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Rodolfo Walsh y “Esa mujer”: la voz de los proscriptos

Elegimos este cuento de Rodolfo Walsh en el que el escritor alude sin nombrarla al secuestro del cadáver de Evita, del que se cumplen 65 años, escrito en un momento en que el peronismo se encontraba proscripto.

Facundo Aguirre

IG: @hardever // Twitter: @facuaguirre1917

Miércoles 25 de noviembre de 2020 | 00:23

El marxista Walter Benjamín supo decir que “ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence”, una definición que explica el extraordinario cuento Esa mujer, de Rodolfo Walsh. Escrito en 1966, Esa mujer hace de la literatura un artificio político donde sin nombrar pone en el centro a un cadáver cuyo nombre estaba proscripto.

Rodolfo Walsh entrevistó en 1961 al Teniente Coronel Carlos Moori-Koenig quien fue uno de los responsables de la desaparición del cadáver de Eva Perón, robado de la sede de la CGT después del golpe de 1955, ultrajado por sus apropiadores, escondido en la sede de los servicios de inteligencia del Ejército en Viamonte y Callao, donde durante la dictadura genocida funcionara el siniestro Batallón 601, para finalmente recalar en una tumba en Italia con un nombre falso.

El escritor ya fallecido, Ricardo Piglia nos dice con respecto al cuento “El relato puede leerse como el germen de una investigación iniciada por Walsh en 1961. Quiero decir, podemos imaginar que luego del caso Satanowski, Walsh encontró otro gran tema (un tema con el que se podía ganar el Pulitzer): el destino de Eva Perón luego de su muerte. La historia se ’reduce’ a la conversación –la disputa, la negociación– entre un oficial retirado de los servicios de inteligencia del estado (un mundo que Walsh ha documentado y conocido en el caso Satanowsky) y un oscuro periodista que busca conocer la verdad. En esa condensación opera el arte de la ficción. Walsh practica la técnica del iceberg a la Hemingway: lo más importante de una historia es lo que no se narra. Su eficacia estilística avanza en esa dirección, decir lo máximo con la menor cantidad de palabras. El relato alude –y sugiere pero no narra– todos los datos y los hechos políticos que rodean la investigación. Y esa suspensión del contexto convierte a la historia en un texto de ficción. El segundo movimiento de ficcionalización consiste en imaginar un lector capaz de restituir la realidad cifrada. En esa línea, Walsh define a su lector como el que disputa con el narrador el sentido del relato. ‘Tampoco he renunciado a otra convención que hunde su raíz en la esencia misma de la novela policial: el desafío al lector’”, culmina Piglia citando a Walsh.

En Esa mujer el escritor recurre entonces a los artificios de la novela policial, del cual sus Variaciones en rojo son una muestra exquisita de su manejo del género, en función de contar una historia que hace a la realidad política de Argentina en 1966. Elige la elipsis, lo que no se narra, que subraya la ausencia de esa mujer, cuya mención en público fue prohibida por el decreto ley 4161 de la Revolución Libertadora, tres meses antes de los fusilamientos en José León Suarez descriptos por el mismo Walsh en Operación Masacre. Pero también apela al compromiso del lector, a su capacidad de extraer de la ficción una reconstrucción histórica y política. Walsh nos expone la proscripción y nos recuerda a Karl Marx en su Dieciocho Brumario donde señalaba cómo “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Esta conciencia está presente en los fantasmas que persiguen al Coronel, quien en el texto de Walsh reivindica haber salvado el cadáver de ser fondeado en el Río de la Plata porque “yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel”.

En Esa mujer se entrecruzan el oficio del Walsh narrador con la conciencia del intelectual combatiente. Operación Masacre, El caso Satanowsky, ¿Quién mató a Rosendo? Son textos escritos magistralmente pero cuya función es denunciar los crímenes de las clases dominantes y sus gobiernos o la abyección de una burocracia sindical que traiciona al movimiento obrero. Se empecinan en dar voz a los fusilados y los asesinados. En el cuento, construido como una ficción y no como una denuncia, pone de relieve la proscripción de un nombre, la desaparición de un símbolo, el cadáver de Evita, el intento de borrar del mapa a un movimiento que concitó la adhesión de los trabajadores.

Walsh va a abandonar su carrera como escritor por considerar que la literatura argentina “ha sido literatura hecha por burgueses, aún por burgueses opositores, para consumo de la clase burguesa y para afirmar todo el sistema. Creo que del grueso de la literatura nuestra se puede decir esto, independientemente de sus valores como arte literario; es inútil que esto parezca una acusación contra los demás escritores, porque debiera empezar por mí, pero ¿qué es lo que refleja nuestra literatura? Refleja los conflictos de la pequeña clase media, y ni siquiera los conflictos reales de raíz económica, su lucha por el poder, los generalmente llamados conflictos espirituales, íntimos, eróticos, amorosos, alguna parcela de eso (…) No creo que haya un atraso, sino que, en efecto, el proceso es más duro para los escritores que nos hemos criado en la idea de la novela burguesa; esa novela que uno quiso escribir desde los quince años no sirve para un carajo y en realidad lo que hay que escribir es otra cosa”. Walsh trocara la ficción por el periodismo político como forma literaria porque, dirá: “mientras uno está fuera de todo contacto con la acción política, ya sea directa o por el medio que te rodea, uno está alienado en el concepto burgués de la literatura (...) hasta que te das cuenta de que tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o es una pistola y podés utilizar la máquina de escribir para producir resultados tangibles, y no me refiero a los resultados espectaculares, como es el caso de Rosendo, porque es una cosa muy rara que nadie se la puede proponer como meta, ni yo me lo propuse, pero con cada máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado incalculable. No tengo la menor duda”. Walsh llegaba a esta conclusión cuando se acercaba a la militancia política, después de su participación activa en la revolución cubana, desarrollada a lo largo de los años 70 en FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) y Montoneros, mostrando que el cambio no fue sólo en su pluma sino también en su conciencia y en su forma de intervenir en la realidad.

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David Viñas nos presenta un interesante intercambio de interpretación política con el propio Walsh sobre Esa Mujer: “yo insistía en afirmar que semejante cuento nos remitía a la similitud jugada por la Eva Duarte más radicalizada en 1951 con los jóvenes masacrados alrededor del 76. Entendidos ambos como dos vanguardias. Como dos puntas de lanza análogas largadas a la descubierta –y negociadas después con el Ejército– dentro de la llamada ’estrategia política’ del teniente general Juan Domingo Perón. No nos pusimos de acuerdo”. Sin embargo, estaremos tentados de darle la razón a Viñas. El símbolo de una Evita combatiente forjó no solo a las generaciones de la resistencia sino a aquellas que luego del Cordobazo nutrieron la Juventud Peronista y reivindicaban una Evita montonera. Mediante esta operación Perón pudo contener dentro de su movimiento la radicalización política de la juventud y negociar con Lanusse el Gran Acuerdo Nacional donde se articuló el desvío del ascenso obrero y popular. Para más tarde, intentar acribillar a la vanguardia de la clase obrera y a la propia juventud peronista con las bandas contrarrevolucionarias de la Triple A. Walsh mismo quedó entrampado en esta construcción.

Como advertía Marx en la obra antes citada: “en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”. El artificio de una Evita combatiente sirvió para sostener por izquierda una política que no conducía al peronismo a una política revolucionaria, sino que impedía que los trabajadores que trazaban destellos de su propio camino político en las comisiones internas y cuerpos de delegados recuperados a la burocracia lograran superar el límite del peronismo, cuya finalidad era salvar a la burguesía de la amenaza revolucionaria. Sin comprender esta crisis de la dirección de una clase que dio todo de sí, no se puede entender la derrota en manos de los genocidas en 1976.

Esa mujer de Rodolfo Walsh es quizás uno de los mejores cuentos de la literatura argentina. Su autor junto a Haroldo Conti, Paco Urondo y tantos otros anónimos, son los exponentes intelectuales de una generación que abrazó la revolución y buscaron hacer de sus palabras una herramienta de combate. Una generación que nos debe inspirar y enseñar lecciones para recoger sus banderas y hacer que el enemigo, como decía Benjamin, “deje de vencer”.

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