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Red Internacional

Una semblanza del artista, visto desde abajo del escenario. Su compromiso con causas sociales, su simpatía con ideas de izquierda, su amplitud musical, la importancia de su obra para una generación.

Augusto Dorado@AugustoDorado

Sábado 24 de julio | 19:20
Ilustración: cuenta de Instagram @gonzarodriguez.

Una pérdida que toca muy de cerca a una generación, la de quienes surfeamos la etapa de la vida que va de los 40 a los 60 y pico. Seguramente a personas que están por debajo y por encima de esa franja etaria también, lógico, pero si tuviste una banda que hacía punk en los ´90 y de pronto corrió la frontera musical para tocar “Tazas de Té Chino” o si atravesaste la década de los 2000 conviviendo con amigos-hermanos en un 3 ambientes decorado musicalmente con reggae, ska y canciones de Los Visitantes, sos de esas personas en las que la presencia de artistas como Palo Pandolfo en sus vidas fue bastante marcada.

No sé si le pasará a todo el mundo, pero cuando se conoce la noticia del fallecimiento de un artista que tuvo una influencia importante y alcance masivo en la cultura, a quien escribe estas líneas se le atraviesa una sucesión rápida de imágenes y sonidos por la cabeza, una especie de flash. ¿Dónde habrá ido a parar aquel CD de Don Cornelio y la Zona? “Ella Vendrá”, “Playas Oscuras”, “El Rosario en el Muro”, “Pi-Pa-Pu”. Todo mezclado y rápido, pero el flash se detiene en un recuerdo más nítido: el show en vivo emitido por la Rock & Pop en una madrugada de algún viernes de invierno de 2003, en el programa de reggae La de Dios, creado y conducido por Santi Palazzo. Show escuchado en vivo desde una guardia nocturna de vecinos y vecinas defendiendo el predio recuperado por la Asamblea Popular del Cid Campeador, lo que era un Banco Patricios, abandonado y quebrado, vuelto a la vida por el vendaval social posterior a aquel diciembre de 2001. Seguramente el recuerdo se detuvo en eso porque expresa dos rasgos centrales de la vida de Palo Pandolfo.

Uno, su amplitud musical (¡adaptar un repertorio entero al reggae, como hizo aquella noche!), su apertura que a la vez también le abría la cabeza a su público. De fundar a mitad de los ´80 a la principal banda de una escena naciente en aquel momento como era la del “dark” (como le llamábamos entonces) o post punk, con verdaderos himnos como “Cenizas y Diamantes” o “El Rosario en el Muro” (¡cuánta oscuridad condensada en poesía!), a un disco más experimental alejándose de clichés y recetas como fue Patria o Muerte, de ahí a una banda colorida como Los Visitantes, a una carrera solista en la que el show inolvidable podía ser él solo con su guitarra. “Podía tocar hardcore y después una chacarera y quedaba bien”, recuerda un amigo en alguna red social. El gran periodista musical Alfredo Rosso lo define mejor: “Tuve siempre la sensación de que Palo era curioso, que le gustaba explorar posibilidades y alternativas, y eso se notaba en sus canciones, que tenían un toque de realidad citadina y a la vez de misterio y exploración”, escribió el mismo jueves despidiendo a Palo.

El otro rasgo, su compromiso social y sus afinidades políticas: no era un territorio extraño escucharlo desde un predio de una asamblea popular, mucho menos era encontrarlo tocando en una fábrica recuperada como el IMPA, o en algún centro cultural en Boedo en solidaridad con alguna lucha obrera. Tampoco era sorpresa encontrar su música animando un compilado musical para un grito desgarrado de justicia por Mariano Ferreyra bajo el título de Cuerpo.

Ese compromiso seguramente estaba asentado sobre una base de ideas que fluían por su mente tan desbordante de creatividad. Consultado por el tema “El Conquistador” de su disco Transformación (de la etapa con su banda La Hermandad) en una entrevista para el diario La Voz de Córdoba, Palo explicaba: “Leo mucha historia argentina, acaso atravesado por la circunstancia de que hice la secundaria durante la dictadura y tengo una fuerte posición geopolítica. El tema sale de Liborio Justo, hijo del militar Agustín P. Justo y pionero del socialismo en los 50. Es uno de los pioneros del trotskismo, aun hijo de un militar de la alta sociedad. Por su abuelo, él tuvo una referencia concreta de la conquista del desierto. Y con el seudónimo Lobodon Garra, escribió A sangre y lanza, que estaba en la biblioteca de mi viejo y es una saga de todo el siglo XIX, de todas las incursiones de Buenos Aires hacia el territorio de los pueblos originarios. Está todo el relato muy testimoniado y termina redondeando una visión pro indigenista. A sangre y lanza o El último combate del Capitanejo Nehuen o Tragedia e infortunio de la epopeya del desierto… En fin, es el relato de una masacre y de la épica del cacique Cafulcurá, que aunó a los clanes durante 30 años y ejerció resistencia a las armas europeas. Es una canción de death metal histórico” (letras en negrita nuestras).

Alguien que, dicen los que saben y lo tuvieron más cerca, gustaba autodefinirse como un “anartista”, lógicamente adhería a algunas ideas rojas. Esas que hicieron que Palo Pandolfo confluyera inexorablemente con el proyecto de musicalizar la historia obrera de Argentina y lo erigieron en pieza fundamental del disco Retazos de Historia Obrera.

Había algo rojo en el universo de ideas de Palo: no casualmente una de sus formaciones se llamó La Hermandad, que en opinión del autor de estas líneas tiene que ver más con la idea de brotherhood (que traducida del inglés significa cofradía o fraternidad, de connotación más colectiva que el sentido de hermandad en el castellano que pareciera remitir a orden religiosa).

Pero también había algo literalmente color rojo: su amor por Independiente. “Jugué mucho tiempo al fútbol y mi puesto era de dos, como él (por el futbolista Hugo Villaverde, NdeR), por eso es un referente para mí. Cuando jugás en la calle siempre encarnás en algún jugador. Yo relataba: ’Saca la pelota Villa, la lleva Villaverde’. Lo vi jugar en vivo junto con Trossero, Pavoni y Olguín. Era un ejemplo de solvencia, actitud, mentalidad, energía y manejo de la estrategia”, rememora el sitio La Caldera del Diablo. Hinchas del club de Avellaneda que contaban con fotos junto a Palo en la cancha del Rojo exhibían con nostalgia sus recuerdos; Pandolfo siempre con alguna casaca roja.

Jueves por la tarde, brotan recuerdos en un grupo de Whatsapp de viejos amigos de una era remota en la que compartían escuela secundaria: “Una vez lo ví en la Facultad de Ciencias Económicas… ¡En un aula! ¡El tipo ahí con una guitarrita detrás del escritorio de un profesor, dio un show que se prendía fuego! Algunos futuros garcas pasaban por la puerta y se horrorizaban…”, recuerda uno. “Un ser de luz, un trabajador del escenario, un luchador de la música... Tenía un poco de Joe Strummer (cantante de The Clash), otro poco de Tom Waits… Tengo un dolor, amigos…”, se sincera otro. Intercambio de palabras y de ideas que seguramente se replicaron en muchas conversaciones, a modo de homenaje “desde debajo del escenario” a un artista que se hizo parte de sus vidas a fuerza de letras y canciones.




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