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1ro de septiembre de 2020 Twitter Faceboock

Trotsky y la juventud
Dar un futuro a la juventud: dar un futuro al mundo
Cecilia Mancuso | Dirigente Juventud PTS | @CeciMancuso
Esteban Martine

agradecimiento a Luneta @lunetadibujos por la caricatura

A 80 años de su asesinato, recuperamos el recorrido del joven Trotsky hacia la revolución, y el papel que para el viejo Trotsky ocupaba la juventud en la lucha por construir la Cuarta Internacional.

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Con estas líneas intentamos abrir una ventana a la curiosidad de quienes quieran conocer el legado de Trotsky, rescatando sólo dos aspectos de su vida revolucionaria: el camino que recorrió hasta abrazar las ideas socialistas y jugar un papel destacado en la revolución de 1905 (a sus tempranos 26 años); y el énfasis que pondrá en la organización de la juventud el viejo Trotsky, a la hora de la fundación de la Cuarta Internacional.

El joven Bronstein, en camino a la revolución

En su intento autobiográfico titulado Mi Vida, escrito en su exilio en Prinkipo (Turquía) en 1929, Lev Davidovich Bronstein, relata su temprana tendencia a defender "derechos pisoteados". Fue expulsado de su escuela por organizar una "protesta" para defender a un compañero contra el agravio de un profesor. Ya de pibe durante sus vacaciones, en Yánovka, el pequeño Bronstein chocaba con su padre por discutiendo sobre las condiciones de vida de los jornaleros de su estancia. La brutalidad del estado zarista lo hizo presenciar con bronca la deportación de dos obreros que rogaban de rodillas a un gendarme; vivió conmovido la miseria de los campesinos pobres desde su hogar pequeñoburgués.

En Mi Vida, Trotsky explica el clima de época que se vivía en aquel entonces entre los opositores al régimen, "los mejores elementos de esta generación se consumieron en el fuego de una lucha llevada adelante con bombas de dinamita. El enemigo mantuvo todas sus posiciones.(...) Sin embargo, a la sombra de la reacción, continuó el sordo trabajo de las fuerzas del capitalismo. De 1890 a 1900, aparecieron las huelgas obreras y surgieron las ideas marxistas. Este levantamiento alcanzó su apogeo a principios de nuestro siglo en el año 1905".

Sin embargo, al matricularse en una escuela en la localidad de Nikoláiev, a los 16 años, todavía no lo cautivaba ninguna idea política. Como cuenta Deutscher en su gran biografía, fue “una influencia casual la que inicialmente lanzó a Bronstein por su senda revolucionaria. Allí se alojó con una familia cuyos hijos se reivindicaban socialistas”. Trotsky se resistió a sus “utopías”, pero no por mucho tiempo: sus anfitriones le hablaban de la explotación y la pobreza, de escenas que él había presenciado, y entonces las ideas socialistas iban cobrando sentido. Cuenta en su autobiografía: “la vida había depositado en mi conciencia una fuerte reserva de ideas sociales contestatarias ¿En qué consistían? En una simpatía por los oprimidos, en la indignación ante las injusticias”.

Allí también conoció a algunos deportados “representantes de la época decadente del movimiento populista”. Entre ellos, a un jardinero llamado Shvigovsky, que reunía en su casa a un grupo de estudiantes para debatir de política. Ese año estalló una huelga de 30.000 obreros en San Petersburgo, influidos por los marxistas, incluido Lenin y la “Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera”.

Durante estos años, las ideas del populismo y la socialdemocracia daban vueltas en la cabeza de Bronstein. El populismo era un movimiento que negaba el rol del proletariado en la revolución, pero gozaba del prestigio (aún en su ocaso) que le daba la participación en atentados contra funcionarios zaristas, incluyendo el propio Zar, Alejandro II. El marxismo, del que tuvo una primera impresión gracias a Aleksandra Sokolovskaya (con quien luego se casaría), se le presentaba excesivamente centrado en las determinaciones económicas.

El padre le ordenó que se alejara de la huerta de Shvigovsky, pero en cambio, Trotsky renunció a su ayuda material y a su origen pequeñoburgués, comenzó a dar clases particulares y se fue a vivir “en comunidad”.

El movimiento huelguístico de 1896, impactó entre estudiantes e intelectuales. En febrero de 1897 se suicidó una estudiante detenida por sus ideas en la fortaleza de Pedro y Pablo (San Petesburgo). El hecho provocó una oleada de revueltas, seguidas de deportaciones y detenciones. Al calor de los acontecimientos, Trotsky se inició en la militancia revolucionaria. Abandonando el populismo fundó la Unión de Obreros del Sur de Rusia, junto a personajes como el electricista Ivan Andreievich Mujin. Los obreros se acercaban a la organización, que contaba con una única copia, manuscrita y deficiente, del Manifiesto Comunista. Sin embargo, la Unión, formada por marxistas y populistas, se concentraba en las luchas económicas, por salarios o condiciones de trabajo.

Siendo parte de este grupo, es que en enero de 1898, a sus 19 años, fue encarcelado por primera vez, hasta finales del año siguiente. Fueron sus primeros encierros: a lo largo de su vida conocería 20 cárceles. En ese brutal aislamiento, leyó por primera vez al italiano Antonio Labriola, convenciéndose de algunos de los fundamentos centrales del marxismo, como el materialismo histórico y la dialéctica.

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Allí escuchó hablar de Lenin y estudió su libro “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, que apareció en 1899 en el marco del crecimiento del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). Fue deportado a Siberia, donde se identificó definitivamente con la tendencia socialdemócrata y de donde se fugó en un carro cargado de paja, y luego, a bordo de un tren con un pasaporte falso. Allí por primera vez escribió al azar el nombre de uno de sus carceleros, que se convertiría en su nombre por el resto de su vida: Trotsky.

En 1902, conoció a Lenín, Mártov y Vera Zasúlich, precursores de la socialdemocracia rusa y redactores del periódico Iskra. Lenin propuso incorporar a Trotsky a la redacción pero la oposición de Plejánov no lo permitió. Hacia 1903, el POSDR se dividió entre bolcheviques y mencheviques. Trotsky quedó inicialmente con los segundos, para distanciarse poco después, apostando a la reunificación de ambas fracciones.

En 1905 apareció con fuerza en escena la clase obrera surgida al calor de la rápida industrialización, que contrastó con la inmensa mayoría campesina. En enero, la fábrica Putilov desató una huelga que se extendió por todo Petrogrado y fue reprimida el día 9 por el zarismo en lo que se conoció como el “domingo sangriento” que dió inicio a la revolución. La oleada de huelgas se extendió rápidamente por toda Rusia. Además de las 8 horas, exigían libertades políticas y una asamblea constituyente.

A sus apenas 26 años, Trotsky jugó un papel destacado en la revolución. En octubre, fue elegido miembro del Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado, y luego su presidente.

La revolución fue aplastada brutalmente. Sin embargo, como planteó en Mi Vida: “Para Rusia, la Revolución de 1905 fue un ensayo general de 1917. Y para mi tuvo el mismo significado”. A su corta edad, 1905 no sólo le permitiría extraer las conclusiones que lo harían prever la dinámica de 1917, sino también probar “su decisión y firmeza”, al frente de los combates protagonizados por las masas organizadas por el soviet.

El “viejo” Trotsky: “paso a la juventud”

El triunfo de Octubre - sobre el que no nos detendremos en esta nota- no se tradujo en la expansión de la revolución más allá de Rusia, como apostaban Trotsky, Lenin y los bolcheviques. El aislamiento de la Unión Soviética fue lo que permitió que avanzara la burocratización del Estado Obrero, castigado social y económicamente por años de guerra civil.

En su lucha contra la burocracia estalinista, continuando los últimos combates de Lenin, Trotsky prestaría especial atención a la juventud. En “La Revolución Traicionada”, libro publicado en 1936, escribió: “Todo partido revolucionario encuentra su principal apoyo en la joven generación de la clase triunfante. La senilidad política se expresa en la pérdida de capacidad para arrastrar a la juventud. Los partidos de la democracia burguesa, en su retirada sucesiva de la escena, se ven obligados a abandonar a la juventud a la revolución o al fascismo. Cuando el bolchevismo vivía en la ilegalidad, fue siempre el partido de los jóvenes obreros.” La joven generación del ’17, había sido diezmada para los años ’30. La burocracia oprimía a la juventud soviética y le negaba toda posibilidad de crítica: “Todo lo que la juventud tiene de insumisión y de excepcional, es sistemáticamente reprimido, eliminado o exterminado físicamente”.

La década del ’30 inició con una crisis histórica, que llevó a nuevas batallas de clase. Trotsky y la Oposición de Izquierda enfrentaron la orientación de la III Internacional estalinizada, que preparó derrotas aplastantes para el proletariado, abriendo paso al avance del fascismo en Alemania y España.

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Fue en 1938, durante su último exilio junto a su compañera Natalia en México, que Trotsky redactó los documentos para la Conferencia de Fundación de la IV Internacional. Trotsky le asignaría un rol clave a la juventud para revitalizar a la “generación más vieja, que ha sufrido terribles derrotas”. En su manifiesto fundacional, el Programa de Transición, sostiene: “La IV Internacional presta una atención y un interés excepcional a la joven generación del proletariado. Toda su política se esfuerza en inspirar a la juventud confianza en sus propias fuerzas y en su futuro. Sólo el fresco entusiasmo y el espíritu ofensivo de la juventud puede asegurar los primeros triunfos de la lucha y solo estos devolverán el camino revolucionario a los mejores elementos de la vieja generación. Siempre fue así y así será.”

Cada sección apostaba a poner en pie su organización juvenil, con la autonomía necesaria para que definiera las tácticas más adecuadas para llegar a las masas. “Nuestro movimiento internacional de la juventud acaba de dar un gran paso adelante”, así presentaban los documentos de la Conferencia Internacional de la Juventud que sesionó casi en paralelo con el Congreso fundacional de la IV. Uno de los documentos aprobados es la “Plataforma de lucha de la juventud trabajadora” , un texto poco conocido y que vale la pena rescatar.

En ella, definió que el capitalismo en crisis “se demuestra incapaz de aportar la menor solución a la miseria y angustia de la juventud trabajadora. (...) Los jóvenes quieren crear un nuevo mundo y sólo se les permite mantener o consolidar un mundo descompuesto que se derrumba. Los jóvenes quieren saber cómo será el mañana y la única respuesta que les da el capitalismo es esta: ‘Hoy hay que apretarse más el cinturón, mañana se verá… Por otro lado, quizás para ustedes, no haya mañana”.

Toda la plataforma es una enorme demostración del amor por la vida y la militancia, por la plenitud para las nuevas generaciones. La experiencia de la juventud que abrazó la Oposición de Izquierda -en la que su joven hijo Lyova, asesinado por la burocracia stalinista a sus 32 años, jugó un rol muy importante- quedó plasmada en dicha plataforma como un llamado enérgico a las jóvenes generaciones a que no se resignen a aceptar por “comunismo” aquello en lo que iba degenerando la URSS. Por el contrario, debían sumarse a la IV Internacional y preparar los triunfos revolucionarios que evitaran la carnicería de la Segunda Guerra Mundial.

Al joven lector o lectora, podrá llamarle la atención que dicha plataforma plantee (¡80 años atrás!) un horizonte de derechos que desbordan el estrecho plano de "lo económico", y que a su vez continúan siendo negados brutalmente para las amplias mayorías de la juventud hasta el día de hoy.

“¡Queremos nuestro derecho a la vida!” , en este y otros puntos de la plataforma, se plantea la necesidad de la educación profesional con un subsidio para la familia del joven; de extender la escolaridad hasta los 16 años; o la prohibición del trabajo nocturno. Bajo la consigna “¡Queremos nuestro derecho a divertirnos!” , la plataforma postulaba la irrenunciable pelea por el derecho al ocio, la distracción y la cultura: “acceso gratuito para los jóvenes desocupados y para los jóvenes trabajadores, al deporte, estadios, museos, bibliotecas, teatros, cines” . A su vez, planteaba la organización por parte de los propios jóvenes desocupados intelectuales de conferencias, charlas, etc, sobre ciencias “duras” y sociales, sobre la historia del movimiento obrero, etc. Quince años atrás, en Problemas de la Vida Cotidiana, en medio de las dificultades de los años posteriores a la toma del poder, escribía que “los juegos y las distracciones pueden contribuir ampliamente a la formación del carácter de toda una clase, cuando esta clase es joven y marcha hacia adelante”.

La “Plataforma…” aborda la cuestión de las jóvenes obreras y campesinas, “las más explotadas de la juventud trabajadora”. Para ellas, la IV Internacional y su juventud se comprometían a pelear particularmente por sus reivindicaciones, por el reconocimiento de su trabajo y salario en igualdad con los varones, licencias y subsidios por maternidad y por el derecho a la “maternidad consciente”. Vale recordar que fue la Revolución Rusa en 1918 la primera en legalizar el aborto, considerado por Trotsky “uno de los derechos cívicos, políticos y culturales esenciales” de las mujeres en ese contexto, y prohibido por Stalin en el ‘36.
También destacaba la importancia de luchar por la igualdad de derechos para los trabajadores migrantes asiáticos y provenientes de las colonias en los países imperialistas (“¡Pan, libros y derechos para los coolies!”), levantando incluso el derecho a la educación de los niños en su lengua natal.

Ninguna de todas estas reivindicaciones de las y los jóvenes explotados, eran consideradas suficientes. Ni aún frente a la más grande de las adversidades consideraba Trotsky que la juventud debiera resignar su lucha por el conjunto de las condiciones de vida de los explotados y oprimidos, a la pelea consciente por el triunfo del proletariado mundial en la toma del poder y el desarrollo del socialismo.

Su legado ante una nueva crisis histórica

Dar un futuro a la juventud, es definitivamente dar un futuro al mundo. Era así en la época de Trotsky, y hoy conserva total actualidad. La juventud sigue siendo hoy, junto a las mujeres y migrantes, parte de los batallones más explotados y oprimidos de la clase trabajadora a nivel global. Es una juventud que no le debe nada a este sistema: que vive peor que sus padres y que sus abuelos. Es la que registra los mayores índices de precariedad e informalidad. Que tarda más en “independizarse” de sus familias. Una juventud cuya calificación en la educación superior (para quienes logran acceder) ni siquiera es sinónimo de mejores empleos.

La crisis capitalista de 2008 golpeó particularmente a la juventud, arrojándola por millones al desempleo. Desde ese momento la economía se recuperó parcialmente pero sumando nuevas contradicciones. Los nuevos empleos empeoraron, y hasta hoy continúan siendo temporales y precarios. En parte, fueron los primeros en ser destruidos bajo la pandemia. Otros, “esenciales” como los de las aplicaciones, se multiplicaron, empeorando aún más las condiciones de trabajo.

Como contracara, la juventud fue un actor central en las movilizaciones y revueltas de los últimos años. De la “Primavera Árabe” a los indignados del Estado Español, a la juventud que gritó “no son 30 pesos, son 30 años” en Chile el año pasado y es protagonista del movimiento de mujeres y de las luchas en defensa del medioambiente en todo el mundo.

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La crisis que desató la pandemia del COVID-19, hizo que el 2008 parezca un leve resfrío… Las enormes manifestaciones desatadas en el corazón del imperialismo yanqui, contra la violencia policial y racista, que se contagió a distintos países de Europa, y vive un rebrote por estos días, puede ser una muestra de la conflictividad que se viene. Si la crisis reactualiza las condiciones para nuevos enfrentamientos, el resultado no está escrito. La juventud que quiera prepararse para evitar que los capitalistas impongan más desocupación, precarización y miseria, encontrará en el legado de Trotsky un bagaje invaluable.

Para terminar, una última reflexión: varios de los resortes sobre los que se asentó el neoliberalismo empiezan a resquebrajarse. Si bien la clase obrera se encuentra fragmentada, la crisis capitalista abre nuevas posibilidades para el desarrollo de la lucha de clases, como hemos empezado a ver en los últimos años. Las derrotas asestadas a la clase obrera en aquellas décadas aún pesan en la subjetividad de millones de trabajadores, sin embargo, también una nueva generación se abre paso entre el proletariado. Una generación que no carga con esas derrotas del pasado y que puede renovar las fuerzas adormecidas por la acción consciente de las burocracias sindicales y políticas. Así como Trotsky decía que la juventud de la cuarta internacional iba a sacudir a las organizaciones rutinizadas por el sindicalismo, el estalinismo y la socialdemocracia, apostamos a que una nueva generación de jóvenes trabajadores juegue un papel clave en despertar a ese gigante que hará temblar la tierra.

 
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