Cultura

¿QUÉ SE PUEDE LEER?

Nuevas miradas sobre Juan Manuel de Rosas

El 20 de noviembre de 1845 en la batalla de Vuelta de Obligado se enfrentaron las tropas de Buenos Aires y la escuadra anglo-francesa. ¿Qué se puede leer sobre Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia al frente de aquellos sucesos?

Lunes 23 de noviembre de 2020 | 00:00

Fotomontaje | Ana Laura Caruso

Imposible desconocer que Juan Manuel de Rosas aunque hoy no concite las mismas pasiones que en el pasado, a partir de la repatriación de sus restos en 1989 y el revival alentado por el revisionismo kirchnerista, sigue presente. ¿Qué se puede leer? sobre esta personalidad de la historia nacional. Elegimos una biografía, Juan Manuel de Rosas. La construcción de un liderazgo político, de los historiadores e investigadores Raúl O. Fradkin y Jorge Gelman. [1]

Ya en la presentación los autores se preguntan qué más podría decirse sobre Rosas que no se haya escrito. O mejor, qué podría aportar el libro en cuestión sobre este controversial personaje. Respondiendo a estas preguntas nos proponen abordar la sociedad en la que se construyó el liderazgo de Rosas. Y lo hacen incorporando conclusiones producidas por distintas líneas de investigación reciente, respecto al supuesto vacío institucional que permitió su ascenso, el análisis del caudillismo y las características de la economía y la producción agraria del período. Hay mucho de las articulaciones políticas, los cambios institucionales y los grupos populares que hacen de esta biografía una pieza original, aún centrada en la sociedad, revela al personaje y no lo opaca.

Además el libro rastrea la genealogía de producciones sobre Rosas y el rosismo en la historiografía nacional, a lo largo del siglo XIX y XX. Es una buena hoja de ruta también para principiantes y una forma de introducirse en el tema sobre lo producido, debatido y puntos de vista. Compartimos un breve recorrido sobre algunos de los muchos aspectos que recorren las casi 500 páginas del libro.

Una carrera en ascenso. Rosas representa la principal figura política de mitad del siglo XIX. El libro trata su emergencia pública a partir de la crisis del año ‘20, cuya resolución hubiera sido poco probable sin su participación al mando del 5° Regimiento de Milicias de Campaña y la influencia que ganó sobre las milicias, en las que supo reconocer cierta efervescencia y controlarlas frente al peligro de insubordinación. La mirada original de los autores señala que a partir de este momento, como líder de la campaña, Rosas inició su carrera pública menos vinculada a su ascendente como estanciero o como proyección de “una autoridad social natural sobre esa población que cuando interviene políticamente lo hace siguiendo con esa misma naturalidad al patrón-caudillo.” (p. 394) En los años siguientes fue sumando capital político, destacándose como negociador de la paz con Santa Fe y con otros gobernadores, ganando influencia más allá de Buenos Aires (p. 130).

La disputa por la tierra y los recursos. Sus gobernaciones son tratadas en detalle y particularidades. Rosas fue electo gobernador de la entonces provincia de Buenos Aires en dos ocasiones. La primera en 1829-1832, un contexto de crisis y agitación social, y luego desde 1835 hasta 1852 cuando es derrotado en la batalla de Caseros. Asumió con facultades extraordinarias y se le asignó el manejo de las Relaciones Exteriores y de Guerra de la llamada Confederación Argentina.

Antes de ser gobernador compartió con la elite terrateniente, y la que había diversificado sus inversiones originales (inmobiliarias y comerciales) innovando en la producción rural ligada al saladero, la preocupación por el control de la población de la campaña y los esfuerzos por la “afirmación de los derechos de propiedad no solo sobre la tierra sino sobre el conjunto de los recursos”, (p. 62) al que accedían aún sectores plebeyos evitando caer en la dependencia o proletarización. Vale detenerse en este aspecto destacado por los autores. Las célebres Instrucciones a los mayordomos de estancias (1819) de Rosas podrían entenderse como el programa aspiracional de los propietarios en un momento de valoración de los recursos agrarios y de todavía convivencia con pequeños productores. Las Instrucciones “apuntaban a prohibir el desarrollo de actividades tradicionales que cuestionaban el dominio del terreno por el propietario; ya no se aceptaría la presencia de cazadores de avestruces o nutrias sin autorización expresa del propietario, ni tampoco la utilización de la leña de sus montes u otros recursos” (p. 63) pues como herencia de la legalidad colonial se “habilitaba”, cumplido un tiempo, el derecho a su uso y a veces de propiedad.

De conjunto el régimen rosista aseguró la expansión y apropiación terrateniente de tierras, en función de la ganadería extensiva y sus derivados de exportación vinculados a los saladeros. Como resultado hacia el final de su gestión política se consolidó un segmento de grandes propietarios “que a mediados de la década de 1850 le permitía al 10 por ciento más rico disponer de un 53 por ciento de las tierras. Mientras tanto, los propietarios más pequeños mantuvieron sus reducidas propiedades, y el 20 por ciento más pobre disponía sólo de un 1,3 por ciento de las tierras en propiedad.” (p. 323) A mitad del siglo XIX el rubro de exportación de lanas comenzó a ganar terreno sentando las bases de su expansión posterior, en un contexto de mayor demanda de materias primas del comercio mundial, que abrió una nueva etapa en la relación de estos sectores con el rosismo.

El “héroe del desierto”. El proceso de expansión de la frontera de Buenos tensionó las relaciones del “mundo criollo” con el territorio bajo control indígena, ya visibles desde el período colonial. La política de Rosas fue de “convivencia y contraprestaciones”, como las que mantuvo con los denominados “indios amigos” basada en lo que los autores denominan “el Negocio Pacífico, que implicaba que el gobierno de Buenos Aires les entregaba regularmente una cierta cantidad de bienes, especialmente ganado caballar -un bien muy demandado por los indígenas—, a cambio de su participación en la defensa de la frontera.” (p. 406) Constituyendo el primer lazo concéntrico de alianzas. Un segundo lazo estaba formado por aquellos considerados “indios aliados” que conservaban mayor autonomía y el último, “de diplomacia”. Una estrategia de acercamiento, coerción y enfrentamiento que combinó el uso y “domesticación” indígena, fundamental para ampliar la escasa mano de obra rural cuando la ganadería extensiva se convertía en la clave de la economía provincial, y la intervención de Rosas como su “protector” frente al mundo criollo.

Esta política de negociación/alianzas con el heterogéneo mundo indígena no debería ensombrecer otra parte fundamental de esta historia. No fueron sólo los liberales los que perpetraron genocidios contra los pueblos indígenas sino que el mismo Rosas encabezó la llamada primera “Campaña al Desierto” (1832/34), en la que se eliminaron más de 3000 indios, miles de cabezas de ganado y se cuentan 2900 leguas cuadradas de territorio, ampliando la frontera sur, que facilitó información topográfica y nuevos recursos. La Sala de Representantes no ahorró títulos y lo proclamó Héroe del Desierto por cuyo premio conmutó la isla de Choele Choel, “60 leguas de tierra al interior de la frontera porteña.” (p. 243)

Tal vez menos mencionado, junto a los Jueces de paz, el Ejército con una masiva tropa de línea fue una de las instituciones claves del régimen rosista sostenido por las rentas de la aduana porteña, “en 1841 el 48% del presupuesto de la provincia estaba destinado al Departamento de Guerra, un porcentaje que llegaba al 81 por ciento si se descuenta el servicio de la deuda pública.” (p. 328). Paradojas de quien había cosechado su carrera con el apoyo miliciano de la campaña enfrentado al ejército regular, se convirtió en enemigo “de gauchos, sus correrías y sus montoneras.” Como escribiera Milcíades Peña, “también en esto tuvo Rosas un agudo sentido de los requisitos de la acumulación del capital criollo.”

Federalismo porteño. Como señalan Fradkin y Gelman, Rosas fue afirmando su poder sobre el resto de las provincias, en paralelo al que consigue en Buenos Aires, con concesiones como la Ley de Aduanas de 1836 o a través de la intervención directa como en los años de Oribe al frente del ejército confederal. Sobre el federalismo porteño tal vez los autores no presentan una definición acabada pero recogen diferentes interpretaciones/argumentos historiográficos del debate. Es interesante el rescate que incluyen sobre la obra de José Carlos Chiaramonte, quien intentó esclarecer un error interpretativo atribuido a la idea de confederación y federación para la época, “pues a lo que Rosas se opuso persistentemente fue a dar el paso definitivo que permitiera transformar la laxa Confederación que lideraba en un Estado federal, en el que Buenos Aires resignara partes importantes de su autonomía y poder.” (p. 411) Aclarados los términos no serían contradictorios su porteñismo y federalismo. En ese sentido, se podría considerar como fecha fundacional del federalismo rosista el año 1826, cuando un grupo de estancieros y terratenientes bonaerenses deciden enfrentar a la burguesía comercial porteña y su fracción unitaria encabezada por Rivadavia, acontecimientos reconstruidos detalladamente en el libro. Fue el intento más audaz de parte de los unitarios de unificar el país como un solo mercado, en beneficio de los comerciantes porteños y convertir a la ciudad de Buenos Aires en capital del Estado nacional, nacionalizando sus ingresos y fragmentando la provincia, que concitó aquel bloque de oposición desde la campaña.

Hay que reconocer que el partido federal tenía en común el rechazo al centralismo de la burguesía comercial porteña unitaria, pero no era un bloque homogéneo. El federalismo rosista no representaba más que la defensa de la unidad indivisible de Buenos Aires y su hegemonía sobre el resto del país, que hundía sus raíces en el monopolio de los ingresos provenientes del comercio exterior y el puerto único, frente al cual las provincias “seguían enfrascadas en conflictos políticos sin solución de continuidad, a lo que sumaban una situación de estancamiento económico que confería a Buenos Aires una superioridad difícil de contrarrestar.” (p. 266) No debería extrañar, entonces, que haya sido una de las provincias del Litoral, en especial Entre Ríos “que, si bien estaba muy lejos del poderío económico de la antigua capital virreinal, conocería un fuerte crecimiento, especialmente notable en los años cuarenta” (p. 415), donde se gestara un polo de poder alternativo. En el plano interno, el control firme sobre sus adversarios, combinó una serie de medidas que Fradkin y Gelman describen como la “homogeneización federal de la sociedad y el Estado”, (p. 265) el terror y el disciplinamiento político de las clases populares, alternadas con la convocatoria de elecciones regulares, una forma plebiscitaria de obtener legitimidad ante “propios y extraños”.

Vuelta de Obligado. Sobre el bloqueo y la Vuelta de Obligado de 1845 del que hemos escrito acá, los autores reconstruyen las causas y los múltiples intereses que alinearon de un lado a dos potencias colonialistas como Inglaterra y Francia, el Imperio del Brasil y sectores de la burguesía comercial montevideana contra Buenos Aires y su puerto, con el propósito de liberar la navegación de los ríos, ampliar el campo de negocios y del comercio. A pesar de la derrota porteña, son interesantes sus efectos: acrecentó el reconocimiento de Rosas como defensor de la causa americana y encarnación de la identidad nacional, “la defensa de la independencia, la de la Federación y la de Rosas quedaban completamente unidas” (p. 350) en simultáneo a la restauración de la relación subordinada con Gran Bretaña. El exilio final de Rosas en ese país no debería sorprender. Como señalan los autores, la asociación de la elite dominante y los grupos británicos se fue afianzando como el desarrollo capitalista del país. La comunidad británica en Buenos Aires, importante en número y negocios, actuó con beneplácito de Rosas por largo tiempo como intermediaria privilegiada del comercio internacional.

Liderazgo político. Señalemos lo que es una constante en el trabajo de los autores, el intento de desmitificar la imagen construida por liberales y revisionistas sobre Rosas. Su hipótesis central plantea que fue el mejor intérprete de la movilización popular y de las disputas al interior de la elite, lo sintetizan así: “Lo que define las acciones de Rosas no es ni la defensa sistemática de los sectores propietarios ni la de los sectores populares, sino la construcción o reconstrucción del orden social y político y su lugar liderando ese proceso.” (p. 402) Como señalan, el liderazgo rosista poco se asemejó al de sus contemporáneos, ni siquiera al de Dorrego con el que se lo suele emparentar. Supo maniobrar entre los distintos sectores, especialmente atendiendo al heterogéneo mundo plebeyo y sus demandas, pero no lo hizo por fuera de los concretos intereses de la elite de los hacendados bonaerenses, que implicó también una disputa con la burguesía comercial porteña por el control de la aduana y el puerto. Por tanto, puede resultar solo una herramienta analítica abstraerlo de los intereses de clase que representó, por más perspicacia o equilibrios caractericen al personaje. Aún atendiendo sus mutaciones y dinámica histórica, de conjunto la política del Restaurador favoreció a los estancieros de Buenos Aires, e indirectamente del Litoral, al servicio de un orden, el de la acumulación capitalista estanciero - saladeril que se consolidó en la época.

El trabajo de Fradkin y Gelman resulta interesante, propone nuevos debates sobre la base de un material historiográfico renovado y documentado, del que aquí solo hemos trazado algunos aspectos, que contribuyen a repensar la época y la construcción de los liderazgos políticos en el ciclo posterior a Mayo en el que la etapa rosista constituye un momento central.

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[1Fradkin, Raúl O. y Gelman, Jorge. Juan Manuel de Rosas. La construcción de un liderazgo político, Buenos Aires, Edhasa, 2015.







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