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IDEAS DESDE LA UNIVERSIDAD

Una historia de urbanización, desigualdad y lucha de clases

¿Cómo surgen los conventillos? ¿Y las primeras “villas miseria”? ¿Qué relación existió entre el negocio de la tierra y el negocio inmobiliario? ¿Qué luchas se dieron en la historia argentina en relación a este tema? En esta nota algunas respuestas a estas preguntas.

Martes 20 de octubre | 23:04

Ilustración: Flavia Gregorutti

Hablar de “el problema de la tierra” en Argentina, puede remitirnos a distintas realidades. Desde la apropiación privada de la misma en manos de un puñado de terratenientes, realidad existente a partir de los orígenes de la nación “independiente”, hasta la desposesión de las comunidades originarias, pasando por la situación de aquellas familias que necesitan “un poco de tierra” para construir su vivienda y los problemas ecológicos producto de la explotación despiadada de los recursos naturales. En este artículo queremos presentar un breve racconto histórico de uno de los “vínculos perdurables” dentro de este problema: la relación entre las ganancias terratenientes y las desigualdades en el acceso a la vivienda urbana.

El primer elemento para considerar este vínculo es la propia historicidad del acceso a la tierra por parte de las oligarquías que han concentrado su propiedad. Como hemos señalado en artículos anteriores, el proceso de “acumulación originaria” que contribuyó al desarrollo del modelo agroexportador en nuestro país (recordada como la época “dorada” de los negocios agrícolas), estuvo muy ligado a la construcción del Estado Nacional. El mecanismo de la “enfiteusis” rivadaviana, las campañas militares bajo los gobiernos de Rosas y más delante de Mitre, Avellaneda y Roca, fueron delineando los contornos de un acceso a la propiedad en el cual la renta de la tierra se fue entrelazando directamente con la especulación financiera e inmobiliaria, en tanto los vaivenes en la valorización del suelo se transformaban en el punto de mira de quienes detentaron casi gratuitamente los títulos de propiedad. Vale recordar que muchos de los militares a quienes se entregaron tierras en compensación por sus “servicios” en la aniquilación de las comunidades originarias, o aquellos que recibieron a bajo costo tierras por parte del Estado, obtuvieron grandes ganancias revendiendo esas posesiones en los momentos de expansión del negocio agrícola.

Muchos de los grandes terratenientes, además, se vincularon rápidamente con el negocio de la exportación de granos y sus respectivos derivados (embolsamiento, comercialización, relaciones con la bolsa de Londres, etc.). Como nos comentaba hace unos meses Pablo Volkind: “La penetración de los capitales extranjeros provenientes de las principales potencias mundiales -respaldada por los respectivos aparatos estatales- sólo pudo materializarse por la alianza y subordinación de los diferentes sectores de la oligarquía local que le “abrió́ las puertas” a la inversión extranjera debido a que, de ese modo, se garantizaba un porcentaje de los beneficios generados en torno a la explotación de la tierra”.

Los réditos obtenidos por aquella ubicación privilegiada en el mercado de exportación, sin embargo, no se tradujeron mecánicamente en una reinversión productiva en el sector agrícola. Si bien en los momento de crisis, como en la década del ´30, se produjo una “diversificación” obligada de las inversiones por parte de este sector, siendo parte del moderado e incipiente proceso de sustitución de importaciones ante la crisis internacional, la especulación rentista y financiera es un proceso anterior. Diversos autores han analizado que al promediar el siglo XIX ya existían patrones de inversión por parte de los principales capitalistas locales en los cuales la renta de la tierra se combinaba con la especulación financiera (créditos) y la renta urbana. La lógica consistía en que para estos capitalistas, si bien la renta agraria podía representar cuantiosas ganancias, la compraventa y alquiler de propiedades urbanas representaba un rendimiento menor pero más estable: todos los meses recibirían un pago por parte de sus inquilinos, independientemente de las inclemencias climáticas y los zigzags en la bolsa de valores de Chicago. Un dato relevante en este sentido lo representa el hecho de que hacia 1839, el sector más acaudalado de la población poseía casi el doble de sus inversiones en establecimientos urbanos que en los rurales. Para poner un ejemplo: el testamento patrimonial de Nicolás de Anchorena [1], uno de los más grandes oligarcas de la segunda mitad del siglo XIX, testimonia que dejó propiedades y empresas rurales (54%) en una proporción no mucho mayor que las propiedades urbanas (43%).

En este sentido, las tesis de Jorge Sábato [2], quien retoma los planteos del historiador marxista Milciades Peña, permiten un marco de análisis de esta situación, en tanto dibujan un panorama donde el empresariado local no estaría claramente diferenciado entre el sector agroexportador y el comercial/industrial urbano: la burguesía comercial, financiera e industrial nace íntimamente ligada al desarrollo agrícola. La “mentalidad” de la burguesía local, más que la de productores agropecuarios, era la de financistas y comerciantes que pretendían aminorar los riesgos de las crisis cíclicas de la economía dependiente, dispersando sus inversiones al calor de esas crisis, e incluso beneficiándose de ellas. Esto permite entender su rol en la especulación inmobiliaria urbana y en el desarrollo de la construcción.

Urbanización y desigualdad

La rápida expansión de la economía nacional en las décadas que rodean el 1900 provocó a su vez el desarrollo exponencial de las ciudades y de la clase obrera. Enormes contingentes de inmigrantes provenientes de Italia, España, Francia, Rusia, Bélgica y otros países europeos, constituyeron una imagen renovada del proletariado, siendo para 1910 casi la mitad de la población en la ciudad de Buenos Aires. De este modo, para 1914, la población urbana del país es mayor a su población rural; mientras que en 1895 el 43% se ubicaba en zonas urbanas, en el año 1914, el 58% se asienta en las principales ciudades.

La burguesía hizo una lectura de este proceso e intervino de tres modos diversos en el desarrollo inmobiliario local.

Una de las formas, hacia la década de 1930, fue la participación en la obra pública impulsada por el Estado como vía de recuperación económica tras la crisis. Las empresas más beneficiadas en este ámbito fueron las alemanas, que disponían en ese entonces de novedosas técnicas de construcción. Sin embargo, existían fuertes lazos entre esos capitales y la burguesía local. Destaquemos que justamente en el negocio inmobiliario intervienen diversos agentes: desde los constructores hasta los promotores y financistas. Asi, por ejemplo, la más importante empresa constructora de esa época, la Compañía General de Obras Públicas (Geopé), filial de la multinacional alemana Philipp Holzmann, (que realizó construcciones de edificios públicos, usinas, silos, pavimentación de caminos junto a edificios de renta y fábricas de empresas privadas), estaba ligada localmente a los grupos Vasena (la metalúrgica en la que se producen los hechos de la semana trágica) y Tornquist (dedicado a la exportación entre otros rubros) y su directorio estuvo presidido por Joaquín S. de Anchorena, miembro de la Sociedad Rural Argentina.

Otro de los mecanismos anterior a este, fue la participación en la construcción de habitaciones obreras en consonancia con el crecimiento de la ocupación de la periferia urbana. Muchas de las chacras y terrenos periféricos de la ciudad se fueron convirtiendo en barrios. La construcción de conventillos también fue una actividad redituable en ese momento. Si bien se suele asociar estas construcciones a las casas abandonadas por la aristocracia tras la epidemia de fiebre amarilla de principios de siglo, ya en 1880 el 17% de estas viviendas habían sido construidas específicamente para ese fin. A su vez, producto de la densificación urbana operada durante el proceso de formación de la Ciudad de Buenos Aires se produjo un alza del valor de la tierra urbana (sobre todo en el área céntrica y barrios aledaños) que significó un aumento exponencial del valor de la misma (solo entre 1886 y 1887 aumentó entre un 30 y un 40%), generando un parcelamiento mayor de las manzanas y disminuyendo el tamaño de las construcciones (dando origen a las famosas “caza chorizo”). La presión ejercida por la rápida urbanización, sumada a la ausencia de políticas estatales, supuso un aumento descontrolado de los precios de los alquileres, que hacia la segunda década del siglo XX quintuplicaban los de una vivienda similar en algunas de las principales ciudades europeas. El aumento del precio de la tierra en general, producto del auge exportador, suponía que las nuevas tierras a ser ocupadas para la urbanización, aumentaban también el valor de las propiedades.

Finalmente, otro patrón de intervención fue la creación de enormes edificios y palacios urbanos. Un ejemplo del segundo caso es el del edificio Comega, ubicado en Corrientes al 200, creado en 1922 por Alfredo Hirsch, el magnate del grupo Bunge y Born, que para ese entonces, con su estructura hecha enteramente de hormigón (una novedad en esa época) constituyó uno de los edificios más altos de la ciudad, destinado al alquiler de oficinas comerciales. Respecto a los palacios, de los que hemos hablado en otro artículo, vale destacar el palacio Anchorena, el palacio Duhau, y el palacio Hirch, tres de los más lujosos edificios construidos en la ciudad, pertenecientes a tres de los más encumbrados oligarcas locales. Es importante mencionar que estos palacios estaban generalmente deshabitados, ya que sus dueños no solo eran terratenientes absentistas, sino que tampoco habitaban generalmente en el país.

Ahora bien, ¿cómo impacta este patrón acumulativo forjado alrededor del mercado inmobiliario en las condiciones de vida de la clase obrera? Veamos.

Conventillos y villas miseria, la vivienda obrera

Casi en paralelo a estas tres maneras de intervenir de la burguesía en el mercado inmobiliario, podemos describir diversas “realidades” de la vivienda obrera y distintas formas de resistencia de las y los trabajadores asociados a estas.
El caso más difundido por la increíble extensión que alcanzó la precariedad de la vida, fue el de los conventillos a principios del siglo XX. Estos enormes caserones subdivididos en decenas de habitaciones donde vivían familias enteras, fueron el hogar de decenas de miles de inmigrantes al llegar a la Argentina. Veamos la evolución del crecimiento de los conventillos y su correlativo impacto en el hacinamiento de las familias:

1880: 1.770 conv. = 24.023 cuartos = 51.915 hab. = 2.2 hab/cuarto
1883: 1.868 conv. = 25.645 cuartos = 64.156 hab. = 2.5 hab/cuarto
1887: 2.835 conv. = s/d. = 116.167 hab. = s/d.
1895: 2.249 conv. = 37.603 cuartos = 94.743 hab. = 2.5 hab/cuarto
1905: 2.297 conv. = 38.405 cuartos = 129.257 hab. = 3.4 hab/cuarto
1907: 2.500 conv. = s/d. = 150.000 hab. = s/d

(Fuentes: Dr. Guillermo Rawson, Censos Generales de la Ciudad de Buenos Aires y Departamento Nacional del Trabajo. Extraído de: Jorge Ramos (1999, Op.Cit.))

Según un estudio realizado sobre los conventillos de la época:

“la renta de una pieza que en 1870 era de 4 pesos oro, 20 años después había subido a 8 y en 1912 alcanzaba a 13 pesos oro en San Cristóbal y San Telmo, y 18 pesos oro en Catedral al Sur y Socorro; equivaliendo a cerca del 30 % del salario de un peón de albañil, 22% de un medio oficial y 15% de un artesano especializado” [3].

El Censo Municipal de 1904 registraba 559 casas de inquilinato sin baños y en el resto un promedio de un cuarto de baño para 60 personas. Años más tarde, una familia entera vivía en una sola pieza, por la que pagaba la mitad de un salario obrero promedio.

Estas condiciones motorizaron la Huelga de Inquilinos de 1907, que movilizó a unos 250 conventillos de la ciudad contra el aumento de los precios de los alquileres. El 19 de septiembre de aquel año, ya había 400 conventillos en huelga que alojaban a 20.000 inquilinos y a fin de ese mes ya eran 120.000 (80% del total), pertenecientes a 2.000 conventillos. Los huelguistas recibieron el apoyo de la FORA y enfrentaron feroces represiones por parte de la policía y el Estado, que persiguió y deportó a muchos huelguistas aplicando la nefasta Ley de Residencia. El rol de las mujeres en aquellas jornadas fue enorme, estando al frente de los enfrentamientos y organizando la solidaridad entre los vecinos. En algunos casos, los inquilinos lograron satisfacer completamente sus demandas, en otros se les concedió parte de lo reclamado. Donde la organización era más débil fue donde más avanzaron los desalojos.

Sin embargo, ya hacia la década del ´20 y sobre todo con el desarrollo de la crisis de 1930, los conventillos ya no ocupaban un lugar central en la arquitectura urbana. Con el correr de los años fueron avanzando los poblamientos precarios en las zonas de la periferia de la ciudad, compuestos de pequeños ranchos y conjuntos de casas precarias. Uno de los primeros que se testimonia son los ranchos del “Barrio de la Ranas”, asentado en los terrenos de “la quema” de Parque Patricios. Allí, sus habitantes utilizaban residuos y latas usadas del querosén que se usaban en las quemas de los basurales, rellenándolas con barro y colocándolas a modo de pared.
A su vez, la crisis afectó a las condiciones de vida de muchos trabajadores urbanos que no pudieron costear los alquileres debido tanto a la exponencial reducción de los salarios reales como al desempleo. Muchos de ellos debieron desplazarse hacia los sectores más alejados de la ciudad, dando origen a las primeras grandes “villas miseria”, y al fenómeno que se definió como el pasaje de “el conventillo a la villa” [4]. Oscar Yujnovsky ubicó territorialmente estos aglomerados en la periferia de la ciudad y de los partidos del conurbano bonaerense lindantes a los ríos Reconquista y Riachuelo, particularmente en las cercanías de los barrios de La Boca, Barracas, Flores Sur; y en el conurbano bonaerense en las zonas de Florencio Varela, Berazategui, La Matanza, San Martín y Tres de Febrero.

Resulta ilustrativo de la situación que en el año 1932, el punto más alto de la crisis en lo que respecta a la aceleración del desempleo, se haya fundado una de las primeras llamadas “Villa Miseria”, “Villa Desocupación”, ubicada en la continuación de la avenida Canning y la rivera del Río de la Plata, en el barrio de Palermo. A partir de su instalación, los habitantes no solo padecerían las malas condiciones sanitarias de las viviendas precarias, sino la persecución policial y los permanentes intentos de desalojo por parte de la policía, y paradójicamente también, de la Junta Nacional de la Lucha Contra la Desocupación, creada en noviembre de 1934 por el Poder Ejecutivo [5]. Junto con este proceso, comenzó una fuerte campaña de estigmatización a los habitantes de este tipo de asentamientos, apelando al difundido lenguaje de aquel tiempo sobre las enfermedades toxicológicas [6]. Un ejemplo de esto es el testimonio del entonces comisario de la seccional 23, encargado del desalojo de las viviendas, quien describía a Villa Desocupación como “(…) un foco de infección material y moral, donde en escala ascendente y peligrosa, se transformaba sucesivamente el desocupado en mendigo; este en vago y el vago en delincuente” [7].

Muchas de estas huelgas desarrolladas durante 1932 recibieron el apoyo de los pobladores en tanto lo consideraban como parte de un mismo reclamo contra la desocupación y las condiciones de vida causadas por la crisis: “Entre las iniciativas adoptadas la FOIC (Federación Obrera de la Industria de la Carne) logró organizar a los desocupados acampados en Puerto Nuevo, a quienes las empresas intentaban reclutar para reemplazar a los obreros en inactividad” [8]. La confluencia de trabajadores organizados por el PC (Partido Comunista) con pobladores de las ocupaciones cercanas a los ríos lindantes de la zona Sur, muestran que estos asentamientos fueron lugares de organización y resistencia a la desocupación, en reclamo de mejores condiciones de vida, ligadas a las necesidades más elementales, que el Estado no brindaba.

Años más tarde vemos una solidaridad de clase similar en la huelga de la construcción de 1936. No desarrollaremos en detalle los hechos que lo hemos hecho en una nota anterior. Pero sí podemos señalar que los trabajadores de la construcción, que tras aquella huelga lograron la constitución de su sindicato (la poderosa FONC), no solo pelearon por sus demandas sino que con el correr de los años se mantuvo entre sus consignas la necesidad de una vivienda “obrera y popular” como parte de un plan de obras públicas estatales que dieran una solución a las condiciones de precariedad que continuaron existiendo. Más allá de la deriva política que le dio la dirección del PC a estas consignas (articuladas con su política frentepopulista) expresaba un vínculo entre diversos sectores de la clase obrera que con los años y progresivamente la burocracia sindical tendió a diluir.
Es decir, durante las primeras décadas del siglo XX y particularmente desde la década del 30, en consonancia con la profundización de la crisis capitalista y su consecuente impacto sobre las condiciones de la vivienda popular, existieron diversos repertorios de respuesta por parte de los trabajadores a este problema, que lejos de ser reclamos aislados, atravesaron algunas de las luchas de la vanguardia obrera durante aquel periodo, confluyendo vecinos con trabajadores sindicalizados en posiciones estratégicas de la industria.

Conclusión

A lo largo de este artículo hemos intentado señalar tres ideas. La primera, que el negocio agrícola, ganadero exportador, clave en la configuración de la dependencia nacional, supuso un modo particular de desarrollo de la burguesía local, en donde sus negocios estuvieron repartidos entre el campo y la ciudad, bajo una lógica especulativa y mercantil. En segundo lugar, indicamos que existieron diversos modos de incidencia de la burguesía en el desarrollo de la urbanización de la ciudad de Buenos Aires, vinculando estrechamente la especulación rentista sobre la tierra urbana con el desarrollo de una vivienda obrera y popular cada vez más cara, precaria y hacinada. Finalmente, destacamos que ante estas condiciones existieron respuestas “desde abajo”, que con diversos grados de organización se propusieron combatir esta realidad con métodos de lucha de la clase obrera, tanto sindicalizada como no sindicalizada.

La pelea por las condiciones de vida, y en particular por una vivienda digna, en un país dependiente como Argentina, por lo tanto, ha estado (y continúa estando) asociado a la pelea contra los grandes capitalistas del país, verdaderos saqueadores de la tierra, que han hecho y hacen negocios a costa de las necesidades de las grandes mayorías. El Estado de clase que los representa, a lo largo de diversos gobiernos, no ha revertido este problema estructural, ya que hacerlo implica tocar los intereses de los capitalistas. La lucha por una vivienda digna, como la que se está dando en muchos lugares del país con la profundización de la crisis, tiene que ser una lucha del conjunto de las y los trabajadores, fomentando la más amplia solidaridad de clase entre precarizados, informales, trabajadores sindicalizados y en blanco, con el conjunto del pueblo explotado y oprimido: allí está la fuerza social para torcer la historia.



[1Roy Hora (2012), Los Anchorena: patrones de inversión, fortuna y negocios (1760-1950). América Latina en la Historia Económica. México: 2012.

[2Sábato, Jorge F. La clase dominante en la Argentina moderna. Formación y características. Buenos Aires: CISEA-Imago Mundi, 1991. Segunda edición.

[3Ramos, Jorge, (1999) “Arquitectura del habitar popular en Buenos Aires: el conventillo” . Instituto de arte americano e investigaciones estéticas.

[4Yujnovsky, Oscar (1983): “Del conventillo a la ‘villa miseria’”, en José Luis Romero y Luis A. Romero (comps), Buenos Aires, historia de cuatro siglos, Buenos Aires, Abril.

[5Snitcofsky, S. (2013), “Impactos urbanos de la gran depresión: el caso de Villa Desocupación en la Ciudad de Buenos Aires (1932-1935)” en Cuaderno Urbano. Espacio, Cultura, Sociedad - Vol. 15 - Nº 15.

[6Armus, D. Belmartino, S. (2001), “Enfermedades, Médicos y Cultura Higiénica”, en Cattaruzza, Alejandro. (ed.) Los Años Veinte. Nueva Historia Argentina, Buenos Aires, Sudamericana.

[7Ré, Juan Alejandro (1937) El problema de la mendicidad en Buenos Aires, sus causas y sus remedios, Buenos Aires, Biblioteca Policial Argentina.

[8Camarero, H. (2008): Comunismo y movimiento obrero en la Argentina, 1914-1943, Tesis de Doctorado, UBA.







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