Juventud

Juventud precarizada

Pedaleando en una pandemia

Un repaso por la vida de los trabajadores de las apps de comida y la auspiciosa tarea de poner en pie una red de trabajadorxs precarizados y precarios.

Nicolás Gerola

Docente Plan Piedas - Morón

Martes 12 de mayo de 2020 | Edición del día

Portada: Micaela Nahir - @_collaged
Ilustraciones: Agustina Scliar - @okscliar

A las siete de la tarde, Marcelo se pone sus guantes, cuelga una gran caja naranja a su espada, baja las escaleras y sale pedaleando en el frío del otoño hacia la Avenida Vergara, en Villa Tesei. Comienza su jornada con la expectativa de ganar unos pesos más por ser fin de semana, pero con la certeza de tener que trabajar unas 6 horas de piso. Para los repartidores de comida las horas se cuentan en kilómetros. “Son 30 kilómetros, un poco más, uno poco menos, pero andan por ahí”, dice mientras recibe el primer pedido de la noche.

Marcelo tiene 30 años y llegó de Trelew en enero del 2017. Tercer hijo de una familia numerosa, laburó sus primeros seis meses en un Chango Más. Lo despidieron y ese sería el inicio de una larga cadena de trabajos precarios hasta llegar a Rappi y a Glovo. “Tuve 9 trabajos desde que llegué”, cuenta mientras se acomoda el barbijo que lo hace transpirar y por momentos lo sofoca. Ese mismo que la empresa le mandó hacer mediante un video pero ni un solo peso para que pueda cubrir los costos. “Cuando lo vi pensé que era una joda. La empresa que no nos garantiza ningún elemento básico de higiene, como alcohol en gel o guantes, nos enviaba un tutorial de cómo hacer barbijos caseros”.

El lunes a la madrugada llegó un audio de Ezequiel. En su voz se lo notó agitado y preocupado. Llegó a las puertas de La Nirva, una fábrica de alfajores en La Matanza que estafó a sus trabajadores y hace nueve meses que no les paga los sueldos. “Cada vez hay más pibes que se vuelcan a las apps de delivery porque se quedan sin laburo. Es el caso de dos trabajadores de Nirva”, dice quien fue a llevar su solidaridad como miembro de La Red de Trabajadores Precarizados y Precarios.

El lunes los trabajadores de La Nirva fueron desalojados por la policía tras recibir amenazas de patotas ligadas a la empresa que les dijeron que “si no se dejan de joder, les vamos a pegar un tiro a cada uno”. Al otro día, a la mañana, marcharon desde Ruta 3 hacia las puertas de la fábrica junto a organizaciones sociales y políticas exigiendo mantener sus puestos de trabajos y cobrar lo que les corresponde.

Ezequiel, tiene 28 años y vive en Ramos. Es estudiante de Lengua y Literatura en el ISFD N°88 de San Justo. Hace 30 kilómetros en seis horas. Su voz clara cambia abruptamente cuando se enoja al recordar que la anterior semana había ido a buscar un pedido de sushi en un local de Ramos. Cuando llegó al lugar no lo dejaron entrar y lo hicieron esperar afuera, a pesar del frío. “Parece que el sushi es un alimento esencial pero los tratos humanos no”, dice mientras descansa un rato antes de salir a pedalear.

Desde La Nirva volvió con Facundo, ambos en bici y con sus mochilas en la espalda. Se conocían antes de La Red y decidieron sumarse juntos. Facu tiene 24 años. Antes de llegar a las apps laburó como tercerizado en Edenor y en Mostaza.

Al igual que Marce, es estudiante universitario. Estudia Ingeniería en la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM) y Marcelo estudia para ser docente de Lengua y Literatura en la Universidad Nacional de Hurlingham (UNAHur). Ambos coinciden en que cientos de sus compañeros están en una situación similar a ellos pero que los Centros de Estudiantes peronistas se niegan a organizarlos y a difundir sus voces. Son la primera generación de estudiantes, hijos de trabajadores, en las universidades del conurbano.

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Morir pedaleando

Viernes 24 de abril, madrugada. El cuerpo de Franco, de 19 años, está tendido sobre una calle de Bernal Oeste. El auto que lo atropelló, mientras repartía pedidos, se dio a la fuga.

“Franco alquilaba la app, o sea, le pagaba a otro para poder usar su aplicación”, cuenta Marce. “Otra muerte más”, dice Ezequiel, recordaron la de Ema, inmigrante haitiano atropellado por un colectivo. “No solo estamos expuestos a la calle y a todo tipo de accidente, sino que no tenemos ART, ni ningún seguro. Si algo nos pasa corre por cuenta propia”. La empresa juega con eso, dice Marce, mientras ceba un mate y cuenta que con publicidades berretas te dicen que sos un héroe o que tu ciudad te necesita, pero en realidad sos un esclavo. “Si no salís, no cobras”, agrega Facu en el grupo de whatsapp que tienen entre ellos pero también con otros trabajadores de call center o comidas rápidas, donde comparten experiencias y se organizan sin “jefes, buchones o patrones”.

"El puntaje que te dan los usuarios es el que te permite recibir o no pedidos", le explica Eze a una trabajadora de call center que se sumó a la red hace poco. Y encima te van avisando los minutos que te quedan para entregar a tiempo el pedido, para que vueles en la noche para entregar una hamburguesa. " Y a nosotras nos queman la cabeza y encima nos hacen “juegos” de terror para que vendamos más. Literalmente de terror. La otra vez nos sacaron las sillas y solo podía sentarse el que vendía, pero cuando hacías una venta no agregaban otra silla, sino que tenias que sacársela a uno de tus compañeros", le responde M., una trabajadora de call center.

Factores de riesgo

“Muchos son factor de riesgo y tienen que salir igual. No solo exponiéndose ellos mismos, sino también a sus familias”, explica Jony, de 32 años, que por su diabetes no trabaja desde la pandemia y banca la olla "con ayuda de mis amigos, familias y compañeros de La Red”. Padre de Lulú de 11 años, llegó a las apps como un laburo de paso, luego de andar de acá para allá, un mes o dos en cada laburo, desde en construcción hasta en el Mercado Central, siempre por agencia. "Terminé quedándome porque no consigo otro sustento para mí hija, el alquiler y la comida”. La empresa te dice que sos tu propio jefe, que sos un socio libre de ellos. Y agrega: "somos esclavos del siglo XXI".

Antes de la pandemia, Jony laburaba 10 horas de lunes a lunes, alternando entre Glovo, Rappi y PedidosYA para obtener un sueldo de $15 mil pesos. “Un sueldo de supervivencia”, dice mientras ayuda a su hija con la tarea. Hoy la canasta básica para no ser pobre cuadriplica ese monto.

Él es uno de los millones que quedaron fuera de la IFE (Ingreso Familiar de Emergencia). “Que de por sí es una miseria”, dice y agrega que “es urgente un salario de emergencia. Vas a comprar comida y no te alcanza para nada. El gobierno es rápido para rebajar salarios con la CGT y la UIA, un ajuste histórico, pero hace un mes vienen diciendo que van a hacer un impuesto a los ricos que nunca llega. Con ese impuesto se podría garantizar un salario de cuarentena de $30 mil pesos”.

Una novedosa Red de Trabajadores Precarizados y Precarios

En Argentina hay aproximadamente 3 millones de jóvenes económicamente activos, de los cuales el 61% se encuentran sin registrar. Pero a pesar de ser el 40% de los trabajadores del país los que están en negro o son asalariados encubiertos como los monotributistas, no existen organismos que los organicen.

El fenómeno de la juventud precarizada, que se expresa en distintos lugares del mundo como en EE.UU, es un sector que empieza a tomar protagonismo con sus reivindicaciones y denuncias, con bronca acumulada de años de padecer las peores explotaciones y de no tener representación legal ni lugar donde organizarse.

Hoy están mostrando una predisposición a organizarse. Así lo cuenta Jony, uno de los voceros de La Red, que ya reunieron a cientos de jóvenes en Córdoba, La Plata, Rosario, Neuquén, en CABA y en provincia de Buenos Aires.

“Me estoy organizando con un montón de compañeros y compañeras en una red de trabajadores precarizados”. "Jony es uno de los que más interviene en las reuniones", cuenta Marce. Allí participan trabajadores precarios de todo tipo: call center, comidas rápidas, desocupados, docentes de FINES, etc. “Todo lo que hacemos lo decidimos votando democráticamente”, cuenta Facu.

Jony recuerda como el otro día hubo una caravana de aplicaciones donde expresaban ese bronca y ganas de organizarse, con más de 100 pibes en CABA y un numero parecido en Córdoba. También hubo una concentración en La Plata, explica.

"Un montón de pibes", cuenta Facu, se enteraron por las redes sociales y por La Izquierda Diario, que viene mostrando miles de denuncias de todo el país sobre que existe esta propuesta de organización. Hoy tienen un grupo de Telegram en donde se cuidan entre todos de los buchones y preparan acciones con otros lugares.

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“El jueves a las 11 de la mañana vamos a hacer una marcha en Capital”, cuenta Marce. “Van a venir trabajadores de todos lados”, agrega Eze. “Queremos golpear con un solo puño”, dice Jony. Incluso cuenta que los que no pueden participar físicamente podrán apoyar desde las redes sociales. Van a tomar todos los recaudos de distanciamientos social y ya están impulsado una campaña por redes.







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