia soviética es arrojada del poder por un partido revolucionario que tenga todas las cualidades del viejo partido bolchevique; y que, además, esté enriquecido con la experiencia mundial de los últimos tiempos. Este partido comenzaría por restablecer la democracia en los sindicatos y en los soviets. Podría y debería restablecer la libertad de los partidos soviéticos. Con las masas, a la cabeza de las masas, procedería a una limpieza implacable de los servicios del Estado; aboliría los grados, las condecoraciones, los privilegios, y restringiría la desigualdad en la retribución del trabajo, en la medida que lo permitieran la economía y el Estado. Daría a la juventud la posibilidad de pensar libremente, de aprender, de criticar, en una palabra, de formarse. Introduciría profundas modificaciones en el reparto de la renta nacional, conforme a la voluntad de las masas obreros y campesinas. No tendría que recurrir a medidas revolucionarias en materia de propiedad. Continuaría y ahondaría la experiencia de la economía planificada. Después de la revolución política, después de la caída de la burocracia, el proletariado realizaría en la economía importantísimas reformas sin que necesitara una nueva revolución social.

Si, por el contrario, un partido burgués derribara a la casta soviética dirigente, encontraría no pocos servidores entre los burócratas actuales, los técnicos, los directores, los secretarios del partido y los dirigentes en general. Una depuración de los servicios del Estado también se impondría en este caso; pero la restauración burguesa tendría que deshacerse de menos gente que un partido revolucionario. El objetivo principal del nuevo poder sería restablecer la propiedad privada de los medios de producción. Ante todo, debería dar la posibilidad de formar granjeros fuertes a partir de granjas colectivas débiles, y transformar a los koljoses fuertes en cooperativas de producción de tipo burgués o en sociedades anónimas agrícolas. En la industria, la desnacionalización comenzaría por las empresas de la industria ligera y las de alimentación. En los primeros momentos, el plan se reduciría a compromisos entre el poder y las "corporaciones", es decir, los capitanes de la industria soviética, sus propietarios potenciales, los antiguos propietarios emigrados y los capitalistas extranjeros. Aunque la burocracia soviética haya hecho mucho por la restauración burguesa, el nuevo régimen se vería obligado a llevar a cabo, en el régimen de la propiedad y el modo de gestión, una verdadera revolución y no una simple reforma.

Sin embargo, admitamos que ni el partido revolucionario ni el contrarrevolucionario se adueñen del poder. La burocracia continúa a la cabeza del Estado. La evolución de las relaciones sociales no cesa. Es evidente que no puede pensarse que la burocracia abdicará en favor de la igualdad socialista. Ya desde ahora se ha visto obligada, a pesar de los inconvenientes que esto presenta, a restablecer los grados y las condecoraciones; en el futuro, será inevitable que busque apoyo en las relaciones de propiedad. Probablemente se objetará que poco importan al funcionario elevado las formas de propiedad de las que obtiene sus ingresos. Esto es ignorar la inestabilidad de los derechos de la burocracia y el problema de su descendencia. El reciente culto de la familia soviética no ha caído del cielo. Los privilegios, que no se pueden legar a los hijos pierden la mitad de su valor; y el derecho de testar es inseparable del derecho de la propiedad. No basta ser director de trust, hay que ser accionista. La victoria de la burocracia en ese sector decisivo crearía una nueva clase poseedora. Por el contrario, la victoria del proletariado sobre la burocracia señalaría el renacimiento de la revolución socialista. La tercera hipótesis nos conduce así, a las dos primeras, que citamos primero para mayor claridad y simplicidad.

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Calificar de transitorio o de intermediario al régimen soviético, es descartar las categorías sociales acabadas como el capitalismo (incluyendo al "capitalismo de Estado"), y el socialismo. Pero esta definición es en sí misma insuficiente y susceptible de sugerir la idea falsa de que la única transición posible del régimen soviético conduce al socialismo. Sin embargo, sin retroceso hacia el capitalismo sigue siendo perfectamente posible. Una definición más completa sería, necesariamente, más larga y más pesada.

La URSS es una sociedad intermedia entre el capitalismo y el socialismo, en la que: a) Las fuerzas productivas son aún insuficientes para dar a la propiedad del Estado un carácter socialista; b) La tendencia a la acumulación primitiva, nacida de la sociedad, se manifiesta a través de todos los poros de la economía planificada; c) Las normas del reparto, de naturaleza burguesa, están en la base de la diferenciación social; d) El desarrollo económico, al mismo tiempo que mejora lentamente la condición de los trabajadores, contribuye a formar rápidamente una capa de privilegiados; e) La burocracia, al explotar los antagonismos sociales, se ha convertido en una casta incontrolada, extraña al socialismo; f) La revolución social, traicionada por el partido gobernante, vive aún en las relaciones de propiedad y en la conciencia de los trabajadores; g) La evolución de las contradicciones acumuladas puede conducir al socialismo o lanzar a la sociedad hacia el capitalismo; h) La contrarrevolución en marcha hacia el capitalismo tendrá que romper la resistencia de los obreros; i) Los obreros, al marchar hacia el socialismo, tendrán que derrocar a la burocracia. El problema será resuelto definitivamente por la lucha de dos fuerzas vivas en el terreno nacional y el internacional.

Naturalmente que los doctrinarios no quedarán satisfechos con una definición tan hipotética. Quisieran fórmulas categóricas; sí y sí, no y no. Los fenómenos sociológicos serían mucho más simples si los fenómenos sociales tuviesen siempre contornos precisos. Pero nada es más peligroso que eliminar, para alcanzar la precisión lógica, los elementos que desde ahora contrarían nuestros esquemas y que mañana pueden refutarlos. En nuestro análisis tememos, ante todo, violentar el dinamismo de una formación social sin precedentes y, que no tiene analogía. El fin científico y político que perseguimos no es dar una definición acabada de un proceso inacabado, sino observar todas las fases del fenómeno y desprender de ellas las tendencias progresistas y, las reaccionarias, revelar su interacción, prever las diversas variantes del desarrollo ulterior y encontrar en esta previsión un punto de apoyo para la acción.

(…)

LA INEVITABILIDAD DE UNA NUEVA REVOLUCIÓN

Reflexionando sobre la agonía del Estado, Lenin escribía que el hábito de observar las regias de la comunidad es susceptible de alejar toda necesidad de coerción "si nada suscita la indignación, la protesta y la rebeldía, y no implica, así, la necesidad de la represión". Todo consiste en ese sí. El actual régimen de la URSS suscita a cada paso protestas, tanto más dolorosas cuanto más se las ahoga. La burocracia no solamente es un aparato de coerción, sino una causa permanente de provocación. La misma existencia de una avariciosa casta de amos, mentirosa y cínica, no puede menos que suscitar una rebelión oculta. La mejoría de la situación de los obreros, no los reconcilia con el poder; lejos de eso, al elevar su dignidad al abrir su pensamiento a los problemas de política general, prepara su conflicto con los dirigentes.

Los "jefes" inamovibles repiten que es necesario "aprender", "asimilar la técnica", "cultivarse" y otras cosas más. Pero los amos mismos, son ignorantes, poco cultivados, no aprenden nada seriamente, siguen siendo groseros y desleales. Su pretensión a la tutela total de la sociedad, así se trate de mandar a los gerentes de cooperativas o a los compositores de música, se hace intolerable. La población no podrá alcanzar una cultura más elevada si no sacude su humillante sujeción a esta casta de usurpadores.

¿Devorará el burócrata al Estado obrero, o la clase obrera lo limpiará de burócratas?

De esta disyuntiva depende la suerte de la URSS. La inmensa mayoría de los obreros ya es hostil a la burocracia; las masas campesinas le profesan un vigoroso odio plebeyo. Si en contraste con los campesinos, los obreros casi nunca salen a la lucha abierta, condenando así las protestas de los pueblos a la confusión a la impotencia, esto no solamente se debe a la represión. Los trabajadores temen, si derrocan a la burocracia, abrir el camino a la restauración capitalista. Las relaciones recíprocas entre el Estado y la clase obrera son mucho más complejas de lo que se imaginan los "demócratas" vulgares. Sin economía planificada, la URSS retrocederá décadas. Al mantener esta economía, la burocracia continúa desempeñando una función necesaria. Pero lo hace de tal manera, que prepara una explosión de todo el sistema que puede barrer completamente los resultados de la revolución. Los obreros son realistas. Sin hacerse ilusiones sobre la casta dirigente, y menos sobre las capas de esta casta a las que conocen un poco de cerca, la consideran, por el momento, como la guardiana de una parte de sus propias conquistas. No dejarán de expulsar a la guardiana deshonesta, insolente y sospechosa, tan pronto como vean otra posibilidad. Para esto, es necesario que estalle una revolución en Occidente o en Oriente.

La supresión de toda lucha política visible es presentada por los agentes y los amigos del Kremlin como una "estabilización" del régimen. En realidad, no significa más que una estabilización momentánea de la burocracia. La joven generación, sobre todo, sufre con el yugo del "absolutismo ilustrado", mucho más absoluto que ilustrado... La vigilancia cada vez más temible que ejerce la burocracia ante toda chispa de pensamiento, así como la insoportable adulación del "jefe" providencial, demuestran el divorcio entre el Estado y la sociedad, así como la agravación de las contradicciones interiores, que al hacer presión sobre las paredes del Estado buscan una salida, e inevitablemente la encontrarán.

Los atentados cometidos en contra de los representantes del poder tienen con frecuencia una gran importancia sintomática que permite juzgar la situación de un país. El más sonado fue el asesinato de Kirov, dictador hábil y sin escrúpulos de Leningrado, personalidad típica de su corporación. Los actos terroristas son incapaces por sí mismos, de derribar a la oligarquía burocrática. El burócrata considerado individualmente, puede temer al revólver; el conjunto de la burocracia explota con éxito el terrorismo para justificar sus propias violencias, no sin acusar a sus adversarios políticos (el asunto Zinóviev, Kámenev y demás). El terrorismo individual es el arma de los aislados, impacientes o desesperados, especialmente de la joven generación de la burocracia. Pero, como sucedió en tiempos del zarismo, los crímenes políticos indican que el aire se carga de electricidad y anuncian el principio de una crisis política abierta.

Al promulgar la nueva Constitución, la burocracia demuestra que ha olfateado el peligro y que trata de defenderse. Pero más de una vez ha sucedido que la dictadura burocrática, buscando la salvación con reformas "liberales", no ha hecho más que debilitarse. Al revelar el bonapartismo la nueva Constitución ofrece, al mismo tiempo, un arma semilegal para combatirlo. La rivalidad electoral delas camarillas puede ser el punto de partida de las luchas políticas. El látigo dirigido contra los "órganos del poder que funcionan mal" puede transformarse en un látigo contra el bonapartismo. Todos los indicios nos hacen creer que los acontecimientos provocarán infaliblemente un conflicto entre las fuerzas populares y desarrolladas por el crecimiento de la cultura y la oligarquía burocrática. No hay una salida pacífica de esta crisis. Nunca se ha visto que el diablo se corte de buen grado sus propias garras. La burocracia soviética no abandonará sus posiciones sin combate; el país se encamina evidentemente hacia una revolución.

Ante una presión enérgica de las masas, y la inevitable desintegración en tales circunstancias del aparato gubernamental, la resistencia de los gobernantes puede ser mucho más débil de lo que parece. Es indudable que en este asunto sólo podemos entregarnos a las conjeturas. Sea como fuere, la burocracia sólo podrá ser suprimida revolucionariamente y, como siempre sucede, esto exigirá menos sacrificios cuanto más enérgico y decidido sea el ataque. Preparar esta acción y colocarse a la cabeza de las masas en una situación histórica favorable, es la misión de la sección soviética de la IV Internacional, aún débil y reducida a la existencia clandestina. Pero la ilegalidad de un partido no quiere decir su inexistencia. No es más que una forma penosa de existencia. La represión puede tener magníficos resultados aplicada contra una clase que abandona la escena; la dictadura revolucionaria de 1917-1923 lo demostró plenamente; pero recurrir a la violencia contra la vanguardia revolucionaria no salvará a una casta que ha sobrevivido demasiado tiempo, si es que la URSS tiene un porvenir.

La revolución que la burocracia prepara en contra de sí misma no será social como la de octubre de 1917, pues no tratará de cambiar las bases económicas de la sociedad ni de reemplazar una forma de propiedad por otra. La historia ha conocido, además de las revoluciones sociales que sustituyeron al régimen feudal por el burgués, revoluciones políticas que, sin tocar los fundamentos económicos de la sociedad, derriban las viejas formaciones dirigentes (1830 y 1848 en Francia; febrero de 1917, en Rusia). La subversión de la casta bonapartista tendrá, naturalmente, profundas consecuencias sociales; pero no saldrá del marco de una revolución política.
Un Estado salido de la revolución obrera existe por primera vez en la historia. Las etapas que debe franquear no están escritas en ninguna parte. Los teóricos y los constructores de la URSS esperaban, es cierto, que el completamente transparente y flexible sistema de los soviets permitiría al Estado transformarse pacíficamente, disolverse y morir a medida que la sociedad realizara su evolución económica y cultural. La vida se ha mostrado más compleja que la teoría. El proletariado de un país atrasado fue el que tuvo que hacer la primera revolución socialista; y muy probablemente tendrá que pagar este privilegio con una segunda revolución contra el absolutismo burocrático. El programa de esta revolución dependerá del momento en que estalle, del nivel que el país haya alcanzado y, en una medida muy apreciable, de la situación internacional. Sus elementos esenciales, bastante definidos hasta ahora, se han indicado a lo largo de las páginas de este libro: son las conclusiones objetivas del análisis de las contradicciones del régimen soviético.

No se trata de reemplazar a un grupo dirigente por otro, sino de cambiar los métodos mismos de la dirección económica y cultural. La arbitrariedad burocrática deberá ceder su lugar a la democracia soviética. El restablecimiento del derecho de crítica y de una libertad electoral auténtica, son condiciones necesarias para el desarrollo del país. El restablecimiento de la libertad de los partidos soviéticos, y el renacimiento de los sindicatos, están implicados en este proceso. La democracia provocará, en la economía, la revisión radical de los planes en beneficio de los trabajadores. La libre discusión de los problemas económicos disminuirá los gastos generales impuestos por los errores y los zigzags de la burocracia. Las empresas suntuarias, Palacios de los Soviets, teatros nuevos, metros, construidos para hacer ostentación, dejarán su lugar a las habitaciones obreras. Las "normas burguesas de reparto" serán reducidas a las proporciones estrictamente exigidas por la necesidad y retrocederán a medida que la riqueza social crezca, ante la igualdad socialista. Los grados serán abolidos inmediatamente, las condecoraciones devueltas al vestuario. La juventud podrá respirar libremente, criticar, equivocarse, madurar. La ciencia y el arte se sacudirán sus cadenas. La política exterior renovará la tradición del internacionalismo revolucionario.

Ahora más que nunca, los destinos de la Revolución de Octubre están ligados a los de Europa y del mundo. Los problemas de la URSS se resuelven en la Península Ibérica, en Francia, en Bélgica. Cuando aparezca este libro, la situación será indudablemente más clara que en estos días de guerra civil en Madrid. Si la burocracia soviética logra, con su política traicionera de los frentes populares, asegurar la victoria de la reacción en Francia y en España -y la Internacional Comunista hace todo lo que puede en este sentido-, la URSS se encontrará al borde del abismo y la contrarrevolución burguesa estará más a la orden del día que el levantamiento de los obreros contra la burocracia. Si, por el contrario, a pesar del sabotaje de los reformistas y de los jefes "comunistas", el proletariado de Occidente se abre camino hacia el poder, se inaugurará un nuevo capítulo en la historia de la URSS. La primera victoria revolucionaria en Europa, provocará en las masas soviéticas el efecto de una descarga eléctrica, las despertará y levantará su espíritu de independencia, reanimará las tradiciones de 1905 y 1907, debilitará las posiciones de la burocracia y no tendrá menos importancia para la IV Internacional que la que tuvo para la III la victoria de la Revolución de Octubre. El primer Estado obrero sólo se salvará para el porvenir del socialismo por este camino.




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