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Barrios de Pie y la defensa de un papa “transformador” que no corresponde a la realidad

En una entrevista publicada ayer, Daniel Menéndez reivindica a Francisco y su discurso “crítico del orden social”. La realidad es bien distinta y más compleja.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Lunes 15 de enero de 2018 | Edición del día

La llegada de Francisco a Chile no parece haber despertado el fervor que muchos esperaban entre quienes allí habitan. Una reciente encuesta indica que, para el 50 % de la población del hermano país, la visita carece de importancia sustancial.

En Argentina, junto a los miles de fieles que cruzarán la Cordillera para verlo, se encuentran las corrientes políticas que se identifican con el papa. Entre estas últimas vale la pena detenerse en los llamados movimientos sociales. Allí sus dirigentes y referentes hacen una reivindicación de Francisco en clave “transformadora” o “revolucionaria”. Algo más que alejado de la realidad.

Daniel Menéndez (coordinador nacional del Movimiento Barrios de Pie) expuso ayer su entusiasmo por la figura del papa. Lo hizo en una entrevista con Página/12. Allí, entre otras cuestiones, afirmó que “Francisco insta a organizarse, a frenar la exclusión social actual, y eso molesta mucho”. Además, agregó que el papa pone “sobre la mesa un mensaje crítico al orden social actual”

Señalando sus múltiples viajes e intervenciones a nivel global, Menéndez afirma que “como líder religioso, también tiene y tuvo un rol decisivo en los conflictos que hay en distintas partes del mundo: en la disputa en Europa con los migrantes y el crecimiento de la xenofobia, fue un factor clave en la reducción del embargo de Estados Unidos a Cuba, en el conflicto por la paz en Colombia, en los distintos conflictos al interior de África y también entre Israel y Palestina”.

Demás está decir la “influencia benéfica” del papa en el conflicto entre el Estado genocida de Israel y el pueblo palestino está bastante lejos de notarse. Pero, además, el discurso del referente de Barrios de Pie presenta una realidad que, valga la redundancia, está muy lejos de la realidad. El papado de Francisco está bastante lejos de cualquier cuestionamiento profundo al orden existente.

Razones para un cambio discursivo

Jorge Bergoglio, el hombre que presidió la Compañía Jesuita durante la última dictadura genocida, llegó al Vaticano en 2013. Lo hizo en medio de una fuerte crisis institucional de la Iglesia Católica.

En 2016 escribíamos que “se puede señalar una doble crisis en el origen del papado de Francisco. Una crisis moral donde un conjunto de valores ligados al cristianismo aparecen profundamente golpeados por una multiplicidad de escándalos, en la cual las continuas denuncias contra curas pederastas y sus encubridores (…) Esa crisis moral se traducía en una profunda crisis política de la Iglesia como institución a escala internacional”.

Es a partir de esa crisis que es posible entender el accionar de la jerarquía de la Iglesia Católica. El profuso accionar político a nivel internacional, así como el giro discursivo de la cúpula eclesiástica pueden y deben explicarse desde allí.

Marcelo Larraquy, en su muy recomendable libro Código Francisco (Sudamericana, 2016) señalará que el nuevo papa “al comando de la Iglesia (…) retomó la misión evangelizadora hacia las periferias y trabajó sobre temáticas que la curia había abandonado o mantenido a la distancia: el hambre, las víctimas del tráfico humano y la trata de personas, los refugiados de las guerras y excluidos del mercado”.

Sin embargo, ese “retorno sobre los excluidos” no implicó ningún cambio en lo que hace al cuerpo doctrinario de la Iglesia en su conjunto. El mismo autor afirmará que “el Papa no aspiraba a modificar la doctrina ni tampoco a promover cambios pastorales radicales”.

Su discurso de “puertas abiertas” solo fue parte de “una estrategia para que el mundo laico volviera a mirar a la Iglesia, no ya como un imperio premoderno de costumbres anacrónicas, sino como un actor valioso para ofrecer una mirada pastoral política y social renovada”.

Los casi cinco años del papado de Francisco han demostrado que ese discurso no se tradujo en ninguna transformación profunda al interior de la milenaria institución.

El mismo discurso papal ha demostrado lo esencialmente reaccionario de la doctrina de la Iglesia Católica en su conjunto. Solo por citar un ejemplo, en febrero de 2015 Francisco había dicho “pensemos en las armas nucleares, en la posibilidad de aniquilar en unos instantes un número muy elevado de los seres humanos. Pensemos también en la manipulación genética, en la manipulación de la vida, o la teoría de género, que no reconoce la orden de la creación. Con esta actitud, el hombre comete un nuevo pecado, que es contra de Dios el Creador”.

La simple comparación entre personas trans y “armas nucleares” lo muestra completamente a trasmano de algunos de los reclamos más extendidos hoy a escala global. Esas peleas contra la moralidad oficial y las leyes restrictivas enfrentan también a la Iglesia Católica. Solo lo que ocurre en Chile sirve a modo de ejemplo de esa situación.

Los excluidos y el orden vigente

Menéndez afirma que a los excluidos Francisco “los entiende como sujetos de transformación, como el germen de la modificación del orden vigente”.

Aquí la realidad también resulta distinta. La preocupación papal por los pobres tiene lugar en tanto actúa como una barrera de contención a cualquier acción independiente de los explotados.

En Código Francisco, Larraquy -hablando de los años 90- escribirá sobre Bergoglio, “si en los años setenta había evitado (…) la integración de sacerdotes en comunidades de base en barrios o villas por temor a la radicalización política, ahora, cuando ya no existía la militancia revolucionaria, los alentó a permanecer (…) en una opción clara por los humildes”.

No está de más recordar que la persecución y el secuestro que los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics había iniciado cuando el entonces líder de los jesuitas empezó la supresión de las comunidades de base. Las mismas establecían un vínculo estrecho de sectores de la Iglesia con los habitantes de las barriadas más pobres.

Como ya señalamos, “en los años ‘70, cuando la radicalización política de masas era extendida, Bergoglio hizo lo imposible por apartar a los jesuitas de esas tendencias. Veinte años después, luego de la derrota de ese ascenso revolucionario y ante la creciente crisis social, la Iglesia buscó ubicarse como parte de los factores de contención”.

Reivindicar valores “anti-sistema” en la figura de Francisco está bastante lejos de la realidad. El jefe de la Iglesia Católica, con otro discurso, lleva adelante la misma práctica de conservar el orden existente que viene teniendo lugar hace 2.000 años.







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