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Córdoba

¿Quiénes trabajan en las ferias populares?

Las ferias populares crecen al calor de cada crisis. Allí se venden cosas usadas, viejas o nuevas, conseguidas a menor precio para la reventa o hechas a mano por cada trabajador. ¿Quiénes son las personas que han puesto en pie las ferias para generarse un ingreso ante la desocupación y la pobreza?

Laura Vilches

Concejala PTS - FIT Córdoba. Legisladora provincial PTS-FIT (mandato cumplido) | @VilchesLaura

Lunes 23 de noviembre de 2020 | 19:14

Las ferias populares son el emergente de cada crisis vivida en nuestro país. Las plazas se van poblando de trabajadores y trabajadoras desocupadas, amas de casa cuyos compañeros fueron despedidos de alguna fábrica, trabajadores precarios o jubilados y jubiladas con salarios de miseria que les impiden llegar a fin de mes.

También encontramos a madres solteras que no perciben la cuota alimentaria como era Paola Acosta, feriante del Parque Las Heras o personas trans, gays y lesbianas que jamás conocieron el mercado del trabajo formal. Migrantes peruanos, bolivianos o senegaleses, junto a jóvenes recién recibidos que han golpeado puertas para quedarse con el currículum en la mano, están entre quienes engrosan últimamente los censos de las ferias populares.

En Córdoba, hay 21 ferias populares contabilizadas oficialmente, pero el número real va en aumento y se estima que superarían la treintena. Las ferias de barrio San Vicente, Villa Libertador o Alberdi (en “La Isla de los Patos”) se cuentan entre las más antiguas. La del Parque Las Heras así como la de Villa Libertador y desde hace poco, la de barrio Talleres (a la vera de los galpones ferroviarios) son de las más numerosas. También está la de la plaza Jerónimo del Barco, pasaje Aguaducho, o la de barrio Los plátanos. Sólo contabilizando las mencionadas, se estima que casi 2000 personas (no familias, porque el número ascendería) dependen de ese ingreso.

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En la “república” de San Vicente

Es domingo y ya casi termina octubre, la feria de San Vicente empieza a poblarse y el sol pega cada vez más vertical. “San Vicente” es una de las ferias más antiguas, históricamente apostada bajo los árboles umbrosos de Plaza Moreno. Allí cerca de 65 familias vendían sus artesanías, trabajos manuales, comida u objetos comprados para la reventa. Hay algunas, como Celina, que lleva 16 años trabajando allí. La municipalidad de la Ciudad bajo la intendencia de Llaryora, decidió que todas las ferias pasen “a la calle” con la única cobertura de un toldo blanco (no impermeable) de 2x2 metros.

Si así trata a las familias del barrio donde vivieron sus antepasados y donde dice haberse criado para tener una “mística” capitalina, poco se podrá esperar de este ex intendente de la sojera ciudad de San Francisco.

Las feriantes de San Vicente, señalan que con las altas temperaturas y la violencia veraniega del sol, los productos que consiguen con mucho esfuerzo se arruinan. Pierden mercadería que se despega, se mancha, se destiñe.

En su puestito, con un gazebo que hace mella contra el calor, una mujer jubilada comienza a relatar entre lágrimas que el municipio quiere impedir que venda mercadería perteneciente a distintos rubros. Ella tiene 58 años y cobra la mínima, vive sola porque los padres y tíos a quienes cuidó murieron todos. No tuvo hijos. La única familia que tiene son sus compañeras de la feria. Para los tejidos que exhibe sobre el tablón algunas vecinas le regalaron los hilos de colores para tejer. Ella compró algunas especias que agrega al tablón, junto a “chucherías” como gomitas para el pelo y juguetitos pequeños que son baratos y atraen a posibles compradores. La mercadería está deteriorada, la humedad que despiden las especias producto del calor ha humedecido las bolsas. Ya no puede vender ni eso y encima el municipio la obliga a “decidir por un solo rubro”.

Mientras Bety cuenta esta historia y le brotan la bronca y la impotencia a borbotones cuando me señala con los dedos de su mano que hace 4 días que no come, se acerca otra trabajadora. Camina despacio, se sostiene el vientre con las dos manos. Acaban de operarla y no tiene margen para hacer el reposo indicado. Les están permitiendo trabajar sólo los domingos, y no pueden desaprovechar un día de ventas porque, como dijo su compañera, no comen.

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Ferroviarios y Las Heras

En la feria que se organizó con los trabajadores “no validados” por la burocracia municipal, hay de todo. La feria se asienta sobre las anchas y vacías veredas de los galpones ferroviarios del barrio Talleres, aquel del que el gobernador Schiaretti pretende absorber su pasado de familia obrera. Los galpones fantasma se erigen como testimonio e interpelan desde la década de los ‘90 y el legado neoliberal que estalló con la crisis del 2001. Hoy, cuando la provincia busca negociar su deuda con los acreedores internacionales, vale escuchar aquella interpelación.

Pero evidentemente, poco le importan al gobernador esos trabajadores y trabajadoras despedidos que van cada sábado y domingo a vender allí ropa usada, barbijos, macetas hechas con latas recicladas y decoradas, cactus y suculentas o herramientas viejas.

Quienes quedaron fuera del “Paseo Las Heras” es “porque son comerciantes”, intentan explicar los funcionarios municipales. Y las referentes de Ferroviarios se les marca una mueca de indignación. Basta recorres las cuadras que ocupan esas 325 familias trasladadas allí, para darse cuenta de que lo poco que venden es lo mucho que pudieron conseguir para hacerse unos pesos cada fin de semana.

Allí está como testimonio, una trabajadora doméstica a quien su patrona le regala ropa usada para vender y completar un sueldo digno (que ella no le paga).

En Ferroviarios también está aquel laburante desempleado, especializado en gestión deportiva, junto a cuatro de sus seis hijos. Ellos y ellas están todos recibidos y sin embargo, no pueden conseguir trabajo. Todo “ferian” vendiendo ropa usada, cereales fraccionados, percheros o llaveros que hacen con sus propias manos.

En una de las esquinas, esta cronista se topa con otra mujer que cuelga prolijamente las perchas con ropa usada del alambrado que cierra el predio del ferrocarril. Ella perdió el trabajo hace 4 años cuando la fábrica cosméticos y productos para el cabello, Silkey Professional, cerró una de sus plantas y dejó a todas las trabajadoras y trabajadores en la calle. Desde entonces ella fue a “feriar” al Parque Las Heras para garantizarse un ingreso.

Hay quienes encarnan una doble precariedad: Jorge es trabajador de limpieza y también feriante. Por ambas razones se moviliza junto a La Red de precarizadxs e informales para reclamar por salario y contra los despidos discriminatorios. Sabe muy bien que si las luchas van por separado, ambas causas se debilitan.

En otro tablón se instala una trabajadora migrante. A ella acaban de darle ese espacio, haciendo lugar entre otros dos feriantes, para que coloque una tabla y ubique sus verduras para vender. Quieren evitar que haya gente con mantas, para no dar excusas a que "la Muni" los agarre desprevenidos y les levante la feria, dejándolos otra vez sin sustento.

Son "la Cata", Yohana y Vanesa quienes aconsejan estas medidas y sugieren cómo ordenarse, para reducir al mínimo los inconvenientes formales. Lo mismo ocurre con el respeto de los protocolos frente al COVID-19. Son las referentes y organizadoras de este espacio, las mismas que evitaron que el oficialismo metiera a sus punteras y punteros, después de que las hubieran desalojado de la vieja feria de Las Heras.

Punteros, patota y reglamento

Este ha sido el mecanismo del PJ local para mantener el control en las ferias, que van desbordando de precarios e informales cuyas familias dependen de ese ingreso para malvivir. Su rol es promover la aceptación de la miseria generalizada, bajar la línea del municipio e inclusive actuar como “patota” ante quienes manifiesten su disconformidad. El discurso que sale de sus bocas es de “beneplácito” por las medidas adoptadas por el oficialismo, porque "el orden del reglamento" impuesto desde arriba "les permite tener a todos los mismos horarios", controlar las “faltas” y "atenerse a las normas".

Es el modo en que Llaryora y sus funcionarios, como patrones de estancia, conciben a los trabajadores. Lo vimos con el furibundo ataque a los empleados y empleadas municipales. Las ferias “limpias, lindas y ordenadas” que quiere el gobierno no respetan la cultura de autogestión y organización previa que existe en las ferias que llevan más de 10 y 15 años en la ciudad.

Cuando la apelación al “orden” no funciona, no dudan en recurrir a los métodos de la patota. Hay casos de denuncia por maltrato y discriminación de estas “referentes” puestas a dedo por el municipio por la condición de migrantes, con amenazas de “buchonear” a migraciones “para que los deporten”.

Pero las valientes mujeres y trabajadores de las ferias populares, como las de Las Heras, han resistido ya varios intentos de eliminarlas, de desalojarlos para hacer una ciudad a medida de los empresarios urbanísticos o el “turismo internacional”. Así lo pretendieron en 2016, como cuenta Johana, porque los negociados con los desarrollistas inmobiliarios que imaginan megatorres de lujo a la vera del río, lo pretendían.

Las demandas inmediatas

La organización conquistada por cada año de pelearle a la miseria, las hace conscientes de que la defensa de su autoorganización y la elección democrática de sus referentes como reclaman ahora, es lo que les ha permitido pelear por sus derechos.

En el marco de la flexibilización de la cuarentena, piden la habilitación de todo el fin de semana y los feriados para trabajar, volver a las plazas y tener condiciones dignas en las que feriar con sombra accesible para no perder su mercadería o desmayarse por las altas temperaturas que arrecian con la llegada del verano.
Pero además, cuando acompañan a los Empleados Unidos de Limpieza que reclaman por la reincorporación y salarios dignos, también exigen trabajo con derechos y para todos.

Este camino de unidad entre trabajadores empleados y desempleados, pasivos y activos, jóvenes, trabajadoras domésticas, que empieza a forjarse, debe alzar en común la bandera por el derecho al trabajo digno para todas y todas.

Pelear por trabajo con derechos para todos

La perspectiva del desconocimiento de la deuda municipal y provincial que los gobiernos locales negocian junto al de Alberto Fernández, permitiría el despliegue de un verdadero plan de obras públicas que genere empleo genuino y con derechos para todos los que lo necesiten. El recorte de los haberes jubilatorios provinciales con el que arrancó el añoSchiaretti, cierra su ciclo con la reforma en el cálculo de los haberes previsionales a la baja por el gobierno nacional.

Es evidente que si esa es la política, más jubilados y jubiladas tendrán que salir a “feriar” vendiendo lo que puedan para cubrir sus gastos. Por eso, la demanda de no pago de la deuda, y que el dinero vaya para vivienda, salud, educación, jubilaciones así como a la satisfacción de las demandas y necesidades populares, solo puede conquistarse de la mano de la lucha y la organización autónoma e independiente de los partidos patronales como el PJ y la UCR.

La escena de unidad que proponen las feriantes y los trabajadores de limpieza ente los precarios, interpelando a los gremios de sectores estratégicos y poderosos como municipales, o UTA que también estuvieron en las calles producto del ataque de los gobiernos y las patronales, marca la perspectiva para hacer concreto este plan. Como enseñan las feriantes, no hay que aceptar las migajas que ofrecen, sino hacerse de herramientas para luchar por lo que es nuestro.

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