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"Maradona hay uno solo": la alegría futbolera y el plomo en sangre de los pibes de Fiorito

¿Cuántos pibes de Villa Fiorito pueden salir del "destino" de pobreza, enfermedades y laburos precarios? ¿Alcanzan las alegrías de un genio para millones de ilusiones negadas?

Lucho Aguilar

@lukoaguilar

Jueves 26 de noviembre de 2020 | 15:53

Este miércoles murió Diego Maradona. El mejor jugador que tuvo el juego más lindo, o eso pensamos millones. Ese mismo día, uno de los primeros homenajes comenzó en Villa Fiorito, la localidad que lo vio nacer hace 60 años. La mayoría de los pibes y pibas que lo lloraban no lo conocieron. Quizás sus madres sí.

Agustina Byrne

Ya se ha escrito, y se seguirá debatiendo, sobre sus distintas facetas. Políticas, personales, deportivas.

Pero detengámonos en un tema que lo atravesó siempre y hoy vuelve a quedar sobre la mesa. Diego se convirtió en uno de los símbolos más grandes de una ilusión: la del pibe que puede salir de la pobreza, del destino que le tiene preparado el capitalismo, gracias a alguna de sus destrezas. Puede ser el deporte o el arte, aunque menos. El fútbol sigue siendo en la Argentina, como en EE.UU. el básquet para miles de afroamericanos, la ilusión del ascenso social. La salvación personal o familiar de quienes nacen “en la lona”. Acá en Fiorito, en un potrero de Bangladesh o les banlieus de Francia. Son miles de pibes, y también pibas, con pelotas desvencijadas y un 10 en la camiseta, tratando de gambetear el destino que los espera.

También fue y será reflejo de otra ilusión: que la felicidad que vivimos dentro de una cancha o delante de un televisor pueden aliviar los agravios que sufrimos todos los días. ¿Cuánto?

Soñar con comer

Muchos conocen los primeros años del 10. "Los días de lluvia, cuando caían piedras, se agujereaba el techo de chapa y el piso de tierra se iba llenando de manchas oscuras que parecían bichitos. Entonces mamá gritaba: ’¡Andá a buscar los tachitos!’”. Una vez le preguntaron al Maradona ya consagrado qué soñaba de chico. “Soñaba con comer”.

Pero la mejor anécdota donde pudo resumir, con la ironía que tenía, cómo era su barrio, fue otra. “Yo nací en un barrio privado: privado de luz, de agua, de teléfono y de gas”. Don Diego laburaba en la molienda Tritumol y la Tota trabajaba en su casa y para otras.

En medio de esa pobreza y esos sueños, el pibe encontró su pasión y su gloria. “Jugábamos en el potrero, con tierra que volaba para todos lados, de la mañana hasta que oscurecía”. Allí se divirtió, ganó amigos y partidos. Otros los perdió. Hasta que el Goyo Carrizo, otro pibito del barrio, le dijo de ir a probarse a Capital.

Los Cebollitas

Francisco Cornejo, el entrenador que “lo descubrió”, contó muchas veces lo que sintió ese sábado de marzo de 1969 cuando el pibe de rulos agarró la pelota. “Hizo una jugada maravillosa. Creí que era un enano, no le creía que tenía 8 años”.

Su carrera, primero en Estrella Roja y luego en Los Cebollitas, es conocida. Arrancaron en los “Torneos Evita” de 1973 y ganaron todo. Los estudiosos del futbol argentino dicen que fue el mejor equipo amateur que recuerden. La mayoría siguió en las inferiores de Argentinos Juniors. En aquellos años, entrar a un club podía ser un trampolín para mejorar económicamente, para zafar, pero no era todavía lo que es hoy, la posibilidad de convertirse en millonario.

Algunos llegaron a jugar unos años en primera. El Goyo continuó viviendo en Fiorito. El DT Cornejo murió en 2008 de leucemia, solo y pobre.

Lo que siguió ya es conocido. De Argentinos a Boca, de Boca al Barcelona, Nápoles, la Selección. Una carrera que tuvo su apogeo en los 80 y principios de los 90. Más allá de sus “éxitos” y “fracasos”, durante décadas se mantuvo en la cima. Décadas en las que el negocio del fútbol no paró de crecer. Y se sumó a otros fenómenos más históricos: la utilización política de sus figuras y del deporte profesional como un espectáculo capaz de anestesiar, al menos por un tiempo, la realidad que viven millones. La idea de que la felicidad que nos genera ese juego hermoso es una de las pocas felicidades colectivas a las que podemos aspirar.

A Maradona, el mayor genio, el mejor artista, el más hábil, lo hicieron jugar muchas veces ese otro juego, donde los hilos los manejan casi siempre los poderosos. A veces los desafió. Se peleó con la FIFA y los Grondona, aunque le cortaran las piernas.

Su carrera, con todas esas luces y sombras, le permitió salir de aquel destino que gambeteaba en los potreros de Fiorito. Hoy los medios cuentan su fama en todo el mundo, su millonaria herencia y como se repartirá. Y lo siguen mostrando como un símbolo de quienes pueden llegar a la gloria remando desde abajo.

Agustina Byrne

Mientras tanto Fiorito

La carrera del 10 no tuvo nada que ver con la de aquellos pibes con los que tiró las primeras paredes. Mucho menos con las de generaciones y generaciones que nacieron en esa parte de Lomas de Zamora pegada al Riachuelo, en el Sur del Conurbano.

Hoy en esas tierras casi la mitad de la población es pobre. Estos meses de crisis todo empeoró, y pegó más entre los más jóvenes. Más del 60% de los niños y niñas son pobres, números que crecen en los barrios como los que creció Maradona (Villa Independencia, Villa Riachuelo, La Cava, Barrio Cartonero). Durante principios de los 80 y en los 90, crecieron las tomas de tierras. Hasta la cancha donde arrancó el 10 se tuvo que correr, ocupada por precarias viviendas de quienes no tenían donde vivir.

Pero la precariedad de la vida fue mucho más allá. Según cuentan los organizadores de la Fundación Che Pibe, la plumbemia (plomo en sangre) y la malnutrición dificultan el crecimiento físico y hasta intelectual de muchos pibes. "Hace unos años empezamos a observar que repetían primero, segundo, tercero de primaria...", cuenta Sergio Val a la periodista Alejandra Agudo (El País). "Enterrás a más de que los que llegan a la universidad. Porque en Villa Fiorito capaz que de 1.000 llegan dos a la universidad", dice.

Les pibes de Fiorito, como muchos que viven al borde de la cuenca Matanza-Riachuelo, sufren enfermedades brutales. Según un estudio que se realizó en Barrio Cartonero, de 19 chicos que analizaron 17 dieron presencia de plomo en sangre (Políticas del Sur). Junto al hambre, la falta de hierro y calcio son el combo que afecta la salud física pero también mental de las nuevas generaciones.

Son parte de los pibes que, como decía Diego, todavía “sueñan con comer”. Y que terminan entregados, casi siempre, a los trabajos más precarios. Cartoneros, construcción, changas, limpieza. En el mejor de los casos.

A las pibas les tocan esos y otros problemas. En la misma crónica cuenta Agustina, de 11 años, que "me gusta vivir en el barrio, pero está el problema de la trata”.

Pasaron 50 años desde que aquel sábado que el Diego salió a tomarse el colectivo para arrancar su carrera a la gloria. Pasaron 40 que dejó la casa de calle Azimor para vivir en Paternal. Pasaron gobiernos militares, peronistas, radicales, peronistas otra vez. Y el barrio siguió “privado” de casi todo. Lo que sobró, y sobra, es pobreza, explotación, contaminación, precarizacion, violencia estatal.

¿En esas condiciones, cuántos pueden llegar a ser Maradona? ¿Y a ser arquitectos o artistas, como sueñan otros, otras?

Maradona, el genio, el que nos dio alegrías por su fútbol y sinsabores por muchas actitudes políticas, machistas o violentas, nació allí. Los grandes medios, los poderosos, lo quisieron y querrán convertir en el símbolo de que los de abajo pueden cumplir sus sueños, abrazar la “buena vida”, salir del barro y el plomo, con un poco de talento, suerte y esfuerzo. De que la felicidad del momento del gol puede aliviarnos la sensación de que nos golean desde que empezó el campeonato.

Una ilusión que intenta ocultar el destino que les depara este sistema a los Pelusa y las Agustina, de Fiorito o Guernica. Por eso hay que darlo vuelta. Para que el disfrute del juego, del arte y la “buena vida”, sin el estómago vacío, el plomo en la sangre o los músculos cansados por la explotación, sean patrimonio de toda la humanidad. No de un puñado de millonarios o solo alguno de los nuestros tocado por la varita mágica.

Ignacio Sánchez






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