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VICENTIN

Volkind: "La exportación de granos tuvo y tiene un lugar protagónico"

Tiempo estimado 17:21 min


A raíz de los debates abiertos por el caso Vicentin, entrevistamos a Pablo Volkind, que es Doctor en Historia, docente e investigador y especialista en el estudio del desarrollo del capitalismo en el agro pampeano entre fines del siglo XIX y principios del XX.

Martes 23 de junio | 21:36

1- El caso Vicentin nos remite un poco a la historia nacional y el peso de la agro exportación en nuestra economía. Cuando se habla de principios del siglo XX, se recuerda siempre la idea de “Granero del Mundo”, para explicar la inserción de Argentina en el mercado mundial. Sin embargo, en algunos de tus trabajos marcas una imagen que tal vez llega menos, y es que esta actividad dependía de muy pocas empresas. ¿Cómo se constituyó este escenario?

Las investigaciones y denuncias en torno al caso Vicentin, evidenciaron una problemática que tiene una larga historia en Argentina: la concentración y extranjerización de la exportación de granos y derivados.
Desde fines del siglo XIX, a diferencia de lo sucedido con los ferrocarriles, los frigoríficos o el sistema bancario, existía un claro predominio de las empresas de origen alemán que controlaban directa o indirectamente alrededor del 70-80% de las exportaciones de granos de la Argentina. Las llamadas “cuatro grandes”: Bunge & Born (de capitales belga-alemana), Louis Dreyfus (francesa), Huni & Wormser (franco-suiza) y Weil Hermanos & Co. (también alemana), abrieron sus puertas entre 1880-1900 y, prácticamente monopolizaron, hasta la Primera Guerra Mundial, un resorte clave de la economía. Estas exportadoras tenían múltiples contactos a escala mundial y contaban con una operatoria que abarcaba puntos distantes del globo.
Estas firmas se instalaron en un contexto caracterizado por la expansión imperialista y la plena incorporación de nuestro país al mercado mundial como proveedor de materias primas y alimentos. Este fenómeno se inscribió en un proceso en el cual las burguesías metropolitanas pretendían valorizar sus capitales a tasas más elevadas y obtuvieron el control directo de ramas decisivas de la producción y los servicios en los países dependientes mediante la inversión directa. La penetración de los capitales extranjeros provenientes de las principales potencias mundiales -respaldada por los respectivos aparatos estatales- sólo pudo materializarse por la alianza y subordinación de los diferentes sectores de la oligarquía local que le “abrió las puertas” a la inversión extranjera debido a que de ese modo se garantizaba un porcentaje de los beneficios generados en torno a la explotación de la tierra.

2-¿Cuáles fueron los vínculos entre estas empresas, el estado nacional, y los capitales extranjeros?

Las grandes empresas exportadoras, desde sus orígenes, enhebraron vínculos estrechos con diversos sectores de las clases dominantes que les permitieron obtener concesiones portuarias, eludir impuestos y remitir sus cuantiosas utilidades al extranjero. Estas prácticas también incluyeron la diversificación productiva con el objeto de controlar el procesamiento de la materia prima local, el traslado y el embarque. Tal es el caso de firmas como Bunge y Born o Dreyfus, que mantienen posiciones estratégicas en nuestro país desde fines del siglo XIX. Los tentáculos de estas grandes compañías, que controlaban el mercado y un porcentaje significativo del crédito agrario, se extendían desde los molineros, los dueños de almacenes de campaña y los operadores independientes hasta los comerciantes de cereales y los acopiadores que funcionaban agentes de las grandes compañías. Su poder se extendía hasta los principales puertos del país donde virtualmente monopolizaban las operaciones en función de los vínculos y negocios que controlaban en ambas orillas del Atlántico.
Estas firmas, durante la etapa agroexportadora, regulaban los lugares de almacenamiento, manejaban los embarques y podían manipular la cotización de los granos a partir del control de las operaciones a escala planetaria. De este modo, detentaban de una posición de privilegio que le permitía imponer el precio de compra de los granos a productores que ni siquiera tenían la posibilidad de guardarlo en la parcela y corrían el riesgo de perder la cosecha ante inclemencias climáticas. Frente a la premura por vender y conseguir el dinero para reiniciar el proceso productivo, quedaban a merced de estos grandes pulpos.
También resultan centenarias las prácticas relacionadas con el financiamiento. Estas compañías exportadoras tenían acceso preferencial al crédito estatal a través, por ejemplo, de los adelantos a muy bajas tasas de interés por parte del Banco Nación. De este modo, el capital monopolista extranjero operaba sobre la base de movilizar para sus fines ahorro interno mientras que a los pequeños y medianos productos agrícolas arrendatarios se les negaba.

La transformación de esas compañías en grandes “grupos económicos” también reconoce antecedentes en la trayectoria de Bunge & Born. Esta firma inició un proceso de diversificación que incluyó la creación de bancos y financieras, la compra de tierras y la adquisición de un taller que dio origen a una empresa de envases metálicos para alimentos. Luego se insertó́ en la industria alimenticia a través de la creación de “Molinos Río de la Plata” y también comenzó́ a operar en el rubro de la confección de bolsas de yute para el transporte de cereales a través de la Compañía Industrial de Bolsas. En la década de 1920 inauguraron la fábrica de pinturas Alba, una desmontadora y la hilandería y tejeduría Grafa. Esta expansión de sus actividades -en muchos casos mediante la compra de las empresas competidoras- le permitió́ a Bunge & Born incrementar exponencialmente sus ganancias mediante el control de otros rubros conexos a la exportación de granos. Uno de los mecanismos consistía en exigir que los agricultores vendieran su trigo embolsado. El gobierno fijó elevados impuestos a las importaciones de bolsas para granos, pero prácticamente liberó de gravámenes la compra de piezas de yute cortadas que ingresaban desde la India. Así, la empresa de Bunge & Born detentaba el monopolio de la provisión de ese insumo fundamental para la venta de trigo que no podía realizarse a granel.
En definitiva, el capital extranjero invertía en nuestro país con el único objeto de asegurarse una tasa de ganancia superior a lo que podría obtener en otra parte del mundo. El gobierno le fijaba impuestos irrisorios, abonaban exiguos salarios, obtenían concesiones especiales, detentaban un poder monopólico, no existían límites a la remisión de utilidades y les garantizaban las divisas para esa operación. Por último, esos dividendos eran reinvertidos en otras latitudes del planeta. Así, el discurso hegemónico que difunden los medios sobre las supuestas bondades de la llegada del capital extranjero debe ser cuestionado a la luz de las evidencias históricas y presentes que demuestran lo contrario.

3- ¿Cómo siguió esta historia después de ese momento inicial? ¿Por qué se dejó de hablar de “granero del mundo”? Y en ese sentido ¿Por qué hoy se vuelve a hablar del problema de los granos como clave para pensar el comercio exterior?

La exportación de granos y derivados tuvo y tiene un lugar protagónico en la estructura económica argentina. Hasta el presente, esa actividad genera alrededor del 40% de las divisas genuinas que ingresan al país. Esos dólares constituyen un afluente fundamental para pagar importaciones, garantizar la remisión de utilidades de las empresas extranjeras que operan en Argentina, “afrontar” la deuda externa, fugar capitales.
Esta forma de funcionamiento de la economía y la relevancia de esta actividad se remonta a la llamada “etapa agroexportadora”. Testigos de aquel período y posteriores visiones historiográficas, con una clara perspectiva apologética, caracterizaron a la Argentina como el “granero del mundo”. El objetivo era jerarquizar los “aciertos” de las clases dominantes que, aliadas y subordinadas el capital extranjero, habían organizado una estructura económica en torno al aprovechamiento de los recursos naturales y un cierto desarrollo de la producción agropecuaria en detrimento de la diversificación industrial. Esa denominación no contemplaba un aspecto fundamental: si bien Argentina competía con Estados Unidos o Canadá entre los principales exportadores del mundo, éstos países tenían como prioridad satisfacer su mercado interno, desenvolver su producción fabril y diversificar las actividades. La cosecha de trigo y maíz era muy superior a la nacional pero sólo exportaban una proporción minoritaria.
El impacto de la crisis de 1930, de la Segunda Guerra Mundial y los proyectos que se intentaron desplegar en la segunda postguerra incidieron en el desarrollo industrial local. Así, para los años ‘43 y ’44, el Producto Bruto Industrial superó al Producto Bruto Agropecuario. Sin embargo, dicho desenvolvimiento estuvo condicionado, entre otros factores, por las posibilidades de contar con divisas para importar maquinaria e insumos. Así, las exportaciones agrícolas mantuvieron un papel muy relevante, situación que quedó evidenciada –por ejemplo- con la nacionalización del comercio exterior de granos, a través del IAPI, durante los gobiernos peronistas (1946-1955).
Luego, el golpe de Estado de 1976 y la dictadura genocida garantizaron la reprimarización de la economía y una desindustrialización relativa que volvió a ubicar a las exportaciones primarias en un lugar protagónico en beneficio de los grandes propietarios territoriales y de ciertos grupos económicos nacionales y extranjeros. Este proceso se afianzó durante la década de 1990 donde el cultivo de soja se transformó en la “vedet” del agro argentino. Desde aquel período hasta el presente, poco se ha modificado. Los capitales chinos, norteamericanos, franceses e ingleses controlan las cinco principales firmas exportadoras de granos y derivados, así como los puertos, los lugares de almacenamiento y los barcos.

4- En algunos de tus trabajos comentas la importancia de un actor a veces olvidado en esta historia: los obreros rurales. ¿Qué nos podrías comentar sobre este tema?

Efectivamente, los obreros y obreras rurales fueron y son un sector fundamental de la expansión agrícola pasada y presente. Podríamos decir que constituyen uno de los principales “ingredientes” del “secreto de la competitividad de los granos argentinos”. La renta que embolsaban los dueños de la tierra, así como las fabulosas ganancias que acaparaban los ferrocarriles, los grandes empresarios agrarios y las compañías comercializadoras de granos emanaban de la plusvalía generada por los trabajadores que desempeñaban las distintas labores agrarias. Particularmente, de los cientos de miles que se desplazaban a los campos todos los años para las cosechas. Estos peones desarrollaron sus labores bajo la inexistencia de leyes protectoras, durante jornadas interminables de 15 o 17 horas, en condiciones insalubres, recibiendo pésima alimentación y alojándose a la intemperie. Los salarios recibidos podían resultar tentadores para aquellos que desempeñaban tareas temporarias en las ciudades o en los pueblos y zonas rurales cercanas, pero el trabajo de estrella a estrella, los adelantos de mercancías a cuenta que realizaban sus patrones y deducciones a sus jornales a los que estaban expuestos, le quitaban parte de su atractivo. A su vez, fueron víctimas de engaños y estafas, no sólo por parte de los almaceneros de ramos generales, sino también por los titulares de las grandes explotaciones, las agencias de contratación y los empresarios de trilla que se valieron de un sinnúmero de estrategias para garantizarse la explotación de la mano de obra necesaria al menor costo posible.
También obliga a repensar el fenómeno de la “inmigración golondrina”. En este sentido, las corrientes liberales afirman que los salarios abonados en las cosechas eran superiores, comparativamente, a los de algunas ciudades europeas y eso estimuló el viaje hasta nuestras costas. Pero el papel fundamental que se le adjudica a los trabajadores golondrinas europeos -que se desplazaban sólo durante unos meses para realizar la cosecha en la región pampeana-, está en línea con la hipótesis acerca del elevado monto de los jornales rurales que se abonaban, reafirmándose de esta manera las ventajosas condiciones que existían en una Argentina que “prosperaba” ininterrumpidamente. En esta dirección, las claves explicativas para comprender la presunta “ausencia” de conflictos durante el boom de la etapa agroexportadora habrían sido esos elevados montos salariales (que no son correlacionados en la investigación con las condiciones laborales existentes en la época) y la elasticidad del mercado de mano de obra.
Por lo tanto, habría que relativizar la idea, extendida entre algunos protagonistas de la época e interpretaciones historiográficas posteriores, de que los salarios rurales eran elevados, expresión de dudosa validez teórica. Estas reconstrucciones historiográficas, en línea con una visión apologética de la etapa agroexportadora, presuponen la existencia de un crecimiento económico excepcional que habría permitió el “derrame” de la riqueza sobre el conjunto de la sociedad. Bordean, así, una lectura fisiocrática que asocia unilateralmente la riqueza nacional a la “productividad natural” y a las “ventajas comparativas” derivadas de la fertilidad del suelo argentino. De este modo, pretenden difuminar la relación social de explotación de la cual emanaba dicha riqueza.

5- Si uno ve algunos actores políticos y sociales tanto de aquella época, como en años posteriores, encuentra balances muy divergentes sobre los beneficios, la inevitabilidad o la catástrofe que este modelo implicó para la economía nacional. ¿Cuáles son en rasgos generales estas posturas o los ejes de debate?

Mencionamos algunos de estos tópicos en las respuestas anteriores. Las luchas y disputas entre diferentes proyectos económico, políticos, sociales y culturales que se libran en el presente buscan su justificación y fundamentación en el pasado de nuestro país. Al respecto, afirmaciones como “Argentina debe transformarse en el supermercado del mundo”, o “en Sudamérica todos somos descendientes de europeos”, constituyen claras alusiones a la etapa oligárquica y agroexportadora de nuestra historia, aquella que opera como anhelo y punto de referencia para un sector significativo de las clases dominantes. Este evidente paralelismo con aquel período histórico tiene estrecha vinculación con la perspectiva de un conjunto de historiadores para quienes la Argentina “granero del mundo” era una tierra de promisión donde se combinaron de forma óptima la tierra, el capital y la mano de obra y se abrieron las posibilidades de ascenso y progreso social para todos aquellos espíritus emprendedores que arribaron a nuestros puertos. Particularmente, en lo que respecta a las inversiones extranjeras y las empresas exportadoras, las visiones apologéticas afirman que la construcción de las líneas ferroviarias y la instalación de firmas cerealeras permitieron generar las condiciones para el crecimiento económico. Se afirma, además, que las compañías que monopolizaban el transporte y comercialización de granos y carnes no hicieron uso de su posición de privilegio para incrementar sus ganancias y afectar los ingresos de los pequeños y medianos agricultores. En este sentido, afirman que, hacia finales del siglo XIX, la comercialización internacional de cereales se fue concentrando en varias grandes empresas exportadoras porque se ajustaba a una organización más racional del negocio. Los costos operativos y de intermediación sin duda se hacían mucho menos onerosos ampliando la escala, y la negociación con los importadores se podía también llevar a cabo en mejores condiciones para el vendedor. Racionalidad en la asignación de recursos, eficiencia productiva, libre juego de oferta y demanda y emprendedurismo habrían sido –según esta perspectiva- las claves explicativas del papel auspicioso que tuvieron las empresas exportadoras de granos durante la etapa agroexportadora.
Estas lecturas del pasado, en función de las necesidades de los sectores dominantes, justifican el orden socioeconómico que consolidaron los propietarios rurales, los grandes empresarios y el capital extranjero. El caso Vicentin dejó una vez más al descubierto que las contradicciones y conflictos siguen abiertos en todos los terrenos. Resulta imprescindible abordar estas problemáticas desde una perspectiva transformadora que permita revertir esta situación económica y social en función de los intereses de las mayorías populares y de la clase obrera en particular.





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