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Red Internacional

Entrevistamos a Alejandra, Agustín y Ana, quienes desde niños trabajaron cosechando en fincas de Mendoza. Infancias duras, pero que dejaron lecciones: “Por todo lo que sufrí cuando era niña estoy luchando hoy para que sea reconocida la gente que trabaja en la viña”.

Sábado 12 de junio | 00:24

En Mendoza son miles las y los trabajadores de la vitivinicultura que en condiciones de extrema precariedad trabajan la tierra de sol a sol, con el calor agobiante del verano y el crudo frío del invierno. En muchos casos, producto de los bajos salarios o las pésimas condiciones laborales, son las familias enteras quienes trabajan en la cosecha, buscando sumar un mango para llevar a la mesa.

Ana vive en Rivadavia, en el este provincial, tiene 56 años y desde muy pequeña trabaja en viñas: “mi vida ha transcurrido entre las hileras”, resume quien fue una de las protagonistas del histórico paro vitivinícola este año. “Tengo recuerdos de que íbamos a cosechar junto a mi papá y mi mamá y que me llevaban a juntar granos. En ese entonces se juntaban los granos que caían al suelo en la hilera y era duro, porque era duro para un niño madrugar para ir a la viña”, comienza su relato.

“Recuerdo que los primeros días de clase no iba a la escuela porque íbamos a cosechar. Yo siempre empezaba 15 o 20 días después de que empezaban las clases”, relata sobre esos primeros días de clase que coinciden con el final de la cosecha en la vendimia. “A veces con las manos y los pies helados, son recuerdos son muy duros, pero que te dejan enseñanzas”, resume Ana explicando cómo, después de años trabajando en la viña decidió comenzar a organizarse para luchar por sus derechos como trabajadora y los de su familia: “todo eso sirvió para que hoy sea la persona que soy y esté luchando por los trabajadores de viña. Por todo lo que sufrí cuando era niña estoy luchando hoy para que sea reconocida la gente que trabaja en la viña”.

Esa es la realidad que vivieron, y viven, miles de niños y niñas en Mendoza, en una industria que factura millones de dólares, pero les paga migajas a quienes dejan su tiempo y esfuerzo en las viñas y bodegas. “Sigue pasando, pero tal vez no tan chicos, ahora ves chicos de 16, 17 años trabajando en la viña con los cuadrilleros que son los que se llevan la plata”, cuenta Agustín, quien trabaja en una finca “desde los 7 u 8 años”. Hoy tiene 51 años y continúa trabajando en una finca en Luján de Cuyo.

“Los recuerdos que tengo del trabajo es que era muy feo porque era muy duro. En ese tiempo se hacía todo a caballo y yo no me podía la horqueta. Y a esa edad un niño quiere jugar”, resume sobre su experiencia. "Cuando tenía 15 años agarré un contrato de viña de 6 hectáreas y como no alcancé a terminar la última surqueada el patrón no me pagó nada, me hizo trabajar gratis todo lo que había hecho. Esas cosas nunca me gustaron".

Al igual que Ana, una vida de trabajo en las viñas le dejó a Agustín la enseñanza de que nada se consigue si no es luchando por sus derechos: ante la pregunta sobre cómo podría cambiar esta situación, responde seguro que “yo creo que para que no pase más eso vamos a tener que luchar todos los obreros. No va a ser fácil, pero tampoco es tan difícil. No se me ocurre otra cosa que luchar”.

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Sin embargo, la lucha es también contra los sindicatos que nunca han tomado este reclamo en sus manos, siendo cómplices de la precariedad laboral a la que históricamente están expuestos miles de trabajadores. “Como siempre, el sindicato ausente para los trabajadores. En la cosecha nunca ves a un delegado que vaya a ver si hay niños trabajando, en ningún momento ni SOEVA ni la UATRE se han hecho presentes en ese aspecto”, relata Ana”. “Nunca controlan que al obrero le den la ropa, si le pagaron el aumento, si ahora en pandemia los están cuidando con lo básico”, concluye sobre cómo esas situaciones se mantienen en el tiempo y, entre otras cosas, motivaron a que miles de trabajadores y trabajadoras vitivinícolas comiencen a organizarse de manera democrática e independiente.

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Alejandra tiene 46 años y vive en Luján de Cuyo. Hoy trabaja dando clases particulares, pero desde pequeña también trabajó junto a su familia en la viña: “desde que recuerdo iba a cosechar uvas con mi padre y mi madre. A mí y a mis hermanas más chicas nos tocaba juntar los granos que caían al suelo cuando cosechaba mi papa y mi mama”.

“Muchas veces por necesidad, no queda otra para juntar plata para cuando empezaran las clases comprar los útiles. Mi papa era contratista y el sueldo es muy bajo, entonces toda la familia trabaja por un sueldo que es menor que el obrero de la viña”, cuenta sobre su experiencia.

Ella estudió un profesorado y hoy ve esa misma situación como trabajadora de la educación: “el acceso a la educación es muy pobre. Tener acceso a la educación es poder tener los útiles, lo que necesitas para estudiar y muchos no lo tienen. Cuando hubo clases virtuales, muchos chicos no tenían internet. Y conozco muchos chicos de secundario que tienen que trabajar para comprarse las cosas. Yo creo que un niño tiene que tener derecho a jugar, a tener el tiempo de hacer deporte, para hacer lo que les guste. Muchos no pueden acceder a eso, y jugar o practicar un deporte es también aprender”.

“Hoy los sueldos no alcanzan para nada y por eso te ves en la necesidad de buscar otro trabajo”, continúa su relato. “Tendríamos que trabajar menos horas para tener derecho a disfrutar de nuestros hijos y nuestras familias”.

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“Pienso que los trabajadores no debemos bajar los brazos y luchar por lo que nos corresponde: un sueldo que alcance para nuestra alimentación, salud, educación y hacer lo que nos guste. Así los niños no tienen que pasar necesidades. Luchar para cambiar este sistema terrible y cruel que nos quiere hacer ver como bien lo que está terriblemente mal”, resume sobre su historia personal y la de miles en toda la provincia.

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