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Ultra Tumba: de amor y de zombis

Celeste Murillo

LIBROS
Ilustración: Mata Ciccolella

Ultra Tumba: de amor y de zombis

Celeste Murillo

Leonardo Oyola acaba de publicar en formato digital y papel su novela más reciente Ultra Tumba. Editada por Random House, llega en medio de la pandemia después de una larga espera. ¿Qué hace un grupo de zombis en la Unidad Penitenciaria número 73?

“Sólo el amor y la muerte cambian todas las cosas”, dice la última frase de Ultra Tumba (Random House, 2020). Es una historia de un amor que terminó y de muertas que ya están muertas. Sin embargo, todo cambia justo en ese momento de la ruptura, muchas veces subvalorada como parte de la historia. Es el domingo del Día del niño en “La Chanchería”, la Unidad Penitenciaria femenina número 73. El escenario es de alegría, suena un cover de Marco Antonio Solís interpretado por Los Ángeles del Rock. El día de visita se completa con un Sapo Pepe y algo de baile. Pero la alegría es momentánea, como todas las alegrías cuando se vive privada de la libertad, especialmente porque es el día que la Oreiro y la Turca Medina estarán juntas por última vez y por una pelea de poder al interior del penal.

Los códigos del amor

Como en muchas de sus novelas, la música marca el inicio del relato de Oyola, lo ayuda a contar cosas. Lo que parecen frases que presentan con simpleza cada capítulo, como “No quiero mi libertad”, “No hay razón para vivir con un corazón roto”, leídas en el índice forman la canción It’s a Hard Life (Es una vida difícil) de Queen. En una entrevista, Oyola explica la elección:

Freddy Mercury proclamando que no quiere la libertad: de qué le sirve si tiene el corazón roto. Y me parecía que en la boca de una persona privada de su libertad era muy fuerte [...] Como si fuera un personaje más que cuenta lo que pasó. En Ultra Tumba, yo siento que la canción de Queen la canta la uruguaya, la Oreiro.

El tema de los códigos y la lealtad son condimentos que se pueden adelantar en una novela que sucede en una cárcel. El agregado de una relación amorosa entre una penitenciaria (la Turca) y una presa (la Oreiro) llevan esos temas al límite porque trastoca todos los códigos. Como sentencia una de las jefas de ranchada la Ñeri Graciela, “Se le da mimo a una compañera. Nunca a una borcego. Nunca a una empleada. Jamás a la ley”. No conocemos casi esa relación, salvo por el final. Las dos saben lo que pueden perder, Medina el laburo, la Oreiro, la vida.

La elección del momento de la separación es interesante porque permite contar muchas cosas de esa relación que se construyó a contrapelo pero también con momentos que ambas creían perdidos. La Turca por un matrimonio cascoteado por la vida afuera y la Oreiro por vivir adentro. En un terreno intermedio, ambas se reencuentran con algo que ya no tenían,

Volver a sentir deseo.
Volver a sentirse linda.
Volver a coger.
Volver a enamorarse.

Ese final no es la única historia de amor. También vemos comienzo y desarrollo de otra relación, la de Córdoba y el Puñalada de Tarro que narra, de otra forma, los desafíos de sostener vínculos interrumpidos por el adentro/afuera de la cárcel. En esa relación y otros flashbacks, Oyola oxigena una historia dura con una fuente inagotable de referencias musicales, cinematográficas y otras de la cultura pop que atraviesan la novela de principio a fin.

Los códigos del poder

La acción de Ultra Tumba transcurre en horas, al ritmo frenético de las películas de acción que añora Córdoba. El cine no está presente solamente en las referencias sino en recursos narrativos que edifican escenas a lo Crazy 88 de la Kill Bill de Tarantino en versión zombi.

La historia que actúa como nafta tirada al fuego es la lucha por el poder dentro del penal. Después de incendiar un celador en la fiesta familiar, la banda de la Peke se abre camino a fuerza de tumberas. Quieren cargarse a la Ñeri Graciela pero aparece una contrincante inesperada: la hermana Irma María Da Graça, una presa brasileña ciega en silla de ruedas. Líder del pabellón de las evangelistas, se presenta como la puntera de Dios que llega a hacer Justicia. Es obra de la hermana Irma lo que le dará el condimento final al domingo de motín: una revuelta zombi.

El lenguaje y las imágenes de la vida en la cárcel, ese “segundo hotel adonde van a parar los pobres. El primero es la villa. ¿El segundo? El segundo es la cárcel. Ahí en donde obligatoriamente el ser humano es menos humano y los odios tienen listas kilométricas”. La descripción atinada le pertenece a Maikel, que vivió privado de su libertad en Devoto durante 17 años y es cantante del grupo de cumbia XTB (Portate Bien).

El equilibrio de poder entre las ranchadas marca el ritmo de la pelea. Esa “lista kilométrica de odios” va construyendo diferentes escenarios, pero las alianzas siempre están construidas sobre el terror: a la autoridad y a las resucitadas zombis. “Entre los mandamientos de las
negras del Club 700 y tus códigos del orto no llegamos a nada”, le dice la Peke a Greis (la Ñeri) para describir su disyuntiva. El Club 700 era un programa de televisión cristiano que conducía Pat Robertson y transmitía Canal 9 en los años 1980 en Argentina. Esta referencia sutil a la penetración de las iglesias evangélicas en América latina es solamente una de las que Oyola sabe introducir en el lenguaje propio de la unidad penitenciaria.

En el contexto actual es imposible no buscar imágenes similares a las de las protestas en las cárceles en el comienzo de la pandemia de Covid-19 (hoy olvidadas pero cuyas demandas siguen exigiendo respuestas). El hacinamiento, las condiciones de vida infrahumanas y las torturas, todas premisas de la privación de la libertad legitimadas por los desintereses sociales y alimentados por el punitivismo. Esa pregunta es una de las inevitables en cualquier conversación sobre Ultra Tumba que, aclara su autor, siempre fue pensada como un texto de ficción. “No considero ser una voz autorizada para hablar de motines o de lo que se está padeciendo en las barriadas más humildes. Sí creo que es importante darle voz a las personas que saben de esto y que lo padecen”, en referencia a las palabras de Maikel que Oyola hace suyas para describir la cárcel, que con las villas son, “dos lugares específicos que hoy son principal preocupación por la pandemia y que si no fuera por eso seguirían invisibles”. Tomar prestadas esas voces para contar la vida en el encierro también humaniza a quienes son reducidos muchas veces a noticias de “motines”.

El código zombi

Cuando los cuerpos enterrados en el osario común resucitan por obra de la hermana Irma todo se trastoca en el penal. Buscan algo que poco tiene que ver con las cárceles, Justicia. Pero no la Justicia de las personas, sino la de la Biblia y con este movimiento, Oyola pone el foco en un actor de bajo perfil (hasta 2018) en la vida política y social de Argentina, pero con presencia en muchos penales. Las iglesias evangélicas actúan en un lugar vacío de humanidad, donde el Estado (con la mirada para otro lado de la mayoría de la sociedad) descarta a las personas privadas de su libertad. Ahí se vuelven precisas las palabras que hablan de la religión como, “suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo descorazonado, el alma (o el espíritu, der Geist) de una condición desalmada”, que antecede a la famosa frase “el opio de los pueblos” (Karl Marx, Introducción para la crítica de la filosofía del derecho de Hegel).

El combo de fantasía y realismo que sigue da lugar escenas violentas, fugas a través de los peores pabellones (una excusa para recorrer la “geopolítica” de las castas en la cárcel) y un final para el infarto sin nada que envidiarle a Duro de Matar.

El elemento zombi puede hablar también de la humanidad recortada en los penales. “¿Cómo se mata lo que ya está muerto?”, se pregunta la Peke en uno de los primeros encuentros con las resucitadas, a quienes es muy difícil matar. Pero no parece arbitraria alguna reflexión sobre la cárcel, donde es muy difícil vivir. No sería la primera vez que los zombis nos acercan a la inhumanidad de nuestras sociedades contemporáneas. Oyola, amante del género, eligió entre diferentes opciones del universo zombi una versión religiosa antes que nuclear o trash como El regreso de los muertos vivos. Otras elecciones ubican a los zombis como metáfora social. Así lo hizo el director surcoreano Yeong Sang-ho que en su Último tren a Busan trae a los zombis como metáfora de los desposeídos. El ingrediente religioso de Oyola le agrega un volumen que hace más compleja la ecuación y pone el eje en el poder que maneja a otro. Así y todo, si hay personas más desposeídas en la cárcel que aquellas privadas de su libertad quizás sean los muertos.

Ultra Tumba no tiene intenciones de denuncia (ni las necesita). Pero en junio de 2020 es difícil no leer esta historia de amor, lealtad y el anhelo de la libertad, sin pensar en la consigna fulminante que improvisó un recluso en plena explosión de la pandemia en las cárceles: “No me quiero morir acá”.

Bonus track: el código perdido

Entre la montaña de referencias literarias, cinematográficas y musicales, hay una que recorre la historia de amor y locura de Córdoba y Puñalada de Tarro. Las marcas de la época previa a las plataformas de contenidos y la vida online tienen uno de sus ejemplos en Lost, de las primeras series con un formato similar al que conocemos hoy y que cautivó al público argentino.

Un grupo de náufragos llega a una isla y durante seis años seguimos sus desventuras y un sinfín de hipótesis para explicar su destino (con foros donde se arrojaban todo tipo de teorías y analogías). A falta de streamming y la masividad del culto al torrent, era muy común la circulación de DVD grabados que reunían todos los episodios para evitar la espera semanal y el año de agonía entre temporada y temporada.

La serie sirve como timeline de un amor a contracorriente, que supera todo tipo de obstáculos y es una de las historias luminosas de Ultra Tumba. Córdoba reúne los miedos de vivir adentro (que incluye no saber cómo vivir afuera) y también los sueños y las esperanzas de una búsqueda. El descubrimiento de la literatura es un hito en esa búsqueda de la mano de la profe Fernanda, con quien descubrió los versos de Liliana Cabrera que “le tocaron el alma” y habilitaron el sueño de ser “algo más que las letras en negrita de un expediente”.

Tenemos mucha suerte porque Leonardo Oyola construye un universo que no necesita hipótesis rebuscadas y no decepciona. Todo lo contrario a la última temporada de Lost que, como dice Puñada de Tarro, es mala.

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Celeste Murillo

@rompe_teclas
Nació en Buenos Aires en 1977. Es traductora y aficionada a la historia. Es militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y de la agrupación Pan y Rosas. Es columnista de cultura y género en el programa de radio El Círculo Rojo. Estuvo a cargo de la edición en castellano de La mujer, el Estado y la Revolución de Wendy Z. Goldman y escribió en Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia (2006, reedición 2018).
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